Letanias de Nuestra Señora del Pronto Socorro

¡Santísima Virgen María, que para inspirarme confianza habéis querido llamaros Madre del Perpetuo Socorro! Yo os suplico me socorráis en todo tiempo y en todo lugar; en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida y, sobre todo, en el trance de la muerte. Concédeme, ¡oh amorosa Madre!, el pensamiento y la costumbre de recurrir siempre a Vos; porque estoy cierto de que, si soy fiel en invocaros, Vos seréis fiel en socorrerme. Alcanzadme, pues, la gracia de acudir a Vos sin cesar con la confianza de un hijo, a fin de que obtenga vuestro perpetuo socorro y la perseverancia final. Bendecidme y rogad por mí ahora y en la hora de mi muerte. Así sea.

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Rogad a Jesús por mí, y salvadme.

Santísima y siempre pura Virgen María, Madre de Jesucristo, Reina del mundo y Señora de todo lo creado; que a ninguno abandonas, a ninguno desprecias ni dejas desconsolado a quien recurre a Ti con corazón humilde y puro. No me deseches por mis gravísimos e innumerables pecados, no me abandones por mis muchas iniquidades, ni por la dureza e inmundicia de mi corazón me prives de tu gracia y de tu amor, pues soy tu hijo. Escucha a este pecador que confía en tu misericordia y piedad: socórreme, piadosísima Madre del Perpetuo Socorro, de tu querido Hijo, omnipotente Dios y Señor nuestro Jesucristo, la indulgencia y la remisión de todos mis pecados y la gracia de tu amor y temor, la salud y la castidad y el verme libre de todos los peligros de alma y cuerpo.

En los últimos momentos de mi vida, sé mi piadosa auxiliadora y libra mi alma de las eternas penas y de todo mal, así como las almas de mis padres, familiares, amigos y bienhechores, y las de todos los fieles vivos y difuntos, con el auxilio de Aquel que por espacio de nueve meses llevaste en tu purísimo seno y con tus manos reclinaste en el pesebre, tu Hijo y Señor nuestro Jesucristo, que es bendito por los siglos de los siglos. Amén.

Oh Madre del Perpetuo Socorro, concédeme la gracia de que pueda siempre invocar tu bellísimo nombre ya que él es el Socorro del que vive y Esperanza del que muere. Ah María dulcísima, María de los pequeños y olvidados, haz que tu nombre sea de hoy en adelante el aliento de mi vida. Cada vez que te llame, Madre mía, apresúrate a socorrerme, pues, en todas mi tentaciones, y en todas mis necesidades propongo no dejar de invocarte diciendo y repitiendo: María, María, Madre Mía.

Oh qué consuelo, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente todo mi ser con sólo repetir tu nombre y pensar en ti, Madre Mía. Bendigo y doy gracias a Dios que te ha dado para bien nuestro ese nombre tan dulce, tan amable y bello. Mas no me contento con pronunciar tu bendito nombre, quiero pronunciarlo con amor, quiero que el amor me recuerde que siempre debo acudir a ti, Madre del Perpetuo Socorro.

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, en cuyos brazos el mismo Niño Jesús parece buscar seguro refugio; ya que ese mismo Dios hecho Hijo tuyo como tierna Madre lo estrechas contra tu pecho y sujetas sus manos con tu diestra, no permitas, Señora, que ese mismo Jesús ofendido por nuestras culpas, descargue sobre el mundo el brazo de su irritada justicia; sé tú nuestra poderosa Medianera y Abogada, y detenga tu maternal socorro los castigos que hemos merecido. En especial, Madre mía, concédeme la gracia que te pido.

Señor ten piedad de nosotros.   Señor ten piedad de nosotros.

Cristo ten piedad de nosotros.   Cristo ten piedad de nosotros.

Señor ten piedad de nosotros.   Señor ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.   Cristo escúchanos.

Dios Padre celestial;   ten piedad de nosotros.

Dios Hijo Redentor del mundo;   ten piedad de nosotros.

Dios Espíritu Santo;   ten piedad de nosotros.

Santa Trinidad, un solo Dios;   ten piedad de nosotros.

Santa María Madre de Dios,   ruega por nosotros.

Santa María,   ruega por nosotros.

Santa María Madre de del Infante Jesús,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de todos quienes te invocan con confianza,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en toda tentación,   ruega pos nosotros.  .

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los espíritus malvados,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para obtener contrición,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de quienes quieren entrar nuevamente en el camino de la salvación,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para la conversión de pecadores,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro in toda necesidad temporal,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en toda aflicción,  ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de familias afligidas,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los enfermos y pobres,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de enfermedades contagiosas y epidemias,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en todo accidente,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de la destrucción por fuego,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de relámpagos y tempestades,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de la destrucción por inundación,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los viajeros,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de navegantes,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los náufragos,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los enemigos de nuestro país,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en tiempo de guerra,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de aquellos que aspiran hacia el santo sacerdocio y la vida religiosa,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los que laboran en el viñedo del Señor,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de misioneros que promueven la fe,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de nuestro Santo Padre,  ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para aquellos que buscan la fe    ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los enemigos de la Iglesia,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en la hora de la muerte,    ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para la liberación de las almas en el Purgatorio,  ruega pos nosotros.

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   líbranos, Oh Señor.

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   Óyenos, Oh Señor

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   Ten piedad sobre nosotros, Oh Señor.

  1. Nuestra Señora del Pronto Socorro, ruega pos nosotros.
  2. Que podamos ser dignos de las promesas de Jesucristo.

Oremos

Oh Dios Todopoderoso y Eterno, Quien nos vé rodeados de tantos peligros y miserias, otórganos en Tu infinita bondad que la Santa Virgen María, Madre de tu Hijo Divino, nos defienda de los espíritus malvados y nos proteja contra todas las adversidades, que siempre y con pronto socorro nos libere de todo mal de alma y cuerpo, y nos guié sin peligro al Reino del Cielo, a través de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo, Quien vive y reina Contigo en la Unidad del Espíritu Santo, Un Solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén

 

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MEDITACIÓN SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS

 

I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿cómo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).
II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.
III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios; Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil (San Paulino).
ORACIÓN
Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.

 

 

El Niño Dios, fuente de la mayor alegría

 

El tiempo de adviento avanza. Le pido al Señor en la oración que me conceda llegar a la Navidad con una gran alegría en el corazón. ¡Qué mayor alegría puede tener un cristiano que celebrar el nacimiento del Hijo de Dios sabiendo que Jesús es nuestro Salvador! Este es el motivo por el que cualquier persona, por muchas dificultades que sobrelleve, debe estar alegre. La Navidad es la fiesta de la alegría. En el pequeño portal de Belén una familia irradia alegría. Aquí radica el secreto de la Navidad, en una cuna recubierta de paja en la que descansa el Niño Jesús. Él es la fuente de mayor alegría. Contemplando a Jesús uno contempla al Dios del Amor. Viviendo en comunión con Jesús uno siente que vive en la mayor de las alegrías.

Por el contrario, cuando vives cerrado a la gracia de Dios, la tristeza hace mella en mi corazón.
Como María le digo al Niño Jesús que se «alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de sus esclava y ha hecho obras poderosas en mí».
Uno vive su fe en medio de profundas dificultades, con una vida plagada de contradicciones y de una sarta de sufrimientos profundos. Cada uno conoce su propia miseria; sabe cuando acude a las seguridades materiales, al placer… para alcanzar la ¿felicidad?. Pero cualquiera sabe que en estas situaciones es imposible tener el corazón alegre. Lo normal es encontrar desilusión y aflicción.

En ese se «alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» se resume la razón de ser de nuestra existencia: la búsqueda de la alegría en el encuentro con el prójimo, en el agradecimiento por la vida, en el disfrute de la naturaleza, en la potenciación de las virtudes propias, en la alegría de hacer el trabajo con rectitud y bien hacer, el cumplir las cosas como corresponden, el servir con generosidad, el aprender a perdonar, el ser misericordiosos, el sacrificarse por el prójimo… en vivir, en definitiva, por Dios, con Dios y para Dios. En todo esto uno demuestra que verdaderamente cree que el Señor es su fuerza y su poder, que es su auténtico Salvador. ¡La auténtica alegría del corazón!

¡Señor, concédeme el don de la alegría para estar siempre abierto a Ti y a los demás! ¡No permitas que las tribulaciones me paralicen! ¡Quiero acogerme a tu bondad, Señor! ¡Anhelo estar siempre alegre, para que la alegría lleno de luz mi vida y mi corazón y sea capaz de iluminar también el entorno en el que vivo! ¡En este tiempo de espera y de vigilia, Señor, hazme abrir los ojos y déjame iluminar por Ti; ayúdame a vivir este tiempo creciendo en el amor hacia los demás para que mi corazón esté preparado para recibirte con alegría! ¡Concédeme la gracia de estar alegre, vigilante, preparado, que mi corazón y todo mi ser sean capaces de reconocerte cuando te hagas presente entre nosotros!

¡Ayúdame a acoger como mi Dios, el Dios amor que trae la felicidad incluso en la tribulación! ¡Espíritu Santo, ayudarme a estar siempre alegre en Jesús; no permitas que nada me inquiete y permíteme poder presentar a Dios todos mis anhelos y necesidades con esperanza y alegría, en la confianza de que Dios custodia mi corazón y me lo llena de alegría! ¡Ayúdame a estar siempre alegre en el Señor y que Su alegría se impregne en mi corazón como signo de comunión, de esperanza y de caridad hacia el prójimo!

¡Hazme comprender, Espíritu divino, que todos los acontecimientos cotidianos son parte del plan de Dios en mi vida, signos de su atención por mí; ayúdame a acogerlos con alegría y esperanza! ¡Que este tiempo de Adviento sea para mi un tiempo de oración y de alegría, la ocasión para despertar en mi interior la fuerza de mi fe, la certeza de que Cristo es el Mesías nacido en la pobreza del portal de Belén y que nos ha venido a traer el don del amor y de la salvación!

 

LA ALEGRÍA DE LA NAVIDAD Y EL SILENCIO DE DIOS

Es frecuente oír a algunos cristianos decir que la Navidad les produce nostalgia y tristeza, porque echan de menos a los seres queridos que ya pasaron a mejor vida. No han entendido nada. La Navidad no es reunirse la familia una vez al año para cenar juntos, si en nuestro corazón no está latente el pensamiento del regalo más grande que Dios ha hecho a los hombres: enviarles a su Hijo para que se haga uno de ellos y enseñarles el camino para llegar al Padre.

La Navidad sólo puede producir alegría. San León Magno comenzaba así una de sus Homilías de Navidad:

“Hoy ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida para acabar con el temor de la muerte y llenarnos de gozo con la eternidad prometida… Exulte el santo porque se acerca el premio; alégrese el pecador porque se le invita al perdón; anímese el gentil, porque se le llama a la vida”. “Así, pues, el Verbo, el Hijo de Dios, se hace hombre para libertar a los hombres de la muerte eterna. Para tomar la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su majestad, se ha abajado de tal forma, que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo (Flp 2,7) a la que Él tenía igual do lo que era y asumiendo lo que no era, unió la condición al Padre, realizando entre las dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo superior fue disminuido por esta asunción…”. “De no haber sido Dios no nos habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no nos habría dado ejemplo… ¿Qué alegría no causará en el humilde mundo de los hombres esta obra inefable de la bondad divina, si provoca tanto gozo en la esfera sublime de los ángeles?” “Exultemos en el Señor y alegrémonos con un gozo espiritual, pues se ha levantado para nosotros el día de una nueva redención, día de una felicidad eterna”.

San Pablo en su Epístola a los Filipenses (4,4) insiste en la misma idea: “Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: Alegraos”:

La promesa hecha desde la creación del mundo se va a cumplir una vez más: el nacimiento de Cristo llena de alegría nuestros corazones, al convertirse en Emmanuel (Dios con nosotros). “No temáis, porque os traigo una buena noticia -dijo el ángel a los pastores- una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David [Belén], os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11).

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios… y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,1-14). La carne de Jesús, su existencia humana, es la tienda del Verbo. “A cuantos le recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre” (Jn 1,12).

Cuando el ángel Gabriel saludó a María, se dirige a Ella con estas palabras: “¡Alégrate, llena de gracia!”, como más tarde diría a los pastores: ¡Os anuncio una gran alegría!”. Cuando subió a los cielos, Jesús usó la misma expresión para despedirse de sus discípulos: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). El profeta Sofonías también dirá: “¡Alégrate, hija de Sión! ¡Grita de gozo, Israel!… el Señor, tu Dios, está en medio de ti” (Sof 3,14). Siempre que Dios se acerca a los hombres, hay motivo de alegría.

La salvación que trae el Niño prometido se manifiesta en la instauración definitiva del reino de David: “Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre” (2 Sam 7,16). María, al saber que iba a ser madre de Dios de un modo especial, sin romper su virginidad, respondió: “Hágase en mí según tu palabra”. San Bernardo nos narra este momento de una manera encantadora:

“Tras la caída de nuestros primeros padres, todo el mundo queda oscurecido bajo el dominio de la muerte. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un “sí” libre de su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho, en cierto modo, dependiente del hombre. Su poder está vinculado al “sí” no forzado de una persona humana”. “La creación entera está pendiente de los labios de María, cuando al fin salió de su corazón la respuesta: “Hágase en mí según tu palabra”. Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana”.

…Y llegado el momento, que Lucas sitúa en la historia con todo lujo de de talles, cuando todo estaba en profundo silencio… “le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada” (Le 2,65). “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14) … “Vino a su casa y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). No hay sitio para el Salvador del mundo. El Todopoderoso no tiene cabida en este mundo corrompido. Sus seguidores, los cristianos, también tienen que salir de los criterios de este mundo, si quieren llegar a Dios. No olvidemos que ahora somos “hijos de la luz, y el fruto de la luz es todo bondad, justicia y verdad” (Ef 5,8). El pan bajado del cielo, como nos dice san Agustín, yace en un pesebre. En la pobreza del Nacimiento de Cristo se perfila la redención de los hombres. Los primeros en tener noticia del Nacimiento de Cristo son los humildes pastores, por medio del anuncio del Ángel. El gran Pastor de los hombres ha nacido entre pastores (Cfr. Benedicto XVI, La Infancia de Jesús). Los pastores se apresuran a ver al Niño recién nacido, y en cambio, como dice J. Ratzinger, ¿qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios?

Ha pasado ya mucho tiempo de este acontecimiento, y aún el cielo y la tierra no se han unido, aunque lo temporal y lo eterno se dieran la mano, lo pequeño pasaba a ser enorme, y la increíble inmensidad quedaba encerrada en la pequeñez de un niño. La tierra estaba en tinieblas y Él vino como luz para iluminarnos, pero las tinieblas siguen rechazando la Luz. Pero el recién nacido que tantas alegrías nos ha traído, sigue presente abriendo sus bracitos, calladito, esperando que el mundo capte su mensaje, sin protestar, sin condenar: “El Hijo del hombre no ha venido a este mundo para juzgarlo, sino para salvarlo” (Cfr. Jn 3,17). Este pequeñín es el Emmanuel, Dios con nosotros. Aquí está la clave del mensaje, que Él se hace hombre para que los hombres se hagan Dios. Como decía Ortega y Gasset: “Si Dios se ha hecho hombre, ¡Qué gran-de es ser hombre!” El mundo occidental ha dejado de lado al Emmanuel para acudir a otros dioses. Es realmente sorprendente el paso de muchos católicos a otras religiones que se han puesto de moda, en alguna de las cuales la ausencia de Dios es total, o, a lo sumo, un Dios lejano e inaccesible. Ni siquiera nuestros hermanos mayores en la fe -como los llamó Juan Pablo II en su visita a la sinagoga de Roma en 1986- han sido capaces de aceptar un Dios tan humano como el Niño que contemplamos en la cuna. Dios, a quien nadie ha visto nunca ni lo puede ver (Cfr. Jn 1,18), se hace “visible” en el Hijo hecho hombre y nacido de María. Así respondió Él mismo a la petición de los Apóstoles “Muéstranos al Padre”; “¿No creéis que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Yo y el Padre somos una misma cosa” (Cfr. Jn 14,8-1 1). Aunque todavía no podamos conocer a Dios “cara a cara”, como nos dice san Pablo, sin embargo tenemos que reconocer que en la Navidad se acerca al hombre hasta donde somos capaces de entender. Y fue tan lejos en su acercamiento al hombre que llegó a ser “escándalo para los judíos y necedad para los paganos” (Cfr. 1 Cor 1,28).

La Navidad es un misterio de amor, que el hombre de hoy no acaba de entender. Dios nos ama tanto, que nos envía al Hijo para que nosotros podamos llegar a El. En el Niño de Belén, tan humano, tan desvalido, la humanidad se acerca al mayestático y lejano Dios de los judíos y los islámicos. ¡Qué suerte tenemos los cristianos! Hemos escondido a un hombre en Dios, y para siempre seremos uno con Él. Cristo está en el centro de nuestra fe y de nuestra vida. Lamentablemente sigue siendo un hecho actual que “muchos de los suyos no le reciben”. Para estos seguirá siendo triste la Navidad. Pero la Navidad es otra cosa:

“Es dejar en cualquier rincón perdido de la trastienda del alma todo el lastre, la angustia del mundo, y desnudar el corazón de capas de vejez amarga. Es ser tan leve como Dios inmerso en la asombrosa pequeñez del tiempo y de la carne. Es conocer, una vez más, que no hay amor, risa ni llanto, muerte o soledad, que no estén arropados por la desnudez de Dios que los acoge enteros… Navidad es quedarse indefenso y pequeño para sentir y saber algo de la alta ciencia de Dios que pide y siembra amores” (Equipo Vocacional Mater Ecclesiae, Madrid).

Como decíamos al principio, después de tanto tiempo desde la primera Navidad, el mundo sigue en tinieblas, fomentando una sociedad pagana. Pero Dios no se cansa: sigue presentándose en el pesebre y no dice nada; sólo sonríe y abre los brazos. Parece que el Verbo se ha quedado mudo. No se cansa nunca y no se asusta ante la suciedad y la miseria. Su poder es más grande que todo el mal del que el hombre debería tener miedo. Aquí podríamos aplicarnos las palabras de san Pablo: “Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la luz” (Ef 5,8). “¡Oh, admirable intercambio! El Creador del género humano nos entrega su divinidad al tomar un cuerpo humano”. La vida divina que se encierra en el alma es la luz que surge en las tinieblas: el milagro de la Navidad.

Una vez más recordemos en la Navidad a la mujer que hizo posible esta maravilla, María, convertida en auténtica Madre de Dios al dar su consentimiento al ángel. Es nuestra natural mediadora para acercarnos al Hijo. María es la nueva Eva que Dios pone ante el nuevo Adán, Cristo, y, comenzando por la Anunciación, pasando por su alumbramiento en Belén, la Cruz en el Gólgota, y terminando en el cenáculo el día de Pentecostés, la Madre del Mesías se convierte en Madre de toda la Iglesia. Cristo vencerá por medio de María.

Augusto Flores Con sumo gusto publicamos este precioso artículo sobre la Navidad. Es pastoral, teológico, profundo y accesible a todos. Escrito con erudición y con no menos fervor. ¡Muchas gracias, Augusto!

 

LA INAMACULADA CONCEPCIÓN

La Inmaculada Concepción

1. En la reflexión doctrinal de la Iglesia de oriente, la expresión llena de gracia, como hemos visto en las anteriores catequesis, fue interpretada, ya desde el siglo VI, en el sentido de una santidad singular que reina en María durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva creación.

Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Protoevangelio (Gn 3, 15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: «Ella te aplastara la cabeza», ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta la serpiente bajo sus pies.

Ya hemos recordado con anterioridad que esta traducción no corresponde al texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Ese texto por consiguiente, no atribuye a María sino a su Hijo la victoria sobre Satanás. Sin embargo, dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo.

2. En el mismo texto bíblico, además se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia.

A este respecto, la encíclica Fulgens corona, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre» (MS 45 [1953], 579).

La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora.

3. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres.

Como testimonio bíblico en favor de la Inmaculada Concepción de María, se suele citar también el capítulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1). La exégesis actual concuerda en ver en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual cuando afirma: «La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer­comunidad está descrita con los rasgos de la mujer­Madre de Jesús.

Caracterizada por su maternidad, la mujer «está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). Esta observación remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), donde participa, con el alma traspasada por la espada (cf. Lc 2, 35), en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, es decir, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu.

Por último, el Apocalipsis invita a reconocer más particularmente la dimensión eclesial de la personalidad de María: la mujer vestida de sol representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la santísima Virgen, en virtud de una gracia singular.

4. A esas afirmaciones escriturísticas, en las que se basan la Tradición y el Magisterio para fundamentar la doctrina de la Inmaculada Concepción, parecerían oponerse los textos bíblicos que afirman la universalidad del pecado.

El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a «todo nacido de mujer» (Sal 50, 7; Jb 14, 2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, «todos pecaron» y que «el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación» (Rm 5, 12. 18). Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, el pecado original «afecta a la naturaleza humana», que se encuentra así «en un estado caído». Por eso, el pecado se transmite «por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales» (n. 404). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que «no conoció pecado» (2 Co 5, 21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia «donde abundo el pecado» (Rm 5, 20).

Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora. El paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.

San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención.

El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.

Dogma proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus. 

Una vez más estamos aquí para rendirte homenaje
a los pies de esta columna,
desde la cual tú velas con amor
sobre Roma y sobre el mundo entero,
desde que, hace ya ciento cincuenta años,
el beato Pío IX proclamó,
como verdad de la fe católica,
tu preservación de toda mancha de pecado,
en previsión de la muerte y resurrección
de tu Hijo Jesucristo.
¡Virgen Inmaculada!
tu intacta belleza espiritual
es para nosotros una fuente viva de confianza y de esperanza.
Tenerte como Madre, Virgen Santa,
Nos reafirma en el camino de la vida
como prenda de eterna salvación.
Por eso a ti, oh María,
Confiadamente recurrimos.
Ayúdanos a construir un mundo
donde la vida del hombre sea siempre amada y defendida,
toda forma de violencia rechazada,
la paz buscada tenazmente por todos.
¡Virgen Inmaculada!
En este Año de la Eucaristía
concédenos celebrar y adorar
con de renovada y ardiente amor
el santo misterio del Cuerpo y Sangre de Cristo.
En tu escuela, o Mujer Eucarística,
enséñanos a hacer memoria de las maravillosas obras
que Dios no cesa de realizar en el corazón de los hombres.
Con premura materna, Virgen María,
guía siempre nuestros pasos por los senderos del bien.

¡Amén!

ORACIÓN A LA INMACULADA
CONCEPCIÓN
Inmaculada Madre de Dios, Reina de los cielos, Madre de misericordia, abogada y refugio de los pecadores: he aquí que yo, iluminado y movido por las gracias que vuestra maternal benevolencia abundantemente me ha obtenido del Tesoro Divino, propongo poner mi corazón ahora y siempre en vuestras manos para que sea consagrado a Jesús.

A Vos, oh Virgen santísima, lo entrego, en presencia de los nueve coros de los ángeles y de todos los santos; Vos, en mi nombre, consagradlo a Jesús; y por la filial confianza que os tengo, estoy seguro de que haréis ahora y siempre que mi corazón sea enteramente de Jesús, imitando perfectamente a los santos, especialmente a San José, vuestro purísimo esposo. Amén.

¡Virgen Santísima, que agradaste al Señor y fuiste su Madre; inmaculada en el cuerpo, en el alma, en la fe y en el amor! Por piedad, vuelve benigna los ojos a los fieles que imploran tu poderoso patrocinio. La maligna serpiente, contra quien fue lanzada la primera maldición, sigue combatiendo con furor y tentando a los miserables hijos de Eva. ¡Ea, bendita Madre, nuestra Reina y Abogada, que desde el primer instante de tu concepción quebrantaste la cabeza del enemigo! Acoge las súplicas de los que, unidos a ti en un solo corazón, te pedimos las presentes ante el trono del Altísimo para que no caigamos nunca en las emboscadas que se nos preparan; para que todos lleguemos al puerto de salvación, y, entre tantos peligros, la Iglesia y la sociedad canten de nuevo el himno del rescate, de la victoria y de la paz. Amén.

Oh Dios, que por la Inmaculada Virgen, preparasteis digna morada a vuestro Hijo; os suplicamos que, así como a ella la preservasteis de toda mancha en previsión de la muerte del mismo Hijo, nos concedáis también que, por medio de su intercesión, lleguemos a vuestra presencia puros de todo pecado. Por el mismo Jesucristo, nuestro señor. Amén.

1. Bendita sea la santa e inmaculada Concepción de la gloriosa Virgen María, Madre de Dios. Avemaría.

2. Oh María, que entrasteis en el mundo sin mancha de culpa, obtenedme de Dios que pueda yo salir de él sin pecado. Avemaría.

3. Oh Virgen María, que nunca estuvisteis afeada con la mancha del pecado original, ni de ningún pecado actual, os encomiendo y confío la pureza de mi corazón. Avemaría.

4. Por vuestra Inmaculada Concepción, oh María, haced puro mi cuerpo y santa el alma mía. Avemaría.

5. Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos. Avemaría.

Bendita sea la santa e Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Avemaría.

 

Nuestra Señora de Fatima

Desde el 13 de mayo de 1917 la Sma. Virgen María se apareció en seis ocasiones en Fátima (Portugal) a tres pastorcitos: Lucía, Francisco y Jacinta. En un hermoso libro titulado “Memorias de Lucía” (cuya lectura recomendamos) la que vio a la Virgen cuenta todos los detalles de esas apariciones.


El 13 de mayo se produjo el siguiente diálogo:
– ¿De dónde es su merced? – Mi patria es el cielo.

– ¿Y qué desea de nosotros? – Vengo a pedirles que vengan el 13 de cada mes a esta hora (mediodía). En octubre les diré quién soy y qué es lo que quiero.

– ¿Y nosotros también iremos al cielo? – Lucía y Jacinta sí.

– ¿Y Francisco?

Los ojos de la aparición se vuelven hacia el jovencito y lo miran con expresión de bondad y de maternal reproche mientras va diciendo: – El también irá al cielo, pero antes tendrá que rezar muchos rosarios.
Y la Sma. Virgen continuó diciéndoles:

– ¿Quieren ofrecerse al Señor y estar prontos para aceptar con generosidad los sufrimientos que Dios permita que les lleguen y ofreciéndolo todo en desagravio por las ofensas que se hacen a Nuestro Señor?

– Sí, Señora, queremos y aceptamos.

Con un gesto de amable alegría, al ver su generosidad, les dijo:

– Tendrán ocasión de padecer y sufrir, pero la gracia de Dios los fortalecerá y asistirá.

Segunda aparición: 13 de Junio de 1917.

La Sma. Virgen le dice a los tres niños: “Es necesario que recen el rosario y aprendan a leer”.

Lucía le pide la curación de un enfermo y la Virgen le dice: “Que se convierta y el año entrante recuperará la salud”.

Lucía le suplica: “Señora: ¿quiere llevarnos a los tres al cielo?”.

– Sí a Jacinta y a Francisco los llevaré muy pronto, pero tú debes quedarte aquí abajo, porque Jesús quiere valerse de ti para hacerme amar y conocer. El desea propagar por el mundo,la devoción por el Inmaculado Corazón de Maria .

¿Y voy a quedarme solita en este mundo?

– ¡No hijita! ¿Sufres mucho? Pero no te desanimes, que yo no te abandonaré. Mi corazón inmaculado será tu refugio y yo seré el camino que te conduzca a Dios.

Tercera aparición: 13 de julio de 1917.

Ya hay 4,000 personas. Nuestra Señora les dice a los videntes: “Es necesario rezar el rosario para que se termine la guerra. Con la oración a la Virgen se puede obtener la paz. Cuando sufran algo digan: ‘Oh Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores’”.
La Virgen abrió sus manos y un haz de luz penetró en la tierra y apareció un enorme horno lleno de fuego, y en él muchísimas personas semejantes a brasas encendidas, que levantadas hacia lo alto por las llamas volvían a caer gritando entre lamentos de dolor. Lucía dio un grito de susto. Los niños levantaron los ojos hacia la Virgen como pidiendo socorro y Ella les dijo:

– ¿Han visto el infierno donde van a caer tantos pecadores? Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Si se reza y se hace penitencia, muchas almas se salvarán y vendrá la paz. Pero si no se reza y no se deja de pecar tanto, vendrá otra guerra peor que las anteriores, y el castigo del mundo por sus pecados será la guerra, la escasez de alimentos y la persecución a la Santa Iglesia y al Santo Padre. Vengo a pedir la Consagración del mundo al Corazón de María y la Comunión de los Primeros Sábados, en desagravio y reparación por tantos pecados. Si se acepta lo que yo pido, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Pero si no una propaganda impía difundirá por el mundo sus errores y habrá guerras y persecuciones a la Iglesia. Muchos buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá que sufrir mucho. Varias naciones quedarán aniquiladas. Pero al fin mi Inmaculado Corazón triunfará.

Y añadió Nuestra Señora: Cuando recen el Rosario, después de cada misterio digan: “Oh Jesús, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”.
Cuarta aparición: Agosto 1917.

Cuarta aparición. Esta no ue posible el 13 de agosto, porque ese día el alcalde tenía prisioneros a los 3 niños intentándo acerlos decir que ellos no habían visto a la Virgen.  Aunque el alcalede no logró su propósito, la aparición sucedió  unos días después.

La Sma. Virgen les dijo en la 4ª. Aparición: “Recen, recen mucho y hagan sacrificios por los pecadores. Tienen que recordar que muchas almas se condenan porque no hay quién rece y haga sacrificios por ellas”. (El Papa Pío XII decía que esta frase era la que más le impresionaba del mensaje de Fátima y exclamaba: “Misterio tremendo: que la salvación de muchas almas dependa de las oraciones y sacrificios que se hagan por los pecadores).

Desde esta aparición los tres niños se dedicaron a ofrecer todos los sacrificios posibles por la conversión de los pecadores y a rezar con más fervor el Rosario.

Quinto aparición: 13 de Septiembre 1917.
Ya hay unas 12,000 personas. Nuestra Señora les recomienda a los videntes que sigan rezando el Rosario y anuncia el fin de la guerra. Lucía le pide por varios enfermos. La Virgen le responde que algunos sí curarán, pero que otros no, porque Dios no se confía de ellos, y porque para la santificación de algunas personas es más conveniente la enfermedad que la buena salud. E invita a todos a presenciar un gran milagro el próximo 13 de octubre.

Sexta y última aparición. 13 de octubre de 1917.

En este día hay 70,000 personas. La aparición dice a los tres niños: “Yo soy la Virgen del Rosario. Deseo que en este sitio me construyan un templo y que recen todos los días el Santo Rosario”.

Lucía les dice los nombres de bastantes personas que quieren conseguir salud y otros favores muy importantes. Nuestra Señora le responde que algunos de esos favores serán concedidos y otros serán reemplazados por favores mejores. Y añade: “Pero es muy importante que se enmienden y que pidan perdón por sus pecados”.

Y tomando un aire de tristeza la Sma. Virgen dijo estas sus últimas palabras de las apariciones: QUE NO OFENDAN MAS A DIOS QUE YA ESTA MUY OFENDIDO (Lucía afirma que de todas las frases oídas en Fátima, esta fue la que más le impresionó).

La Sma. Virgen antes de despedirse señaló con sus manos hacia el sol y entonces los 70,000 espectadores presenciaron un milagro conmovedor, un espectáculo maravilloso, nunca visto: la lluvia cesó instantáneamente (había llovido desde el amanecer y era mediodía) las nubes se alejaron y el sol apareció como un inmenso globo de plata o de nieve, que empezó a dar vueltas a gran velocidad, esparciendo hacia todas partes luces amarillas, rojas, verdes, azules y moradas, y coloreando de una manera hermosísima las lejanas nubes, los árboles, las rocas y los rostros de la muchedumbre que allí estaba presente. De pronto el sol se detiene y empieza a girar hacia la izquierda despidiendo luces tan bellas que parece una explosión de juegos pirotécnicos, y luego la multitud ve algo que la llena de terror y espanto.
Ven que el sol se viene hacia abajo, como si fuera a caer encima de todos ellos y a carbonizarlos, y un grito inmenso de terror se desprende de todas las gargantas. “Perdón, Señor, perdón”, fue un acto de contricción dicho por muchos miles de pecadores. Este fenómeno natural se repitió tres veces y duró diez minutos. No fue registrado por ningún observatorio astronómico porque era un milagro absolutamente sobrenatural.

Luego el sol volvió a su sitio y los miles de peregrinos que tenían sus ropas totalmente empapadas por tanta lluvia, quedaron con sus vestidos instantáneamente secos. Y aquel día se produjeron maravillosos milagros de sanaciones y conversiones.

Y nosotros queremos recordar y obedecer los mensajes de la Sma. Virgen en Fátima: “Rezar el Rosario. Hacer oración y sacrificios por la conversión de los pecadores y NO ofender más a Dios, que ya esta muy ofendido”.

Apariciones del Ángel de La Paz

Un tiempo antes de la manifestación de Nuestra Señora de Fátima, los niños Videntes, tuvieron tres apariciones de un Angel. La primera tuvo lugar en la primavera de 1916 en la cueva “Loca de Cabeco”.

El Angel les dijo: ” No teman. Soy el Angel de la Paz. Recen conmigo.”

Luego se arrodillo en la tierra, se inclino y dijo :
“Mi Dios, Yo creo en ti, Yo te adoro y Yo te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen , que no te adoran y no te aman.”

Lo repitió tres veces, se levanto y le dijo a los  pequeños “Recen de esta manera. Los corazones de Jesús y María están atentos a sus súplicas.” Luego desapareció.

En la segunda aparición, entre otras cosas, el Angel les dijo: “Yo soy el Angel de su guardia, el Angel de Portugal. Sobre todo, acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que el Señor les envíe”.

En la tercer aparición: El Angel nuevamente se apareció en la cueva Loca de Cabeco, llevaba consigo un cáliz y sostuvo sobre él, una Hostia. Repitió tres veces esta oración:

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los tabernáculos del mundo, en acto de reparación por los sacrilegios, ultrajes e indiferencia por la cual Él Mismo es ofendido. Y mediante los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, yo le pido la conversión de los pobres pecadores.”

Después le dio la Hostia a Lucía y ofreció el contenido del Cáliz a Jacinta y Francisco para que lo bebieran. Volvió a repetir la oración y se marcho.

Apariciones de la Santísima Virgen

Ocurrieron entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917.

Primera Aparición
:

Aconteció el 13 de mayo, los tres niños se encontraban en la Cova de Iría, cuando vieron un luz como si fuera un relámpago, entonces creyendo que era una tormenta, intentaron marcharse, pero nuevamente otro rayo de luz los detuvo, de repente por encima de un arbusto apareció Nuestra Señora vestida de blanco, brillaba como el sol, en su mano derecha llevaba un Rosario. La Virgen les hablo así:

“No tengan miedo. No les haré daño.”

Lucia pregunto:
– ¿De dónde es su merced?

La Virgen María respondió:
– Mi lugar es el cielo.

Y el diálogo siguió, más o menos de esta manera:
– ¿Y qué desea de nosotros?

– Vengo a pedirles que vengan el 13 de cada mes al mediodía. En octubre les diré quién soy y qué es lo que quiero.

Lucía le Pregunto:
– ¿Nosotros también iremos al cielo?

– Jacinta y tu, sí.

– ¿Y Francisco?,  preguntó Lucía.

– El también irá al cielo, pero antes tendrá que rezar muchos rosarios.

Y la Señora continuó diciéndoles:
– ¿Quieren ofrecerse al Señor y estar prontos para aceptar con generosidad los sufrimientos que Dios permita que les lleguen y ofreciéndolo todo en desagravio por las ofensas que se hacen a Nuestro Señor?

– Sí, Señora, queremos. Respondieron los pastorcitos.

La Santísima Virgen les dijo:
– Tendrán ocasión de padecer y sufrir, pero la gracia de Dios los fortalecerá y asistirá.

Pasados unos minutos Nuestra Señora agregó:
-“Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”.

Luego se elevó y desapareció.

Segunda Aparición:
Tuvo lugar el 13 de Junio de 1917, en ella Nuestra Señora les pidió a los niños que recen el rosario y aprendan a leer.

Después Lucía le preguntó:
¿Quiere llevarnos a los tres al cielo?

Nuestra Señora le responde:
– Sí a Jacinta y a Francisco los llevaré muy pronto, pero tú debes quedarte aquí abajo, porque Jesús quiere valerse de ti para hacerme amar y conocer. El desea propagar por el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Lucía entonces le dice:
– ¿Y voy a quedarme sólita en este mundo?

La santísima Virgen le responde:
– ¡No hijita! ¿Sufres mucho? Pero no te desanimes, que yo no te abandonaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y yo seré el camino que te conduzca a Dios.

Tercera Aparición
:
Ocurrió el 13 de julio de 1917, en esta aparición, ya se encuentran 4000 personas contemplando a los niños. Nuestra Señora les habló a los videntes así:

“Es necesario rezar el rosario para que se termine la guerra. Con la oración a la Virgen se puede obtener la paz. Cuando sufran digan: ‘Oh Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores’ “.

Luego tuvieron la visión del Infierno, que Lucía en su libro “Memorias” nos relata así:

“Ella abrió sus manos una vez más, como lo había hecho los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra y vimos, por decirlo así, un vasto mar de fuego. Sumergidos en este fuego, vimos a los demonios y a las almas de los condenados. Estas últimas eran como rescoldos transparentes y ardientes, todos ennegrecidos o bruñidos en bronce, que tenían forma humana. Flotaban en aquella conflagración, que a veces se elevaba en el aire por las llamas que ellas mismas emitían, junto con grandes nubes de humo. Retrocedían después hacia todos lados como chispas en incendios inmensos, sin peso o equilibrio, entre alaridos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debió haber sido este espectáculo lo que me hizo gritar, como dice la gente que nos escuchó). Los demonios se distinguían de las almas de los condenados, por su aterrador y repugnante parecido con espantosos y desconocidos animales, negros y transparentes como brasas ardientes. Esa visión duró sólo un momento, gracias a nuestra bondadosa Madre Celestial, Quien en la primera aparición había prometido llevarnos al Cielo. Sin esto, creo que hubiéramos muerto de terror y miedo.”

Después de este suceso, los niños Videntes estaban asustados y Nuestra Señora, les habló con bondad y tristeza:

“¿Han visto el infierno donde van a caer tantos pecadores? Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Si se reza y se hace penitencia, muchas almas se salvarán y vendrá la paz. Pero si no se reza y no se deja de pecar tanto, vendrá otra guerra peor que las anteriores, y el castigo del mundo por sus pecados será la guerra, la escasez de alimentos y la persecución a la Santa Iglesia y al Santo Padre. Vengo a pedir la Consagración del mundo al Corazón de María y la Comunión de los Primeros Sábados, en desagravio y reparación por tantos pecados. Si se acepta lo que yo pido, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo y habrá guerras y persecuciones a la Iglesia. Muchos buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá que sufrir mucho. Varias naciones quedarán aniquiladas. Pero al fin mi Inmaculado Corazón triunfará.

El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal el dogma de la fe se conservará siempre… (Luego de estas palabras la Virgen María les cuenta a los niños la tercera parte del secreto o (tercer secreto), que Lucía escribió entre el 22 de Diciembre de 1943 y el 9 de Enero 1944). Después la Virgen dijo: ‘Esto no lo digas a nadie. A Francisco si podéis decírselo’.”

Y agregó: Cuando recen el Rosario, después de cada misterio digan: “Oh Jesús, perdónanos nuestros pecados, libranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”.

Cuarta Aparición

Esta ocurrió el domingo 19 de Agosto, porque el 13 de agosto, el administrador del Consejo del lugar, apresó a los tres niños para tratar de hacerlos decir que ellos no habían visto a la Virgen, los asusto, los encerró en el calabozo, donde los pequeños colgaron en la pared una medalla que tenia Jacinta y rezaron el rosario junto a los presos, hasta que finalmente tuvo que liberarlos. Unos días después la Virgen apareció en un lugar llamado Valinhos (a 400 metros de Aljustrel), y entre otras cosas les dijo: “Deseo que sigan yendo a Cova de Iría en los días 13, que sigan rezando el rosario todos los días y les prometio que haría en el último mes un milagro para que todos creyesen.”

Quinta Aparición:
Sucedió el 13 de Septiembre 1917. Nuestra Señora les dice nuevamente a los niños que sigan rezando el Rosario para que finalice la guerra y les expresa:

“En octubre haré un milagro para que todos crean, Curaré a algunos enfermos, pero no a todos.”

Sexta Aparición
:

“El milagro del cielo de Fátima o el milagro del Sol.”

La última aparición ocurrió el 13 de octubre de 1917, en la Cova de Iría, donde se encontraban 70.000 personas, llovía torrencialmente y los pequeños fueron al lugar, donde la Virgen se manifestó y les dijo:

” Yo soy la Señora del Rosario, continúen rezando el Rosario todos los días, la guerra se acabará pronto.”

Luego se produce el milagro del sol, la Virgen elevó sus brazos al cielo y la lluvia se detuvo, el sol giró tres veces sobre si mismo, emitiendo luces de variados colores. Los niños y los testigos del suceso vieron como si el sol se desprendiera del firmamento y fuese a caer sobre ellos. Muchos gritaban de miedo, los niños Videntes en esos momentos tuvieron visiones al lado del sol, vieron a San José con el Niño, a Nuestra Señora de los Dolores y a Nuestra Señora del Carmen. Luego de diez minutos el sol volvió a su lugar y los miles de peregrinos que tenían sus ropas mojadas por tanta lluvia, quedaron con sus ropas completamente secas.

Este suceso es considerado como el acontecimiento sobrenatural más grande del siglo XX. La Iglesia Católica ha aprobado oficialmente al Mensaje de Fátima como “digno de ser creído” desde 1930.

Un observador de los hechos el Doctor Garrett, profesor de la Facultad de Ciencias de Coimbra, Portugal, relato lo sucedido así:

“El cielo, que había estado nublado todo el día, súbitamente se aclaró; la lluvia paró y parecía como si el sol estuviera a punto de llenar de luz el campo que la mañana invernal había vuelto tan lóbrego. Yo miraba el lugar de las apariciones en un estado sereno, aunque frío, en espera de que algo pasara, y mi curiosidad disminuía, pues ya había transcurrido bastante tiempo sin que pasara nada que llamara mi atención. Unos momentos antes, el sol se había abierto paso entre una capa gruesa de nubes que lo escondían y brillaba entonces clara e intensamente. De repente escuché el clamor de miles de voces, y vi a la multitud desparramarse en aquel vasto espacio a mis pies … darle la espalda a aquel lugar, que hasta ese momento había sido el foco de sus expectativas, y mirar hacia el sol en la otra dirección. Yo también di la vuelta hacia el punto que atraía su atención y pude ver el sol, como un disco transparente, con su agudo margen, que brillaba sin lastimar la vista. No se podía confundir con el sol que se ve a través de una neblina (en ese momento no había neblina), pues no estaba velado ni opaco. En Fátima, el sol conservó su luz y calor, y se destacó claramente en el cielo, con un margen agudo, parecía una mesa de juego. Lo más sorprendente era que se podía mirar directamente al disco solar, sin que los ojos se lastimaran o se dañara la retina. Durante ese tiempo, el disco del sol no permaneció inmóvil, se mantuvo en un movimiento vertiginoso, pero no como el titilar de una estrella con todo su brillo, pues el disco giraba alrededor de sí mismo en un furioso remolino …”.

En la tercera aparición la Santísima Virgen les contó un secreto a los Videntes, éste esta dividido en tres partes, las dos primera han sido públicamente reveladas en el libro “Memorias de Lucía” en la década de 1940. Y son: La Visión del infierno, el anunció de una futura guerra, la petición de la Santísima Virgen sobre la Consagración de Rusia, como condición para la paz mundial y la práctica de la comunión de los primeros sábados.

El 10 de diciembre de 1925, Lucía era postulante en el Convento de las Doroteas en España, cuando de repente tuvo la manifestación de la Virgen María y del Niño Jesús.

Nuestra Señora le habló así:
“Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas, que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que a todos que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, reciten el Rosario y hágame compañía durante 15 minutos, al mismo tiempo mediten sobre los quince misterios del Rosario, con un espíritu de expiación, que Yo les prometo asistirlos a la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.”

Párrafo de una carta que escribió la Hermana Lucía en 1927, acerca de la devoción expiatoria de los cinco sábados al Corazón Inmaculado de María:

LOS CINCO PRIMEROS SÁBADOS

“La devoción consiste en esto: Durante cinco meses, el Primer Sábado, recibir a Jesús en la Comunión, recitar el Rosario, hacerle compañía a Nuestra Señora durante quince minutos mientras se medita sobre los misterios del Rosario y confesarse. La confesión puede hacerse unos días antes, y si en esta confesión previa usted ha olvidado la intención (obligatoria), se puede ofrecer la siguiente intención, siempre y cuando uno reciba la Santa Comunión en estado de gracia el primer Sábado, con el propósito de expiar las ofensas contra la Santísima Virgen y que afligen Su Inmaculado Corazón.”

LA VISIÓN DE LA TRINIDAD

El 13 de Junio de 1929, en Tuy, España, Lucía tuvo una visión que representaba a la Santísima Trinidad.
La Hermana Lucía habló así acerca de lo sucedido: “…entendí que era el Misterio de la Santa Trinidad que se me enseñó, y yo recibí luces acerca de este misterio, que no se me permite revelar”.
En ese instante Nuestra Señora le dijo: “el momento ha llegado para que Dios le pida al Santo Padre que lleve a cabo, en unión de todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón. De esta manera, El promete salvar a Rusia.

 

Con Africa en el corazón: Daniel Comboni

‘Trabaja como buen soldado de Cristo’

Papa Pío IX a Daniel Comboni

Presentación

Daniel Comboni nació en Limone sul Guarda, Brescia, Italia, el  15 de marzo de 1831, siendo bautizado al día siguiente. Sus padres, Luigi y Domenica, él jardinero y ella empleada doméstica, tuvieron ocho hijos, de los cuales sólo Daniel sobrevivió a la infancia.

La familia de Daniel siempre fue muy unida y con grandes valores morales, a pesar de su mala situación económica, y Daniel siempre fue muy apegado a sus padres. Pero fue precisamente la pobreza familiar la que empujó a Daniel a dejar su pueblo para trasladarse a Verona, con el fin de estudiar en el Colegio San Carlo, fundado por el Padre Nicolás Mazza para jóvenes prometedores pero con muy escasos recursos, cuya inspiración llevó a muchos jóvenes a entrar al Seminario.

Vocación misionera

Un día el Padre Ángelo Vinco, un misionero en África. Llegó al Instituto en donde estudiaba Daniel. Comboni afirmó que después de que el Padre Vinco hablase ‘con todo el entusiasmo de su alma’ a quinientos alumnos sobre la deplorable situación de la raza camita africana, encendió en ellos ‘el fuego de la caridad divina que no puede detenerse en la carrera hacia la dedicación total y el sacrificio para la salvación de los infieles’.

A los 15 años de edad Daniel leyó la ‘Historia de los mártires del Japón’, obra narrada por San Alfonso María de Ligorio, la cual le llenó de entusiasmo misionero. A la edad de 17 años estudió filosofía y teología e hizo voto ante su superior, de consagrar su vida al apostolado en África Central.

A partir de entonces se concentró en el estudio de idiomas, aprendiendo hebreo, árabe, español, francés e inglés. Más tarde también aprendió alemán y portugués, hasta llegar a aprender también trece dialectos árabes y algunas lenguas africanas.

El 17 de diciembre de 1854 es ordenado diácono y presbítero el 31 del mismo mes. Dos años más tarde el Padre Mazza le incluye en una expedición misionera al África.

A Daniel sólo le preocupaba el hecho de tener que dejar a sus padres en muy mala situación económica. Al Padre Pietro Grana le escribió Daniel una carta en la que le decía: ‘Cuánto me aflige el sacrificio que mis propios padres hacen para separarse de mí. Pero se me ha asegurado que Dios me llama, y voy seguro’. Los ejercicios espirituales y la dirección espiritual del Padre Mariani le dieron paz y confió en Jesús y en María.

Daniel Comboni partió hacia África el 10 de septiembre de 1857. Y apenas llegado a Asiut, Egipto, les escribió a sus padres contándoles sus primeras impresiones del viaje, y concluyó diciendo: ‘Les agradezco vivamente el haberme dado el generoso consentimiento para recorrer la carrera de la Misión. Adiós, querido padre y querida madre; ustedes están y viven siempre en mi corazón. Los amo porque supieron hacer una obra heróica que los grandes del siglo y los héroes del mundo no saben hacer. Ustedes han obtenido una victoria que les asegurará la felicidad eterna’.

Al cabo de un viaje de cinco meses de duración, la expedición llegó a Jartum, la capital de Sudán, y el 14 de febrero de 1858 arribaron a la Misión de la Santa Cruz. Daniel tenía sólo 27 años de edad.

En el corazón de África

El impacto con la realidad africana fue muy fuerte. Daniel enseguida se dio cuenta de las dificultades que la nueva misión comportaba: fatigas, clima insoportable, enfermedades y pobreza de la gente abandonada a sí misma. Todo ello empujó a Daniel a ir hacia adelante y a no aflojar en la tarea que inició con tanto entusiasmo.

Desde la Misión de la Santa Cruz, Daniel escribió a sus padres: ‘Tendremos que fatigarnos, sudar, morir; pero al pensar que se suda y se muere por amor a Jesucristo y por la salvación de las almas más abandonadas de este mundo, encuentro el consuelo necesario para no desistir de esta gran empresa’.

Y la tragedia no tardó en ocurrir: el Padre Oliboni contrajo una fiebre mortal y falleció. Fue durante el entierro de su compañero, primera víctima de la inhóspita atmósfera de la selva africana, que Daniel Comboni pronunció su célebre frase ‘África o la muerte’.

Plan para la regeneración de África

Daniel Comboni sostenía que la sociedad europea y la Iglesia debían mostrar un mayor interés por las misiones de África Central, para lo cual se dio a la tarea de emprender numerosas giras por Europa, visitando a monarcas y a altos cargos de la Iglesia, pidiéndoles tanto ayuda material como espiritual, tanto para los misioneros como para la población del continente africano.

Su inquebrantable confianza en el Señor y su amor por África llevaron a Daniel a preparar una nueva estrategia misionera. En 1864, recogido en oración sobre la tumba de San Pedro en Roma, Comboni tuvo una fulgurante intuición que le llevaría a elaborar su famoso plan para la regeneración de África. Un proyecto misionero que puede resumirse en la expresión ‘Salvar a África por medio de África’, fruto de su ilimitada confianza en las capacidades humanas y religiosas de los pueblos africanos.

El 15 de septiembre de 1864 Daniel tuvo la oportunidad de asistir al triduo para la beatificación de Margarita María de Alacoque en la Basílica de San Pedro. El primer día del triduo le vino a la menta ‘como un rayo’, dijo él, ‘el pensamiento de proponer un nuevo plan para la cristianización de los pueblos africanos, lo cual me vino de lo alto como una inspiración’.

La idea fundamental de ese plan consistía esencialmente en evangelizar África con los mismos africanos, y esta evangelización debía ir unida a la promoción humana y cultural. Al mismo tiempo, esta obra no se confiaría a una nación en particular, sino que debía ser totalmente católica.

La Santa Sede se mostró muy interesada en este plan. El 18 de septiembre lo presentó al Cardenal Alessandro Barnabo, el Prefecto de Propaganda Fide, y al día siguiente el Papa Pío IX recibió a Daniel Comboni en audiencia, y le alentó a presentar el plan a la Pía Opera de la Propagación de la Fe, en París, prometiéndole de su parte la aprobación al plan. Inmediatamente Daniel, siguiendo los consejos del Papa, viajó a Turín, Lyon, París, Colonia y Londres para dar a conocer su proyecto.

El sabor del rechazo

Daniel sufrió muchas incomprensiones, aún dentro del propio Instituto al que pertenecía, el Instituto Mazza. Y estando en París se entera de que ya no le consideran miembro del citado Instituto.

Pero Daniel Comboni, aún en medio de esta incertidumbre, afirmó: ‘la tranquilidad de mi conciencia y Dios, que cumple sobre el hombre los diseños de su misericordia, me dan la fuerza para bendecir la Providencia de todo corazón por este acontecimiento. Agradezco con toda el alma a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, que me han elevado al honor y a la fortuna de ser admitido a beber un cáliz amargo’ (Carta a don Francesco Bricolo).

Aún así Daniel no se declara fuera del Instituto hasta que no ve con claridad que es esa la voluntad de Dios. Poco tiempo después muere Nicolás Mazza y los sucesores decidieron que el Instituto no podía aceptar la misión en África. Así el Instituto se retiraba oficialmente de la empresa. Comboni debía elegir entonces entre pertenecer al Instituto o seguir con su vocación misionera. Pero él discernió que debía seguir siendo misionero, quedándose así prácticamente solo en la obra que Dios le había confiado.

Su fundación misionera

Entre 1867 y 1872 Daniel Comboni fundó su ‘Instituto de los misioneros para África’ como parte de la Sociedad del Buen Pastor, una asociación misionera internacional. El nombre del Instituto por el que fue conocido posteriormente es el de ‘Misioneros Combonianos’.

En 1870 prepara un documento para ser presentado a los asistentes al Concilio Vaticano I, el ‘Postulatum pro Nigris Africae Centralis’. Lo acompaña con una carta circular firmada por muchos obispos y aprobada por el propio Pío IX. A fines de 1871 el Obispo de Verona erige canónicamente el Instituto de las ‘Pías Madres de Nigrizia’, las ‘Misioneras Combonianas’.

El Vicariato Apostólico

El 26 de mayo de 1872, Pío IX le nombra ‘Pro vicario Apostólico’ del África Central, y el 11 de junio del mismo año se confía esta misión al Instituto fundado por Daniel Comboni, quien poco después fue consagrado Obispo.

El Vicariato era muy extenso, unos cinco millones de kilómetros cuadrados, en el que estaban reunidos bajo su jurisdicción los países de Nigeria, Chad, República Centroafricana, Sudán, Uganda, Kenia, Tanzania y parte del Zaire. Ciertamente fue un motivo de preocupación para Comboni el saber que la Iglesia le encargaba tan grande responsabilidad, pero una vez más se abandonó en Dios plenamente y consagró el Vicariato al Sagrado Corazón de Jesús.

Su fallecimiento

En los años siguientes, una serie de catástrofes naturales, seguidas por una hambruna sin precedentes en África, asolaron aquella región. Daniel Comboni fue sorprendido en 1881 por una fuerte tormenta en medio de la selva y contrajo una seria enfermedad.

Agobiado por el calor de los trópicos y por el sudor de las fiebres, además de su debilitamiento por la enfermedad, el 10 de octubre de 1881 Daniel Comboni falleció en Jartum. Antes de exhalar su último suspiro levantó la mano y bendijo a sus compañeros diciéndoles: ‘No temáis; yo muero, pero mi obra no morirá’.

El Obispo Daniel Comboni fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 17 de marzo de 1996, y posteriormente canonizado por el mismo Pontífice el 5 de octubre del 2003.

Conclusión

La vida de San Daniel Comboni nos muestra que cuando Dios interviene y encuentra una persona generosa, servicial y disponible, se realizan grandes cosas.

Comboni acertó al pronunciar su última frase en vida: su obra no ha muerto. Como todas las grandes realidades que nacen al pie de la Cruz, la de Comboni sigue viva gracias al don que de la propia vida han hecho y hacen tantos hombres y mujeres que han decidido seguir a Comboni por el camino de la difícil y fascinante misión entre los pueblos más pobres en la fe y más abandonados de la solidaridad de los hombres.

 

Santísimo nombre de María

  1. María, nombre santo

El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.

  1. María, nombre lleno de dulzura

En cuanto a lo primero, durante la vida, “el santo nombre de María –dice el monje Honorio– está lleno de divina dulzura”. De modo que el glorioso san Antonio de Papua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. “El nombre de Jesús”, decía éste; “el nombre de María”, decía aquél, “es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos”. Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?” (Ct 3, 6; 6, 9; 8, 5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: “¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?” Y él mismo responde: “Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas”.

Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor.

  1. María, nombre que alegra e inspira amor

Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María –prosigue diciendo– contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre –concluye el mismo autor– consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar.

Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: “¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!”.Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: “¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte”. Dice Ricardo de San Lorenzo: “Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente”.

Tu nombre, oh Madre de Dios –como dice san Metodio– está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que –como dice san Buenaventura– no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre –dice el Idiota– que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre –le dice san Ambrosio– es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: “Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación”. Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores.

  1. María, nombre que da fortaleza

Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: “Como aceite derramado es tu nombre” (Ct 1, 2). Comenta así este pasaje el B. Alano: “Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor”. Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María”.

Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras.

Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo –dijo la Señora a santa Brígida– acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan.

Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados.

Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María. Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: “Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad.

  1. María, nombre de bendición

Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón”. En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides.

En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”.

  1. María, nombre consolador

Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos vitos. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de la muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación.

  1. María, nombre de buenaventura

¡Dichoso –decía san Buenaventura– el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno.

Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: “Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía”. O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María.

Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan! ¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi

 

 

En la natividad de la Bienaventurada Virgen María, Sermón llamado “Del Acueducto”

Cuando el cielo goza ya de la presencia de la Virgen fecunda, la tierra venera su memoria. Allí se halla la posesión de todo bien, aquí el recuerdo; allí la saciedad, aquí una tenue prueba de las primicias; allí la realidad, aquí el nombre. Señor, dice el salmista, tu nombre permanece para siempre, y tu memoria pasará de generación en generación. Esta generación y generación no es de ángeles, a la verdad, sino de hombres. ¿Queréis saber cómo su nombre y su memoria está en nosotros y su presencia en las alturas? Oíd al Salvador cuando dice: Habéis de orar así: Padre nuestro.que estás en los cielos, santificado sea el tu nornbre. Fiel oración, cuyos principios nos avisan de la divina adopción y de la terrena peregrinacion, a fin de que, sabiendo que mientras no estamos en el cielo vivimos alejados del Señor y fuera de nuestra patria, gimamos dentro de nosotros mismos aguardando la adopción de tújOS, o sea, la presencia del Padre. Por tanto, expresa,mente habla de Cristo el profeta cuando dice: Cual espíritu que anda delante de nosotros es Cristo nuestro Señor; bajo de su sombra viviremos entre las gentes , porque entre las celestiales bienaventuranzas no se vive en la sombra, sino más bien en el esplendor. En los esplendores de los santos, dice, de mi seno te engendré antes del lucero . Pero esto, sin duda, el Padre.

  1. Mas la madre no le engendró al mismo en el esplendor, sino en la sombra; pero no en otra sombra que con la que el Altísimo la cubrió. Justamente por eso canta la Iglesia, no aquella Iglesia de los santos, que está en las alturas y en el esplendor, sino la que peregrina todavía en la tierra: A la sombra de aquel que había deseado me senté, y su fruto es dulce al paladar mío. había pedido que se le mostrase la luz del mediodía, en donde el Esposo apacienta su rebaño, pero fue contrariada en su deseo, y en lugar de la plenitud de la luz recibió la sombra, en lugar de la saciedad, el gusto. Finalmente, no dice: A la sombra que yo había deseado, sino: A la sombra de aquel a quien yo había deseado me senté, pues no había deseado la sombra, sino el resplandor del mediodía, la luz llena de quien es luz llena. Y su fruto, añade, dulce a mi paladar. ¿Hasta cuándo me has de negar tu compasión, sin permitirme el respirar y tragar siquiera mi saliva? ¿Cuándo llegará el día en que se cumpla esta sentencia: Gustad y ved cuán suave es el Señor? Sin duda es suave al gusto y dulce al paladar, por lo cual se comprende perfectamente que, en vista de ello, prorrumpiera la esposa en voces de acción de gracias y de alabanza.
  1. Pero ¿cuándo se dirá: Comed, amigos, y bebed y embriagaros, amadísimos? Los justos, dice el profeta, coman en convite, pero delante de Dios, no en la sombra. Y de sí mismo dice: Seré saciado cuando aparezca tu gloria. También el Señor dice a los apóstoles: Vosotros sois los que permanecisteis conmigo en mis tentaciones y yo dispongo para vosotros, así como mi Padre le dispuso para mí el reino, para que comáis y bebáis sobre mi mesa». ¿En dónde? En mi reino, dice. Dichoso aquel que coma el pan en el reino de Dios. Sea, pues, tu nombre santificado, por el cual de algún modo ahora estás, Señor, en nosotros, habitando por la fe en nuestros corazones, puesto que ya ha sido invocado sobre nosotros tu nombre. Vénganos tu reino. Venga, ciertamente, lo que es perfecto y sea acabado lo que es en parte. Tenéis, dice el Apóstol, por fruto de vuestras obras la santificación, pero será su fin la vida eterna. La vida eterna es fuente indeficiente que riega toda la superficie del paraíso. No sólo la riega, sino que la embriaga, como fuente de los huertos, pozo de aguas vivas que corren con ímpetu desde el Líbano, y el ímpetu del río alegra la ciudad de Dios”. Pero ¿quién es la fuente de la vida, sino Cristo Señor? Cuando aparezca Cristo, que es vuestra vida, entonces también apareceréis vosotros con El en la gloria . A la verdad, la misma plenitud se anonadó a sí misma para hacerse para nosotros justicia, santificación y remisión, no apareciendo todavía vida o gloria o bienaventuranza. Corrió la fuente hasta nosotros y se difundieron las aguas en las plazas, aunque no beba el ajeno de ellas. Descendió por un acueducto aquella vena celestial, no ofreciendo, con todo ello, la copia de una fuente, sino infundiendo en nuestros áridos corazones las gotas de la gracia, a unos, ciertamente, más, a otros, menos. El acueducto, sin duda, lleno está para que los demás reciban de la plenitud, pero no la misma plenitud.
  1. Ya habéis advertido, si no me engaño, quién quiero decir que es este acueducto que, recibiendo la plenitud de la misma fuente del corazón del Padre, nos la franqueó a nosotros, si no del modo que es en sí misma, a lo menos según podíamos nosotros participar de ella. Sabéis, pues, a quién se dijo: Dios te salve, llena de. gracia. Mas ¿acaso admiraremos que se pu. diese encontrar de que se formase tal y tan grande acueducto, cuya cumbre, al modo de aquella escala que vió el patriarca Jacob, tocase en los cielos, más bien, sobrepasase también los cielos y pudiese llegar a aquella vivísima fuente de las aguas que están sobre los cielos? Se admiraba también Salomón y, al modo del que desespera, decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte? . A la verdad, por eso faltaron durante tanto tiempo al género humano las corrientes de la gracia, porque todavía no estaba interpuesto este deseable acueducto de que hablamos ahora. Ni nos admiraremos de que fuese aguardado largo tiempo, si recordamos cuántos años trabajó Noé, varón justo, en la fábrica de] arca, en la cual sólo unas pocas almas, esto es, ocho, se salvaron, y esto para un tiempo bastante corto.
  1. Pero ¿cómo llegó este nuestro acueducto a aquella fuente tan sublime? ¿Cómo? Con la vehemencia del deseo, con el fervor de la devoción y con la pureza de la oración, según está escrito: La oración del justo penetra los cielos. A la verdad, ¿quién será justo, si no lo es María, de quien nació para nosotros el Sol de justicia? ¿Y cómo hubiera podido llegar hasta tocar aquella majestad inaccesible, sino llamando, pidiendo y buscando? Sí, halló lo que buscaba aquella a quien se dijo: Has hallado gracia a los ojos de Dios. ¿Qué? ¿Está llena de gracia y todavía halla más gracia? Digna es, por cierto, de hallar lo que busca, pues no la satisface la propia plenitud, ni está contenta aún con el bien que posee, sino que, así como está escrito: El que de mí bebe, tendrá sed todavía, pide el poder rebosar para la salvación del universo. El Espíritu Santo, le dice el ángel, descenderá sobre ti, y en tanta copia, en tanta plenitud difundirá en ti aquel bálsamo precioso, que se derramará copiosaniente por todas partes. Así es, ya lo sentimos, ya se alegran nuestros rostros en el óleo. Mas esto, ciertamente, no es en vano; y si el aceite se derrama, no por eso perece. Por esto, sin duda, también las vírgenes, esto es, las almas todavía párvulas, aman al Esposo y no poco. Y no sólo recibió la barba aquel ungüento que descendía de la cabeza, sino también las mismas fimbrias del vestido le recibieron.
  1. Mira, hombre, el consejo de Dios, reconoce el consejo de la sabiduría, el consejo de la piedad. Habiendo de regar toda la era con el rocío celestial, humedeció primero todo el vellocino; habiendo de redimir todo el linaje humano, puso todo el precio en María. ¿Con qué fin hizo esto? Quizá para que Eva fuese -disculpada por la hija y cesase la queja del hombre contra la mujer para siempre. No digas ya , jamás, Adán: La mujer que me diste me ofreció del árbol prohibido; di más bien: La mujer que me diste me ha dado a comer del fruto bendito. Consejo piadosísimo, sin duda, pero no es esto todo acaso; hay otro todavía oculto. Verdad es lo que se ha dicho, pero aún es poco (si no me engaño) a vuestros deseos. Dulzura de leche es; se sacará, acaso, si con más fuerza apretamos la crasitud de la manteca. Contemplad, pues, más altamente con cuánto afecto de devoción quiso fuese honrada María por nosotros aquel Señor que puso en ella toda la p nitu e ¡en, para que, consiguientemente, si en nosotros hay algo de esperanza, algo de gracia, algo de salud, conozcamos que redunda de aquélla que subió rebosando en delicias. Huerto es, en verdad, de delicias que no solamente inspiró viniendo, sino que agitó dulcemente con sus soberanos soplos aquel austro divino, sobrevinien o en e lla, para que por todas partes fluyan y se difundan sus aromas, los.dones, es a saber, de las gracias. Quita este cuerpo solar que ilumina al mundo, ¿cómo podría haber día? Quita a María, esta estrella.del mar, del mar sin duda grande y espacioso, ¿qué quedará, sino obscuridad, que todo lo ofusque, sombra de la muerte todo y densísimas tinieblas?
  1. Con todo lo íntimo, pues, de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María. Esta es, repito, su voluntad, pero para bien nuestro. Puesto que, mirando en todo y por todo al bien de los miserables, consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra pusilanimidad.Recelabas acercarte al Padre, y aterrado con sólo oír su voz. huías a esconderte entre las hojas. El te dió a Jesús por mediador. ¿Qué no conseguirá tal Hijo de Padre tal? Será oído sin duda por su respeto, pues el Padre ama al Hijo. Mas recelas acaso llegarte también a El. Hermano tuyo es, tu carne es, tentado en todas las cosas sin pecado para hacerse misericordioso. Este hermano te lo dió María. Pero, por ventura, en El también miras con temblor su majestad divina, porque, aunque se hizo hombre, con todo eso permaneció Dios. ¿Quieres tener un abogado igualmente para con El? Pues recurre a María. Porque se halla la humanidad pura en María, no sólo pura de toda contaminación, sino pura de toda mezcla de otra naturaleza. No me cabe la menor duda: será ella oída también por tu respeto. Oirá sin duda el Hijo a la Madre, y oirá el Padre al Hijo. Híjos amados, ésta es la escala de los pe. cadores, ésta es mi mayor confianza, ésta es toda la razón de la esperanza mía. ¿Pues qué? ¿Podrá acaso el Hijo repeler, o padecer El re pulsa? ¿Podrá el Hijo no ser atendido por su Padre o rechazar los ruegos de su Madre? No, no; mil veces no. Hallaste, dice el ángel, gracia en los ojos de Dios. Dichosamente. Siempre ella encontrará la gracia, y sola la gracia es de lo que necesitamos. La prudente Virgen no buscaba sabiduría, como Salomón; ni riquezas, ni honores, ni poder, sino gracia. A la verdad, sola es la gracia por la que nos salvamos.
  1. ¿Para qué deseamos nosotros, hermanos, otras cosas? Busquemos la gracia, y busquémosla por María, porque ella encuentra lo que busca y no puede verse frustrada. Busquemos la gracia, pero la gracia en Dios, pues en los hombres la gracia es falaz. Busquen otros el mérito; nosotros procuremos cuidadosamente hallar la gracia. ¿Pues qué? ¿Por ventura, no es gracia el estar aquí? Verdaderamente misericordia del Señor es que no hayamos sido consumidos nosotros. ¿Y quiénes somos nosotros? Nosotros, tal vez, perjuros; nosotros, adúlteros; nosotros, homicidas; nosotros, ladrones; la basura, sin duda, del mundo. Consultad vuestras conciencias, hermanos, y ved que donde abundó ‘el delito sobreabundó también la gracia. María no alega el mérito, sino que busca la gracia. A la verdad, en tanto grado confía en la gracia y no presume de sí altamente, que se recela de la misma salutación del ángel. María, dice, pensaba qué salutación sería ésta. Sin duda, se reputaba indigna de la salutación del ángel. Y acaso meditaba dentro de sí misma: ¿De dónde a mí esto, que el ángel de mi Señor venga a mí? No temas, María, no te admires de que venga el ángel, que después de él viene otro mayor que él. No te admires del ángel del Señor, el Señor del ángel está contigo. ¿Qué mucho que veas a un ángel viviendo tú ya angélicamente? ¿Qué mucho es que visite el ángel a una compañera de su vida? ¿Qué mucho que salude a la ciudadana de los santos y familiar del Señor,? Angélica vida es, ciertamente, la virginidad, pues los que no se casan ni son casados serán corno los ángeles de Dios.
  1. ¿No veis cómo también de este modo nuestro acueducto sube a la fuente, ni ya con sola la oración penetra los cielos, sino igualmente con la incorrupción, la cual nos une con Dios, como dice el Sabio? Era la Virgen santa en el cuerpo y en el espíritu, y podía decir con especialidad: Nuestro trato es en el cielo . Santa era, repito, en el cuerpo y en el espíritu, para que nada dudes acerca de este acueducto. Sublime es en gran manera, pero no menos permanece enterísirno. Huerto cerrado es, fuente sellada, templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo. No era virgen fatua, pues no sólo tenía su lámpara llena de aceite, sino que guardaba en su vasija la plenitud de él. En su corazón había dispuesto los grados para subir hasta el lugar santo por medio de la asidua oración y una vida santísima, y así vemos que subió a las montañas de Judea con mucha prisa, saludó a Isabel y permaneció en su asistencia como tres meses, de suerte que ya entonces podía decir la Madre de Dios a la madre de Juan lo que mucho tiempo después dijo el Hijo de Dios al hijo de Isabel: Déjame hacer ahora, que así es como conviene que cumplamos nosotros toda justicia. Puede afirmarse con toda verdad que esta Virgen al subir a las montañas de Judea se elevó más que los más altos montes de Dios, lo cual constituye el tercer ascenso de la Virgen, a fin de que se cumpliera en ella aquello de que con dificultad se rompe la. cuerda tres veces doblada. Hervía, pues, la caridad en buscar la gracia, resplandecía en el cuerpo la virginidad y sobresalía la humildad en el obsequio. Pues si todo aquel que se humilla será ensalzado, ¿qué cosa más sublime que esta hurnildad? Se admiraba Isabel de su venida, y decía: ¿De dónde a mí esto, que la Madre de mi Señor venga a mi. Pero mucho más debiera haberse admirado de que María se anticipara a lo que más tarde debía decir su Hijo: No vine a ser servido, sino a servir. Con razón, por tanto, aquel cantor divino, llevado de su admiración profética, decía de ella: ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente, hermosa como la luna, escogida como el sol; terrible como un ejército formado en batalla?.Sube ciertamente sobre el linaje humano, sube hasta los ángeles, pero a éstos también los sobrepuja y se eleva sobre toda criatura celestial. Sin duda que sobre los mismos ángeles es forzoso que vaya a recibir aquella agua viva que ha de difundir sobre los hombres.
  1. ¿Cómo, dice, se hará esto, porque yo no conozco varón? Verdaderamente es santa en el cuerpo y en el espíritu, teniendo no sólo la in. tegridad de la virginidad, sino el propósito firme de conservarla incólume. Mas respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo sobrevendrá en ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra. Como si dijera: No me preguntes a mí esto, porque es cosa superior a mi comprensión y no podría declarártelo. El Espíritu Santo, no el espíritu angélico, sobrevendrá en tí, y la virtud del Altísimo te hará sombra, no yo. No te pares ni siquiera entre los ángeles, Virgen santa; mucho más sublime está lo que la tierra sedienta espera que se le dé a beber por ministerio tuyo. Un poco que les pases a ellos hallarás a quien ama tu alma. Un poco, repito, no porque tu Amado no sea superior a ellos incomparablemente, sino porque nada encontrarás que medie entre El y ellos. Pasa, pues, las virtudes y las dominaciones, los querubines y los serafines, hasta que llegues a Aquel de quien alternativamente están clamando: Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos. Pues el fruto santo que nacerá de ti se llamará Hijo de DiOS . Fuente es de la sabiduría el Verbo del Padre en las alturas. Pero este Verbo por medio de ti se hará carne, para que Aquel que dice: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, diga igualmente: Porque yo procedí de Dios y he venido de parte de Dios. En el principio, dice San Juan, era el verbo. Ya brota la fuente, pero por ahora sólo en sí misma. Añade luego: Y el Verbo estaba en Dios, habitando una luz inaccesible, y decía el Señor desde el principio: Yo medito pensamientos de paz y de aflicción. Pero en ti, Señor, está tu pensamiento, y lo que piensas lo ignoramos nosotros. Porque ¿quién pudo jamás conocer los designios del Señor o quien fue su consejero? Descendió, pues, el pensamiento de la paz a la obra de la paz: el Verbo se hizo carne y habita ya entre nosotros. Habita por la fe en nuestros corazones, habita en nuestra memoria, habita en muestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. Porque ¿qué idea se formaría antes el hombre de Dios? ¿No se le representaba en su corazón bajo la forma de un ídolo?
  1. Incomprensible era e inaccesible, invisible y superior a toda humana inteligencia.Mas ahora quiso ser comprendido, quiso ser visto, quiso que pudiésemos pensar en El. ¿De qué modo, me preguntas? Echado en el pesebre, reposando en el virginal regazo, predicando en el monte, pernoctando en la oración; o bien pendiente de la cruz, poniéndose pálido en la muerte , libre entre los muertos y mandando en el infierno; o también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles las hendiduras de los clavos, insignias de su victoria; últirnamente subiendo a lo más alto de los cielos a vista de los mismos apóstoles. ¿Qué cosa de éstas no se piensa verdadera, piadosa y santamente?.Cualquiera de estas cosas que yo piense, pienso en mi Dios y en todas estas cosas. El es mi Dios. El meditar, pues, estos misterios lo llamé sabiduría, y juzgué por prudencia el refrescar incesantemente la memoria de la suavidad de estos dulces frutos, que produjo copiosamente la vara sacerdotal que María fue a coger en las alturas para difundirlos con la mayor abundancia en nosotros. La recibió, sin duda, en las alturas y sobre los ángeles, puesto que recibió al Verbo del mismo corazón del Padre, según está escrito: El día anuncia al día la palabra . Verdaderaniente es día el Padre, pues es día del día la salud de Dios. ¿Acaso no es también día María? Y esclarecido. Resplandeciente día es, sin duda, la que procedió como la aurora resurgente, hermosa como la luna, escogida como el sol.
  1. Contempla, pues, cómo se elevó hasta los ángeles por la plenitud de la gracia y por encima de los ángeles al descender sobre ella el Espíritu Santo. Hay en los ángeles caridad, hay pureza, hay humildad. ¿Cuál de estas cosas no resplandeció en María? Pero de esto ya os hemos hablado antes del modo que hiemos podido; prosigamos en ver su excelencia singular. ¿A quién de los ángeles se dijo alguna vez: El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra. Y por eso el fruto santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios? La verdad nació de la tierra, no de la criatura angélica, puesto que no tornó la naturaleza de los ángeles para salvarlos, sino que tomó la semilla de Abraham. para redimir a sus hijos. Cosa excelsa es para el ángel el ser ministro del Señor, pero otra cosa más sublime mereció María, que fue la de ser Madre del Señor. Así la fecundidad de la Virgen es una gloria sobreeminente, y por este privilegio único fue sublimada sobre todos los ángeles, tanto más cuanto supera el nombre de Madre de Dios al de simples ministros suyos. A ella la encontró la gracia,llena de gracia,para que,fervorosa en la caridad,en la virginidad íntegra,en la humildad devota concibiese sin conocer varón y diera a luz igualmente sin dolor ni menoscabo de su virginidad. Más aún, el fruto que nació de ella se llama santo y es Hijo de Dios.
  1. En lo demás, hermanos, debemos procurar con el mayor cuidado que aquella Palabra que salió de la boca del Padre para nosotros Por medio de la Virgen, no se vuelva vacía, sino que por mediación de Nuestra Señora volvamos gracia por gracia. Mientras suspiramos por la presencia, fomentemos con toda nuestra atención su memoria, y así sean restituídas a su origen las corrientes. de la gracia para que fluyan después más copiosamente. De otra suerte, si no vuelven a la fuente se secarán, y siendo infieles en lo poco no merecernos recibir lo que es máximo. Poco es ciertamente la memoria en comparación de la presencia, poco en comparación de lo que deseamos, pero grande cosa es respecto de lo que merecemos: inferior es respecto del deseo, pero muy superior al mérito. Sabiamente, por tanto, la Esposa, aun por esto poco, se congratula a sí misma en gran manera, puesto que habiendo dicho: Muéstrame dónde tienes los pastos, dónde reposas al llegar el mediodía, aunque recibió muy poco en comparación de lo que había pedido, pues en vez del pasto de mediodía sólo gustó el sacrificio de la tarde, sin embargo de ningún modo se lamenta de ello, como suele suceder, ni se contrista, sino que da gracias al Amado y en todo se muestra más devota. Sabe muy bien que si es fiel en la sombra de la memoria, obtendrá sin duda la luz de la presencia. Así, los que hacéis memoria del Señor, no guardeis silencio, no permanezcáis mudos, aunque, a la verdad, los que tienen presente al Señor no necesitan de exhortación, y aquellas palabras del profeta: alaba, Jerusalén, al Señor, alaba a tu Dios, Sión, más bien son de congratulación que de amonestación, pero por los que caminan aún en la fe necesitan de amonestación para que no callen y no respondan al Señor con el silencio, porque El hace oír su voz y habla palabras de paz para su pueblo y para sus santos y para todos aquellos que se vuelven a El de corazón. Por esto se dice en el salmo: Con el santo serás .santo, y con el varón inocente, inocente, y oirá al que le oye y hablará al que le habla. De otra suerte le habrás dado silencio, si tú callas. Pero ¿si tú callas de qué? De la alabanza. No calléis, dice, y no le deis silencio hasta que establezca y ponga a Jerasalén alabanza en la tierra . La alabanza de Jerusalén es gustosa y hermosa alabanza, a no ser que acaso juzguemos que los ciudadanos de Jerusalén se deleitan de las alabanzas mutuas y que se engañan recíprocamente con la vanidad.
  1. Hágase tu voluntad, ¡oh Padre!, así en la tierra como en el cielo, para que las alabanzas que resuenan en Jerusalén resuenen también en la tierra. Pero ¿qué sucede ahora? El ángel no busca gloria de otro ángel en JerusaIén, mas el hombre desea ser alabado del hombre en la tierra. ¡Execrable perversidaffl, pero sólo propia de aquellos que tienen ignorancia de Dios, que viven olvidados del Señor Dios suyo; en cuanto a vosotros, que os acordáis del Señor, no ceséis de publicar sus alabanzas hasta que resuenen cumplidamente en toda la tierra. Hay un silencio irreprensible, más aún, loable, como también hay palabras que no son buenas. De otra suerte no diría el profeta que era bueno aguardar en silencio la salud que viene de Dios . Bueno es que la jactancia guarde silencio, bueno es que la blasfemia se calle, hueno es que enmudezca la murmuración y la detracción. Acontece que alguno, exasperado por la magnitud del trabajo y peso del día, inurmura en su corazón y juzga temerariamente a los que velan por su alma, como que han de dar cuenta de ella. Esta murmuración equivale a un grito clamoroso que procede de un corazón endurecido y que le impide oír la voz de Dios. Otros, por la pusilanimidad de su espíritu, desmayan en la esperanza, y ésta viene a ser como una horrible blasfemia, que ni en este siglo ni en el futuro se perdona. Otros, en fin, aspiran a cosas grandes y muy superiores a su capacidad, diciendo: Nuestra mano es robusta. creyéndose algo cuando en realidad son una pura nada. ¿Qué le hablará a éste aquel Señor que no habla sitio de paz? Ese tal dice: Rico soy y de nadie necesito, mientras que el que es la verdad clama: ¡Ay de vosotros, ricos!, porque ya tenéis aquí vuestra consolación . Y en otra parte añade: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados . Calle, pues, en nosotros la lengua maldiciente, la lengua blasfema, la lengua orgullosa y altanera, porque es bueno aguardar en este triplicado silencio la salud que viene de Dios, a fin de que así podamos decir: Habla, Señor, porque tu siervo escucha. Semejantes voces no se dirigen a El, sino contra El, según aquello que decía Moisés a los murmuradores: No es contra mí vuestra murmuración, sino contra el Señor

 

  1. Mas de tal suerte has de callar en estas tres. cosas, que no enmudezcas del todo, guardando con Dios absoluto silencio. Háblale contra la jactancia por la confesión, para que alcances perdón de lo pasado. Háblale contra la murmuración con la acción de gracias, para que te conceda más abundante gracia en la presente vida. Háblale contra la desconfianza en la oración, para que consigas también la gloria en lo futuro. Confiesa, repito, lo pasado, y da gracias por lo presente, y en adelante ora con más cuidado por lo futuro, a fin de que El a su vez no calle en la remisión, ni en la donación de sus gracias ni en sus promesas. No calles, repito, no guardes silencio en su presencia. Háblale para que también El te hable y pueda decirte:Mi amado es para mí y yo para él. Voz agradable es ésta; dulce palabra. Sin duda no es esta voz de murmuración, sino de tórtola. No me digas: ¿Cómo hemos de cantar los cánticos del Señor en la tierra extraña?, porque no debe reputarse tierra extraña aquella de la cual dice el Esposo: La voz de la tórtola se ha oído ya en nuestra tierra. Había, pues, oído el que decía: Cogednos las zorras pequeñas, y por eso acaso prorrumpió en voces de gozo, diciendo: Mi amado es para mí y yo para él. Sin duda voz de tórtola que con una castidad singular persevera para su consorte, así vivo como muerto, para que ni la muerte ni la vida la separen de la claridad de Cristo. Mira, pues, si hubo algo que pudiese apartar al amado de la amada, cuando ves que persevera unido a ella aún pecando y estando apartada de El. Porfiaban en. vueltas entre sí las nubes en ofuscar los rayos para que nuestras iniquidades nos apartasen de Dios. Pero desplegó su fervor el Sol y lo disipó todo. De otra suerte, ¿cuándo hubieras tú vuelto a El, si El no hubiera perseverado para ti, si El no hubiera clamado: Vuélvete, vuélvete, Sunamitis; vuélvete, vuélvete para que te miremos? Sé, pues, tú también no menos perseverante, de modo que por ningunos castigos, por ningunos trabajos te apartes.
  1. Lucha con el ángel, como Jacob, para que no seas vencido, porque el reino de los cielos se alcanza a viva fuerza y sólo los valerosos le arrebatan. ¿Por ventura, no indican lucha aquellas palabras: Mi amado es para mí y yo para él? Te dió El muestras de su amor, experimente también el tuyo. En muchas cosas te prueba el Señor tu Dios; se desvía muchas veces, aparta de ti su rostro; pero no llevado de ira. Lo hace para probarte, no para reprobarte. Te sufrió el amado, sufre tú al amado, sostén al Señor y obra varonilmente. No le vencieron a El tus pecados, a ti tampoco te superen sus castigos, y alcanzarás la bendición. Mas ¿cuándo? Al nacimiento de la aurora, cuando ya esclarezca el día, cuando haya establecido las alabanzas de Jerusalén en la tierra. He aquí, dice Moisés, que un varón, o sea, un ángel, luchaba con Jacob hasta la mañana . Haz que sea oída de mí en la mañana tu misericordia, porque en ti, Señor, he esperado. No callaré, perseveraré en la oración hasta la mañana, y ojalá que no me quede en ayunas. Tú, Señor, te dignas alimentarme, y no sólo esto, sino entre las azucenas. Mi amado es para mí, y yo para él, el cual se apacienta entre las azucenas . Un poco antes se observa en el mismo cántico que la aparición de las flores va acompañada del arrullo de la tórtola. Pero atiende que parece indicar el sitio, no el sustento, y no explica de qué cosas se alimenta, sino entre qué cosas.Acaso, pues, no se alimenta con el manjar, sino con la compañía de las azucenas, ni come azucenas, sino que anda entre ellas. Sin duda más bien por el olor que por el sabor agradan las azucenas y son más a propósito para la vista que para la comida.
  1. Así, pues, se apacienta entre las azucenas, hasta que decline el día, y a la belleza de las flores se siga la abundancia de los frutos. Porque ahora es tiempo de flores, no de frutos, pues tenemos aquí sola la esperanza y no lo que esperamos, y caminando por la fe, no por la vista clara, nos congratulamos más con la expectación que con la experiencia. Considerad la suma delicadeza de esta flor y acordaos de aquellas palabras del Apóstol: Llevamos este tesoro en vasos de barro .¡Cuántos peligros amenazan a las flores! ¡Cuán fácilmente con los aguijones de las espinas es traspasada la azucena! Con razón, pues, canta el amado: Como azucena entre espinas, así es mi Amiga entre las vírgenes . ¿Acaso no era azucena entre espinas el que decía: Con los que aborrecían la paz era yo pacífico?. Sin embargo, aunque el justo florece como la azucena, no se alimenta el Esposo de azucenas ni se complace en la singularidad. Escuchad cómo habla el que mora en medio de las azucenas: Donde dos o tres se hallan congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Ama siempre Jesús lo que está en medio; los lugares apartados y solitarios siempre los ha reprobado el Hijo del hombre, que es el mediador entre Dios y los hombres. Mi Amado es para mí y yo para él, el cual se apacienta entre azucenas. Procuremos, pues, hermanos míos, cultivar azucenas; démonos prisa arrancar de raíz las espinas y los abrojos, y plantemos en su lugar azucenas, por si alguna vez acaso se digna el amado desecender a apacentarse entre ellas.
  1. En María sí que se apacentaba, puesto que en ella hallaba grandísima abundancia de azucenas. ¿No son acaso azucenas el decoro de la virginidad, las insignias de la humildad, la supereminencia de la carídad? También nosotros podemos tener azucenas, aunque menos hermosas y olorosas; con todo, ni aun entre ellas se desdeñará de apacentarse el esposo, con tal de que a esas acciones de gracias, de que hemos hablado antes, les dé lustre la alegría de la devoción, a la oración le dé candor la pureza de intención y la misericordia dé blancura a la confesión, como está escrito: Aunque sean vuestros pecados como la escarlata, se volverán blancos como la nieve, y aunque sean rojos como el carmesí, serán blancos como la lana Pero sea lo que fuere aquello que dispones ofrecer, acuérdate de encomendarlo a María, para que vuelva la gracia por el mismo cauce por donde corrió, al dador de la gracia. No le faltaba a Dios, ciertamente, poder para infundirnos la gracia, sin valerse de este acueducto, si El hubiera querido, pero quiso proveerte de ella por este conducto. Acaso tus manos están aún llenas de sangre o manchadas con dádivas sobornadoras, porque todavía no las tienes lavadas de toda mancha. Por eso aquello poco que deseas ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de El repulsa. Sin duda candidísimas azucenas son, ni se quejará aquel amante, de las azucenas de no haber encontrado entre azucenas todo lo que El hallare en las manos de María. Amén.

 

Fiesta del Nacimiento de la Bienaventurada Virgen María

  1. Celebrar la infancia

1.1 En el nacimiento de la Virgen María la Iglesia nos concede mirar pequeña a la que es tan grande y acoger con ternura a la que nos ha recibido con tanta compasión y nos ha adoptado con tan inmensa piedad.

1.2 Cuando cualquiera de nosotros mira su propia infancia descubre ese pequeño milagro que es la continuidad del “yo”. No es cosa despreciable eso de reconocer que las acciones que aquel niño realizaba hace treinta, cuarenta o más años, pertenecen al mismo individuo y están en la misma historia que las decisiones del joven de hace otros tantos o las oraciones que hice hoy por la mañana.

1.3 Un mismo”yo”, una misma conciencia, una misma historia abarcan esos dos seres que, si los pusiéramos uno junto a otro, apenas podrían reconocerse.

1.4 En parte sentimos distante la infancia por los años transcurridos, pero en parte también por los giros que ha tomado nuestra historia particular. En muchos casos pasa que el niño que fuimos nos resulta irreconocible. Su inocencia nos parece inútil, su pureza nos parece lejana, su fragilidad se nos antoja vergonzosa.

1.5 Es fácil, cuando nos embarga este tipo de sentimientos, que sintamos una especie de ruptura con nuestra propia verdad de aquellos niños o de niñas que fuimos. Por algo hoy incluso se han puesto “de moda” los talleres, encuentros o métodos para “recuperar el niño interior”.

  1. María, la Niña

2.1 En mi historia vocacional particular esto del encuentro con una niñez sin vergüenzas ni complejos fue decisivo. Fue lo primero que aprendí a amar de la Niña. Después de todo, ¿qué es celebrar a María como “virgen” sino reconocer que hay en ella una señal singularmente preservada de una niñez nunca marchitada?

2.2 Algún día la Iglesia tendrá que hacer sus propios “talleres” sobre recuperación del niño o de la niña interior. Ese día comprenderemos mejor la grandeza que se esconde en la piedad aparentemente anodina de la fiesta que hoy celebramos.

2.3 María, la Niña, es el gran signo de una humanidad que se reconoce capaz de palpar, con cariño infinito y gratitud indecible, las manos puras y vigorosas del Creador.

Fray Nelson Medina O.P.


Te entrego, Virgen Niña, mi corazón para que lo presentes a Jesús. Por el amor y complacencia con que te aceptó, cuando a la temprana edad de tres años te consagraste a El, suplícale acepte el mío e imprima en él las virtudes que le faltan, para que, a imitación del tuyo, le sea agradable. Enséñame o despreciar las honras vanas del mundo; haz que siempre sea mi único anhelo crecer en el amor de Dios, cumpliendo siempre su divina Voluntad. Te presento también los corazones de los que no te conocen y no pueden amarte. Oh Virgen Niña, atráelos con tus inspiraciones para que, amándote todos como hijos, vayamos a cantar las glorias y magnificencias de tu hijo Jesús, nuestro Señor en el Cielo. Amén.

Niña celestial, que con tantos prodigios de gracias te dignaste mostrar tus deseos de ver honrada tu tierna infancia -aquel período de tu existencia que fue tan grande ante Dios, por el privilegio de tu inmaculada concepción y natividad dichosa. Tú, la más privilegiada entre las hijas de Eva, vuelve hacia mí, desde esa preciosa Cuna, tus ojos llenos de dulzura y bondad, y continuando tu oficio de Mediadora y Abogada, haz que vea cumplida mi súplica.

No salga yo defraudada en mis esperanzas de tu venerada Cuna, sino que consiga las gracias y los consuelos que te pido.

A mí y a todos, ¡oh María!, alcánzanos el verdadero espíritu de la devoción a Ti, ¡Virgen Niña!, y el don inapreciable de la perseverancia final. Así sea.

ORACIÓN DE LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA

¡Qué grande gozo e incomparable alegría debe tener todo el mundo el día de vuestro sagrado nacimiento, ¡oh niña benditísima! pues con la luz que vos, como alba divina, le trajisteis, se bañó de nueva claridad y comenzó a respirar! A toda la Santísima Trinidad alegrasteis con vuestro nacimiento; al Padre por haber nacido su dulce esposa, al Hijo porque habías de ser su Madre, y al Espíritu Santo porque erais su templo, y por su virtud habíais de concebir en vuestro vientre virginal al Verbo Eterno. Los santos patriarcas vieron en este día cumplidos sus deseos; los profetas acabadas aquellas sombras y figuras debajo de las cuales tantas veces os dibujaron y pintaron, los ángeles su Reina y Señora, y los hombres de honra, ornamento y gloria de todo el linaje humano; y finalmente, todos los judíos y gentiles, justos y pecadores tienen hoy causa de particular regocijo, por haber salido a luz la que había de darnos al que es luz y vida del mundo.

Vos, niña gloriosa, nacisteis hoy la más linda, la más bella y hermosa y más adornada de gracias que ninguna pura criatura. Porque así como vuestro precioso Hijo os fue muy parecido en el ser natural como hijo a su madre, así vos fuisteis muy semejante a vuestro Hijo en el ser de gracia, en la cual él era vuestro Padre; y así convino que en el alma y en el cuerpo no hubiese cosa criada que con vos se pueda comparar. Vos sois la segunda Eva y madre de los vivientes que vivirán para siempre, vos más dichosa que Sara, más prudente que Rebeca, más hermosa que Raquel, más fecunda que Lía, más excelente que María hermana de Moisés y Aarón, más sabia que Débora, más fuerte que Judíth, más graciosa que Ester, más humilde que Abigail, más casta que Susana. Porque sois aquella mujer vestida de sol y coronada de estrellas, que tiene la luna debajo de sus pies, y aquel santuario que Dios hizo para habitar en él, y aquel arca fabricada de madera de Setin, y forrada por dentro de oro purísimo, que son todas las virtudes con que Dios os adornó.

Dios os salve, María suavísima, hija sois de Eva, más para reparar las miserias de Eva; hija sois de hombre, mas madre de Dios; virgen sois, mas no sin fruto; fecunda sois, mas sin detrimento de vuestra pureza virginal. Dios os salve, Virgen sacratísima, tálamo del Esposo celestial, templo de la sapiencia increada, sagrario del Espíritu Santo, huerto de delicias, paraíso de deleites, vena de aguas vivas, y depositaria de todas las gracias y dones de Dios, y singular entre todas las criaturas; pues no hay cosa que os iguale, y todo lo que tiene ser está sobre vos o debajo de vos, porque Dios solamente es sobre vos, y todo lo que no es Dios está debajo de vos. Desde este punto y desde esta hora en que salisteis al mundo para bien del mundo yo os reconozco y tomo por Señora mía, y os doy el parabién y vasallaje como a Reina soberana del cielo y de la tierra, y madre de mi Señor Jesucristo. Vos, Virgen purísima y niña sacratísima, tomadme por esclavo perpetuo y de vuestro Hijo benditísimo, para que yo con verdadero y santo gozo me goce hoy de vuestro glorioso nacimiento. Amén.

LETANIAS EN HONOR DE MARÍA NIÑA

Señor, ten piedad de nosotros

Cristo, ten piedad de nosotros

Señor, ten piedad de nosotros

Niño Jesús, ten piedad de nosotros

Niño Jesús, lleno de gracia, ten piedad de nosotros

Dios el Padre del Cielo, ten piedad de nosotros

Dios, el Hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros

Dios, el Espíritu Santo, ten piedad de nosotros

Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Santa Niña María, ruega por nosotros

Pequeña, hija del Padre, ruega por nosotros

Hija, madre del Hijo, ruega por nosotros

Hija, Esposa del Espíritu Santo, ruega por nosotros

Pequeña, Santuario del Espíritu Santo, ruega por nosotros

Niña, fruto de las oraciones de sus padres, ruega por nosotros

Niña, la riqueza de su padre, ruega por nosotros

Niña, las delicias de su madre, ruega por nosotros

Honorable hija de su padre, ruega por nosotros

Honorable hija de tu madre, ruega por nosotros

Niña, un milagro de la naturaleza, ruega por nosotros

Niña prodigio de la gracia, ruega por nosotros

Inmaculada en su concepción, ruega por nosotros

Santísima de tu nacimiento, ruega por nosotros

Más de devotos en su presentación, ruega por nosotros

Obra maestra de la gracia divina, ruega por nosotros

Amanecer del Sol de justicia, ruega por nosotros

Fuente de nuestra alegría, ruega por nosotros

Fin de nuestros pecados, ruega por nosotros

Niña, la alegría de la tierra, ruega por nosotros

Niña, la alegría del cielo, ruega por nosotros

Modelo de la caridad, ruega por nosotros

Modelo de humildad, ruega por nosotros

Pequeña poderosa, ruega por nosotros

Dulce Bambina, ruega por nosotros

Pequeña pura, ruega por nosotros

Hija obediente, ruega por nosotros

La muchacha humilde, ruega por nosotros

Dulce Niña, ruega por nosotros

Chica amable, ruega por nosotros

Admirabilisíma niña, ruega por nosotros

Niña Incomparable, ruega por nosotros

Infante, salud de los enfermos, ruega por nosotros

Consuelo de los afligidos, ruega por nosotros

Refugio de los pecadores, ruega por nosotros

La esperanza de los cristianos, ruega por nosotros

Señora de los Ángeles, ruega por nosotros

Hija de los Patriarcas, ruega por nosotros

Los deseos de los Profetas, ruega por nosotros

Señora de los Apóstoles, ruega por nosotros

La fuerza de los Mártires, ruega por nosotros

Gloria de Religiosos, ruega por nosotros

Alegría de los Confesores, ruega por nosotros

La pureza de las vírgenes, ruega por nosotros

Reina de los santos, ruega por nosotros

Niña, Madre nuestra, ruega por nosotros

Reina de nuestros corazones, ruega por nosotros

Inmaculada Niña, ruega por nosotros

María Bambina, ruega por nosotros

Virgen Niña, ruega por nosotros

Divina Infantita, ruega por nosotros

Virgen de Nazaret, ruega por nosotros

Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, perdónanos Niño Jesús

Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, atiende nuestra súplica, Niño Jesús

Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ten piedad de nosotros, Niño Jesús

 

Oremos: Oh Dios todopoderoso y misericordioso Dios, quien por medio del Espíritu Santo, han preparado el cuerpo y el alma de la niña María Inmaculada para ser la madre poderosa y digna de tu Hijo, preservándola de toda mancha, nos concedas todos los que veneramos con todo nuestro corazón su infancia santa, para ser libre, a través de sus méritos e intercesión, por lo que puede ensuciar nuestros cuerpos y nuestras almas y nos haga capaces de imitar su humildad perfecta, obediencia y la caridad, por Cristo nuestro Señor, Amén.