Las Apariciones

JUEVES 11 DE FEBRERO: EL ENCUENTRO

Acompañada de su hermana y de una amiga, Bernardita se dirige a la Gruta de Massabielle, al borde del Gave, para recoger leña, ramas secas y pequeños troncos. Mientras se está descalzando para cruzar el arroyo, oye un ruido como de una ráfaga de viento, levanta la cabeza hacia la Gruta: “VI A UNA SEÑORA VESTIDA DE BLANCO: LLEVABA UN VESTIDO BLANCO, UN VELO TAMBIÉN DE COLOR BLANCO, UN CINTURÓN AZUL Y UNA ROSA AMARILLA EN CADA PIE.” Hace la señal de la cruz y reza el rosario con la Señora. Terminada la oración, la Señora desaparece de repente.

DOMINGO 14 DE FEBRERO: EL AGUA BENDITA

Bernardita siente una fuerza interior que la empuja a volver a la Gruta a pesar de la prohibición de sus padres. Debido a su insistencia, su madre le da permiso para volver. Después de la primera decena del rosario, Bernardita ve aparecer a la misma Señora. Le echa agua bendita. La Señora sonríe e inclina la cabeza. Terminado el rosario, la Señora desaparece.

JUEVES 18 DE FEBRERO: LA SEÑORA HABLA

La Señora habla por primera vez. Bernardita le ofrece papel y una pluma y le pide que escriba su nombre. La Señora le dice: “No es necesario” y añade: “No le prometo hacerle feliz en este mundo, sino en el otro. ¿Quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días?”.

VIERNES 19 DE FEBRERO: APARICIÓN BREVE Y SILENCIOSA

Bernardita llega a la Gruta con una vela bendecida y encendida. De aquel gesto nacerá la costumbre de llevar velas para encenderlas ante la Gruta.

SÁBADO 20 DE FEBRERO: EN EL SILENCIO

La Señora le ha enseñado una oración personal. Al terminar la visión, una gran tristeza invade a Bernardita.

DOMINGO 21 DE FEBRERO: “AQUERO”

Por la mañana temprano la Señora se presenta a Bernardita, a la que acompañan un centenar de personas. Después es interrogada por el comisario de policía Jacomet, que quiere que diga lo que ha visto. Bernardita no habla más que de “AQUERO” (aquello).

MARTES 23 DE FEBRERO: EL SECRETO

Rodeada por unas ciento cincuenta personas, Bernardita se dirige hacia la Gruta. La Aparición le comunica un secreto, una confidencia “sólo para ella”, pues sólo a ella concierne.

MIÉRCOLES 24 DE FEBRERO: ¡PENITENCIA!

Mensaje de la Señora: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!  – ¡Rece a Dios por los pecadores! – ¡Bese la tierra en penitencia por los pecadores!”

JUEVES 25 DE FEBRERO: LA FUENTE

Trescientas personas están allí presentes. Bernardita cuenta: “ME DIJO QUE FUERA A BEBER A LA FUENTE […] NO ENCONTRÉ MÁS QUE UN POCO DE AGUA FANGOSA. AL CUARTO INTENTO, CONSEGUÍ BEBER; ME MANDÓ TAMBIÉN QUE COMIERA HIERBA QUE HABÍA CERCA DE LA FUENTE, LUEGO LA VISIÓN DESAPARECIÓ Y ME MARCHÉ.” Ante la muchedumbre que le comenta: “¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”, Bernardita sólo contesta. “ES POR LOS PECADORES.”

SÁBADO 27 DE FEBRERO: SILENCIO

Hay allí ese día ochocientas personas. La Aparición permanece silenciosa. Bernardita bebe agua del manantial y hace los gestos habituales de penitencia.

DOMINGO 28 DE FEBRERO: PENITENCIA

Más de mil personas asisten al éxtasis. Bernardita reza, besa la tierra y se arrastra de rodillas en señal de penitencia. A continuación se la llevan a casa del juez Ribes que la amenaza con meterla en la cárcel.

LUNES 1 DE MARZO: PRIMER MILAGRO

Se han congregado más de mil quinientas personas y entre ellas, por primera vez, un sacerdote. Durante la noche, Catalina Latapie, una amiga de Lourdes, acude a la Gruta, moja su brazo dislocado en el agua del manantial y el brazo y la mano recuperan su agilidad.

MARTES 2 DE MARZO: MENSAJE PARA LOS SACERDOTES

La muchedumbre aumenta cada vez más. La Señora le encarga: “Vaya a decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y que se venga en procesión.” Bernardita se lo hace saber al cura Peyra-male, párroco de Lourdes. Éste tan sólo quiere saber una cosa: el nombre de la Señora. Exige, además, como prueba, ver florecer en invierno el rosal silvestre de la Gruta.

MIÉRCOLES 3 DE MARZO: UNA SONRISA

A las siete de la mañana, cuando ya hay allí tres mil personas, Bernardita se encamina hacia la Gruta; pero ¡la Visión no aparece! Al salir del colegio, siente la llamada interior de la Señora; acude a la Gruta y vuelve a preguntarle su nombre. La respuesta es una sonrisa. El párroco Peyramale vuelve a decirle: “Si de verdad la Señora quiere una capilla, que diga su nombre y haga florecer el rosal de la Gruta.”

JUEVES 4 DE MARZO: ¡EL DÍA MÁS ESPERADO!

El gentío cada vez más numeroso (alrededor de ocho mil personas) está esperando un milagro al finalizar estos quince días. La visión permanece silenciosa. El cura Peyramale se mantiene en su postura. Durante los veinte días siguientes, Bernardita no acudirá a la Gruta; no siente dentro de sí la irresistible invitación .

JUEVES 25 DE MARZO: ¡EL NOMBRE QUE SE ESPERABA!

Por fin la visión revela su nombre; pero el rosal silvestre sobre el cual posa los pies durante las apariciones no florece. Bernardita cuenta: “LEVANTÓ LOS OJOS HACIA EL CIELO, JUNTANDO EN SIGNO DE ORACIÓN LAS MANOS QUE TENÍA ABIERTAS Y TENDIDAS HACIA EL SUELO, Y ME DIJO: QUE SOY ERA IMMACULADA COUNCEPCIOU.” La joven vidente salió corriendo, repitiendo sin cesar, por el camino, aquellas palabras que no entiende. Palabras que conmueven al buen párroco, ya que Bernardita ignoraba esa expresión teológica que sirve para nombrar a la Santísima Virgen. Solo cuatro años antes, en 1854, el papa Pío IX había declarado aquella expresión como verdad de fe, un dogma.

MIÉRCOLES 7 DE ABRIL: EL MILAGRO DEL CIRIO

Durante esta Aparición, Bernardita sostiene en la mano su vela encendida, y en un cierto momento la llama lame su mano sin quemarla. Este hecho es inmediatamente constatado por el médico, el doctor Douzous.

JUEVES 16 DE JULIO: ÚLTIMA APARICIÓN

Bernardita siente interiormente el misterioso llamamiento de la Virgen y se dirige a la Gruta; pero el acceso a ella estaba prohibido y la gruta, vallada. Se dirige, pues, al otro lado del Gave, enfrente de la Gruta. “ME PARECÍA QUE ESTABA DELANTE DE LA GRUTA, A LA MISMA DISTANCIA QUE LAS OTRAS VECES, NO VEÍA MÁS QUE A LA VIRGEN, ¡JAMÁS LA HABÍA VISTO TAN BELLA!”

 

 

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Fiesta de la Presentación del Señor – 2 de Febrero – La Presentación del Niño Jesús y la Purificación de la Virgen María

Fiesta de la Presentación del Señor – 2 de Febrero – La Presentación del Niño Jesús y la Purificación de la Virgen María

En el Templo, Jesús se ofrece al Padre para rescatar a los hombres, por medio de María, y también por Ella es entregado a la Iglesia, en las manos del anciano Simeón.

Hermoso como todos los pasajes del Evangelio, la Liturgia del día 2 de febrero se centra en el rescate del Niño Jesús y la Purificación de la Virgen. Estos dos episodios tienen lugar en la casa del Señor, el Templo de Jerusalén

A la espera del Mesías, glorias y vicisitudes del Templo de Jerusalén

Casi seis siglos antes ese edificio había sido arrasado. Se hacía indispensable aprovechar la primera ocasión para reconstruirlo. Esta noble tarea le cupo a Zorobabel, jefe de la casa de David y antepasado de Cristo (515 a.C.). Sin embargo, cuánto más grandiosa había sido la gloria de ese Templo “en su primitivo esplendor”, afirmaba el profeta Ageo (2, 3a) al verlo erguido de nuevo.

La inauguración del Templo en tiempos de Salomón se dio con pompa y majestad. Poco después, “cuando salieron los sacerdotes del santuario —pues ya la nube había llenado el Templo del Señor—, no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el Templo del Señor. Dijo entonces Salomón: El Señor puso el sol en los cielos, mas ha decidido habitar en densa nube. He querido erigirte una casa para morada tuya, un lugar donde habites para siempre” (I Re 8, 10-13).

Pero “el que veis ahora —le preguntaba Ageo al pueblo—, ¿no os parece que no vale nada?” (Ag 2, 3b).

La consternación se abatió sobre todos los que oían la recriminación de Dios por la boca de su profeta. Pero enseguida sus rostros se volvieron más relucientes que nunca: “Pues esto dice el Señor de los ejércitos: Dentro de poco haré temblar cielos y tierra, mares y tierra firme. Haré temblar a todos los pueblos, que vendrán con todas sus riquezas y llenaré este Templo de gloria […] Míos son la plata y el oro. […] Mayor será la gloria de este segundo Templo que la del primero. […] Y derramaré paz y prosperidad en este lugar” (Ag 2, 7-10).

El cumplimiento de la profecía

¿Quién podía imaginar la escena en la que se cumplía la profecía de Ageo? El Templo nunca había acogido, ni en la gloria de su inauguración ni en el momento de su reconstrucción, a nadie tan importante: el mismo Creador hecho Niño, en los brazos de su madre, que sería ofrecido al Padre.

¿Cuáles habrían sido sus pensamientos —pues aunque era tan pequeño, ya tenía pleno uso de razón— cuando cruzó el pórtico de ese sagrado edificio? Gran emoción humana en un Corazón Infante y Sagrado que ardía en deseos de ofrecerse como víctima expiatoria. Ese ofrecimiento ya se realiza cuando es concebido por obra del Espíritu Santo en el claustro de su madre. Durante los treinta años en Nazaret, la vida del Cordero de Dios fue una constante renovación de ese acto supremo de entrega de sí mismo en holocausto, que alcanzó su ápice en el Calvario. Es lo que San Pablo afirma: “al entrar Cristo en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un Cuerpo; […] Después añade: He aquí que vengo para hacer tu voluntad. […] Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (Heb 10, 5.9-10).

Pero en el momento en que Simeón, representante del pueblo judío, cogió a Cristo en los brazos para entregarlo al Padre, fue entonces cuando la ofrenda adquirió un carácter oficial. El sacerdote se unió a Cristo en ese momento, ¿o viceversa? Es una bonita cuestión teológica.

Con toda propiedad Fray Luis de Granada exclama:

“No sólo se ofrece aquí esta ofrenda [Cristo] al Padre Eterno, sino también se entrega hoy por manos de la Virgen en los brazos de la Iglesia y de todas las almas fieles, cuyo agente era el santo Simeón, que representa la persona de la Iglesia. […] ¿Qué había de hacer la que tales ejemplos tenía de largueza, sino darnos todo cuanto bien tenía, que era este celestial tesoro? Esta donación fue ratificada por autoridad de toda la Santísima Trinidad. Porque por autoridad del Padre, dada en la Ley, y por voluntad del Hijo, que se ofreció para nuestro remedio, u por inspiración del Espíritu Santo, que trajo a Simeón al Templo, y por manos de la sacratísima Virgen, que como verdadera madre poseía este tesoro, se nos hace hoy esta firme y verdadera donación. […] Corred, pues […] y aprended en la escuela de este Niño cómo siendo Dios tan alto le agradan los corazones humildes en el Cielo y en la tierra”.

La enseñanza de María Virgen para nosotros

Por otra parte, la Purificación de la Virgen María se encontraba adscrita a la Ley mosaica (cf. Lev 12). María no necesitaba haber cumplido ninguno de los requisitos de la Ley. Sin embargo, así procedió la Mater Ecclesiæ para, entre otras razones, enseñarnos con qué amor y cariño debemos seguir las leyes de la Iglesia.

Ella entregará la ofrenda de los pobres: “un par de tórtolas o dos pichones”.

“La tórtola —dice Santo Tomás—, por ser un ave locuaz, significa la predicación y la confesión de la Fe; por ser un animal casto, representa la castidad; y por ser un animal solitario, simboliza la contemplación. La paloma, por ser un animal manso y sencillo, representa la mansedumbre y la sencillez. Y es animal gregal, por lo que significa la vida activa. Y por eso, una ofrenda de esta clase simboliza la perfección de Cristo y la de sus miembros.

“Uno y otro animal, por su hábito de gemir, representan las penas presentes de los santos; pero la tórtola, que vive solitaria, significa las lágrimas de las oraciones; la paloma, en cambio, por ser gregal, simboliza las oraciones públicas de la Iglesia. Con todo, se ofrece una pareja de cada uno de esos animales, a fin de que la santidad no se dé sólo en el alma, sino también en el cuerpo”.

El famoso Beda, anterior a Santo Tomás, había afirmado que la paloma representaba el candor por amar la sencillez y la tórtola la castidad, porque si pierde a su pareja no busca otra.

Simeón, varón de fe y de discernimiento

25a Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso…

Es exactamente el elogio y la esencia que le corresponden a un varón santo. Son las características de una ancianidad perfecta.

25b … que aguardaba el consuelo de Israel;…

A ese respecto es muy adecuado el comentario de San Ambrosio. El anciano Simeón no buscaba la gracia únicamente para sí mismo, sino que la deseaba para todo el pueblo. Por lo tanto, entendía así cómo la gracia era más importante para la colectividad que para una sola persona. Era un hombre conocedor del papel relevante de la opinión pública.

Era un varón de una fe muy grande. Creía en las promesas de Dios. De gran discernimiento, porque sabía que la liberación del pecado era el consuelo del pueblo y no la terminación de las opresiones extranjeras.

25c … y el Espíritu Santo estaba con él.

Es lo que pasa con todas las almas en estado de gracia. Aunque aquí San Lucas parece que quiere indicarnos algo más profundo, es decir, destacar que se trata de un verdadero profeta, según se verá mejor más adelante, en la promesa recibida y en el hecho de haber sido guiado al encuentro con Jesús y María.

26 Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

No existe la más mínima duda de que se trataba de una revelación mística y clara.

La promesa de ver a Cristo Jesús también nos ha sido hecha a nosotros. Para que eso suceda es necesario que imitemos a Simeón, seamos justos, temamos a Dios y esperemos contra toda esperanza

27a Impulsado por el Espíritu, fue al Templo.

Se trataba de un alma que había alcanzado el auge de la unión transformante. Se dejaba guiar por el Espíritu.

27b Y cuando entraban con el Niño Jesús sus padres para cumplir con Él lo acostumbrado según la Ley,…

No olvidemos que el esposo era señor y dueño de todo fruto de su mujer. Jesús pertenecía a José y, así, éste era más que un padre adoptivo.

Una gracia más grande que tener al Niño Jesús en los brazos

28a … Simeón lo tomó en brazos…

¡Qué gracia tan extraordinaria! Quizá fuese Simeón, después de San José, el primer varón en gozar de esa indescriptible felicidad. Dios le había dado más de lo que le había prometido.

San Beda así se expresa sobre este pasaje: “Aquel hombre justo recibió al Niño Jesús en sus brazos, según la Ley, para demostrar que la justicia de las obras, que, según la Ley, estaban figuradas por las manos y los brazos, debía cambiarse por la gracia humilde, ciertamente, pero saludable de la fe evangélica. Tomó el anciano al Niño Jesús, para demostrar que este mundo, ya decrépito, iba a volver a la infancia y a la inocencia de la vida cristiana”.

Sin embargo, nosotros hemos recibido todavía más que Simeón, porque en el momento de la Comunión nuestra unión con Cristo es mucho más íntima. Que Simeón nos alcance la gracia de comulgar diariamente como a él mismo le hubiera gustado hacerlo.

28b … y bendijo a Dios diciendo: 29 “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. 30 Porque mis ojos han visto a tu Salvador, 31 a quien has presentado ante todos los pueblos:…”

Una vez más la fidelidad de este hombre se trasluce en sus propias palabras. Es probable que sus fuerzas estuvieran a punto de abandonarlo en varias ocasiones. ¿Qué súplicas no haría a Dios para que no faltase a su divina promesa? ¡Cuántas veces no fue puesto a prueba: “¿Moriré ahora sin haber visto al Mesías?”!

No lo hemos visto, ni lo vemos, pero en la Eucaristía podemos unirnos a Él más íntimamente que Simeón. ¡Cuánta felicidad la nuestra!

Un Salvador para todos los pueblos

32 “… luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Así es, las demás naciones no habían recibido la Revelación. La gloria le correspondía al pueblo judío; a los otros debía serles concedido el conocimiento de la llegada del Salvador. En ese momento se encontraban de camino los tres Reyes Magos, lo que dio ocasión a la manifestación de la misión universal del Niño Jesús, la Epifanía.

33 Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del Niño.

Se habían quedado así al constatar las manifestaciones angélicas y la presencia de los pastores en la Gruta de Belén. La misma admiración se repetirá con la llegada de los Reyes de Oriente. Ambos discernieron la gloria futura de la Civilización Cristiana, promovida por el ofrecimiento de Jesús.

34a Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:…

Le correspondía bendecirlo porque era de la tribu de Leví, por lo tanto, sacerdote. A la Corredentora es a quien se dirige.

Un signo de contradicción, para que se revelen los secretos de los corazones

34b “Éste ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción…”

Así se expresa San Beda el Venerable en el primer libro de sus homilías: “Con gozo se oyen estas palabras, que muestran que el Señor ha sido destinado a conseguir la resurrección universal, como Él mismo dijo: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá’ (Jn 11, 25). Pero no menos terrible suenan estas otras palabras: ‘Éste ha sido puesto para que muchos caigan y se levanten’.

“Verdaderamente infeliz es el que, después de haber visto su luz, no obstante, queda ciego por la niebla de los vicios… porque, como dice el Apóstol Pedro ‘habría sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, desviarse del mandamiento santo que les había sido transmitido’ (II Pe 2, 21).

“Lo contradicen los judíos y los gentiles; y, lo que es más grave, los cristianos que, profesando interiormente al Salvador, lo desmienten con sus acciones”.

35 “—y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones”.

Continúa San Beda: “Antes de la Encarnación muchos pensamientos estaban ocultos, pero cuando nació el Rey del Cielo en la tierra, el mundo se alegró, mientras que Herodes se turbaba y toda Jerusalén con él. Cuando Jesús predicaba y hacía milagros todo el pueblo temía y glorificaba al Dios de Israel; pero los fariseos y escribas acogían con rabiosas palabras cuantos dichos procedían de la boca del Señor y cuantas obras realizaba.

“Cuando Dios padecía en la Cruz, los impíos reían con necia alegría y los piadosos lloraban con amargura; pero cuando resucitó de entre los muertos y subió al Cielo, la alegría de los malos cambió a tristeza, y la pena de los amigos se convirtió en gozo”.

También hoy y hasta el día del Juicio Final, los cristianos, otros Cristos, son “signos de contradicción” y, por ellos, se pondrán de manifiesto los pensamientos escondidos en los corazones de muchos.

María, Corredentora, y el amor a nuestras cruces

María es la Corredentora del género humano. Ella ya conocía la profecía de Simeón. Más aún, quedará grabada en su espíritu hasta la Resurrección de Jesús. Ella es la Reina de los Mártires y, desde la Anunciación, sufrió con Cristo, por Cristo y en Cristo.

Este fragmento del Evangelio nos invita a dar el carácter de holocausto a los sufrimientos que la Providencia permite. Amemos las cruces que nos correspondan, uniéndonos a Jesús y a María en esa grandiosa escena de la Presentación. ²

 

 

Letanias de Nuestra Señora del Pronto Socorro

¡Santísima Virgen María, que para inspirarme confianza habéis querido llamaros Madre del Perpetuo Socorro! Yo os suplico me socorráis en todo tiempo y en todo lugar; en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida y, sobre todo, en el trance de la muerte. Concédeme, ¡oh amorosa Madre!, el pensamiento y la costumbre de recurrir siempre a Vos; porque estoy cierto de que, si soy fiel en invocaros, Vos seréis fiel en socorrerme. Alcanzadme, pues, la gracia de acudir a Vos sin cesar con la confianza de un hijo, a fin de que obtenga vuestro perpetuo socorro y la perseverancia final. Bendecidme y rogad por mí ahora y en la hora de mi muerte. Así sea.

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Rogad a Jesús por mí, y salvadme.

Santísima y siempre pura Virgen María, Madre de Jesucristo, Reina del mundo y Señora de todo lo creado; que a ninguno abandonas, a ninguno desprecias ni dejas desconsolado a quien recurre a Ti con corazón humilde y puro. No me deseches por mis gravísimos e innumerables pecados, no me abandones por mis muchas iniquidades, ni por la dureza e inmundicia de mi corazón me prives de tu gracia y de tu amor, pues soy tu hijo. Escucha a este pecador que confía en tu misericordia y piedad: socórreme, piadosísima Madre del Perpetuo Socorro, de tu querido Hijo, omnipotente Dios y Señor nuestro Jesucristo, la indulgencia y la remisión de todos mis pecados y la gracia de tu amor y temor, la salud y la castidad y el verme libre de todos los peligros de alma y cuerpo.

En los últimos momentos de mi vida, sé mi piadosa auxiliadora y libra mi alma de las eternas penas y de todo mal, así como las almas de mis padres, familiares, amigos y bienhechores, y las de todos los fieles vivos y difuntos, con el auxilio de Aquel que por espacio de nueve meses llevaste en tu purísimo seno y con tus manos reclinaste en el pesebre, tu Hijo y Señor nuestro Jesucristo, que es bendito por los siglos de los siglos. Amén.

Oh Madre del Perpetuo Socorro, concédeme la gracia de que pueda siempre invocar tu bellísimo nombre ya que él es el Socorro del que vive y Esperanza del que muere. Ah María dulcísima, María de los pequeños y olvidados, haz que tu nombre sea de hoy en adelante el aliento de mi vida. Cada vez que te llame, Madre mía, apresúrate a socorrerme, pues, en todas mi tentaciones, y en todas mis necesidades propongo no dejar de invocarte diciendo y repitiendo: María, María, Madre Mía.

Oh qué consuelo, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente todo mi ser con sólo repetir tu nombre y pensar en ti, Madre Mía. Bendigo y doy gracias a Dios que te ha dado para bien nuestro ese nombre tan dulce, tan amable y bello. Mas no me contento con pronunciar tu bendito nombre, quiero pronunciarlo con amor, quiero que el amor me recuerde que siempre debo acudir a ti, Madre del Perpetuo Socorro.

¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, en cuyos brazos el mismo Niño Jesús parece buscar seguro refugio; ya que ese mismo Dios hecho Hijo tuyo como tierna Madre lo estrechas contra tu pecho y sujetas sus manos con tu diestra, no permitas, Señora, que ese mismo Jesús ofendido por nuestras culpas, descargue sobre el mundo el brazo de su irritada justicia; sé tú nuestra poderosa Medianera y Abogada, y detenga tu maternal socorro los castigos que hemos merecido. En especial, Madre mía, concédeme la gracia que te pido.

Señor ten piedad de nosotros.   Señor ten piedad de nosotros.

Cristo ten piedad de nosotros.   Cristo ten piedad de nosotros.

Señor ten piedad de nosotros.   Señor ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.   Cristo escúchanos.

Dios Padre celestial;   ten piedad de nosotros.

Dios Hijo Redentor del mundo;   ten piedad de nosotros.

Dios Espíritu Santo;   ten piedad de nosotros.

Santa Trinidad, un solo Dios;   ten piedad de nosotros.

Santa María Madre de Dios,   ruega por nosotros.

Santa María,   ruega por nosotros.

Santa María Madre de del Infante Jesús,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de todos quienes te invocan con confianza,   ruega por nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en toda tentación,   ruega pos nosotros.  .

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los espíritus malvados,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para obtener contrición,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de quienes quieren entrar nuevamente en el camino de la salvación,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para la conversión de pecadores,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro in toda necesidad temporal,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en toda aflicción,  ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de familias afligidas,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los enfermos y pobres,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de enfermedades contagiosas y epidemias,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en todo accidente,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de la destrucción por fuego,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de relámpagos y tempestades,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de la destrucción por inundación,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los viajeros,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de navegantes,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los náufragos,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los enemigos de nuestro país,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en tiempo de guerra,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de aquellos que aspiran hacia el santo sacerdocio y la vida religiosa,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de los que laboran en el viñedo del Señor,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de misioneros que promueven la fe,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro de nuestro Santo Padre,  ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para aquellos que buscan la fe    ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en contra de los enemigos de la Iglesia,   ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro en la hora de la muerte,    ruega pos nosotros.

Nuestra Señora del Pronto Socorro para la liberación de las almas en el Purgatorio,  ruega pos nosotros.

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   líbranos, Oh Señor.

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   Óyenos, Oh Señor

Cordero de Dios, Quien quita los pecados del mundo,   Ten piedad sobre nosotros, Oh Señor.

  1. Nuestra Señora del Pronto Socorro, ruega pos nosotros.
  2. Que podamos ser dignos de las promesas de Jesucristo.

Oremos

Oh Dios Todopoderoso y Eterno, Quien nos vé rodeados de tantos peligros y miserias, otórganos en Tu infinita bondad que la Santa Virgen María, Madre de tu Hijo Divino, nos defienda de los espíritus malvados y nos proteja contra todas las adversidades, que siempre y con pronto socorro nos libere de todo mal de alma y cuerpo, y nos guié sin peligro al Reino del Cielo, a través de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo, Quien vive y reina Contigo en la Unidad del Espíritu Santo, Un Solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén

 

MEDITACIÓN SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS

 

I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿cómo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).
II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.
III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios; Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil (San Paulino).
ORACIÓN
Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.

 

 

El Niño Dios, fuente de la mayor alegría

 

El tiempo de adviento avanza. Le pido al Señor en la oración que me conceda llegar a la Navidad con una gran alegría en el corazón. ¡Qué mayor alegría puede tener un cristiano que celebrar el nacimiento del Hijo de Dios sabiendo que Jesús es nuestro Salvador! Este es el motivo por el que cualquier persona, por muchas dificultades que sobrelleve, debe estar alegre. La Navidad es la fiesta de la alegría. En el pequeño portal de Belén una familia irradia alegría. Aquí radica el secreto de la Navidad, en una cuna recubierta de paja en la que descansa el Niño Jesús. Él es la fuente de mayor alegría. Contemplando a Jesús uno contempla al Dios del Amor. Viviendo en comunión con Jesús uno siente que vive en la mayor de las alegrías.

Por el contrario, cuando vives cerrado a la gracia de Dios, la tristeza hace mella en mi corazón.
Como María le digo al Niño Jesús que se «alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de sus esclava y ha hecho obras poderosas en mí».
Uno vive su fe en medio de profundas dificultades, con una vida plagada de contradicciones y de una sarta de sufrimientos profundos. Cada uno conoce su propia miseria; sabe cuando acude a las seguridades materiales, al placer… para alcanzar la ¿felicidad?. Pero cualquiera sabe que en estas situaciones es imposible tener el corazón alegre. Lo normal es encontrar desilusión y aflicción.

En ese se «alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» se resume la razón de ser de nuestra existencia: la búsqueda de la alegría en el encuentro con el prójimo, en el agradecimiento por la vida, en el disfrute de la naturaleza, en la potenciación de las virtudes propias, en la alegría de hacer el trabajo con rectitud y bien hacer, el cumplir las cosas como corresponden, el servir con generosidad, el aprender a perdonar, el ser misericordiosos, el sacrificarse por el prójimo… en vivir, en definitiva, por Dios, con Dios y para Dios. En todo esto uno demuestra que verdaderamente cree que el Señor es su fuerza y su poder, que es su auténtico Salvador. ¡La auténtica alegría del corazón!

¡Señor, concédeme el don de la alegría para estar siempre abierto a Ti y a los demás! ¡No permitas que las tribulaciones me paralicen! ¡Quiero acogerme a tu bondad, Señor! ¡Anhelo estar siempre alegre, para que la alegría lleno de luz mi vida y mi corazón y sea capaz de iluminar también el entorno en el que vivo! ¡En este tiempo de espera y de vigilia, Señor, hazme abrir los ojos y déjame iluminar por Ti; ayúdame a vivir este tiempo creciendo en el amor hacia los demás para que mi corazón esté preparado para recibirte con alegría! ¡Concédeme la gracia de estar alegre, vigilante, preparado, que mi corazón y todo mi ser sean capaces de reconocerte cuando te hagas presente entre nosotros!

¡Ayúdame a acoger como mi Dios, el Dios amor que trae la felicidad incluso en la tribulación! ¡Espíritu Santo, ayudarme a estar siempre alegre en Jesús; no permitas que nada me inquiete y permíteme poder presentar a Dios todos mis anhelos y necesidades con esperanza y alegría, en la confianza de que Dios custodia mi corazón y me lo llena de alegría! ¡Ayúdame a estar siempre alegre en el Señor y que Su alegría se impregne en mi corazón como signo de comunión, de esperanza y de caridad hacia el prójimo!

¡Hazme comprender, Espíritu divino, que todos los acontecimientos cotidianos son parte del plan de Dios en mi vida, signos de su atención por mí; ayúdame a acogerlos con alegría y esperanza! ¡Que este tiempo de Adviento sea para mi un tiempo de oración y de alegría, la ocasión para despertar en mi interior la fuerza de mi fe, la certeza de que Cristo es el Mesías nacido en la pobreza del portal de Belén y que nos ha venido a traer el don del amor y de la salvación!

 

LA ALEGRÍA DE LA NAVIDAD Y EL SILENCIO DE DIOS

Es frecuente oír a algunos cristianos decir que la Navidad les produce nostalgia y tristeza, porque echan de menos a los seres queridos que ya pasaron a mejor vida. No han entendido nada. La Navidad no es reunirse la familia una vez al año para cenar juntos, si en nuestro corazón no está latente el pensamiento del regalo más grande que Dios ha hecho a los hombres: enviarles a su Hijo para que se haga uno de ellos y enseñarles el camino para llegar al Padre.

La Navidad sólo puede producir alegría. San León Magno comenzaba así una de sus Homilías de Navidad:

“Hoy ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida para acabar con el temor de la muerte y llenarnos de gozo con la eternidad prometida… Exulte el santo porque se acerca el premio; alégrese el pecador porque se le invita al perdón; anímese el gentil, porque se le llama a la vida”. “Así, pues, el Verbo, el Hijo de Dios, se hace hombre para libertar a los hombres de la muerte eterna. Para tomar la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su majestad, se ha abajado de tal forma, que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo (Flp 2,7) a la que Él tenía igual do lo que era y asumiendo lo que no era, unió la condición al Padre, realizando entre las dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo superior fue disminuido por esta asunción…”. “De no haber sido Dios no nos habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no nos habría dado ejemplo… ¿Qué alegría no causará en el humilde mundo de los hombres esta obra inefable de la bondad divina, si provoca tanto gozo en la esfera sublime de los ángeles?” “Exultemos en el Señor y alegrémonos con un gozo espiritual, pues se ha levantado para nosotros el día de una nueva redención, día de una felicidad eterna”.

San Pablo en su Epístola a los Filipenses (4,4) insiste en la misma idea: “Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: Alegraos”:

La promesa hecha desde la creación del mundo se va a cumplir una vez más: el nacimiento de Cristo llena de alegría nuestros corazones, al convertirse en Emmanuel (Dios con nosotros). “No temáis, porque os traigo una buena noticia -dijo el ángel a los pastores- una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David [Belén], os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11).

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios… y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,1-14). La carne de Jesús, su existencia humana, es la tienda del Verbo. “A cuantos le recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre” (Jn 1,12).

Cuando el ángel Gabriel saludó a María, se dirige a Ella con estas palabras: “¡Alégrate, llena de gracia!”, como más tarde diría a los pastores: ¡Os anuncio una gran alegría!”. Cuando subió a los cielos, Jesús usó la misma expresión para despedirse de sus discípulos: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). El profeta Sofonías también dirá: “¡Alégrate, hija de Sión! ¡Grita de gozo, Israel!… el Señor, tu Dios, está en medio de ti” (Sof 3,14). Siempre que Dios se acerca a los hombres, hay motivo de alegría.

La salvación que trae el Niño prometido se manifiesta en la instauración definitiva del reino de David: “Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre” (2 Sam 7,16). María, al saber que iba a ser madre de Dios de un modo especial, sin romper su virginidad, respondió: “Hágase en mí según tu palabra”. San Bernardo nos narra este momento de una manera encantadora:

“Tras la caída de nuestros primeros padres, todo el mundo queda oscurecido bajo el dominio de la muerte. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un “sí” libre de su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho, en cierto modo, dependiente del hombre. Su poder está vinculado al “sí” no forzado de una persona humana”. “La creación entera está pendiente de los labios de María, cuando al fin salió de su corazón la respuesta: “Hágase en mí según tu palabra”. Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana”.

…Y llegado el momento, que Lucas sitúa en la historia con todo lujo de de talles, cuando todo estaba en profundo silencio… “le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada” (Le 2,65). “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14) … “Vino a su casa y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). No hay sitio para el Salvador del mundo. El Todopoderoso no tiene cabida en este mundo corrompido. Sus seguidores, los cristianos, también tienen que salir de los criterios de este mundo, si quieren llegar a Dios. No olvidemos que ahora somos “hijos de la luz, y el fruto de la luz es todo bondad, justicia y verdad” (Ef 5,8). El pan bajado del cielo, como nos dice san Agustín, yace en un pesebre. En la pobreza del Nacimiento de Cristo se perfila la redención de los hombres. Los primeros en tener noticia del Nacimiento de Cristo son los humildes pastores, por medio del anuncio del Ángel. El gran Pastor de los hombres ha nacido entre pastores (Cfr. Benedicto XVI, La Infancia de Jesús). Los pastores se apresuran a ver al Niño recién nacido, y en cambio, como dice J. Ratzinger, ¿qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios?

Ha pasado ya mucho tiempo de este acontecimiento, y aún el cielo y la tierra no se han unido, aunque lo temporal y lo eterno se dieran la mano, lo pequeño pasaba a ser enorme, y la increíble inmensidad quedaba encerrada en la pequeñez de un niño. La tierra estaba en tinieblas y Él vino como luz para iluminarnos, pero las tinieblas siguen rechazando la Luz. Pero el recién nacido que tantas alegrías nos ha traído, sigue presente abriendo sus bracitos, calladito, esperando que el mundo capte su mensaje, sin protestar, sin condenar: “El Hijo del hombre no ha venido a este mundo para juzgarlo, sino para salvarlo” (Cfr. Jn 3,17). Este pequeñín es el Emmanuel, Dios con nosotros. Aquí está la clave del mensaje, que Él se hace hombre para que los hombres se hagan Dios. Como decía Ortega y Gasset: “Si Dios se ha hecho hombre, ¡Qué gran-de es ser hombre!” El mundo occidental ha dejado de lado al Emmanuel para acudir a otros dioses. Es realmente sorprendente el paso de muchos católicos a otras religiones que se han puesto de moda, en alguna de las cuales la ausencia de Dios es total, o, a lo sumo, un Dios lejano e inaccesible. Ni siquiera nuestros hermanos mayores en la fe -como los llamó Juan Pablo II en su visita a la sinagoga de Roma en 1986- han sido capaces de aceptar un Dios tan humano como el Niño que contemplamos en la cuna. Dios, a quien nadie ha visto nunca ni lo puede ver (Cfr. Jn 1,18), se hace “visible” en el Hijo hecho hombre y nacido de María. Así respondió Él mismo a la petición de los Apóstoles “Muéstranos al Padre”; “¿No creéis que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Yo y el Padre somos una misma cosa” (Cfr. Jn 14,8-1 1). Aunque todavía no podamos conocer a Dios “cara a cara”, como nos dice san Pablo, sin embargo tenemos que reconocer que en la Navidad se acerca al hombre hasta donde somos capaces de entender. Y fue tan lejos en su acercamiento al hombre que llegó a ser “escándalo para los judíos y necedad para los paganos” (Cfr. 1 Cor 1,28).

La Navidad es un misterio de amor, que el hombre de hoy no acaba de entender. Dios nos ama tanto, que nos envía al Hijo para que nosotros podamos llegar a El. En el Niño de Belén, tan humano, tan desvalido, la humanidad se acerca al mayestático y lejano Dios de los judíos y los islámicos. ¡Qué suerte tenemos los cristianos! Hemos escondido a un hombre en Dios, y para siempre seremos uno con Él. Cristo está en el centro de nuestra fe y de nuestra vida. Lamentablemente sigue siendo un hecho actual que “muchos de los suyos no le reciben”. Para estos seguirá siendo triste la Navidad. Pero la Navidad es otra cosa:

“Es dejar en cualquier rincón perdido de la trastienda del alma todo el lastre, la angustia del mundo, y desnudar el corazón de capas de vejez amarga. Es ser tan leve como Dios inmerso en la asombrosa pequeñez del tiempo y de la carne. Es conocer, una vez más, que no hay amor, risa ni llanto, muerte o soledad, que no estén arropados por la desnudez de Dios que los acoge enteros… Navidad es quedarse indefenso y pequeño para sentir y saber algo de la alta ciencia de Dios que pide y siembra amores” (Equipo Vocacional Mater Ecclesiae, Madrid).

Como decíamos al principio, después de tanto tiempo desde la primera Navidad, el mundo sigue en tinieblas, fomentando una sociedad pagana. Pero Dios no se cansa: sigue presentándose en el pesebre y no dice nada; sólo sonríe y abre los brazos. Parece que el Verbo se ha quedado mudo. No se cansa nunca y no se asusta ante la suciedad y la miseria. Su poder es más grande que todo el mal del que el hombre debería tener miedo. Aquí podríamos aplicarnos las palabras de san Pablo: “Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la luz” (Ef 5,8). “¡Oh, admirable intercambio! El Creador del género humano nos entrega su divinidad al tomar un cuerpo humano”. La vida divina que se encierra en el alma es la luz que surge en las tinieblas: el milagro de la Navidad.

Una vez más recordemos en la Navidad a la mujer que hizo posible esta maravilla, María, convertida en auténtica Madre de Dios al dar su consentimiento al ángel. Es nuestra natural mediadora para acercarnos al Hijo. María es la nueva Eva que Dios pone ante el nuevo Adán, Cristo, y, comenzando por la Anunciación, pasando por su alumbramiento en Belén, la Cruz en el Gólgota, y terminando en el cenáculo el día de Pentecostés, la Madre del Mesías se convierte en Madre de toda la Iglesia. Cristo vencerá por medio de María.

Augusto Flores Con sumo gusto publicamos este precioso artículo sobre la Navidad. Es pastoral, teológico, profundo y accesible a todos. Escrito con erudición y con no menos fervor. ¡Muchas gracias, Augusto!

 

LA INAMACULADA CONCEPCIÓN

La Inmaculada Concepción

1. En la reflexión doctrinal de la Iglesia de oriente, la expresión llena de gracia, como hemos visto en las anteriores catequesis, fue interpretada, ya desde el siglo VI, en el sentido de una santidad singular que reina en María durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva creación.

Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Protoevangelio (Gn 3, 15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: «Ella te aplastara la cabeza», ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta la serpiente bajo sus pies.

Ya hemos recordado con anterioridad que esta traducción no corresponde al texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Ese texto por consiguiente, no atribuye a María sino a su Hijo la victoria sobre Satanás. Sin embargo, dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo.

2. En el mismo texto bíblico, además se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia.

A este respecto, la encíclica Fulgens corona, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre» (MS 45 [1953], 579).

La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora.

3. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres.

Como testimonio bíblico en favor de la Inmaculada Concepción de María, se suele citar también el capítulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1). La exégesis actual concuerda en ver en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual cuando afirma: «La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer­comunidad está descrita con los rasgos de la mujer­Madre de Jesús.

Caracterizada por su maternidad, la mujer «está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). Esta observación remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), donde participa, con el alma traspasada por la espada (cf. Lc 2, 35), en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, es decir, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu.

Por último, el Apocalipsis invita a reconocer más particularmente la dimensión eclesial de la personalidad de María: la mujer vestida de sol representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la santísima Virgen, en virtud de una gracia singular.

4. A esas afirmaciones escriturísticas, en las que se basan la Tradición y el Magisterio para fundamentar la doctrina de la Inmaculada Concepción, parecerían oponerse los textos bíblicos que afirman la universalidad del pecado.

El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a «todo nacido de mujer» (Sal 50, 7; Jb 14, 2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, «todos pecaron» y que «el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación» (Rm 5, 12. 18). Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, el pecado original «afecta a la naturaleza humana», que se encuentra así «en un estado caído». Por eso, el pecado se transmite «por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales» (n. 404). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que «no conoció pecado» (2 Co 5, 21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia «donde abundo el pecado» (Rm 5, 20).

Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora. El paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.

San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención.

El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.

Dogma proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus. 

Una vez más estamos aquí para rendirte homenaje
a los pies de esta columna,
desde la cual tú velas con amor
sobre Roma y sobre el mundo entero,
desde que, hace ya ciento cincuenta años,
el beato Pío IX proclamó,
como verdad de la fe católica,
tu preservación de toda mancha de pecado,
en previsión de la muerte y resurrección
de tu Hijo Jesucristo.
¡Virgen Inmaculada!
tu intacta belleza espiritual
es para nosotros una fuente viva de confianza y de esperanza.
Tenerte como Madre, Virgen Santa,
Nos reafirma en el camino de la vida
como prenda de eterna salvación.
Por eso a ti, oh María,
Confiadamente recurrimos.
Ayúdanos a construir un mundo
donde la vida del hombre sea siempre amada y defendida,
toda forma de violencia rechazada,
la paz buscada tenazmente por todos.
¡Virgen Inmaculada!
En este Año de la Eucaristía
concédenos celebrar y adorar
con de renovada y ardiente amor
el santo misterio del Cuerpo y Sangre de Cristo.
En tu escuela, o Mujer Eucarística,
enséñanos a hacer memoria de las maravillosas obras
que Dios no cesa de realizar en el corazón de los hombres.
Con premura materna, Virgen María,
guía siempre nuestros pasos por los senderos del bien.

¡Amén!

ORACIÓN A LA INMACULADA
CONCEPCIÓN
Inmaculada Madre de Dios, Reina de los cielos, Madre de misericordia, abogada y refugio de los pecadores: he aquí que yo, iluminado y movido por las gracias que vuestra maternal benevolencia abundantemente me ha obtenido del Tesoro Divino, propongo poner mi corazón ahora y siempre en vuestras manos para que sea consagrado a Jesús.

A Vos, oh Virgen santísima, lo entrego, en presencia de los nueve coros de los ángeles y de todos los santos; Vos, en mi nombre, consagradlo a Jesús; y por la filial confianza que os tengo, estoy seguro de que haréis ahora y siempre que mi corazón sea enteramente de Jesús, imitando perfectamente a los santos, especialmente a San José, vuestro purísimo esposo. Amén.

¡Virgen Santísima, que agradaste al Señor y fuiste su Madre; inmaculada en el cuerpo, en el alma, en la fe y en el amor! Por piedad, vuelve benigna los ojos a los fieles que imploran tu poderoso patrocinio. La maligna serpiente, contra quien fue lanzada la primera maldición, sigue combatiendo con furor y tentando a los miserables hijos de Eva. ¡Ea, bendita Madre, nuestra Reina y Abogada, que desde el primer instante de tu concepción quebrantaste la cabeza del enemigo! Acoge las súplicas de los que, unidos a ti en un solo corazón, te pedimos las presentes ante el trono del Altísimo para que no caigamos nunca en las emboscadas que se nos preparan; para que todos lleguemos al puerto de salvación, y, entre tantos peligros, la Iglesia y la sociedad canten de nuevo el himno del rescate, de la victoria y de la paz. Amén.

Oh Dios, que por la Inmaculada Virgen, preparasteis digna morada a vuestro Hijo; os suplicamos que, así como a ella la preservasteis de toda mancha en previsión de la muerte del mismo Hijo, nos concedáis también que, por medio de su intercesión, lleguemos a vuestra presencia puros de todo pecado. Por el mismo Jesucristo, nuestro señor. Amén.

1. Bendita sea la santa e inmaculada Concepción de la gloriosa Virgen María, Madre de Dios. Avemaría.

2. Oh María, que entrasteis en el mundo sin mancha de culpa, obtenedme de Dios que pueda yo salir de él sin pecado. Avemaría.

3. Oh Virgen María, que nunca estuvisteis afeada con la mancha del pecado original, ni de ningún pecado actual, os encomiendo y confío la pureza de mi corazón. Avemaría.

4. Por vuestra Inmaculada Concepción, oh María, haced puro mi cuerpo y santa el alma mía. Avemaría.

5. Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos. Avemaría.

Bendita sea la santa e Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Avemaría.

 

Nuestra Señora de Fatima

Desde el 13 de mayo de 1917 la Sma. Virgen María se apareció en seis ocasiones en Fátima (Portugal) a tres pastorcitos: Lucía, Francisco y Jacinta. En un hermoso libro titulado “Memorias de Lucía” (cuya lectura recomendamos) la que vio a la Virgen cuenta todos los detalles de esas apariciones.


El 13 de mayo se produjo el siguiente diálogo:
– ¿De dónde es su merced? – Mi patria es el cielo.

– ¿Y qué desea de nosotros? – Vengo a pedirles que vengan el 13 de cada mes a esta hora (mediodía). En octubre les diré quién soy y qué es lo que quiero.

– ¿Y nosotros también iremos al cielo? – Lucía y Jacinta sí.

– ¿Y Francisco?

Los ojos de la aparición se vuelven hacia el jovencito y lo miran con expresión de bondad y de maternal reproche mientras va diciendo: – El también irá al cielo, pero antes tendrá que rezar muchos rosarios.
Y la Sma. Virgen continuó diciéndoles:

– ¿Quieren ofrecerse al Señor y estar prontos para aceptar con generosidad los sufrimientos que Dios permita que les lleguen y ofreciéndolo todo en desagravio por las ofensas que se hacen a Nuestro Señor?

– Sí, Señora, queremos y aceptamos.

Con un gesto de amable alegría, al ver su generosidad, les dijo:

– Tendrán ocasión de padecer y sufrir, pero la gracia de Dios los fortalecerá y asistirá.

Segunda aparición: 13 de Junio de 1917.

La Sma. Virgen le dice a los tres niños: “Es necesario que recen el rosario y aprendan a leer”.

Lucía le pide la curación de un enfermo y la Virgen le dice: “Que se convierta y el año entrante recuperará la salud”.

Lucía le suplica: “Señora: ¿quiere llevarnos a los tres al cielo?”.

– Sí a Jacinta y a Francisco los llevaré muy pronto, pero tú debes quedarte aquí abajo, porque Jesús quiere valerse de ti para hacerme amar y conocer. El desea propagar por el mundo,la devoción por el Inmaculado Corazón de Maria .

¿Y voy a quedarme solita en este mundo?

– ¡No hijita! ¿Sufres mucho? Pero no te desanimes, que yo no te abandonaré. Mi corazón inmaculado será tu refugio y yo seré el camino que te conduzca a Dios.

Tercera aparición: 13 de julio de 1917.

Ya hay 4,000 personas. Nuestra Señora les dice a los videntes: “Es necesario rezar el rosario para que se termine la guerra. Con la oración a la Virgen se puede obtener la paz. Cuando sufran algo digan: ‘Oh Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores’”.
La Virgen abrió sus manos y un haz de luz penetró en la tierra y apareció un enorme horno lleno de fuego, y en él muchísimas personas semejantes a brasas encendidas, que levantadas hacia lo alto por las llamas volvían a caer gritando entre lamentos de dolor. Lucía dio un grito de susto. Los niños levantaron los ojos hacia la Virgen como pidiendo socorro y Ella les dijo:

– ¿Han visto el infierno donde van a caer tantos pecadores? Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Si se reza y se hace penitencia, muchas almas se salvarán y vendrá la paz. Pero si no se reza y no se deja de pecar tanto, vendrá otra guerra peor que las anteriores, y el castigo del mundo por sus pecados será la guerra, la escasez de alimentos y la persecución a la Santa Iglesia y al Santo Padre. Vengo a pedir la Consagración del mundo al Corazón de María y la Comunión de los Primeros Sábados, en desagravio y reparación por tantos pecados. Si se acepta lo que yo pido, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Pero si no una propaganda impía difundirá por el mundo sus errores y habrá guerras y persecuciones a la Iglesia. Muchos buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá que sufrir mucho. Varias naciones quedarán aniquiladas. Pero al fin mi Inmaculado Corazón triunfará.

Y añadió Nuestra Señora: Cuando recen el Rosario, después de cada misterio digan: “Oh Jesús, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”.
Cuarta aparición: Agosto 1917.

Cuarta aparición. Esta no ue posible el 13 de agosto, porque ese día el alcalde tenía prisioneros a los 3 niños intentándo acerlos decir que ellos no habían visto a la Virgen.  Aunque el alcalede no logró su propósito, la aparición sucedió  unos días después.

La Sma. Virgen les dijo en la 4ª. Aparición: “Recen, recen mucho y hagan sacrificios por los pecadores. Tienen que recordar que muchas almas se condenan porque no hay quién rece y haga sacrificios por ellas”. (El Papa Pío XII decía que esta frase era la que más le impresionaba del mensaje de Fátima y exclamaba: “Misterio tremendo: que la salvación de muchas almas dependa de las oraciones y sacrificios que se hagan por los pecadores).

Desde esta aparición los tres niños se dedicaron a ofrecer todos los sacrificios posibles por la conversión de los pecadores y a rezar con más fervor el Rosario.

Quinto aparición: 13 de Septiembre 1917.
Ya hay unas 12,000 personas. Nuestra Señora les recomienda a los videntes que sigan rezando el Rosario y anuncia el fin de la guerra. Lucía le pide por varios enfermos. La Virgen le responde que algunos sí curarán, pero que otros no, porque Dios no se confía de ellos, y porque para la santificación de algunas personas es más conveniente la enfermedad que la buena salud. E invita a todos a presenciar un gran milagro el próximo 13 de octubre.

Sexta y última aparición. 13 de octubre de 1917.

En este día hay 70,000 personas. La aparición dice a los tres niños: “Yo soy la Virgen del Rosario. Deseo que en este sitio me construyan un templo y que recen todos los días el Santo Rosario”.

Lucía les dice los nombres de bastantes personas que quieren conseguir salud y otros favores muy importantes. Nuestra Señora le responde que algunos de esos favores serán concedidos y otros serán reemplazados por favores mejores. Y añade: “Pero es muy importante que se enmienden y que pidan perdón por sus pecados”.

Y tomando un aire de tristeza la Sma. Virgen dijo estas sus últimas palabras de las apariciones: QUE NO OFENDAN MAS A DIOS QUE YA ESTA MUY OFENDIDO (Lucía afirma que de todas las frases oídas en Fátima, esta fue la que más le impresionó).

La Sma. Virgen antes de despedirse señaló con sus manos hacia el sol y entonces los 70,000 espectadores presenciaron un milagro conmovedor, un espectáculo maravilloso, nunca visto: la lluvia cesó instantáneamente (había llovido desde el amanecer y era mediodía) las nubes se alejaron y el sol apareció como un inmenso globo de plata o de nieve, que empezó a dar vueltas a gran velocidad, esparciendo hacia todas partes luces amarillas, rojas, verdes, azules y moradas, y coloreando de una manera hermosísima las lejanas nubes, los árboles, las rocas y los rostros de la muchedumbre que allí estaba presente. De pronto el sol se detiene y empieza a girar hacia la izquierda despidiendo luces tan bellas que parece una explosión de juegos pirotécnicos, y luego la multitud ve algo que la llena de terror y espanto.
Ven que el sol se viene hacia abajo, como si fuera a caer encima de todos ellos y a carbonizarlos, y un grito inmenso de terror se desprende de todas las gargantas. “Perdón, Señor, perdón”, fue un acto de contricción dicho por muchos miles de pecadores. Este fenómeno natural se repitió tres veces y duró diez minutos. No fue registrado por ningún observatorio astronómico porque era un milagro absolutamente sobrenatural.

Luego el sol volvió a su sitio y los miles de peregrinos que tenían sus ropas totalmente empapadas por tanta lluvia, quedaron con sus vestidos instantáneamente secos. Y aquel día se produjeron maravillosos milagros de sanaciones y conversiones.

Y nosotros queremos recordar y obedecer los mensajes de la Sma. Virgen en Fátima: “Rezar el Rosario. Hacer oración y sacrificios por la conversión de los pecadores y NO ofender más a Dios, que ya esta muy ofendido”.

Apariciones del Ángel de La Paz

Un tiempo antes de la manifestación de Nuestra Señora de Fátima, los niños Videntes, tuvieron tres apariciones de un Angel. La primera tuvo lugar en la primavera de 1916 en la cueva “Loca de Cabeco”.

El Angel les dijo: ” No teman. Soy el Angel de la Paz. Recen conmigo.”

Luego se arrodillo en la tierra, se inclino y dijo :
“Mi Dios, Yo creo en ti, Yo te adoro y Yo te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen , que no te adoran y no te aman.”

Lo repitió tres veces, se levanto y le dijo a los  pequeños “Recen de esta manera. Los corazones de Jesús y María están atentos a sus súplicas.” Luego desapareció.

En la segunda aparición, entre otras cosas, el Angel les dijo: “Yo soy el Angel de su guardia, el Angel de Portugal. Sobre todo, acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que el Señor les envíe”.

En la tercer aparición: El Angel nuevamente se apareció en la cueva Loca de Cabeco, llevaba consigo un cáliz y sostuvo sobre él, una Hostia. Repitió tres veces esta oración:

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los tabernáculos del mundo, en acto de reparación por los sacrilegios, ultrajes e indiferencia por la cual Él Mismo es ofendido. Y mediante los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, yo le pido la conversión de los pobres pecadores.”

Después le dio la Hostia a Lucía y ofreció el contenido del Cáliz a Jacinta y Francisco para que lo bebieran. Volvió a repetir la oración y se marcho.

Apariciones de la Santísima Virgen

Ocurrieron entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917.

Primera Aparición
:

Aconteció el 13 de mayo, los tres niños se encontraban en la Cova de Iría, cuando vieron un luz como si fuera un relámpago, entonces creyendo que era una tormenta, intentaron marcharse, pero nuevamente otro rayo de luz los detuvo, de repente por encima de un arbusto apareció Nuestra Señora vestida de blanco, brillaba como el sol, en su mano derecha llevaba un Rosario. La Virgen les hablo así:

“No tengan miedo. No les haré daño.”

Lucia pregunto:
– ¿De dónde es su merced?

La Virgen María respondió:
– Mi lugar es el cielo.

Y el diálogo siguió, más o menos de esta manera:
– ¿Y qué desea de nosotros?

– Vengo a pedirles que vengan el 13 de cada mes al mediodía. En octubre les diré quién soy y qué es lo que quiero.

Lucía le Pregunto:
– ¿Nosotros también iremos al cielo?

– Jacinta y tu, sí.

– ¿Y Francisco?,  preguntó Lucía.

– El también irá al cielo, pero antes tendrá que rezar muchos rosarios.

Y la Señora continuó diciéndoles:
– ¿Quieren ofrecerse al Señor y estar prontos para aceptar con generosidad los sufrimientos que Dios permita que les lleguen y ofreciéndolo todo en desagravio por las ofensas que se hacen a Nuestro Señor?

– Sí, Señora, queremos. Respondieron los pastorcitos.

La Santísima Virgen les dijo:
– Tendrán ocasión de padecer y sufrir, pero la gracia de Dios los fortalecerá y asistirá.

Pasados unos minutos Nuestra Señora agregó:
-“Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”.

Luego se elevó y desapareció.

Segunda Aparición:
Tuvo lugar el 13 de Junio de 1917, en ella Nuestra Señora les pidió a los niños que recen el rosario y aprendan a leer.

Después Lucía le preguntó:
¿Quiere llevarnos a los tres al cielo?

Nuestra Señora le responde:
– Sí a Jacinta y a Francisco los llevaré muy pronto, pero tú debes quedarte aquí abajo, porque Jesús quiere valerse de ti para hacerme amar y conocer. El desea propagar por el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Lucía entonces le dice:
– ¿Y voy a quedarme sólita en este mundo?

La santísima Virgen le responde:
– ¡No hijita! ¿Sufres mucho? Pero no te desanimes, que yo no te abandonaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y yo seré el camino que te conduzca a Dios.

Tercera Aparición
:
Ocurrió el 13 de julio de 1917, en esta aparición, ya se encuentran 4000 personas contemplando a los niños. Nuestra Señora les habló a los videntes así:

“Es necesario rezar el rosario para que se termine la guerra. Con la oración a la Virgen se puede obtener la paz. Cuando sufran digan: ‘Oh Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores’ “.

Luego tuvieron la visión del Infierno, que Lucía en su libro “Memorias” nos relata así:

“Ella abrió sus manos una vez más, como lo había hecho los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra y vimos, por decirlo así, un vasto mar de fuego. Sumergidos en este fuego, vimos a los demonios y a las almas de los condenados. Estas últimas eran como rescoldos transparentes y ardientes, todos ennegrecidos o bruñidos en bronce, que tenían forma humana. Flotaban en aquella conflagración, que a veces se elevaba en el aire por las llamas que ellas mismas emitían, junto con grandes nubes de humo. Retrocedían después hacia todos lados como chispas en incendios inmensos, sin peso o equilibrio, entre alaridos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debió haber sido este espectáculo lo que me hizo gritar, como dice la gente que nos escuchó). Los demonios se distinguían de las almas de los condenados, por su aterrador y repugnante parecido con espantosos y desconocidos animales, negros y transparentes como brasas ardientes. Esa visión duró sólo un momento, gracias a nuestra bondadosa Madre Celestial, Quien en la primera aparición había prometido llevarnos al Cielo. Sin esto, creo que hubiéramos muerto de terror y miedo.”

Después de este suceso, los niños Videntes estaban asustados y Nuestra Señora, les habló con bondad y tristeza:

“¿Han visto el infierno donde van a caer tantos pecadores? Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Si se reza y se hace penitencia, muchas almas se salvarán y vendrá la paz. Pero si no se reza y no se deja de pecar tanto, vendrá otra guerra peor que las anteriores, y el castigo del mundo por sus pecados será la guerra, la escasez de alimentos y la persecución a la Santa Iglesia y al Santo Padre. Vengo a pedir la Consagración del mundo al Corazón de María y la Comunión de los Primeros Sábados, en desagravio y reparación por tantos pecados. Si se acepta lo que yo pido, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo y habrá guerras y persecuciones a la Iglesia. Muchos buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá que sufrir mucho. Varias naciones quedarán aniquiladas. Pero al fin mi Inmaculado Corazón triunfará.

El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal el dogma de la fe se conservará siempre… (Luego de estas palabras la Virgen María les cuenta a los niños la tercera parte del secreto o (tercer secreto), que Lucía escribió entre el 22 de Diciembre de 1943 y el 9 de Enero 1944). Después la Virgen dijo: ‘Esto no lo digas a nadie. A Francisco si podéis decírselo’.”

Y agregó: Cuando recen el Rosario, después de cada misterio digan: “Oh Jesús, perdónanos nuestros pecados, libranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”.

Cuarta Aparición

Esta ocurrió el domingo 19 de Agosto, porque el 13 de agosto, el administrador del Consejo del lugar, apresó a los tres niños para tratar de hacerlos decir que ellos no habían visto a la Virgen, los asusto, los encerró en el calabozo, donde los pequeños colgaron en la pared una medalla que tenia Jacinta y rezaron el rosario junto a los presos, hasta que finalmente tuvo que liberarlos. Unos días después la Virgen apareció en un lugar llamado Valinhos (a 400 metros de Aljustrel), y entre otras cosas les dijo: “Deseo que sigan yendo a Cova de Iría en los días 13, que sigan rezando el rosario todos los días y les prometio que haría en el último mes un milagro para que todos creyesen.”

Quinta Aparición:
Sucedió el 13 de Septiembre 1917. Nuestra Señora les dice nuevamente a los niños que sigan rezando el Rosario para que finalice la guerra y les expresa:

“En octubre haré un milagro para que todos crean, Curaré a algunos enfermos, pero no a todos.”

Sexta Aparición
:

“El milagro del cielo de Fátima o el milagro del Sol.”

La última aparición ocurrió el 13 de octubre de 1917, en la Cova de Iría, donde se encontraban 70.000 personas, llovía torrencialmente y los pequeños fueron al lugar, donde la Virgen se manifestó y les dijo:

” Yo soy la Señora del Rosario, continúen rezando el Rosario todos los días, la guerra se acabará pronto.”

Luego se produce el milagro del sol, la Virgen elevó sus brazos al cielo y la lluvia se detuvo, el sol giró tres veces sobre si mismo, emitiendo luces de variados colores. Los niños y los testigos del suceso vieron como si el sol se desprendiera del firmamento y fuese a caer sobre ellos. Muchos gritaban de miedo, los niños Videntes en esos momentos tuvieron visiones al lado del sol, vieron a San José con el Niño, a Nuestra Señora de los Dolores y a Nuestra Señora del Carmen. Luego de diez minutos el sol volvió a su lugar y los miles de peregrinos que tenían sus ropas mojadas por tanta lluvia, quedaron con sus ropas completamente secas.

Este suceso es considerado como el acontecimiento sobrenatural más grande del siglo XX. La Iglesia Católica ha aprobado oficialmente al Mensaje de Fátima como “digno de ser creído” desde 1930.

Un observador de los hechos el Doctor Garrett, profesor de la Facultad de Ciencias de Coimbra, Portugal, relato lo sucedido así:

“El cielo, que había estado nublado todo el día, súbitamente se aclaró; la lluvia paró y parecía como si el sol estuviera a punto de llenar de luz el campo que la mañana invernal había vuelto tan lóbrego. Yo miraba el lugar de las apariciones en un estado sereno, aunque frío, en espera de que algo pasara, y mi curiosidad disminuía, pues ya había transcurrido bastante tiempo sin que pasara nada que llamara mi atención. Unos momentos antes, el sol se había abierto paso entre una capa gruesa de nubes que lo escondían y brillaba entonces clara e intensamente. De repente escuché el clamor de miles de voces, y vi a la multitud desparramarse en aquel vasto espacio a mis pies … darle la espalda a aquel lugar, que hasta ese momento había sido el foco de sus expectativas, y mirar hacia el sol en la otra dirección. Yo también di la vuelta hacia el punto que atraía su atención y pude ver el sol, como un disco transparente, con su agudo margen, que brillaba sin lastimar la vista. No se podía confundir con el sol que se ve a través de una neblina (en ese momento no había neblina), pues no estaba velado ni opaco. En Fátima, el sol conservó su luz y calor, y se destacó claramente en el cielo, con un margen agudo, parecía una mesa de juego. Lo más sorprendente era que se podía mirar directamente al disco solar, sin que los ojos se lastimaran o se dañara la retina. Durante ese tiempo, el disco del sol no permaneció inmóvil, se mantuvo en un movimiento vertiginoso, pero no como el titilar de una estrella con todo su brillo, pues el disco giraba alrededor de sí mismo en un furioso remolino …”.

En la tercera aparición la Santísima Virgen les contó un secreto a los Videntes, éste esta dividido en tres partes, las dos primera han sido públicamente reveladas en el libro “Memorias de Lucía” en la década de 1940. Y son: La Visión del infierno, el anunció de una futura guerra, la petición de la Santísima Virgen sobre la Consagración de Rusia, como condición para la paz mundial y la práctica de la comunión de los primeros sábados.

El 10 de diciembre de 1925, Lucía era postulante en el Convento de las Doroteas en España, cuando de repente tuvo la manifestación de la Virgen María y del Niño Jesús.

Nuestra Señora le habló así:
“Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas, que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que a todos que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, reciten el Rosario y hágame compañía durante 15 minutos, al mismo tiempo mediten sobre los quince misterios del Rosario, con un espíritu de expiación, que Yo les prometo asistirlos a la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.”

Párrafo de una carta que escribió la Hermana Lucía en 1927, acerca de la devoción expiatoria de los cinco sábados al Corazón Inmaculado de María:

LOS CINCO PRIMEROS SÁBADOS

“La devoción consiste en esto: Durante cinco meses, el Primer Sábado, recibir a Jesús en la Comunión, recitar el Rosario, hacerle compañía a Nuestra Señora durante quince minutos mientras se medita sobre los misterios del Rosario y confesarse. La confesión puede hacerse unos días antes, y si en esta confesión previa usted ha olvidado la intención (obligatoria), se puede ofrecer la siguiente intención, siempre y cuando uno reciba la Santa Comunión en estado de gracia el primer Sábado, con el propósito de expiar las ofensas contra la Santísima Virgen y que afligen Su Inmaculado Corazón.”

LA VISIÓN DE LA TRINIDAD

El 13 de Junio de 1929, en Tuy, España, Lucía tuvo una visión que representaba a la Santísima Trinidad.
La Hermana Lucía habló así acerca de lo sucedido: “…entendí que era el Misterio de la Santa Trinidad que se me enseñó, y yo recibí luces acerca de este misterio, que no se me permite revelar”.
En ese instante Nuestra Señora le dijo: “el momento ha llegado para que Dios le pida al Santo Padre que lleve a cabo, en unión de todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón. De esta manera, El promete salvar a Rusia.

 

Con Africa en el corazón: Daniel Comboni

‘Trabaja como buen soldado de Cristo’

Papa Pío IX a Daniel Comboni

Presentación

Daniel Comboni nació en Limone sul Guarda, Brescia, Italia, el  15 de marzo de 1831, siendo bautizado al día siguiente. Sus padres, Luigi y Domenica, él jardinero y ella empleada doméstica, tuvieron ocho hijos, de los cuales sólo Daniel sobrevivió a la infancia.

La familia de Daniel siempre fue muy unida y con grandes valores morales, a pesar de su mala situación económica, y Daniel siempre fue muy apegado a sus padres. Pero fue precisamente la pobreza familiar la que empujó a Daniel a dejar su pueblo para trasladarse a Verona, con el fin de estudiar en el Colegio San Carlo, fundado por el Padre Nicolás Mazza para jóvenes prometedores pero con muy escasos recursos, cuya inspiración llevó a muchos jóvenes a entrar al Seminario.

Vocación misionera

Un día el Padre Ángelo Vinco, un misionero en África. Llegó al Instituto en donde estudiaba Daniel. Comboni afirmó que después de que el Padre Vinco hablase ‘con todo el entusiasmo de su alma’ a quinientos alumnos sobre la deplorable situación de la raza camita africana, encendió en ellos ‘el fuego de la caridad divina que no puede detenerse en la carrera hacia la dedicación total y el sacrificio para la salvación de los infieles’.

A los 15 años de edad Daniel leyó la ‘Historia de los mártires del Japón’, obra narrada por San Alfonso María de Ligorio, la cual le llenó de entusiasmo misionero. A la edad de 17 años estudió filosofía y teología e hizo voto ante su superior, de consagrar su vida al apostolado en África Central.

A partir de entonces se concentró en el estudio de idiomas, aprendiendo hebreo, árabe, español, francés e inglés. Más tarde también aprendió alemán y portugués, hasta llegar a aprender también trece dialectos árabes y algunas lenguas africanas.

El 17 de diciembre de 1854 es ordenado diácono y presbítero el 31 del mismo mes. Dos años más tarde el Padre Mazza le incluye en una expedición misionera al África.

A Daniel sólo le preocupaba el hecho de tener que dejar a sus padres en muy mala situación económica. Al Padre Pietro Grana le escribió Daniel una carta en la que le decía: ‘Cuánto me aflige el sacrificio que mis propios padres hacen para separarse de mí. Pero se me ha asegurado que Dios me llama, y voy seguro’. Los ejercicios espirituales y la dirección espiritual del Padre Mariani le dieron paz y confió en Jesús y en María.

Daniel Comboni partió hacia África el 10 de septiembre de 1857. Y apenas llegado a Asiut, Egipto, les escribió a sus padres contándoles sus primeras impresiones del viaje, y concluyó diciendo: ‘Les agradezco vivamente el haberme dado el generoso consentimiento para recorrer la carrera de la Misión. Adiós, querido padre y querida madre; ustedes están y viven siempre en mi corazón. Los amo porque supieron hacer una obra heróica que los grandes del siglo y los héroes del mundo no saben hacer. Ustedes han obtenido una victoria que les asegurará la felicidad eterna’.

Al cabo de un viaje de cinco meses de duración, la expedición llegó a Jartum, la capital de Sudán, y el 14 de febrero de 1858 arribaron a la Misión de la Santa Cruz. Daniel tenía sólo 27 años de edad.

En el corazón de África

El impacto con la realidad africana fue muy fuerte. Daniel enseguida se dio cuenta de las dificultades que la nueva misión comportaba: fatigas, clima insoportable, enfermedades y pobreza de la gente abandonada a sí misma. Todo ello empujó a Daniel a ir hacia adelante y a no aflojar en la tarea que inició con tanto entusiasmo.

Desde la Misión de la Santa Cruz, Daniel escribió a sus padres: ‘Tendremos que fatigarnos, sudar, morir; pero al pensar que se suda y se muere por amor a Jesucristo y por la salvación de las almas más abandonadas de este mundo, encuentro el consuelo necesario para no desistir de esta gran empresa’.

Y la tragedia no tardó en ocurrir: el Padre Oliboni contrajo una fiebre mortal y falleció. Fue durante el entierro de su compañero, primera víctima de la inhóspita atmósfera de la selva africana, que Daniel Comboni pronunció su célebre frase ‘África o la muerte’.

Plan para la regeneración de África

Daniel Comboni sostenía que la sociedad europea y la Iglesia debían mostrar un mayor interés por las misiones de África Central, para lo cual se dio a la tarea de emprender numerosas giras por Europa, visitando a monarcas y a altos cargos de la Iglesia, pidiéndoles tanto ayuda material como espiritual, tanto para los misioneros como para la población del continente africano.

Su inquebrantable confianza en el Señor y su amor por África llevaron a Daniel a preparar una nueva estrategia misionera. En 1864, recogido en oración sobre la tumba de San Pedro en Roma, Comboni tuvo una fulgurante intuición que le llevaría a elaborar su famoso plan para la regeneración de África. Un proyecto misionero que puede resumirse en la expresión ‘Salvar a África por medio de África’, fruto de su ilimitada confianza en las capacidades humanas y religiosas de los pueblos africanos.

El 15 de septiembre de 1864 Daniel tuvo la oportunidad de asistir al triduo para la beatificación de Margarita María de Alacoque en la Basílica de San Pedro. El primer día del triduo le vino a la menta ‘como un rayo’, dijo él, ‘el pensamiento de proponer un nuevo plan para la cristianización de los pueblos africanos, lo cual me vino de lo alto como una inspiración’.

La idea fundamental de ese plan consistía esencialmente en evangelizar África con los mismos africanos, y esta evangelización debía ir unida a la promoción humana y cultural. Al mismo tiempo, esta obra no se confiaría a una nación en particular, sino que debía ser totalmente católica.

La Santa Sede se mostró muy interesada en este plan. El 18 de septiembre lo presentó al Cardenal Alessandro Barnabo, el Prefecto de Propaganda Fide, y al día siguiente el Papa Pío IX recibió a Daniel Comboni en audiencia, y le alentó a presentar el plan a la Pía Opera de la Propagación de la Fe, en París, prometiéndole de su parte la aprobación al plan. Inmediatamente Daniel, siguiendo los consejos del Papa, viajó a Turín, Lyon, París, Colonia y Londres para dar a conocer su proyecto.

El sabor del rechazo

Daniel sufrió muchas incomprensiones, aún dentro del propio Instituto al que pertenecía, el Instituto Mazza. Y estando en París se entera de que ya no le consideran miembro del citado Instituto.

Pero Daniel Comboni, aún en medio de esta incertidumbre, afirmó: ‘la tranquilidad de mi conciencia y Dios, que cumple sobre el hombre los diseños de su misericordia, me dan la fuerza para bendecir la Providencia de todo corazón por este acontecimiento. Agradezco con toda el alma a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, que me han elevado al honor y a la fortuna de ser admitido a beber un cáliz amargo’ (Carta a don Francesco Bricolo).

Aún así Daniel no se declara fuera del Instituto hasta que no ve con claridad que es esa la voluntad de Dios. Poco tiempo después muere Nicolás Mazza y los sucesores decidieron que el Instituto no podía aceptar la misión en África. Así el Instituto se retiraba oficialmente de la empresa. Comboni debía elegir entonces entre pertenecer al Instituto o seguir con su vocación misionera. Pero él discernió que debía seguir siendo misionero, quedándose así prácticamente solo en la obra que Dios le había confiado.

Su fundación misionera

Entre 1867 y 1872 Daniel Comboni fundó su ‘Instituto de los misioneros para África’ como parte de la Sociedad del Buen Pastor, una asociación misionera internacional. El nombre del Instituto por el que fue conocido posteriormente es el de ‘Misioneros Combonianos’.

En 1870 prepara un documento para ser presentado a los asistentes al Concilio Vaticano I, el ‘Postulatum pro Nigris Africae Centralis’. Lo acompaña con una carta circular firmada por muchos obispos y aprobada por el propio Pío IX. A fines de 1871 el Obispo de Verona erige canónicamente el Instituto de las ‘Pías Madres de Nigrizia’, las ‘Misioneras Combonianas’.

El Vicariato Apostólico

El 26 de mayo de 1872, Pío IX le nombra ‘Pro vicario Apostólico’ del África Central, y el 11 de junio del mismo año se confía esta misión al Instituto fundado por Daniel Comboni, quien poco después fue consagrado Obispo.

El Vicariato era muy extenso, unos cinco millones de kilómetros cuadrados, en el que estaban reunidos bajo su jurisdicción los países de Nigeria, Chad, República Centroafricana, Sudán, Uganda, Kenia, Tanzania y parte del Zaire. Ciertamente fue un motivo de preocupación para Comboni el saber que la Iglesia le encargaba tan grande responsabilidad, pero una vez más se abandonó en Dios plenamente y consagró el Vicariato al Sagrado Corazón de Jesús.

Su fallecimiento

En los años siguientes, una serie de catástrofes naturales, seguidas por una hambruna sin precedentes en África, asolaron aquella región. Daniel Comboni fue sorprendido en 1881 por una fuerte tormenta en medio de la selva y contrajo una seria enfermedad.

Agobiado por el calor de los trópicos y por el sudor de las fiebres, además de su debilitamiento por la enfermedad, el 10 de octubre de 1881 Daniel Comboni falleció en Jartum. Antes de exhalar su último suspiro levantó la mano y bendijo a sus compañeros diciéndoles: ‘No temáis; yo muero, pero mi obra no morirá’.

El Obispo Daniel Comboni fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 17 de marzo de 1996, y posteriormente canonizado por el mismo Pontífice el 5 de octubre del 2003.

Conclusión

La vida de San Daniel Comboni nos muestra que cuando Dios interviene y encuentra una persona generosa, servicial y disponible, se realizan grandes cosas.

Comboni acertó al pronunciar su última frase en vida: su obra no ha muerto. Como todas las grandes realidades que nacen al pie de la Cruz, la de Comboni sigue viva gracias al don que de la propia vida han hecho y hacen tantos hombres y mujeres que han decidido seguir a Comboni por el camino de la difícil y fascinante misión entre los pueblos más pobres en la fe y más abandonados de la solidaridad de los hombres.

 

Santísimo nombre de María

  1. María, nombre santo

El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.

  1. María, nombre lleno de dulzura

En cuanto a lo primero, durante la vida, “el santo nombre de María –dice el monje Honorio– está lleno de divina dulzura”. De modo que el glorioso san Antonio de Papua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. “El nombre de Jesús”, decía éste; “el nombre de María”, decía aquél, “es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos”. Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?” (Ct 3, 6; 6, 9; 8, 5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: “¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?” Y él mismo responde: “Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas”.

Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor.

  1. María, nombre que alegra e inspira amor

Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María –prosigue diciendo– contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre –concluye el mismo autor– consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar.

Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: “¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!”.Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: “¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte”. Dice Ricardo de San Lorenzo: “Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente”.

Tu nombre, oh Madre de Dios –como dice san Metodio– está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que –como dice san Buenaventura– no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre –dice el Idiota– que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre –le dice san Ambrosio– es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: “Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación”. Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores.

  1. María, nombre que da fortaleza

Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: “Como aceite derramado es tu nombre” (Ct 1, 2). Comenta así este pasaje el B. Alano: “Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor”. Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María”.

Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras.

Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo –dijo la Señora a santa Brígida– acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan.

Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados.

Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María. Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: “Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad.

  1. María, nombre de bendición

Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón”. En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides.

En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”.

  1. María, nombre consolador

Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos vitos. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de la muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación.

  1. María, nombre de buenaventura

¡Dichoso –decía san Buenaventura– el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno.

Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: “Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía”. O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María.

Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan! ¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi