CARTA ENCÍCLICA HAURIETIS AQUAS DE SU SANTIDAD PÍO XII SOBRE EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Pío XII

Encíclicas

1. «Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador» [1]. Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.

Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: «Toda dádiva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces» [2], razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: «En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: “El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí”. Pues, como dice la Escritura, “de su seno manarán ríos de agua viva”. Y esto lo dijo El del Espíritu que habían de recibir lo que creyeran en El» [3]. Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de que habían de manar de su seno «ríos de agua viva», fácilmente las relacionaban con los vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías, en los que se profetizaba el reino del Mesías, y también con la simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés, milagrosamente hubo de brotar agua [4].

2. La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» [5].

Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo. En efecto; manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: «Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El» [6].

I. FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA

Dificultades y objeciones

3. La Iglesia siempre ha tenido y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo, en lo pasado y aun en nuestros días, este nobilísimo culto no es tenido en el debido honor y estimación por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen animados de un sincero celo por la religión católica y por su propia santificación.

«Si tú conocieses el don de Dios» [7]. Con estas palabras, venerables hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituidos guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el Divino Redentor ha confiado a la Iglesia, conscientes del deber de nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en su Cuerpo Místico, todavía abrigan prejuicios hacia él y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las más apremiantes. Pues no faltan quienes, confundiendo o equiparando la índole de este culto con las diversas formas particulares de devoción, que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas, lo juzgan como algo superfluo que cada uno pueda practicar o no, según le agradare; otros consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna utilidad, singularmente para los que militan en el Reino de Dios, consagrando todas sus energías espirituales, su actividad y su tiempo a la defensa y propaganda de la verdad católica, a la difusión de la doctrina social católica, y a la multiplicación de aquellas prácticas religiosas y obras que ellos juzgan mucho más necesarias en nuestros días. Y no faltan quienes estiman que este culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y reforzar las costumbres cristianas, tanto en la vida individual como en la familiar, no es sino una devoción, más saturada de sentimientos que constituida por pensamientos y afectos nobles; así la juzgan más propia de la sensibilidad de las mujeres piadosas que de la seriedad de los espíritus cultivados.

Otros, finalmente, al considerar que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y otras virtudes, que más bien juzgan pasivas porque aparentemente no producen frutos externos, no la creen a propósito para reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el deber de emprender una acción franca y de gran alcance en pro del triunfo de la fe católica y en valiente defensa de las costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad plenamente dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma para distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se halla penetrada, en el pensar y en el obrar, por los principios del materialismo ateo y del laicismo.

La doctrina de los papas

4. ¿Quién no ve, venerables hermanos, la plena oposición entre estas opiniones y el sentir de nuestros predecesores, que desde esta cátedra de verdad aprobaron públicamente el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús? ¿Quién se atreverá a llamar inútil o menos acomodada a nuestros tiempos esta devoción que nuestro predecesor, de i. m., León XIII, llamó «práctica religiosa dignísima de todo encomio», y en la que vio un poderoso remedio para los mismos males que en nuestros días, en forma más aguda y más amplia, inquietan y hacen sufrir a los individuos y a la sociedad? «Esta devoción —decía—, que a todos recomendamos, a todos será de provecho». Y añadía este aviso y exhortación que se refiere a la devoción al Sagrado Corazón: «Ante la amenaza de las graves desgracias que hace ya mucho tiempo se ciernen sobre nosotros, urge recurrir a Aquel único, que puede alejarlas. Mas ¿quién podrá ser Este sino Jesucristo, el Unigénito de Dios? “Porque debajo del cielo no existe otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos” [8]. Por lo tanto, a El debemos recurrir, que es “camino, verdad y vida”» [9].

No menos recomendable ni menos apto para fomentar la piedad cristiana lo juzgó nuestro inmediato predecesor, de f. m., Pío XI, en su encíclica Miserentissimus Redemptor: «¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?» [10].

Nos, por nuestra parte, en no menor grado que nuestros predecesores, hemos aprobado y aceptado esta sublime verdad; y cuando fuimos elevado al sumo pontificado, al contemplar el feliz y triunfal progreso del culto al Sagrado Corazón de Jesús entre el pueblo cristiano, sentimos nuestro ánimo lleno de gozo y nos regocijamos por los innumerables frutos de salvación que producía en toda la Iglesia; sentimientos que nos complacimos en expresar ya en nuestra primera Encíclica [11]. Estos frutos, a través de los años de nuestro pontificado —llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables consuelos—, no se mermaron en número, eficacia y hermosura, antes bien se aumentaron. Pues, en efecto, muchas iniciativas, y muy acomodadas a las necesidades de nuestros tiempos, han surgido para favorecer el crecimiento cada día mayor de este mismo culto: asociaciones, destinadas a la cultura intelectual y a promover la religión y la beneficencia; publicaciones de carácter histórico, ascético y místico para explicar su doctrina; piadosas prácticas de reparación y, de manera especial, las manifestaciones de ardentísima piedad promovidas por el Apostolado de la Oración, a cuyo celo y actividad se debe que familias, colegios, instituciones y aun, a veces, algunas naciones se hayan consagrado al Sacratísimo Corazón de Jesús. Por todo ello, ya en Cartas, ya en Discursos y aun Radiomensajes, no pocas veces hemos expresado nuestra paternal complacencia [12].

Fundamentación del culto

5. Conmovidos, pues, al ver cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Corazón de nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu Santo, no podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo paternal a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y rendida acción de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando con el Apóstol: «Al que es poderoso para hacer sobre toda medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o pensamos, según la potencia que despliega en nosotros su energía, a El la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, en los siglos de los siglos. Amén» [13]. Pero, después de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de esta encíclica exhortaros a vosotros y a todos los amadísimos hijos de la Iglesia a una más atenta consideración de los principios doctrinales —contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos—, sobre los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente persuadido de que sólo cuando a la luz de la divina revelación hayamos penetrado más a fondo en la naturaleza y esencia íntima de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer centenario de la extensión de la fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia universal.

Con el fin, pues, de ofrecer a la mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con las que más fácilmente puedan comprender la naturaleza de este culto, sacando de él los frutos más abundantes, nos detendremos, ante todo, en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento que revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia el género humano, pues jamás podremos escudriñar suficientemente su sublime grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los Padres y Doctores de la Iglesia; finalmente, procuraremos poner en claro la íntima conexión existente entre la forma de devoción que se debe tributar al Corazón del Divino Redentor y el culto que los hombres están obligados a dar al amor que El y las otras Personas de la Santísima Trinidad tienen a todo el género humano. Porque juzgamos que, una vez considerados a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición los elementos constitutivos de esta devoción tan noble, será más fácil a los cristianos de ver «con gozo las aguas en las fuentes del Salvador» [14]; es decir, podrán apreciar mejor la singular importancia que el culto al Corazón Sacratísimo de Jesús ha adquirido en la liturgia de la Iglesia, en su vida interna y externa, y también en sus obras: así podrá cada uno obtener aquellos frutos espirituales que señalarán una saludable renovación en sus costumbres, según lo desean los Pastores de la grey de Cristo.

Culto de latría

6. Para comprender mejor, en orden a esta devoción, la fuerza de algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, precisa atender bien al motivo por el cual la Iglesia tributa al Corazón del Divino Redentor el culto de latría. Tal motivo, como bien sabéis, venerables hermanos, es doble: el primero, común también a los demás miembros adorables del Cuerpo de Jesucristo, se funda en el hecho de que su Corazón, por ser la parte más noble de su naturaleza humana, está unido hipostáticamente a la Persona del Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo de Dios encarnado. Es una verdad de la fe católica, solemnemente definida en el Concilio Ecuménico de Éfeso y en el II de Constantinopla [15]. El otro motivo se refiere ya de manera especial al Corazón del Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un título esencialmente propio para recibir el culto de latría: su Corazón, más que ningún otro miembro de su Cuerpo, es un signo o símbolo natural de su inmensa caridad hacia el género humano. «Es innata al Sagrado Corazón», observaba nuestro predecesor León XIII, de f. m., «la cualidad de ser símbolo e imagen expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor por amor» [16].

Es indudable que los Libros Sagrados nunca hacen una mención clara de un culto de especial veneración y amor, tributado al Corazón físico del Verbo Encarnado como a símbolo de su encendidísima caridad. Este hecho, que se debe reconocer abiertamente, no nos ha de admirar ni puede en modo alguno hacernos dudar de que el amor de Dios a nosotros —razón principal de este culto— es proclamado e inculcado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento con imágenes con que vivamente se conmueven los corazones. Y estas imágenes, por encontrarse ya en los Libros Santos cuando predecían la venida del Hijo de Dios hecho hombre, han de considerarse como un presagio de lo que había de ser el símbolo y signo más noble del amor divino, es a saber, el sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino.

Antiguo Testamento

7. Por lo que toca a nuestro propósito, al escribir esta Encíclica, no juzgamos necesario aducir muchos textos de los libros del Antiguo Testamento que contienen las primeras verdades reveladas por Dios; creemos baste recordar la Alianza establecida entre Dios y el pueblo elegido, consagrada con víctimas pacíficas —cuyas leyes fundamentales, esculpidas en dos tablas, promulgó Moisés [17] e interpretaron los profetas—; alianza, ratificada por los vínculos del supremo dominio de Dios y de la obediencia debida por parte de los hombres, pero consolidada y vivificada por los más nobles motivos del amor. Porque aun para el mismo pueblo de Israel, la razón suprema de obedecer a Dios era no ya el temor de las divinas venganzas, que los truenos y relámpagos fulgurantes en la ardiente cumbre del Sinaí suscitaban en los ánimos, sino más bien el amor debido a Dios: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás, pues al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que hoy te mando estarán en tu corazón» [18].

No nos extrañemos, pues, si Moisés y los profetas, a quien con toda razón llama el Angélico Doctor los «mayores» del pueblo elegido[19], comprendiendo bien que el fundamento de toda la ley se basaba en este mandamiento del amor, describieron las relaciones todas existentes entre Dios y su nación, recurriendo a semejanzas sacadas del amor recíproco entre padre e hijo, o entre los esposos, y no representándolas con severas imágenes inspiradas en el supremo dominio de Dios o en nuestra obligada servidumbre llena de temor.

Así, por ejemplo, Moisés mismo, en su celebérrimo cántico, al ver liberado su pueblo de la servidumbre de Egipto, queriendo expresar cómo esa liberación era debida a la intervención omnipotente de Dios, recurre a estas conmovedoras expresiones e imágenes: «Como el águila que adiestra a sus polluelos para que alcen el vuelo y encima de ellos revolotea, así (Dios) desplegó sus alas, alzó (a Israel) y le llevó en sus hombros»[20]. Pero ninguno, tal vez, entre los profetas, expresa y descubre tan clara y ardientemente como Oseas el amor constante de Dios hacia su pueblo. En efecto, en los escritos de este profeta que entre los profetas menores sobresale por la profundidad de conceptos y la concisión del lenguaje, se describe a Dios amando a su pueblo escogido con un amor justo y lleno de santa solicitud, cual es el amor de un padre lleno de misericordia y amor, o el de un esposo herido en su honor. Es un amor que, lejos de disminuir y cesar ante las monstruosas infidelidades y pérfidas traiciones, las castiga, sí, como lo merecen, en los culpables, no para repudiarlos y abandonarlos a sí mismos, sino sólo con el fin de limpiar y purificar a la esposa alejada e infiel y a los hijos ingratos para hacerles volver a unirse de nuevo consigo, una vez renovados y confirmados los vínculos de amor: «Cuando Israel era niño, yo le amé; y de Egipto llamé a mi hijo… Yo enseñé a andar a Efraín, los tomé en mis brazos, mas ellos no comprendieron que yo los cuidaba. Los conducía con cuerdas de humanidad, con lazos de amor… Sanaré su rebeldía, los amaré generosamente, pues mi ira se ha apartado de ellos. Seré como el rocío para Israel, florecerá él como el lirio y echará sus raíces como el Líbano» [21].

Expresiones semejantes tiene el profeta Isaías, cuando presenta a Dios mismo y a su pueblo escogido como dialogando y discutiendo entre sí con opuestos sentimientos: «Mas Sión dijo: Me ha abandonado el Señor, el Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede, acaso, una mujer olvidar a su pequeñuelo hasta no apiadarse del hijo de sus entrañas? Aunque esta se olvidare, yo no me olvidaré de ti» [22]. Ni son menos conmovedoras las palabras con que el autor del Cantar de los Cantares, sirviéndose del simbolismo del amor conyugal, describe con vivos colores los lazos de amor mutuo que unen entre sí a Dios y a la nación predilecta: «Como lirio entre las espinas, así mi amada entre las doncellas… Yo soy de mi amado, y mi amado es para mí; El se apacienta entre lirios… Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, pues fuerte como la muerte es el amor, duros como el infierno los celos; sus ardores son ardores de fuego y llamas» [23].

8. Este amor de Dios tan tierno, indulgente y sufrido, aunque se indigna por las repetidas infidelidades del pueblo de Israel, nunca llega a repudiarlo definitivamente; se nos muestra, sí, vehemente y sublime; pero no es así, en sustancia, sino el preludio a aquella muy encendida caridad que el Redentor prometido había de mostrar a todos con su amantísimo Corazón y que iba a ser el modelo de nuestro amor y la piedra angular de la Nueva Alianza.

Porque, en verdad sólo Aquel que es el Unigénito del Padre y el Verbo hecho carne «lleno de gracia y de verdad» [24], al descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados y miserias, podía hacer que de su naturaleza humana, unida hipostáticamente a su Divina Persona, brotara un manantial de agua viva que regaría copiosamente la tierra árida de la humanidad, transformándola en florido jardín lleno de frutos. Obra admirable que había de realizar el amor misericordiosísimo y eterno de Dios, y que ya parece preanunciar en cierto modo el profeta Jeremías con estas palabras: «Te he amado con un amor eterno, por eso te he atraído a mí lleno de misericordia… He aquí que vienen días, afirma el Señor, en que pactaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; … Este será el pacto que yo concertaré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón; yo les seré su Dios, y ellos serán mi pueblo…; porque les perdonaré su culpa y no me acordaré ya de su pecado» [25].

II. NUEVO TESTAMENTO TRADICIÓN

9. Pero tan sólo por los Evangelios llegamos a conocer con perfecta claridad que la Nueva Alianza estipulada entre Dios y la humanidad —de la cual la alianza pactada por Moisés entre el pueblo y Dios, fue tan solo una prefiguración simbólica, y el vaticinio de Jeremías una mera predicción— es la misma que estableció y realizó el Verbo Encarnado, mereciéndonos la gracia divina. Esta Alianza es incomparablemente más noble y más sólida, porque a diferencia de la precedente, no fue sancionada con sangre de cabritos y novillos, sino con la sangre sacrosanta de Aquel a quienes aquellos animales pacíficos y privados de razón prefiguraban: «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» [26]. Porque la Alianza cristiana, más aún que la antigua, se manifiesta claramente como un pacto fundado no en la servidumbre o en el temor, sino en la amistad que debe reinar en las relaciones entre padres e hijos. Se alimenta y se consolida por una más generosa efusión de la gracia divina y de la verdad, según la sentencia del evangelista san Juan: «De su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. Porque la ley fue dada por Moisés, mas la gracia y la verdad por Jesucristo han venido» [27].

Introducidos por estas palabras del discípulo «al que amaba Jesús, y que, durante la Cena, reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús» [[28], en el mismo misterio de la infinita caridad del Verbo Encarnado, es cosa digna, justa, recta y saludable, que nos detengamos un poco, venerables hermanos, en la contemplación de tan dulce misterio, a fin de que, iluminados por la luz que sobre él proyectan las páginas del Evangelio, podamos también nosotros experimentar el feliz cumplimiento del deseo significado por el Apóstol a los fieles de Éfeso: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, de modo que, arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad, hasta conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, de suerte que estéis llenos de toda la plenitud de Dios» [29].

10. En efecto, el misterio de la Redención divina es, ante todo y por su propia naturaleza, un misterio de amor; esto es, un misterio del amor justo de Cristo a su Padre celestial, a quien el sacrificio de la cruz, ofrecido con amor y obediencia, presenta una satisfacción sobreabundante e infinita por los pecados del género humano: «Cristo sufriendo, por caridad y obediencia, ofreció a Dios algo de mayor valor que lo que exigía la compensación por todas las ofensas hechas a Dios por el género humano» [30]. Además, el misterio de la Redención es un misterio de amor misericordioso de la augusta Trinidad y del Divino Redentor hacia la humanidad entera, puesto que, siendo esta del todo incapaz de ofrecer a Dios una satisfacción condigna por sus propios delitos [31], Cristo, mediante la inescrutable riqueza de méritos, que nos ganó con la efusión de su preciosísima Sangre, pudo restablecer y perfeccionar aquel pacto de amistad entre Dios y los hombres, violado por vez primera en el paraíso terrenal por culpa de Adán y luego innumerables veces por las infidelidades del pueblo escogido.

Por lo tanto, el Divino Redentor, en su cualidad de legítimo y perfecto Mediador nuestro, al haber conciliado bajo el estímulo de su caridad ardentísima hacia nosotros los deberes y obligaciones del género humano con los derechos de Dios, ha sido, sin duda, el autor de aquella maravillosa reconciliación entre la divina justicia y la divina misericordia, que constituye esencialmente el misterio trascendente de nuestra salvación. Muy a propósito dice el Doctor Angélico: «Conviene observar que la liberación del hombre, mediante la pasión de Cristo, fue conveniente tanto a su justicia como a su misericordia. Ante todo, a la justicia; porque con su pasión Cristo satisfizo por la culpa del género humano, y, por consiguiente, por la justicia de Cristo el hombre fue libertado. Y, en segundo lugar, a la misericordia; porque, no siéndole posible al hombre satisfacer por el pecado, que manchaba a toda la naturaleza humana, Dios le dio un Redentor en la persona de su Hijo». Ahora bien: esto fue de parte de Dios un acto de más generosa misericordia que si El hubiese perdonado los pecados sin exigir satisfacción alguna. Por ello está escrito: «Dios, que es rico en misericordia, movido por el excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos volvió a dar la vida en Cristo» [32].

Amor divino y humano

11. Pero a fin de que podamos en cuanto es dado a los hombres mortales, «comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad» [33] del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener muy presente que su amor no fue únicamente espiritual, como conviene a Dios, puesto que «Dios es espíritu» [34]. Es indudable que de índole puramente espiritual fue el amor de Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo; por eso, las expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de los Cantares, son signos y símbolos del muy verdadero amor, pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al género humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto humano. Para todos los católicos, esta verdad es indiscutible. En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del apóstol san Juan: «Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo [35]. En realidad, El ha unido asu Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo [36]. Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios. El la asumió plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber:

[DE -EN -ES -IT -LA -PT]

dotada de inteligencia y de voluntad todas las demás facultades

Anuncios

LAS FRASES DE DON BOSCO A MARIA AUXILIADORA

LAS FRASES DE DON BOSCO A MARIA AUXILIADORA
  • María ha sido siempre mi guía. El que pone su confianza en ella nunca quedará defraudado.
  • Es imposible ir hacia Jesús si no pasas por el Amor a María.
  • Santa María protege a los que están en la necesidad, anima a quien ha perdido la esperanza, fortifica las debilidades, ruega por el pueblo, asiste a los sacerdotes, intercede por las mujeres consagradas, que oigan tu materna ternura todos los que suplican tu ayuda.
  • Si quieres las alas del fervor, sea la Virgen María tu amor. Un alma a ella fiel puede al cielo llegar.
  • No gastes tu tiempo, haz el bien, hazlo sin medidas, piensa siempre en el amor a María y no te arrepentirás nunca de lo que has hecho. Cada momento es un tesoro.
  • María quiero llegar a tus pies benditos![
  • En el cielo nos quedaremos gratamente sorprendidos al conocer todo lo que María Auxiliadora ha hecho por nosotros en la tierra.
  • En todos los peligros yo te invoco Madre mía porque se que eres mi escudo protector.
  • Confía en María Auxiliadora y verás lo que son los milagros.
  • María nuestra Santa Madre, quiere la realidad no las apariencias. Camina con los pies en la tierra pero teniendo la mirada y el corazón en el cielo.
  • María es aquel  Milagro que aún esperas.

 

María Auxiliadora. Auxilio de los cristianos en tiempos difíciles

En 1860 la Santísima Virgen se aparece a San Juan Bosco y le dice que quiere ser honrada con el título de María Auxiliadora

La fiesta de la Virgen María Auxiliadora recuerda a todos los cristianos, la increíble victoria de Lepanto, en que todas la cristiandad unidad, derrocaron al gran imperio de los turcos, quienes superaban grandemente a los cristianos en números. Todo esto gracias a las plegarias y el rezo del Santo Rosario, a solicitud del Papa san Pío V. También nos recuerda la liberación del Papa Pío VII, quien había sido hecho prisionero en Savona, y su regreso triunfal a Roma.

Fiesta: 24 de mayo

Desde la época apostólica, los primeros cristianos se han entregado con gran confianza a la Santísima Virgen María en busca de ayuda espiritual y temporal.

María Auxliadora, siendo la maravillosa madre que ella es, a menudo viene a ayudar a sus hijos antes de que incluso lleguen a implorarle, a veces incluso, antes de que sean conscientes de su necesidad.

Historia de María Auxiliadora

El pedido de la Virgen en las bodas de Caná manifiesta este rasgo maternal de anticiparse a las necesidades de sus hijos. Recordamos en ese hecho bíblico: María se da cuenta de que la joven pareja se había quedado sin vino en su fiesta de bodas.

Nadie había dicho una palabra al respecto a ella, sin embargo, ella estaba atenta a la situación, menciona la difícil situación de la pareja casada con mucho tacto y delicadeza a su Hijo, y Nuestro Señor escucha y termina contestando su oración y haciendo el primer milagro con el que empieza su ministerio.

La batalla de Lepanto y María Auxiliadora

La tradición de esta advocación se remonta al año 1571, cuando toda la cristiandad fue salvada por María Auxiliadora, cuando los católicos en toda Europa rezaron el santo rosario.

La gran batalla de Lepanto tuvo lugar el 7 de octubre de 1571. Por este motivo, esta fecha ha sido elegida como la fiesta del Santo Rosario.

En 1573 el Papa Pío V instituyó la fiesta de acción de gracias por la victoria decisiva del cristianismo sobre el islamismo.

El Papa San Pío V inserta el título de Auxiliadora a las Letanías de Loreto en 1571 en agradecimiento a la Virgen por la victoria de la flota cristiana, quienes eran muy inferior en número a los turcos musulmanes durante la batalla de Lepanto.

El Papa y Napoleón

Cerca del final del siglo 17, el emperador Leopoldo I de Austria se refugió en el Santuario de María Auxiliadora en Pasau, cuando 200.000 turcos otomanos sitiaron la ciudad capital de Viena, pero una gran victoria se dio gracias a María Auxiliadora: el 8 de septiembre, Fiesta de cumpleaños de la Virgen, se estaba planificando la batalla.

El 12 de septiembre, fiesta del Santo Nombre de María, Viena fue finalmente liberada por la intercesión de María Auxiliadora.

Toda Europa se había unido con el emperador gritando “¡María, Auxilio!” y rezando el Santo Rosario.

Siglos más tarde el Papa Pío VII, quedó prisionero de las fuerzas de Napoleón en Savona, organizó una novena del rosario entre los fieles a la Virgen Auxiliadora por su liberación.

En 1815, el Papa Pío VII estableció el día de la Virgen Auxiliadora en agradecimiento por su liberación del cautiverio.

La historia fue así:

“En 1809, los hombres de Napoleón entraron en el Vaticano, detuvieron a Pío VII y lo llevaron encadenado a Grenoble, y, finalmente, Fontainebleau. Su encarcelamiento duró cinco años. El Santo Padre prometió a Dios que, si él fuese restaurado a la Santa Sede, él establecería una fiesta especial en honor a María.

Fuerzas militares contrarias, obligaron a Napoleón para liberar al Papa, y el 24 de mayo de 1814, Pío VII regresó triunfante a Roma. Doce meses más tarde, el Papa decretó que la fiesta de María Auxiliadora, se haría el 24 de mayo”

San Juan Bosco y María Auxiliadora

San Juan Bosco (1815 – 1888) fue un sacerdote muy alegre y dinámico. Él fundó la Orden Salesiana en el siglo XIX en Italia. Sus muchos sueños proféticos, comenzando a los nueve años, guió a su ministerio y dieron ideas sobre eventos futuros.

El 14 de mayo de 1862, Don Bosco soñó acerca de las batallas de la Iglesia tendría que enfrentar en los últimos días. En su sueño, el Papa de esos tiempos anclaba el “buque” (que era la Iglesia) entre dos pilares.

Uno de los pilares tendría en su parte superior una estatua de María Auxiliadora de los cristianos y el otro pilar tenía una gran Hostia eucarística

San Juan Bosco escribió acerca de esto a su congregación, los Salesianos:

“El objetivo principal es promover la veneración del Santísimo Sacramento y la devoción a María Auxiliadora. Este título parece complacer, y con gran agrado, a nuestra amada Reina”

Oración a María Auxiliadora

Santísima Virgen María, Auxilio de los cristianos, cuan dulce es llegar a tus pies implorando tu ayuda perpetua.

Si las madres de este mundo no cesan de recordar a sus hijos, ¿cómo podría, la más amorosa de todas las madres, olvidarse de mí?

Concédeme entonces, te lo suplico, tu ayuda perpetua en todas mis necesidades, en cada dolor, y en especial en todas mis tentaciones.

Pido además tu ayuda incesante para todos los que ahora están sufriendo. Ayuda a los débiles, cura a los enfermos, convierte a los pecadores.

Concede, a través de tus intercesiones, muchas vocaciones a la vida religiosa.

Consíguenos a todos, oh María, Auxilio de los cristianos, que después de haberte invocado en la tierra, podamos amarte y agradecerte eternamente en el cielo. Amén.

 

San José Obrero. Patrono de los trabajadores

San José proveyó con su esfuerzo y trabajo a las necesidades de Jesús y María, e inició al Hijo de Dios, a trabajar entre los hombres

San José fue el esposo de María, padre putativo de Jesús y un trabajador humilde y honesto y, por tanto, conocido por ser el Santo patrono de los trabajadores. Debido a esto, la Iglesia le celebra una segunda fiesta el 1 de mayo, como el día de San José Obrero. Además, San José también comparte otros patronatos, es el patrono de los Padres, carpinteros, trabajadores, del buen Morir, de los Tesoreros y de los Abogados

Fiesta: 01 de mayo

Martirologio romano: San José Obrero, que, siendo un humilde carpintero de Nazaret, proveyó con su esfuerzo y trabajo a las necesidades de Jesús y María, e inició al Hijo de Dios, a trabajar entre los hombres. En el día en que, en muchas partes de la Tierra se celebra el Día del Trabajo, los trabajadores cristianos lo veneran como ejemplo y patrón.

En el año 1955, San Pío XII instituyó esta memoria litúrgica en el contexto del Día del Trabajo, que se celebra en todo el mundo el 1 de mayo.

¿Quién es San José?

San José, el esposo de María (Mateo 1,16), era el padre adoptivo de Jesús en la tierra. Sabemos San José, no fue uno de los grandes y poderosos hombres de Nazaret, tan sólo fue un humilde carpintero, algunos se sorprendieron cuando fueron testigos de las enseñanzas de Jesús y dijeron: “¿No es este el hijo del carpintero?” (Mateo 13,55). Esto demuestra que José era un hombre común que vivió una vida sencilla.

San José era un trabajador honesto y, por tanto, conocido por ser el «Santo patrón de los trabajadores». Debido a esto, la Iglesia le celebra una segunda fiesta el 1 de mayo, como el día de San José Obrero.

San José y las Escrituras

San José, era un hombre justo:

“José, el esposo de María, era un hombre justo” (Mateo 1,19)

Esto significa que San José era un hombre noble, bueno.Cuando se enteró de que María estaba embarazada, quiso abandonarla en los secreto, para que no sufriera así el castigo de ser lapidada hasta la muerte.

A San José, le importaba mucho María, la amaba y no quería exponerla al escarnio público o la muerte.

San José, hombre firme en la fe

En el mismo Evangelio de Mateo (1,20-25) nos dice que José era un hombre fuerte en la fe y confiado a la voluntad de Dios.

Cuando el ángel se le apareció en un sueño y le contó de quién era el hijo que estaba esperando María, San José no opuso ninguna resistencia, de inmediato recibió a María por esposa y la protegió.

Eso demuestra la fe incuestionable de San José y la confianza plena que tenía en Dios.

San José, hombre cumplidor de la ley

San José era un hombre que guardó la ley. Tuvo que hacer un largo viaje difícil de Belén con su esposa embarazada con el fin de registrar su nombre, una solicitud formulada por las autoridades gubernamentales (Lucas 2,4)

También, San José obedeció la ley de la iglesia cuando tomó a María y a Jesúsy lo fueron a presentar al Templo (Lucas 2,22 – Lucas 2,41)como estaba previsto en la ley de Moisés

San José, hombre confiado

El Evangelio de Lucas (2,7) nos narra que, cuando estaban como familia haciendo su peregrinación hacia Belén, ellos no encontraron dónde alojarse, por lo que tuvieron que aceptar quedarse en un pesebre lleno de animales para ver nacer al niño Jesús.

Eso demuestra que eran personas humildes, sin amigos influyentes. Esto demuestra la total confianza de José en Dios antes de emprender este viaje.

Sin embargo, San José allí sería recompensado recibiendo a reyes y pastores que anunciaban haber visto ángeles en el cielo.

San José, hombre protector

Los retos de San José en la vida no terminaron. En el Evangelio de Mateo (2,13-14) nos dice que tuvo que llevar a su familia y huye a Egipto como refugiados, con el fin de proteger a su hijo y a María.

Más adelante (2,19-20) el ángel le pide a San José que regrese a Israel. Estas las lecturas de la Biblia muestran una confianza total de San José en la voluntad de Dios para él y su familia. Además, San José estaba siempre dispuesto a proteger a su familia.

San José, padre de presencia

Esto se demuestra en la Biblia, donde la gente de Nazaret dicen:

“¿No es éste el hijo de José?” (Lucas 4,22)

De nuevo a San José se le conoce como el padre de Jesús; un padre que era bien conocido en la ciudad, con presencia

San José era un hombre que puso toda su confianza en Dios, e hizo lo que tenía que hacer para cuidar de su familia.

¿Por qué celebramos a San José como Obrero?

La fiesta de San José Obrero fue establecida en el calendario el día primero de mayo por el Papa Pío XII en 1955 con el fin de cristianizar el concepto de trabajo y dar a todos los trabajadores un modelo y un protector.

El Papa Pío XII expresó la esperanza de que esta fiesta acentuaría la dignidad del trabajo y traería una dimensión espiritual a todos los trabajadores que incansablemente dedicaban su tiempo y esfuerzo a llevar el sustento a sus hogares.

En verdad, era realmente necesario que San José, un hombre justo y trabajador, protector, fiel, cumplidor, que además se convirtió en el padre adoptivo de Jesús y es patrono de la Iglesia universal, sea honrado en este día como el Santo Patrono de todos los trabajadores.

Oración a San José Obrero

Glorioso San José, modelo de todos los trabajadores, te ruego que me alcances la gracia de trabajar con conciencia, anteponiendo la llamada de mis deberes por encima de mis faltas.

Quiero trabajar con alegría, teniendo en cuenta que, por medio del trabajo, usaré los dones que en su bondad Dios me ha regalado, para trabajar con orden, prudencia y mucha paciencia.

Que nunca me rinda ante el cansancio o las dificultades. Que pueda soportar las cargas y responsabilidades con la fuerza la cruz.

Quiero que mi esfuerzo en el trabajo sea realizado, sobre todo, con pureza de intención y con desprendimiento, concientizándome de que la muerte me espera en algún momento y deberé rendir cuenta del tiempo perdido, de los talentos desperdiciados, de las cosas buenas que omití hacer.

Oh patriarca San José, junto con María no te olvides de presentar mis obras a Jesús y condúceme siempre para que éstas siempre le sean agradable a Él, al Padre y al Espíritu Santo. Amén.

 

Mayo, Mes De La Santísima Virgen Maria

El mes de mayo es tiempo de intensificar nuestras oraciones a Dios a través de María por las necesidades propias y las del mundo entero. Es tiempo en el que la Iglesia invita a todos los fieles a interiorizar e imitar las virtudes de María  tanto a nivel personal como comunitario. Así que, el rezo del rosario se vuelve muy importante durante este mes. A través de la contemplación de diferentes misterios del rosario, María nos trae a Jesús a nuestras vidas como lo trajo al mundo durante la Encarnación.

Es importante tener en cuenta que, desde la edad media se consagró el mes de las flores a la madre de Dios con el fin de rendirle culto a las virtudes y belleza de la santísima virgen María. Sin embargo, vale precisar que el mes de mayo es también una sustitución cristiana de las solemnidades paganas del mes en honor de la flora. De hecho, todo el mes de mayo estaba consagrado a la diosa romana de las flores llamada “maia”, madre de vegetación y florecimiento, de cuyo nombre deriva el mes que universalmente llamamos mayo.

Ahora bien, ¿por qué María es tan especial para los cristianos católicos en el mes de mayo? Lo especial de Ella se halla en su trascendentalidad en la Iglesia y en la historia de nuestra salvación tal como se muestra a continuación:

María es camino seguro que conduce a Cristo.

Fuera del amor que los cristianos católicos le tienen a la madre de Dios, ella es considerada siempre como camino seguro y corto que nos lleva a Jesús. De hecho, muchos cristianos católicos popularmente certifican esta certeza con este refrán: “A Jesús por María.” Quiere decir, para llegar a Jesús de manera segura, es importante pasar por su Madre. El papa Pablo VI en su carta Encíclica Mense Maio claramente atestigua esta realidad al afirmar que “todo encuentro con Ella no puede menos de terminar en un encuentro con Cristo mismo. ¿Y qué otra cosa significa el continuo recurso a María si no un buscar entre sus brazos, en Ella, por Ella y con Ella, a Cristo nuestro Salvador, a quien los hombres en los desalientos y peligros de aquí abajo tienen el deber y experimentar sin cesar la necesidad de dirigirse como a puerto de salvación y fuente trascendente de vida?”[2]

María es un camino intermediario a través del cual el Salvador del mundo nos llega y nos concede favores todos los que acudamos a Él por medio de su Madre. Es preciso recordar la intervención de María durante las bodas de Caná con sus palabras intercesoras: “Hagan lo que Él les diga.” (Jn 2:5). Ella dirigió esas palabras consoladoras y esperanzadoras a los sirvientes de la boda en el momento tan difícil, tan estresante, y tan dilemático por la carencia del vino, bebida que alegraba la vida en cualquier boda judía. Esas palabras de contienen todo el anhelo, la vivencia y la misión de María, es decir, conducirnos a la identificación con Jesucristo.

María es el camino por excelencia hacia Jesucristo. El camino por el que Cristo llegó al hombre debe tambien ser el camino por el que nosotros llegamos a Cristo. Cristo vino a nosotros a través de la virgen María. Por eso, le damos a María un lugar privilegiado en nuestra vida y confiamos a Ella nuestra entrega y donación en el seguimiento de Jesucristo. Si la amamos, tambien amamos al Salvador del mundo porque Jesús y María son inseparables. Los santos aprueban con su vida la importancia de pasar por María para llegar a Jesús. Pues han sido hombres y mujeres con gran devoción a Ella y muchos se han consagrado a Ella para que su Hijo les condujera a la santidad.

María, modelo de oración

La santísima virgen María es educadora del pueblo cristiano en la oración y en el encuentro con Dios. Ella oraba sin desfallecer y la oración era la vida de su alma y toda su vida era oración (Lc 2, 19-51). En el cenáculo ejerciendo su función maternal, se reunía con los apóstoles y discípulos de su Hijo, perseverando con ellos en la oración ensenándoles a disponer sus corazones para acoger el Espíritu Santo, Don prometido de Jesucristo (Hech 1, 14). En este sentido, María es Maestra de oración y ejemplo de cercanía a Dios.

Así que, no hay lugar a dudas que el mes de mayo es tiempo de intensa y confiada oración a Dios de parte de nosotros por medio de María. La oración no es otra cosa que la relación personal de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones[3]. Normalmente es el dialogo entre Dios misericordioso y el ser humano que reconoce a Él como su creador. En resumen, la oración tiene que ver con caminar en la presencia de Dios,  escuchar y obedecer  su voz que suena en la consciencia del ser humano.

En este mes, los cristianos católicos acuden frecuentemente a Dios a través de María por medio del Rosario. La virgen María siempre juega el papel de mediadora, aunque este rol no quita nada ni agrega algo  a la eficacia de Cristo, único mediador entre Dios y los hombres (LG 62; 1Tm 2:5). Acerca de esto, el Concilio Vaticano II precisa que, la santísima virgen María “(…) continua alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que peregrina, se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Eso explica el por qué la Bienaventurada virgen María es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (LG 62).

Al tener en cuenta que la santísima virgen María es camino corto y seguro hacia Jesús, los fieles católicos acuden a Ella con frecuencia con el motivo de conseguir favores del Salvador del mundo. Ella es intercesora por antonomasia por la Iglesia y por todo el pueblo de Dios salvado por su Hijo. Se acude a Ella, entre otras cosas, para poder combatir el pecado, superar los dilemas que se presentan en el diario vivir de la existencia humana, mantener la fidelidad a su Hijo y obtener la conversión. Todo ello, hace que el mes de mayo sea especial para la Iglesia que peregrina aquí en la tierra.

María, paradigma de fe

María es ejemplo de los que escuchan la Palabra de Dios  con un  corazon generoso y dan fruto con perseverancia (Lc 8, 15). Se ubica la fe de María en el marco de la escucha de la Palabra de Dios. Ella puso su confianza en Dios y colocó su porvenir en las manos del Todopoderoso para que en Ella se cumpliera su voluntad. Podemos decir que la fe impulsó a María a vivir la Palabra de Dios al pie de la letra. En la Encíclica Lumen Fidei, el papa Francisco hace hincapié en la fe inquebrantable de la madre de Dios al explicar que “en la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María y ella la acogió con todo su ser, en su corazon, para que tomase carne en Ella y naciese como luz para los hombres.[4]

En la actitud de fe de la Santísima Virgen, se ha concentrado toda la esperanza del Antiguo Testamento en la llegada del Salvador. Vale decir que “en María (…) se cumple la larga historia de fe del Antiguo Testamento, que incluye la historia de tantas mujeres fieles, comenzando por Sara, mujeres que, junto a los patriarcas, fueron testigos del cumplimiento de las promesas de Dios y del surgimiento de la vida nueva.[5]” Al igual que Abraham que dejó su tierra confiado en la promesa de Dios, María se abandona con total confianza en la palabra que le anuncia el Ángel, convirtiéndose así en modelo de todos los creyentes y salvados por su Hijo.

No hay duda de que, por la fe la santísima virgen María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios (cfr. Lc 1, 38). En la visita a santa Isabel entonó el canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cfr. Lc 1, 46-55). Junto con san José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cfr. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cfr. Jn 19, 25-27). Esos episodios muestran que la Virgen es la mejor maestra de la fe, pues siempre se mantuvo en una actitud de confianza y de visión sobrenatural. Ella guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón (Lc 2, 19). Su camino de fe, aunque en modo diverso, es parecido al de cada uno de nosotros: hay momentos de luz, pero también momentos de cierta incertidumbre respecto a la Voluntad divina: cuando encontraron a Jesús en el Templo, María y José no comprendieron lo que les dijo (Lc 2, 50).

Ahora bien, ¿Cómo responder siempre con una fe tan firme como María, sin perder la confianza en Dios? La respuesta es sencilla: imitar sus virtudes. La imitación de las virtudes de María es tratar de que, en la vida de cada creyente esté presente esa actitud suya de fondo ante la cercanía de Dios. Al igual que Ella, procuremos reunir en nuestro corazón todos los acontecimientos que nos suceden, reconociendo que todo proviene de la Voluntad de Dios. María mira en profundidad y así entiende los diferentes acontecimientos desde la comprensión que solo la fe puede dar y solucionar los dilemas de nuestra vida. Imitar a María implica contemplar su vida con el ejemplo de una vida coherente que muestra la autenticidad y veracidad de nuestra vocación de seguidores de Jesucristo y de hijos de Dios.

Bienaventuranzas para Semana Santa

Bienaventuranzas del Jueves Santo

Felices para quienes el Amor es el mayor tesoro, que da el sentido definitivo a su vida.

Felices quienes ponen el amor en práctica, sirviendo a los demás, siempre, sin tiempo, sin condiciones.

Felices quienes disfrutan haciendo felices a los demás.

Felices quienes descubren que la Eucaristía es un misterio transparente de fraternidad, de vida, de comunicación y de Presencia.

Felices quienes descubren que lo principal no es presidir, ni guiar, ni preservar su verdad, sino acompañar, comprometerse, descubrir la buena noticia junto a los humillados de la historia.

Felices para quienes es tan importante el pan de cada día, como el pan eucarístico, para que los más humildes tengan vida abundante.

Felices quienes descubren sus ministerios, su verdadera vocación en el camino de su existencia junto a los otros.

Felices quienes sienten que deben celebrar, como Jesús, la vida y la amistad, el recuerdo y el futuro, el dolor y la confianza en la cercanía del Reino.

Bienaventuranzas del Viernes Santo

Felices quienes ven en Jesús crucificado un ejemplo, una pasión, un compromiso, un desafío.

Felices quienes en la cruz descubren un camino, una búsqueda, un encuentro.

Felices quienes saben que el sacrificio personal es el sendero ineludible hacia la plenitud de su existencia.

Felices quienes han sido deslumbrados por la vida de Jesús y han decidido seguirle, cueste lo que cueste.

Felices quienes ayudan a quienes caen, quienes no les preguntan y les ayudan a levantarse.

Felices quienes acarician y secan el sudor y el dolor de los demás en el camino de su existencia.

Felices a quienes se les quedan marcadas en sus corazones las llagas, los rostros, las palabras, las estrellas de los crucificados. 

Felices quienes denuncian las cruces de los demás, les ayudan a cargarlas cuando son inevitables y les ayudan a liberarse de la inhumanidad que conllevan.  

Bienaventuranzas del Sábado Santo

Felices quienes no aspiran a ver, ni a creer, sino que acompañan, humildemente, con mucho amor.

Felices quienes llevan ungüentos, aromas, vendas y esperanzas a quienes esperan en sus tumbas diarias una nueva vida.

Felices quienes se asombran ante la luz, de un momento feliz, frente a un cielo azul.

Felices quienes no reconocen al Crucificado, pues se les mostrará diferente, alegre y Resucitado.

Felices quienes se sienten llamados a subir a Galilea, al mundo de los que son silenciados en vida.

Felices quienes avivan su esperanza tocando las llagas del Resucitado, aunque antes hayan experimentado el silencio, la incredulidad, la noche oscura de la confianza y la fe.

Felices quienes ahuyentan las tinieblas, quienes se apresuran para que surja la aurora, quienes salen de noche y llegan a la madurez del día.

Felices quienes contemplan el mar, las montañas, el cielo y se encaminan, a la vez, a la construcción feliz, humilde, gozosa del Reino.

Bienaventuranzas del Domingo de Resurrección

Felices quienes preguntan dónde, cuándo, en dónde: ellos y ellas encontrarán al final la respuesta que anhelan.

Felices quienes buscando dónde está Dios, encuentran a una mujer maltratada, un enfermo, un marginado…

Felices quienes se lanzan a pregonar que han visto una luz, una esperanza, alguien que ha resucitado a una vida nueva.

Felices quienes corren a los sepulcros del mundo, quienes encuentran las vendas caídas, quienes dudan pero siguen confiando.

Felices quienes entienden las reivindicaciones de las mujeres, quienes saben que tienen que cambiar los esquemas mentales patriarcales y machistas.

Felices quienes creen a María, a Pedro, a Juan: cada uno de ellos/as despiertan y nos abren a una existencia renovada.

Felices quienes sienten el domingo de Resurrección como un día feliz, único, especial, inicial, para compartir con la comunidad, para acercarse a los demás.

Felices quienes se asombran, quienes descubren que con la resurrección de Jesús ha llegado el día, su día único y definitivo

Miguel Angel Mesa

Las Apariciones

JUEVES 11 DE FEBRERO: EL ENCUENTRO

Acompañada de su hermana y de una amiga, Bernardita se dirige a la Gruta de Massabielle, al borde del Gave, para recoger leña, ramas secas y pequeños troncos. Mientras se está descalzando para cruzar el arroyo, oye un ruido como de una ráfaga de viento, levanta la cabeza hacia la Gruta: “VI A UNA SEÑORA VESTIDA DE BLANCO: LLEVABA UN VESTIDO BLANCO, UN VELO TAMBIÉN DE COLOR BLANCO, UN CINTURÓN AZUL Y UNA ROSA AMARILLA EN CADA PIE.” Hace la señal de la cruz y reza el rosario con la Señora. Terminada la oración, la Señora desaparece de repente.

DOMINGO 14 DE FEBRERO: EL AGUA BENDITA

Bernardita siente una fuerza interior que la empuja a volver a la Gruta a pesar de la prohibición de sus padres. Debido a su insistencia, su madre le da permiso para volver. Después de la primera decena del rosario, Bernardita ve aparecer a la misma Señora. Le echa agua bendita. La Señora sonríe e inclina la cabeza. Terminado el rosario, la Señora desaparece.

JUEVES 18 DE FEBRERO: LA SEÑORA HABLA

La Señora habla por primera vez. Bernardita le ofrece papel y una pluma y le pide que escriba su nombre. La Señora le dice: “No es necesario” y añade: “No le prometo hacerle feliz en este mundo, sino en el otro. ¿Quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días?”.

VIERNES 19 DE FEBRERO: APARICIÓN BREVE Y SILENCIOSA

Bernardita llega a la Gruta con una vela bendecida y encendida. De aquel gesto nacerá la costumbre de llevar velas para encenderlas ante la Gruta.

SÁBADO 20 DE FEBRERO: EN EL SILENCIO

La Señora le ha enseñado una oración personal. Al terminar la visión, una gran tristeza invade a Bernardita.

DOMINGO 21 DE FEBRERO: “AQUERO”

Por la mañana temprano la Señora se presenta a Bernardita, a la que acompañan un centenar de personas. Después es interrogada por el comisario de policía Jacomet, que quiere que diga lo que ha visto. Bernardita no habla más que de “AQUERO” (aquello).

MARTES 23 DE FEBRERO: EL SECRETO

Rodeada por unas ciento cincuenta personas, Bernardita se dirige hacia la Gruta. La Aparición le comunica un secreto, una confidencia “sólo para ella”, pues sólo a ella concierne.

MIÉRCOLES 24 DE FEBRERO: ¡PENITENCIA!

Mensaje de la Señora: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!  – ¡Rece a Dios por los pecadores! – ¡Bese la tierra en penitencia por los pecadores!”

JUEVES 25 DE FEBRERO: LA FUENTE

Trescientas personas están allí presentes. Bernardita cuenta: “ME DIJO QUE FUERA A BEBER A LA FUENTE […] NO ENCONTRÉ MÁS QUE UN POCO DE AGUA FANGOSA. AL CUARTO INTENTO, CONSEGUÍ BEBER; ME MANDÓ TAMBIÉN QUE COMIERA HIERBA QUE HABÍA CERCA DE LA FUENTE, LUEGO LA VISIÓN DESAPARECIÓ Y ME MARCHÉ.” Ante la muchedumbre que le comenta: “¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”, Bernardita sólo contesta. “ES POR LOS PECADORES.”

SÁBADO 27 DE FEBRERO: SILENCIO

Hay allí ese día ochocientas personas. La Aparición permanece silenciosa. Bernardita bebe agua del manantial y hace los gestos habituales de penitencia.

DOMINGO 28 DE FEBRERO: PENITENCIA

Más de mil personas asisten al éxtasis. Bernardita reza, besa la tierra y se arrastra de rodillas en señal de penitencia. A continuación se la llevan a casa del juez Ribes que la amenaza con meterla en la cárcel.

LUNES 1 DE MARZO: PRIMER MILAGRO

Se han congregado más de mil quinientas personas y entre ellas, por primera vez, un sacerdote. Durante la noche, Catalina Latapie, una amiga de Lourdes, acude a la Gruta, moja su brazo dislocado en el agua del manantial y el brazo y la mano recuperan su agilidad.

MARTES 2 DE MARZO: MENSAJE PARA LOS SACERDOTES

La muchedumbre aumenta cada vez más. La Señora le encarga: “Vaya a decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y que se venga en procesión.” Bernardita se lo hace saber al cura Peyra-male, párroco de Lourdes. Éste tan sólo quiere saber una cosa: el nombre de la Señora. Exige, además, como prueba, ver florecer en invierno el rosal silvestre de la Gruta.

MIÉRCOLES 3 DE MARZO: UNA SONRISA

A las siete de la mañana, cuando ya hay allí tres mil personas, Bernardita se encamina hacia la Gruta; pero ¡la Visión no aparece! Al salir del colegio, siente la llamada interior de la Señora; acude a la Gruta y vuelve a preguntarle su nombre. La respuesta es una sonrisa. El párroco Peyramale vuelve a decirle: “Si de verdad la Señora quiere una capilla, que diga su nombre y haga florecer el rosal de la Gruta.”

JUEVES 4 DE MARZO: ¡EL DÍA MÁS ESPERADO!

El gentío cada vez más numeroso (alrededor de ocho mil personas) está esperando un milagro al finalizar estos quince días. La visión permanece silenciosa. El cura Peyramale se mantiene en su postura. Durante los veinte días siguientes, Bernardita no acudirá a la Gruta; no siente dentro de sí la irresistible invitación .

JUEVES 25 DE MARZO: ¡EL NOMBRE QUE SE ESPERABA!

Por fin la visión revela su nombre; pero el rosal silvestre sobre el cual posa los pies durante las apariciones no florece. Bernardita cuenta: “LEVANTÓ LOS OJOS HACIA EL CIELO, JUNTANDO EN SIGNO DE ORACIÓN LAS MANOS QUE TENÍA ABIERTAS Y TENDIDAS HACIA EL SUELO, Y ME DIJO: QUE SOY ERA IMMACULADA COUNCEPCIOU.” La joven vidente salió corriendo, repitiendo sin cesar, por el camino, aquellas palabras que no entiende. Palabras que conmueven al buen párroco, ya que Bernardita ignoraba esa expresión teológica que sirve para nombrar a la Santísima Virgen. Solo cuatro años antes, en 1854, el papa Pío IX había declarado aquella expresión como verdad de fe, un dogma.

MIÉRCOLES 7 DE ABRIL: EL MILAGRO DEL CIRIO

Durante esta Aparición, Bernardita sostiene en la mano su vela encendida, y en un cierto momento la llama lame su mano sin quemarla. Este hecho es inmediatamente constatado por el médico, el doctor Douzous.

JUEVES 16 DE JULIO: ÚLTIMA APARICIÓN

Bernardita siente interiormente el misterioso llamamiento de la Virgen y se dirige a la Gruta; pero el acceso a ella estaba prohibido y la gruta, vallada. Se dirige, pues, al otro lado del Gave, enfrente de la Gruta. “ME PARECÍA QUE ESTABA DELANTE DE LA GRUTA, A LA MISMA DISTANCIA QUE LAS OTRAS VECES, NO VEÍA MÁS QUE A LA VIRGEN, ¡JAMÁS LA HABÍA VISTO TAN BELLA!”

 

 

Fiesta de la Presentación del Señor – 2 de Febrero – La Presentación del Niño Jesús y la Purificación de la Virgen María

Fiesta de la Presentación del Señor – 2 de Febrero – La Presentación del Niño Jesús y la Purificación de la Virgen María

En el Templo, Jesús se ofrece al Padre para rescatar a los hombres, por medio de María, y también por Ella es entregado a la Iglesia, en las manos del anciano Simeón.

Hermoso como todos los pasajes del Evangelio, la Liturgia del día 2 de febrero se centra en el rescate del Niño Jesús y la Purificación de la Virgen. Estos dos episodios tienen lugar en la casa del Señor, el Templo de Jerusalén

A la espera del Mesías, glorias y vicisitudes del Templo de Jerusalén

Casi seis siglos antes ese edificio había sido arrasado. Se hacía indispensable aprovechar la primera ocasión para reconstruirlo. Esta noble tarea le cupo a Zorobabel, jefe de la casa de David y antepasado de Cristo (515 a.C.). Sin embargo, cuánto más grandiosa había sido la gloria de ese Templo “en su primitivo esplendor”, afirmaba el profeta Ageo (2, 3a) al verlo erguido de nuevo.

La inauguración del Templo en tiempos de Salomón se dio con pompa y majestad. Poco después, “cuando salieron los sacerdotes del santuario —pues ya la nube había llenado el Templo del Señor—, no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el Templo del Señor. Dijo entonces Salomón: El Señor puso el sol en los cielos, mas ha decidido habitar en densa nube. He querido erigirte una casa para morada tuya, un lugar donde habites para siempre” (I Re 8, 10-13).

Pero “el que veis ahora —le preguntaba Ageo al pueblo—, ¿no os parece que no vale nada?” (Ag 2, 3b).

La consternación se abatió sobre todos los que oían la recriminación de Dios por la boca de su profeta. Pero enseguida sus rostros se volvieron más relucientes que nunca: “Pues esto dice el Señor de los ejércitos: Dentro de poco haré temblar cielos y tierra, mares y tierra firme. Haré temblar a todos los pueblos, que vendrán con todas sus riquezas y llenaré este Templo de gloria […] Míos son la plata y el oro. […] Mayor será la gloria de este segundo Templo que la del primero. […] Y derramaré paz y prosperidad en este lugar” (Ag 2, 7-10).

El cumplimiento de la profecía

¿Quién podía imaginar la escena en la que se cumplía la profecía de Ageo? El Templo nunca había acogido, ni en la gloria de su inauguración ni en el momento de su reconstrucción, a nadie tan importante: el mismo Creador hecho Niño, en los brazos de su madre, que sería ofrecido al Padre.

¿Cuáles habrían sido sus pensamientos —pues aunque era tan pequeño, ya tenía pleno uso de razón— cuando cruzó el pórtico de ese sagrado edificio? Gran emoción humana en un Corazón Infante y Sagrado que ardía en deseos de ofrecerse como víctima expiatoria. Ese ofrecimiento ya se realiza cuando es concebido por obra del Espíritu Santo en el claustro de su madre. Durante los treinta años en Nazaret, la vida del Cordero de Dios fue una constante renovación de ese acto supremo de entrega de sí mismo en holocausto, que alcanzó su ápice en el Calvario. Es lo que San Pablo afirma: “al entrar Cristo en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un Cuerpo; […] Después añade: He aquí que vengo para hacer tu voluntad. […] Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (Heb 10, 5.9-10).

Pero en el momento en que Simeón, representante del pueblo judío, cogió a Cristo en los brazos para entregarlo al Padre, fue entonces cuando la ofrenda adquirió un carácter oficial. El sacerdote se unió a Cristo en ese momento, ¿o viceversa? Es una bonita cuestión teológica.

Con toda propiedad Fray Luis de Granada exclama:

“No sólo se ofrece aquí esta ofrenda [Cristo] al Padre Eterno, sino también se entrega hoy por manos de la Virgen en los brazos de la Iglesia y de todas las almas fieles, cuyo agente era el santo Simeón, que representa la persona de la Iglesia. […] ¿Qué había de hacer la que tales ejemplos tenía de largueza, sino darnos todo cuanto bien tenía, que era este celestial tesoro? Esta donación fue ratificada por autoridad de toda la Santísima Trinidad. Porque por autoridad del Padre, dada en la Ley, y por voluntad del Hijo, que se ofreció para nuestro remedio, u por inspiración del Espíritu Santo, que trajo a Simeón al Templo, y por manos de la sacratísima Virgen, que como verdadera madre poseía este tesoro, se nos hace hoy esta firme y verdadera donación. […] Corred, pues […] y aprended en la escuela de este Niño cómo siendo Dios tan alto le agradan los corazones humildes en el Cielo y en la tierra”.

La enseñanza de María Virgen para nosotros

Por otra parte, la Purificación de la Virgen María se encontraba adscrita a la Ley mosaica (cf. Lev 12). María no necesitaba haber cumplido ninguno de los requisitos de la Ley. Sin embargo, así procedió la Mater Ecclesiæ para, entre otras razones, enseñarnos con qué amor y cariño debemos seguir las leyes de la Iglesia.

Ella entregará la ofrenda de los pobres: “un par de tórtolas o dos pichones”.

“La tórtola —dice Santo Tomás—, por ser un ave locuaz, significa la predicación y la confesión de la Fe; por ser un animal casto, representa la castidad; y por ser un animal solitario, simboliza la contemplación. La paloma, por ser un animal manso y sencillo, representa la mansedumbre y la sencillez. Y es animal gregal, por lo que significa la vida activa. Y por eso, una ofrenda de esta clase simboliza la perfección de Cristo y la de sus miembros.

“Uno y otro animal, por su hábito de gemir, representan las penas presentes de los santos; pero la tórtola, que vive solitaria, significa las lágrimas de las oraciones; la paloma, en cambio, por ser gregal, simboliza las oraciones públicas de la Iglesia. Con todo, se ofrece una pareja de cada uno de esos animales, a fin de que la santidad no se dé sólo en el alma, sino también en el cuerpo”.

El famoso Beda, anterior a Santo Tomás, había afirmado que la paloma representaba el candor por amar la sencillez y la tórtola la castidad, porque si pierde a su pareja no busca otra.

Simeón, varón de fe y de discernimiento

25a Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso…

Es exactamente el elogio y la esencia que le corresponden a un varón santo. Son las características de una ancianidad perfecta.

25b … que aguardaba el consuelo de Israel;…

A ese respecto es muy adecuado el comentario de San Ambrosio. El anciano Simeón no buscaba la gracia únicamente para sí mismo, sino que la deseaba para todo el pueblo. Por lo tanto, entendía así cómo la gracia era más importante para la colectividad que para una sola persona. Era un hombre conocedor del papel relevante de la opinión pública.

Era un varón de una fe muy grande. Creía en las promesas de Dios. De gran discernimiento, porque sabía que la liberación del pecado era el consuelo del pueblo y no la terminación de las opresiones extranjeras.

25c … y el Espíritu Santo estaba con él.

Es lo que pasa con todas las almas en estado de gracia. Aunque aquí San Lucas parece que quiere indicarnos algo más profundo, es decir, destacar que se trata de un verdadero profeta, según se verá mejor más adelante, en la promesa recibida y en el hecho de haber sido guiado al encuentro con Jesús y María.

26 Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

No existe la más mínima duda de que se trataba de una revelación mística y clara.

La promesa de ver a Cristo Jesús también nos ha sido hecha a nosotros. Para que eso suceda es necesario que imitemos a Simeón, seamos justos, temamos a Dios y esperemos contra toda esperanza

27a Impulsado por el Espíritu, fue al Templo.

Se trataba de un alma que había alcanzado el auge de la unión transformante. Se dejaba guiar por el Espíritu.

27b Y cuando entraban con el Niño Jesús sus padres para cumplir con Él lo acostumbrado según la Ley,…

No olvidemos que el esposo era señor y dueño de todo fruto de su mujer. Jesús pertenecía a José y, así, éste era más que un padre adoptivo.

Una gracia más grande que tener al Niño Jesús en los brazos

28a … Simeón lo tomó en brazos…

¡Qué gracia tan extraordinaria! Quizá fuese Simeón, después de San José, el primer varón en gozar de esa indescriptible felicidad. Dios le había dado más de lo que le había prometido.

San Beda así se expresa sobre este pasaje: “Aquel hombre justo recibió al Niño Jesús en sus brazos, según la Ley, para demostrar que la justicia de las obras, que, según la Ley, estaban figuradas por las manos y los brazos, debía cambiarse por la gracia humilde, ciertamente, pero saludable de la fe evangélica. Tomó el anciano al Niño Jesús, para demostrar que este mundo, ya decrépito, iba a volver a la infancia y a la inocencia de la vida cristiana”.

Sin embargo, nosotros hemos recibido todavía más que Simeón, porque en el momento de la Comunión nuestra unión con Cristo es mucho más íntima. Que Simeón nos alcance la gracia de comulgar diariamente como a él mismo le hubiera gustado hacerlo.

28b … y bendijo a Dios diciendo: 29 “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. 30 Porque mis ojos han visto a tu Salvador, 31 a quien has presentado ante todos los pueblos:…”

Una vez más la fidelidad de este hombre se trasluce en sus propias palabras. Es probable que sus fuerzas estuvieran a punto de abandonarlo en varias ocasiones. ¿Qué súplicas no haría a Dios para que no faltase a su divina promesa? ¡Cuántas veces no fue puesto a prueba: “¿Moriré ahora sin haber visto al Mesías?”!

No lo hemos visto, ni lo vemos, pero en la Eucaristía podemos unirnos a Él más íntimamente que Simeón. ¡Cuánta felicidad la nuestra!

Un Salvador para todos los pueblos

32 “… luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Así es, las demás naciones no habían recibido la Revelación. La gloria le correspondía al pueblo judío; a los otros debía serles concedido el conocimiento de la llegada del Salvador. En ese momento se encontraban de camino los tres Reyes Magos, lo que dio ocasión a la manifestación de la misión universal del Niño Jesús, la Epifanía.

33 Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del Niño.

Se habían quedado así al constatar las manifestaciones angélicas y la presencia de los pastores en la Gruta de Belén. La misma admiración se repetirá con la llegada de los Reyes de Oriente. Ambos discernieron la gloria futura de la Civilización Cristiana, promovida por el ofrecimiento de Jesús.

34a Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:…

Le correspondía bendecirlo porque era de la tribu de Leví, por lo tanto, sacerdote. A la Corredentora es a quien se dirige.

Un signo de contradicción, para que se revelen los secretos de los corazones

34b “Éste ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción…”

Así se expresa San Beda el Venerable en el primer libro de sus homilías: “Con gozo se oyen estas palabras, que muestran que el Señor ha sido destinado a conseguir la resurrección universal, como Él mismo dijo: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá’ (Jn 11, 25). Pero no menos terrible suenan estas otras palabras: ‘Éste ha sido puesto para que muchos caigan y se levanten’.

“Verdaderamente infeliz es el que, después de haber visto su luz, no obstante, queda ciego por la niebla de los vicios… porque, como dice el Apóstol Pedro ‘habría sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, desviarse del mandamiento santo que les había sido transmitido’ (II Pe 2, 21).

“Lo contradicen los judíos y los gentiles; y, lo que es más grave, los cristianos que, profesando interiormente al Salvador, lo desmienten con sus acciones”.

35 “—y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones”.

Continúa San Beda: “Antes de la Encarnación muchos pensamientos estaban ocultos, pero cuando nació el Rey del Cielo en la tierra, el mundo se alegró, mientras que Herodes se turbaba y toda Jerusalén con él. Cuando Jesús predicaba y hacía milagros todo el pueblo temía y glorificaba al Dios de Israel; pero los fariseos y escribas acogían con rabiosas palabras cuantos dichos procedían de la boca del Señor y cuantas obras realizaba.

“Cuando Dios padecía en la Cruz, los impíos reían con necia alegría y los piadosos lloraban con amargura; pero cuando resucitó de entre los muertos y subió al Cielo, la alegría de los malos cambió a tristeza, y la pena de los amigos se convirtió en gozo”.

También hoy y hasta el día del Juicio Final, los cristianos, otros Cristos, son “signos de contradicción” y, por ellos, se pondrán de manifiesto los pensamientos escondidos en los corazones de muchos.

María, Corredentora, y el amor a nuestras cruces

María es la Corredentora del género humano. Ella ya conocía la profecía de Simeón. Más aún, quedará grabada en su espíritu hasta la Resurrección de Jesús. Ella es la Reina de los Mártires y, desde la Anunciación, sufrió con Cristo, por Cristo y en Cristo.

Este fragmento del Evangelio nos invita a dar el carácter de holocausto a los sufrimientos que la Providencia permite. Amemos las cruces que nos correspondan, uniéndonos a Jesús y a María en esa grandiosa escena de la Presentación. ²

 

 

Letanias de Nuestra Señora del Pronto Socorro

¡Santísima Virgen María, que para inspirarme confianza habéis querido llamaros Madre del Perpetuo Socorro! Yo os suplico me socorráis en todo tiempo y en todo lugar; en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida y, sobre todo, en el trance de la muerte. Concédeme, ¡oh amorosa Madre!, el pensamiento y la costumbre de recurrir siempre a Vos; porque estoy cierto de que, si soy fiel en invocaros, Vos seréis fiel en socorrerme. Alcanzadme, pues, la gracia de acudir a Vos sin cesar con la confianza de un hijo, a fin de que obtenga vuestro perpetuo socorro y la perseverancia final. Bendecidme y rogad por mí ahora y en la hora de mi muerte. Así sea.

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Rogad a Jesús por mí, y salvadme.

Santísima y siempre pura Virgen María, Madre de Jesucristo, Reina del mundo y Señora de todo lo creado; que a ninguno abandonas, a ninguno desprecias ni dejas desconsolado a quien recurre a Ti con corazón humilde y puro. No me deseches por mis gravísimos e innumerables pecados, no me abandones por mis muchas iniquidades, ni por la dureza e inmundicia de mi corazón me prives de tu gracia y de tu amor, pues soy tu hijo. Escucha a este pecador que confía en tu misericordia y piedad: socórreme, piadosísima Madre del Perpetuo Socorro, de tu querido Hijo, omnipotente Dios y Señor nuestro Jesucristo, la indulgencia y la remisión de todos mis pecados y la gracia de tu amor y temor, la salud y la castidad y el verme libre de todos los peligros de alma y cuerpo.

En los últimos momentos de mi vida, sé mi piadosa auxiliadora y libra mi alma de las eternas penas y de todo mal, así como las almas de mis padres, familiares, amigos y bienhechores, y las de todos los fieles vivos y difuntos, con el auxilio de Aquel que por espacio de nueve meses llevaste en tu purísimo seno y con tus manos reclinaste en el pesebre, tu Hijo y Señor nuestro Jesucristo, que es bendito por los siglos de los siglos. Amén.

Oh Madre del Perpetuo Socorro, concédeme la gracia de que pueda siempre invocar tu bellísimo nombre ya que él es el Socorro del que vive y Esperanza del que muere. Ah María dulcísima, María de los pequeños y olvidados, haz que tu nombre sea de hoy en adelante el aliento de mi vida. Cada vez que te llame, Madre mía, apresúrate a socorrerme, pues, en todas mi tentaciones, y en todas mis necesidades propongo no dejar de invocarte diciendo y repitiendo: María, María, Madre Mía.

Oh qué consuelo, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente todo mi ser con sólo repetir tu nombre y pensar en ti, Madre Mía. Bendigo y doy gracias a Dios que te ha dado para bien nuestro ese nombre tan dulce, tan amable y bello. Mas no me contento con pronunciar tu bendito nombre, quiero pronunciarlo con amor, quiero que el amor me recuerde que siempre debo acudir a ti, Madre del Perpetuo Socorro.

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, en cuyos brazos el mismo Niño Jesús parece buscar seguro refugio; ya que ese mismo Dios hecho Hijo tuyo como tierna Madre lo estrechas contra tu pecho y sujetas sus manos con tu diestra, no permitas, Señora, que ese mismo Jesús ofendido por nuestras culpas, descargue sobre el mundo el brazo de su irritada justicia; sé tú nuestra poderosa Medianera y Abogada, y detenga tu maternal socorro los castigos que hemos merecido. En especial, Madre mía, concédeme la gracia que te pido.

Señor ten piedad de nosotros.   Señor ten piedad de nosotros.

Cristo ten piedad de nosotros.   Cristo ten piedad de nosotros.

Señor ten piedad de nosotros.   Señor ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.   Cristo escúchanos.

Dios Padre celestial;   ten piedad de nosotros.

Dios Hijo Redentor del mundo;   ten piedad de nosotros.

Dios Espíritu Santo;   ten piedad de nosotros.

Santa Trinidad, un solo Dios;   ten piedad de nosotros.

Santa María Madre de Dios,   ruega por nosotros.

Santa María,   ruega por nosotros.

Santa María Madre de del Infante Jesús,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de todos quienes te invocan con confianza,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en toda tentación,   ruega pos nosotros.  .

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los espíritus malvados,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para obtener contrición,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de quienes quieren entrar nuevamente en el camino de la salvación,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para la conversión de pecadores,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro in toda necesidad temporal,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en toda aflicción,  ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de familias afligidas,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los enfermos y pobres,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de enfermedades contagiosas y epidemias,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en todo accidente,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de la destrucción por fuego,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de relámpagos y tempestades,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de la destrucción por inundación,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los viajeros,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de navegantes,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los náufragos,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los enemigos de nuestro país,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en tiempo de guerra,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de aquellos que aspiran hacia el santo sacerdocio y la vida religiosa,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los que laboran en el viñedo del Señor,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de misioneros que promueven la fe,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de nuestro Santo Padre,  ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para aquellos que buscan la fe    ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los enemigos de la Iglesia,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en la hora de la muerte,    ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para la liberación de las almas en el Purgatorio,  ruega pos nosotros.

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   líbranos, Oh Señor.

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   Óyenos, Oh Señor

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   Ten piedad sobre nosotros, Oh Señor.

  1. Nuestra Señora del Pronto Socorro, ruega pos nosotros.
  2. Que podamos ser dignos de las promesas de Jesucristo.

Oremos

Oh Dios Todopoderoso y Eterno, Quien nos vé rodeados de tantos peligros y miserias, otórganos en Tu infinita bondad que la Santa Virgen María, Madre de tu Hijo Divino, nos defienda de los espíritus malvados y nos proteja contra todas las adversidades, que siempre y con pronto socorro nos libere de todo mal de alma y cuerpo, y nos guié sin peligro al Reino del Cielo, a través de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo, Quien vive y reina Contigo en la Unidad del Espíritu Santo, Un Solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén

 

MEDITACIÓN SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS

 

I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿cómo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).
II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.
III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios; Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil (San Paulino).
ORACIÓN
Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.