Domingo de la Santísima Trinidad

Este próximo domingo la Iglesia católica celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad en el primer domingo después de Pentecostés. El catecismo de la Iglesia católica afirma: “El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la “jerarquía de las verdades de fe”. La Santísima Trinidad es una verdad de fe que Dios nos ha ido revelando poco a poco, es un solo Dios en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Trinidad no se puede entender totalmente, por ello es un misterio. Santa Juana de Arco lo explicaba diciendo: “Dios es tan grande que supera nuestra ciencia”, por tanto, supera el entendimiento humano. Sin embargo, al celebrarle reconocemos que: “Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo”

Un solo Dios en tres Personas distintas, es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en Sí mismo.

Aunque es un dogma difícil de entender, fue el primero que expresaron los Apóstoles. Después de la Resurrección, comprendieron que Jesús era el Salvador enviado por el Padre. Y, cuando experimentaron la acción del Espíritu Santo dentro de sus corazones en Pentecostés, comprendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los católicos creemos que la Trinidad es Una. No creemos en tres dioses, sino en un sólo Dios en tres Personas distintas. No es que Dios esté dividido en tres, pues cada una de las tres Personas es enteramente Dios. Cada vez que hacemos la Señal de la Cruz sobre nuestro cuerpo, recordamos el misterio de la Santísima Trinidad. – En el nombre del Padre: Ponemos la mano sobre la frente, señalando el cerebro que controla todo nuestro cuerpo, recordando en forma simbólica que Dios es la fuente de nuestra vida. -…y del Hijo: Colocamos la mano en el pecho, donde está el corazón, que simboliza al amor. Recordamos con ello que por amor a los hombres, Jesucristo se encarnó, murió y resucitó para librarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna. -…Y del Espíritu Santo: Colocamos la mano en el hombro izquierdo y luego en el derecho, recordando que el Espíritu Santo nos ayuda a cargar con el peso de nuestra vida, el que nos ilumina y nos da la gracia para vivir de acuerdo con los mandatos de Jesucristo. Algunas personas argumentan que no es verdad porque no podemos entender el misterio de la Santísima Trinidad a través de la razón. Esto es cierto, no podemos entenderlo con la sola razón, necesitamos de la fe ya que se trata de un misterio. Es un misterio hermoso en el que Dios nos envía a su Hijo para salvarnos.

ORACIONES A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

1.– Todo debemos hacerlo… -En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

2.– Todo debe ser para dar… -Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

3.– Nuestra fe, esperanza y amor deben ser para cada una de las Personas de la Stma Trinidad: -Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Amo en Dios Padre, amo en Dios Hijo, amo en Dios Espíritu Santo. Amo a la Santísima Trinidad.

4.-Oración para situaciones difíciles y de sufrimiento: – Santísima Trinidad, Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, principio y fin nuestro, postrado delante de Ti te rindo homenaje: ¡Bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! Yo (NOMBRE) acudo a Ti con entera confianza para pedirte me vea siempre libre del mal así como de todas las adversidades y peligros, y en mis necesidades, te ruego, me otorgues tu favor. Acuérdate que soy tu hijo-a, y apiádate de mis padecimientos, de mis necesidades y concédeme asistencia en esta difícil situación.

María me enseña a…

Si alguien sufrió un dolor profundo fue María. Padeció la peor de las tribulaciones. A los pies de la Cruz vio morir a su Hijo, el Hijo de Dios. Sufrió viendo como Aquel que hacía el bien, Aquel al que había criado y amamantado, educado y compartido su vida, era crucificado. Y jamás dudó de la presencia de Dios. María me enseña a no dudar nunca de la presencia de Dios en mi vida aunque por algún momento me acechen las incertidumbres, como cuando uno pudo pensar que Dios se ausentó por un momento en la cruz. María me enseña a ser recio ante las dificultades, a soportar el dolor y el sufrimiento. Y por encima de todo a reconocer la voz de Dios en mi vida. A escuchar la voz de Cristo. A comprender Su Palabra, a vivirla, a hacerla mía, a seguirla y a obedecerla. El hágase en mi según tu Palabra no es algo perecedero, es un  permanente en la vida cristiana. Es ser sensible a la llamada divina y a la capacidad de discernir y descubrir las diferentes formas con las que Dios se manifiesta, habla y actúa.

María me enseña a abrir mi corazón para estar abierto a la voluntad del Padre, a hacer lo que Él os diga, a sensibilizarme para comprender que Dios me habla y ser capaz de discernir su voz. María, que oraba y lo guardaba todo en su corazón, me enseña a vivir mi vida a través de la Palabra revelada y a seguir la inspiración del Espíritu Santo para entender lo que Dios quiere de mi, lo que Dios me quiere decir, lo que Dios espera de mi vida aunque por algún momento no lo comprenda.

María me muestra en su propia vida como Dios es capaz de cambiar la propia historia de las personas. Como de una persona corriente puede hacer maravillas. Como de una persona corriente como yo, puede obrar milagros siempre que sea capaz de discernir cuál es su voluntad para mi. María me enseña que basta la fe, la confianza, la humildad y un corazón abierto para que Dios pueda hacer cosas extraordinarias en su corazón. No ocurre solo con María. Lo hizo también con san José, al que le otorgó en sueños el privilegio de ser padre del Salvador o con Pablo, que la luz cegadora en el camino lo convirtió en el más aguerrido de los apóstoles. 

Hoy, en el sí de mi vida, Dios también me habla. Se dirige a mi para que transforme lo que deba ser cambiado. Me habla y quiere que sea capaz de reconocer su voz. A través de la Palabra. A través de un familiar o de un amigo. A través de un suceso. A través de una situación concreta. Y para ello María me enseña que tengo que abrir el corazón, tenerlo limpio, abrirme a la acción del Espíritu, renunciar a mis propios egos, intereses y pensamientos y comprometerme con Él para ser transformado, renovado y sanado. María me invita a pensar como piensa Dios, desear lo que desea Dios, amar como ama Dios. Y dejarme guiar siempre por el Espíritu de la verdad que todo lo hace nuevo

Justo, fiel, prudente, confiado, amoroso y generoso… como San José

Ha sido una bendición que el Santo Padre proclamara en este Año de la Familia el Año de San José. Te permite ahondar en su figura tan tierna y bondadosa. 

José es el hombre justo que te invita a ser y actuar como él. La riqueza de este término va más allá del uso que se le da cuando se aplica al ámbito económico. Justo se refiere a un ser realizado y abierto, alguien que no se mira a sí mismo sino que, por encima de todo, mira a Aquel que lo hizo y a quien sirve: Dios su creador y su protector.

Decir que José era un hombre justo es situarlo en un entorno en el que lo importante no es lo que haces, lo que ganas, el éxito que tienes, sino quién eres. Por eso, el humilde artesano, el carpintero, el hombre humilde que fue José, es modelo para aquellos que en nuestro mundo piden ser reconocidos en su dignidad humana. ¡Qué maravilloso ejemplo!

José, el justo, no se encerró jamás en si mismo. Acogió a María de Nazaret como esposa. Se casó no solo con la joven que amaba sino con el destino que Dios tenía pensado para Él. Esto le llevó a convertirse en el servidor fiel y prudente a quien Dios confió la Sagrada Familia. ¿No es profundamente conmovedor?

José se convirtió en el siervo fiel y prudente. Este papel único de José con María y Jesús lo convierte en una figura excepcional. Todos los padres sabemos el costo en tiempo y amor para que una familia prospere y viva en armonía y felicidad. La de José, la Sagrada Familia, cumplió a la perfección su misión al permitir que sus miembros fueran lo que estaban llamados a ser desde la eternidad. En los caminos de la vida cotidiana, aquella familia santa vivió inviernos y veranos, altibajos, se formularon preguntas, pero José nunca se alejó de la fe y mantuvo plena su confianza en la Palabra de Dios manifestada en su corazón y en su inteligencia.

Sabemos que estuvo presente con Jesús y María durante la infancia de Jesús, ya que lo encontramos con ellos en el Templo cuando Jesús tenía 12 años. No sabemos qué pasó después. José desaparece de la escena y cuando Jesús comienza a predicar la Buena Nueva ya no se lo menciona en los Evangelios. ¿No es ser un buen sirviente ceder el paso al Maestro y permanecer en la penumbra? José se realizó plenamente a sí mismo al dar a Jesús al mundo a su manera. Me he fijado que las estatuas y pinturas de San José generalmente lo muestran sosteniendo a Jesús en sus brazos. ¡Claro ejemplo de que José fue el protector de Jesús, el formador de su carácter y su persona! En la vida cotidiana, todos, seamos quienes seamos, somos discípulos de Jesús y, como José, lo llevamos dentro, en nuestras manos, en nuestros gestos, en nuestras acciones. Es a través de nosotros que todavía se le presenta al mundo hoy y ayer. ¡Qué hermosa misión es presentar a Jesús al mundo!

Las condiciones en las que nos encontramos son difíciles: abandono y decadencia de la práctica religiosa, secularización galopante, crisis de confianza en la Iglesia, etc. Los cristianos creyentes bautizados caminamos como José en fe y confianza. Como él no esperamos cambios mágicos. Él está allí siempre listo para recibir lo que Dios da. Estamos invitados a ser hoy, como José, buenos servidores que ceden el paso al Maestro y se comprometen a permanecer en las sombras. Llenos de fe, mantenemos una confianza inquebrantable en la acción del Señor. Aunque no siempre lo vemos, lo creemos con todo nuestro corazón.

Profundizando en la figura de san José a uno se le llena el deseo de seguirlo siempre para ser cada vez mejores personas, porque el maestro es Cristo y estamos a su servicio. Y como san José, todo lo que diga, todo lo que haga, todo lo que genere sea siempre en el nombre del Señor Jesucristo, ofreciendo por medio de él mi acción de gracias a Dios Padre.  

¡Glorioso san José, padre de Jesús, acudo a Ti para invocar tu protección y tu intercesión para que hagas de mi pobre persona un cristiano entregado a la verdad de Cristo, Tu Hijo, para que me ponga siempre a su servicio y sea testimonio de Él! ¡Concédeme la gracia de actuar como Tu, en el silencio y en la trastienda de la vida, disponiéndome a actuar con generosidad y humildad de corazón, para cumplir siempre la voluntad del Padre!

¡Conviértete, buen San José, en el modelo de mi vida para que me acoja siempre al plan que Dios tiene pensado para mi, para que me ayudes a predisponer mi corazón a su voluntad, para que imitándote a Ti sea capaz de hacer siempre lo que Dios me pida! ¡Conviértete, buen San José, en el guía que dirija mis pasos para no dejarme llevar por las cosas de este mundo y no apegarme a las seguridades humanas y darle como Tu a mi vida una trascendencia abriéndome a las sorpresas de Dios con esperanza y confianza!

¡Concédeme la gracia, buen San José, a abrirme a la luz del Espíritu como hiciste Tu para que desde la prudencia y la serenidad ser capaz de escuchar en mi interior la voluntad del Padre! ¡San José, padre bueno, conviérteme en una persona justo, constante, firme, solícita, generosa y fiel para crecer cada día en santidad y para ser capaz de darme al otro con el mismo corazón que palpitaba en la Sagrada Familia de Nazaret! ¡Y, sobre todo, buen San José, ayúdame a fortalecer mi fe y hacer viva mi vida espiritual!

«Dichoso el que teme al Señor y cumple su voluntad. Él gozará el fruto de su trabajo, tendrá prosperidad y alegría».

La Iglesia, al presentarnos hoy a San José como modelo, no se limita a valorar una forma de trabajo, sino la dignidad y el valor de todo trabajo humano honrado. En la primera lectura de la misa leemos la narración del génesis en la que se muestra al hombre como partícipe de la Creación. También nos dice la Sagrada Escritura que puso Dios al hombre en el jardín del Edén para que lo cultivara y guardase. El trabajo, desde el principio, es para el hombre un mandato, una exigencia de condición de criatura y expresión de su dignidad. Es la forma en la que colabora con la Providencia divina sobre el mundo. Con el pecado original, la forma de esa colaboración, el cómo, sufrió una alteración: Maldita sea la tierra por tu causa, leemos también en el génesis; con fatiga te alimentarás de ella todos los días de tu vida… Con el sudor de tu frente comerás el pan… Lo que habría de realizarse de un modo apacible y placentero, después de la caída original se volvió dificultoso, y muchas veces agotador. Con todo, permanece inalterado el hecho de que la propia labor está relacionada con el Creador y colabora en el plan de redención de los hombres. Las condiciones que rodean al trabajo, han hecho que algunos lo consideren como un castigo, o que se convierta, por la malicia del corazón humano cuando se aleja de Dios, en una mera mercancía o en instrumento de opresión, de tal manera que en ocasiones se hace difícil comprender su grandeza y su dignidad. Otras veces, el trabajo se considera como un medio exclusivo de ganar dinero, que se presenta como fin único, o como manifestación de vanidad, de propia autoafirmación, de egoísmo… olvidando el trabajo en sí mismo, como obra divina, porque es colaboración con Dios y ofrenda a Él, donde se ejercen las virtudes humanas y las sobrenaturales.

Durante mucho tiempo se despreció el trabajo material como medio de ganarse la vida, considerándolo como algo sin valor o envilecedor. Y con frecuencia observamos cómo la sociedad materialista de hoy divide a los hombres por lo que ganan, su capacidad de obtener un mayor nivel de bienestar económico, muchas veces desorbitado. Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad. Esto es lo que nos recuerda la fiesta de hoy, al proponernos como modelo y patrono a San José, un hombre que vivió de su oficio, al que debemos recurrir con frecuencia para que no se degrade ni se desdibuje la tarea que tenemos entre manos, pues no raras veces, cuando se olvida a Dios, la materia sale del taller ennoblecida, mientras que los hombres se envilecen, como nos dice el Papa Pío XI. Nuestro trabajo, con ayuda de San José, debe salir de nuestras manos como una ofrenda gratísima al Señor, convertido en oración.

Marzo, mes del glorioso Patriarca San José

Amorosísimo Dios mío, ved aquí delante de Vos a aquella miserable é ingrata criatura, que en vez de emplearse desde la hora en que comenzó a conoceros en vuestro divino servicio, ha empleado los días de su vida en vuestras ofensas. ¡Oh días de mi vida que podíais ser tan agradables a mi Dios, cómo fuisteis mal gastados y empleados contra El! ¡cómo fuisteis perdidos! no lo hizo así, Dios mío, vuestro Padre estimativo José. Oh Señor, por vuestras entrañas de misericordia y por los méritos de María vuestra verdadera Madre, y por los de vuestro fidelísimo custodio y abogado mío señor san José, os pido que no os acordéis de los yerros é ignorancias de mi vida, y concededme la gracia de poder llorar mis pecados y ejecutar cuanto os prometo, que es ser vuestro en lo por venir, tanto cuanto no lo he sido en lo pasado. Y Tú, amabilísimo Patriarca, amor de mi corazón y esperanza de mi alma atribulada; dirige hacia este infeliz que te invoca esos tus ojos piadosísimos, é interponiéndote entre mis pecados y la ira de Dios justamente excitada de ellos, alcánzame el perdón, y juntamente las virtudes generales y especiales de mi estado, con las que logre agradar a mi Redentor Jesús y desagraviarle plenamente, juntas con su preciosísima Sangre. Admíteme en el número de tus fieles siervos para que desde luego comience a obsequiarte en este mes que mi devoción señaló para honrar tu dulce memoria. Acuérdate que jamás se ha oído que desamparases al que te llamó en sus necesidades; no permitas, pues, que mis culpas, que ya arrepentido detesto, impidan que ejercites tus bondades para conmigo, antes ellas te presenten ocasión de hacer patente al mundo entero tu benignidad, tu valimiento con Dios y mi gratitud hacia Tí en la tierra y en el cielo, a donde espero, con tu ayuda, ir a alabar a la Santísima Trinidad en compañía de María, en la tuya, y en la de todos los Santos. Hago intención de ganar el mayor número posible de indulgencias con este ejercicio, y los demás que practicare en el día, y cedo estas indulgencias en favor de las santas almas del Purgatorio que la Virgen María señale: a este fin ruego a Dios por la intención de los prelados concesores y demás piadosos fines de nuestra madre la Iglesia. Amén.

CONSIDERACION I.

El templo no se hace para un hombre; se ha de levantar un edificio digno de que lo habite Dios: hablo, pues, de una obra magnífica, y de un templo a todas luces grandes, que sirva de palacio de la majestad del soberano Dios de Israel (Paralipom,29, 1). Si este es el plan de los pensamientosde David, ¿cuáles serían los designiosde aquel Señor que tiene a su arbitrio las grandezas,cuando preparó padre al Dios humanado,y esposo digno por la semejanza en virtudes yprivilegios de la Reina del cielo y de la tierra?Baste decir, que pensar de José cosas que nosean grandes, seria agraviar la conducta de aquelSeñor que no tiene semejante en los aciertos.En efecto, José, como padre existimativo deJesús, se hizo vicario y sustituto del Padre Eterno; y compañero del Espíritu Santo, comoEsposo dignísimo de Aquella, que ni tuvo aquien imitar, ni ha tenido quien la siga en elesplendor de sus perfecciones: así es que Joséfué óptimo por las virtudes y por los privilegioscon que Dios le enriqueció. Era de la famosatribu de Judá, y de la sangre de David por larama de Salomón, que era la real; y como descendientede aquel gran monarca de Israel, granprofeta y gran santo, contó entre sus ilustres progenitores diez jueces, tres capitanes del pueblo de Dios, trece patriarcas y veintidós augustos soberanos. Primogénito de Jacob según la naturaleza, se decía hijo legal de Helí, viniendo a ser también pariente de su purísima Esposa en segundo grado de consanguinidad, y pariente de Jesús en tercer grado; y, atentos su sexo y genealogía, heredero del trono de David, cuyo derecho trasmitió al morir a Jesús, su hijo propio y legítimo, bien que no lo fuese por naturaleza, sino solo por ser José marido de María siempre Virgen, verdadera madre del Hombre Dios por obra del Espíritu Santo.

 ORACIÓN

Oh José, cielo excelso é inmenso en que lucen y caben el Sol Jesús tu hijo estimativo, y la Luna María tu verdadera esposa, ¡y tantos ángeles, como estrellas, que les servían!  Con cuánta alegría levanto mis ojos a contemplar tu grandeza, y cómo salta mi corazón de regocijo considerando la magnificencia de tu gloria! ¡Ah, con razón mi alma se abre a la confianza y al amor, considerando que eres mi padre! Ya no me espanta el abismo de miseria y pecados en que estoy caído, porque extendidos mis brazos hacia Tí, estoy seguro de que me levantarás a tu cielo, obteniéndome el dolor del arrepentimiento y las lágrimas de la penitencia. ¿Por ventura te negarían algo Jesús y María cuando les pidas la salvación de mi alma reprobada por sus culpas? Mientras viva en carne mortal las puertas del infierno no se cerrarán sobre mí, y tu eficaz protección alcanzará que sea borrada mi sentencia de eterna condenación rubricada de mis delitos. No dejaré, pues, de estar llamando á las puertas de tu piedad, y estoy seguro de que no han de quedar defraudadas mis esperanzas. Desde este lugar en que estoy postrado en tu presencia, te envió los suspiros de mi corazón agradecido y los ayes de dolor por mis maldades; óyeme, José, y despáchame, por María y tu Hijo bendito. Amén.

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2021

El Vaticano publicó este 12 de febrero el Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2021 titulado “Miren, estamos subiendo a Jerusalén… (Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.

En el texto dirigido a todos los fieles católicos del mundo, el Santo Padre invitó a “vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes”, así como a vivir “una Cuaresma de caridad que quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID- 19”.

“En la Cuaresma, estemos más atentos a ‘decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan’, en lugar de ‘palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian’. A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser ‘una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia’”, advirtió el Papa.

A continuación, el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2021:

“Miren, estamos subiendo a Jerusalén… (Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino -exigente pero abierto a todos- que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña Santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones -verdaderas o falsas- y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

2. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino.

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un “agua viva” (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: “Y al tercer día resucitará” (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: “Les pedimos que se reconcilien con Dios” (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan”, en lugar de “palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian” (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia” (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1- 6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

3. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

“A partir del ‘amor social’ es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos” (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID- 19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: “No temas, que te he redimido” (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

“Solo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad” (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de San Martín de Tours.

Francisco

Al despedir el Año Viejo.

Encomienda tus obras al Señor, y se realizarán tus proyectos.(Proverbios 16:3)

Si el año que terminó lo hemos puesto en la Misericordia de Dios, pongamos en su Providencia el año que acabamos de estrenar.

Terminamos un año, y nos invita el tiempo a reflexionar, a dar gracias por todos los beneficios que se nos ha dado. Ha sido un año con dificultades y situaciones difíciles que nos han hecho crecer como personas y como cristianos, porque Dios siempre nos da las cosas que necesitamos para que crezcamos, para que maduremos. Han sido 365 días que han tenido sus amaneceres y sus atardeceres, y todo ha tenido su encanto. 

Gracias a Dios porque ha sido bueno con nosotros y por ello estamos contentos. Pongamos en sus Manos misericordiosas el año que terminó, de todo aquello que hicimos mal, o cuando dejamos de hacer el bien. Todo lo hemos de poner en la misericordia de Dios, nuestras heridas, nuestros resentimientos, nuestras envidias, nuestra pereza para hacer el bien, nuestro orgullo frente a la vida… dejemos en Dios todo aquello que nos ató, aquello que nos esclavizó, y caminemos con la libertad de los hijos de Dios al encuentro del nuevo año que acabamos de estrenar. 

Iniciar el nuevo año, con un corazón agradecido, porque si no valoramos el trabajo que Dios ha hecho por nosotros, entramos al nuevo año con la tristeza del pasado, con la angustia de lo que nos hizo sufrir, y el nuevo tiempo, se tornaría como el deseo de fugarse del presente para esperar algo nuevo y esperar algo bueno como si fuera fortuna, como si fuera la suerte… sin ser responsable de nuestra existencia. 

Un nuevo año es tiempo de encuentro y por lo tanto de celebración, porque es encuentro de oportunidades; ha de ser celebrativo porque lo iniciamos con un corazón agradecido, ha de ser un tiempo de encuentro donde tenga cabida la sorpresa, el milagro, el estupor. No es una esperanza fortuita, ni producto de un juego de azar, sino es ir al encuentro del nuevo tiempo en la esperanza, de la realización plena del amor de Dios.

Si el año que terminó lo hemos puesto en las manos misericordiosas del Padre, pongamos en su Providencia el año que acabamos de estrenar, que todos nuestros días que están por venir estén confiados a la Divina Providencia del Señor, que, bien sabemos, cada instante de nuestra vida depende totalmente de Dios. Es Él quien nos cuida, es Él quien nos protege, quien nos provee de lo necesario para cada día, pues cada día tiene lo necesario para que podamos descubrir Su amor y cada día tiene su propio afán.

El amor de Dios se complace en hacer nuevas todas las cosas, un amor que se regocija en compartirse en cada instante, es el mismo Amor que nos ha creado de la nada. Es Dios mismo que se comparte con nosotros en cada instante especialmente en la Eucaristía. Por eso, podemos aventurarnos ya desde este momento a desear y esperar un buen año y…¡Que se realice como nuestro Padre Dios lo haya dispuesto!

¿Qué deseo en un año nuevo?

Este año será distinto si te abres a Dios, si rompes con tu egoísmo, si empiezas a vivir no para ti mismo, sino para tantos corazones que te encontrarás este año.

¿Qué deseo en un año nuevo?

La pregunta me deja un poco inquieto. Porque sé que el “año nuevo” es simplemente una hoja de calendario, un cambio en los números, una simple tradición humana. Porque el tiempo escapa a nuestro control, y fluye sin cesar.

Pero casi todos, al llegar el año nuevo, damos una mirada al año que termina y soñamos en el año que comienza.

Lo pasado queda allí: fijo, inmodificable, casi pétreo. Con sus momentos buenos y sus fracasos, con sus sueños realizados y con los sueños que se evaporaron en el vacío, con las ayudas que me ofrecieron y con las ayudas que pude ofrecer a otros, con mis omisiones y mis cobardías.

Lo futuro inicia, como inició ayer, como inició hace un mes, como iniciará mañana.

Cada instante se presenta como una oportunidad que en parte depende de mi prudencia y de mis decisiones. En otra buena parte, depende de las decisiones de otros. En los dos casos, y aunque no siempre nos demos cuenta, depende de Dios.

De nuevo, ¿qué deseo en un año nuevo? Desearía la paz en Tierra Santa. Para que nadie privase a nadie de su tierra, de su casa, de su familia. Para que las religiones fueran vividas como lo que son: un camino para unir a los hombres bajo la luz de Dios. Para que la tierra donde vivió, murió y resucitó Cristo testimoniase con un estilo de vida nuevo la gran belleza del Evangelio.

Luego, desearía la paz en tantos lugares del planeta. Especialmente en África, donde todavía unos poderosos venden armas para la muerte pero no ofrecen comida para los hambrientos.

Querría, además, que desapareciese el aborto en todos los países del mundo. Lo cual no es ningún sueño imposible: basta con aprender a vivir responsablemente la vocación al amor para que ningún hijo sea visto como un “enemigo” o un obstáculo en el camino de la propia vida. Porque lo mejor que podemos hacer es vivir para los demás. Porque cada niño pide un poquito de amor y de respeto. Porque cada madre que ha empezado a serlo merece ayuda y apoyo, para que no le falten las cosas que más necesite durante los meses de embarazo y los primeros años de su hijo.

En este nuevo año me gustaría dialogar con quien piensa de modo distinto en un clima de respeto, sin insultos, sin desprecios, sin zancadillas. Porque si él y si yo somos humanos, porque si él y si yo queremos encontrar la verdad, podemos ayudarnos precisamente con una palabra nacida desde los corazones que saben escucharse y, más a fondo, que saben amarse…

El año que inicia querría tener más energías, más entusiasmo, más convicción, para enseñar a los otros lo que para mí es el tesoro verdadero: mi fe católica. Enseñarla, sobre todo, con mi vida. Querría ser, en ese sentido, más coherente, más bueno, más abierto, más disponible, más cercano. Especialmente cuando me encuentre con un pobre, con un enfermo, con una persona triste o desesperada, con quien llora porque sabe lo que muchos no se atreven a reconocer: que ha pecado. Porque sólo cuando me pongo ante mis faltas con honestidad clara y completa, descubro mi miseria y comprendo la de los otros. Y porque cuando reconozco mi miseria y la ajena puedo entender que necesitamos al único que puede limpiarnos con su palabra llena de perdón y de esperanza: Dios.

Quizá deseo demasiado. Quizá he soñado despierto. Quizá me he dejado llevar por una emoción inconsistente. Mientras, el reloj sigue su marcha, y, sin saberlo, me dice: este año será un poco distinto si te abres a Dios, si rompes con tu egoísmo, si empiezas a vivir no para ti mismo, sino para tantos corazones que encontrarás en los mil cruces de camino de este año que está iniciando…

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Al despedir el Año Viejo.

Hoy terminas de escribir un capítulo más de la historia de tu vida.

Cuando naciste, este libro era todo tuyo. Te lo puso Dios en tus manos. Podías escribir en él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una aventura, una blasfemia, o una oración. Podías… ahora ya no puedes, ya no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios.

Te lo va a leer Dios, en el día mismo en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo, ha pasado al dominio de la eternidad.

Piensa unos momentos en esta Noche Vieja. Toma tu libro y hojéalo despacio. Deja pasar sus páginas entre tus manos y entre tu conciencia. ¡Ten el gusto de leerlo a ti mismo!

Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo, no te olvides de que uno de tus mejores maestros, si tienes la conciencia bien formada, eres tú mismo.

Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito. ¡No!… ¡no intentes arrancarlas!, es inútil. Ten valor para leerlas. Son Tuyas.

No puedes arrancarlas… pero puedes anularlas cuando escribas las páginas siguientes. Si lo haces así, seguramente Dios las pasará de corrido cuando lea tu libro en tu último día.

Lee tu libro esta Noche Vieja. Hay en él trozos enteros de ti mismo.

Es un drama apasionante en el cual, el primer personaje eres tú: Tú en escena con Dios, con los hombres, con la vida. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libertad sobre la superficie inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso que en su mayor parte, la más interesante, no puede leerlo nadie más que tú y Dios.

Esta noche, cuando hayas terminado de leerlo… si te dan ganas de besarlo, bésalo. Si te dan ganas de llorar, llora fuerte sobre tu libro viejo, pero sobre todo… reza sobre tu libro viejo. Tómalo entre tus manos, levántalo hacia el cielo y dile a Dios sólo dos palabras: “gracias” y “perdón”.

Después, dáselo a Cristo, no importa… así como esté, aunque tenga páginas negras… nunca olvides que Cristo sabe perdonar.

Esta noche, Dios te entregará un libro nuevo. Es todo tuyo. Puedes escribir en él lo que quieras. Escribe el nombre de Jesús en la primera página. Después pídele que no te deje escribir a ti solo.

Pídele que te lleve siempre de la mano y del corazón.

b) Oración de agradecimiento

¡Gracias, Señor, por todo lo que en este año me diste!

¡Gracias por los días de sol y los nublados tristes!

¡Gracias por las noches tranquilas y por las inquietas horas obscuras!

¡Gracias por la salud y la enfermedad, por las penas y las alegrías!

¡Gracias por todo lo que me prestaste y después me pediste!

¡Gracias por la sonrisa amable y la mano amiga, por el amor y todo lo hermoso y dulce!

¡Por las flores y las estrellas y la existencia de los niños y de las almas buenas!

¡Gracias por la soledad, por el trabajo, por las dificultades y las lágrimas,

por todo lo que me acercó a Ti más íntimamente!

¡Gracias por tu presencia en el Sagrario y la gracia de tus Sacramentos!

¡Por haberme dejado vivir, gracias Señor!

¿Qué me traerá el año que comienza? 

¡Lo que Tú quieras, Señor!

Te pido fe para mirarte en todo; esperanza para no desfallecer;

caridad perfecta en todo lo que haga, piense y quiera.

Dame paciencia y humildad.

Dame desprendimiento y un olvido total de mí mismo.

Dame, Señor, lo que Tú sabes me conviene y yo no sé pedir: suficientes pruebas que me mantengan fuerte, suficientes tristezas que me mantengan humano, suficientes fracasos que me mantengan humilde, suficiente determinación para hacer cada día mucho mejor que ayer.

¡Que pueda yo amarte cada vez más y hacerte amar por los que me rodean!

¡Derrama, Señor, tus gracias sobre mí y todos los que quiero, para que en este año que empieza, tengamos siempre el corazón alerta, el oído atento, las manos y la mente activas y el pie dispuesto para extender tu Reino!

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La Navidad, misterio de Dios

Adentrarse en el misterio de la Navidad es como acudir a Belén para contemplar la gloria del Cielo en el desvalimiento de un Niño, venido a la tierra para salvar lo que estaba perdido. Ninguna herramienta mejor para dar rienda suelta a semejante peregrinaje que la teología. Con ella de la mano, podremos celebrar contemplativos el dulce recuerdo del nacimiento humilde y maravilloso de Cristo en el mundo, en la historia y entre nosotros.

La Palabra de Dios, viviendo en la carne pobre y pura de Jesús, se nos hizo nuestro hermano, nuestro guía, nuestro colega, nuestro amigo, nuestro líder, nuestra vida. Nacido el Mesías, vayamos presurosos a Belén, « transeamus usque ad Betlem » (Lc 2,15); y veamos un poco ‘cómo son las cosas, « et videamus hoc Verbum quod factum est » ( ibid.). Y este afán de saber, de tocar la prodigiosa realidad de la venida del Emmanuel al mundo; de creer en el misterio de la Encarnación, de acudir al contacto personal con Cristo: esto es Navidad.

Meditar sobre el nacimiento de Cristo Jesús en el mundo, ocurrido hace veintiún siglos en Belén de Judá, conocida como la ciudad de David, en circunstancias que todos conocemos, es a todas luces apasionante. Tenemos ante los ojos de nuestra imaginación el cuadro del acontecimiento. Se refleja en nuestras almas y, de forma mística y sacramental, se renueva con misterioso realismo sobre el altar durante la celebración de la santa Misa.

Nuestra atención puede tomar dos caminos. Uno, el de la escena histórica y sensible, evocada por san Lucas (quien probablemente la oyó contar a María misma, la Madre, la protagonista del hecho que se conmemora); es la escena del pesebre, la escena idílica del miserable alojamiento ocasional, escogido por los dos peregrinos, María y José, para el inminente nacimiento; todo atrae nuestro interés: la noche, el frío, la pobreza, la soledad; y después, el abrirse de los cielos, el incomparable anuncio angélico, la llegada de los pastores. La fantasía reconstruye los particulares; es un paisaje arcádico, la verdad, que se antoja familiar, para una historia encantadora. Todos nos volvemos niños y disfrutamos con la vivencia de ese momento delicioso.

Pero nuestra mente se siente atraída por otro camino de reflexión, que es el profético. ¿Quién es Aquel que ha nacido? El anuncio angélico en esta noche lo dice con precisión: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). El anuncio adquiere en el acto una maravillosa particularidad: la de una meta alcanzada. Ante nosotros se presenta no sólo el hecho, siempre conmovedor, de un nuevo hombre que entra en el mundo (cfr. Jn 16,21), sino que se presenta también una historia, un designio que atraviesa los siglos, un Salvador.

El nacimiento de Cristo señala, en el cuadrante de los siglos, el momento crucial del cumplimiento de este plan divino, mantenido en alto por encima del torrente tumultuoso de la historia humana; el nacimiento de Cristo señala «la plenitud de los tiempos» de que habla san Pablo (Gal 4, 4; Ef 1, 10), en la que se observa una convergencia de los destinos humanos; se cumple la lejana profecía de Isaías: «Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre “Maravilla de Consejero”, “Dios Fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de la Paz”· Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia, desde ahora y hasta siempre»

Sobre este niño, que es Hijo de Dios e hijo de María, nacido bajo el régimen de la ley mosaica (Gal 4,4), recae toda la tradición trascendente, de la que Israel era portador; y en Él se transforma y se difunde por el mundo. Este pequeño Jesús de Belén es el punto focal de la historia de la humanidad; en él se concentran las sendas humanas todas, desembocando en el camino recto de la elección de los hijos de Abraham, el cual vio de lejos, en la noche de los siglos, este futuro punto luminoso y, como Cristo mismo nos dijo: «lo vio y se llenó de gozo» (Jn 8, 56).

Esta visión de la Navidad que es la verdadera, es, especialmente para todos, motivo de reflexión sobre la suerte del mundo. Es una visión vinculada con la humildísima cuna, en la que está reclinado el Verbo de Dios hecho carne. Allí donde llega esta irradiación cristiana llamada Evangelio, llega la luz, llega la unidad, llega el hombre no ya con la cabeza baja, sino erguido, llega la dignidad de su persona, llega la paz, llega la salvación.

Ciertamente, en la Noche santa de Belén, la elección es fácil, es dulce, es fuerte; cada uno puede decir con corazón gozoso: ¡El ha venido para mí! (cfr. Gal 2,20; Ef 5,2), lo cual es grande, imprevisible, consolador, misterioso. Porque la Navidad es puro misterio desde cualquiera de sus múltiples facetas a estudiar y a contemplar. Me detendré sólo en tres, a cual más bella y estimulante.

1. Misterio de la Palabra hecha carne. – La Iglesia recuerda que «gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de la gloria divina brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor» (Prefacio de Navidad I: Misal, BAC 1, 945). Y san Agustín, del que no me canso de aprender, que «se llama día del nacimiento del Señor a la fecha en que la Sabiduría de Dios se manifestó como niño y la Palabra de Dios, sin palabras, emitió la voz de la carne» (Sermón 185,1). Y san Juan Pablo II, que «el anuncio esencial de la Navidad es la Encarnación del Hijo de Dios. La Palabra del Padre se hace carne y habita entre nosotros (cf. Jn 1,14). Viene para el hombre. Para cada uno de los hombres» (22.12.1979: Pueblo de Dios 1979, p. 1076).

La oración del Ángelus, siendo así, esconde siempre un aire navideño, porque nos recuerda que la Navidad es el tiempo litúrgico de la Encarnación y del Nacimiento del Hijo de Dios; tiempo de la plenitud de los tiempos; tiempo en que el Padre celeste nos da el don de su Hijo, don por excelencia, en el que hemos recibido todos los dones en el orden de la naturaleza y de la gracia. Jesús Niño, al nacer, «trae consigo al mundo todo el amor del Padre al hombre. Es revelación de la divina ‘filantropía’. El Padre se da a Sí mismo, en Él, a todo hombre, y en Él se confirma la herencia eterna del hombre en Dios. En Él se revela, hasta el fin, el futuro del hombre» (San Juan Pablo II: 25-XII-1979: Ib., p.1134).

Un misterio, pues, este de la Palabra hecha carne, que sitúa a la humanidad entera en el espacio abierto del Espíritu, el cual nos ayuda a comprender que el Amor pudo más que el desamor. La indefensión pudo más que el orgullo y la esclavitud de las malas posesiones de la vida. El misterio de la Palabra hecha carne evidencia, por otra parte, que Dios está entre nosotros, porque se allegó hasta los hombres de la manera más extraordinaria y sencilla que quepa imaginarse, con propósitos, eso sí, de salvación y elevación. El Amor, por eso mismo, no cesa de salvar, como la soberbia no cesa de perder. Se trata de un Amor que nos penetra y nos gana; un Amor ante el que no cabe más que reconocer y adorar.

2. Misterio del Emmanuel. – Emmanuel es vocablo hebreo que significa «Dios con nosotros». Es nombre impuesto por Dios al Mesías. Lo vaticina Isaías: «He aquí que la virgen grávida da a luz un hijo y le llama Emmanuel» (Is. 7,14; cf.8, 8-l0). San Mateo recoge este oráculo al rematar las genealogías de Jesucristo, Hijo de David, y su nacimiento: «Todo esto -escribe- sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”» (Mt 1,22-23).

Profunda, inacabable y sublime, la teología del Emmanuel: «Puesto que la Palabra de Dios que permanece por siempre se hizo carne para habitar en medio de nosotros, dada la forma de Dios, oculta, pero estable, le ponemos por nombre Emmanuel, como lo anunció Gabriel. Permaneciendo en su ser, Dios se hizo hombre, para que ciertamente se llame al hijo del hombre Dios con nosotros; no es Dios uno y hombre otro» (San Agustín, Sermón 187,4). Y es que Dios nos ha dicho a los hombres, en Jesucristo, su Palabra definitiva: Emmanuel. Yo estoy con vosotros. Y ahora de una manera irrevocable, no como en la antigua fórmula de la Alianza, que siempre podía romperse por culpa del hombre.

El Emmanuel está sobrentendido en el «et habitavit in nobis», del Ángelus. Ello significa que la Encarnación comporta un desposorio, de la divinidad con la humanidad en Cristo, de lo sobrenatural con lo natural, de Cristo Dios con Cristo hombre, del Cristo Cabeza con el Cristo miembros para formar el Christus totus, esto es: Cristo y la Iglesia. Por eso la Navidad es la fiesta de las bodas místicas de Cristo con la Iglesia. Un desposorio indisoluble, ciertamente, como indisoluble es también la unión hipostática.

Indica la Navidad, de igual modo, vista desde el prisma del Emmanuel, la presencia de Dios Padre en los hombres por medio de su Hijo. Y de Cristo en la Iglesia por medio de su Encarnación. Y de la Encarnación en la vida espiritual de los fieles en cuanto Iglesia y como individuos por medio de la gracia: «De su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad vino por Jesucristo» (Jn 1,16-17).

Es el Emmanuel de la Navidad, en fin, el misterio santo por el que celebramos que «Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza, se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al Reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado» (Prefacio de Navidad II: Misal BAC 1, 946). Presencia de Dios Padre en Cristo; presencia de Dios Cristo Hijo en la Iglesia; presencia de la Iglesia en el mundo y en los hombres. Una presencia de amor, una presencia providente, una presencia de gracia.

3. Misterio de la «Kénosis» del Verbo. – A pesar de que los misterios son para la mente humana como la noche oscura de los tiempos, reconocemos en ese enigmático mundo de lo ignoto y mistérico cierta jerarquía y cierta gradación: los hay más y menos. Misterio es indudablemente que Jesucristo muera en la cruz. Y misterio asimismo es que el Hijo de Dios se encarne. Pero los teólogos encuentran un abismo mayor en el segundo. De ahí que la redención empiece desde que María pronuncia el Sí. Empieza entonces la kénosis del Verbo, su revestimiento de los harapos humanos, su infinita humillación.

También la Natividad del Señor, por consiguiente, y antes la misma Encarnación pueden ser entendidas desde los esquemas del anonadamiento redentor. «¿Cómo se anonadó? Recibiendo lo que no era, sin perder lo que era. Se anonadó, es decir, se humilló. Siendo Dios, se manifestó como hombre» (San Agustín, Sermón 92,2). La interpretación agustiniana de Filipenses 2,7ss resulta, en este sentido, de una riqueza panorámica singular: «Se rebajó tomando la forma de siervo», y el Obispo de Hipona responde preguntándose: «¿Qué hay de más rico que la forma de Dios?; ¿qué de más pobre que la forma de siervo?» (Sermón 41,7).

Aquí, si bien se medita, descubrimos ya estrechamente relacionadas la Navidad y la Pobreza. En su completa radicalidad, digamos que la Pobreza sin la cual es imposible la verdadera riqueza, presente en la misma cuna de Belén. Porque la verdadera pobreza es la humildad, y no hay humildad mayor que la del Hijo de Dios encarnado.

Si en lo relativo a la palabra Emmanuel llegábamos a la conclusión de que en la Encarnación se da el desposorio de Cristo con la Iglesia, aquí podemos añadir igualmente este desposorio de la divinidad con la humildad, del espíritu con la carne, de la riqueza con la pobreza. Ante el portal de Belén acaban las grandezas humanas todas. Porque la infinita divinidad queda en Belén recluida dentro de los angostos límites de un destartalado Establo en el que yace un recién nacido, necesitado de los más elementales y tiernos cuidados maternales.

HISTORIA DE LA VIRGEN GUADALUPANA

1- EL NOMBRE

“Guadalupe” es la traducción del náhuatl al español de las palabras usadas por la Virgen durante su aparición a Juan Bernardino, el tío enfermo de Juan Diego. Se cree que nuestra Señora usó el término azteca (náhuatl) de coatlaxopuh, que se pronuncia “quatlasupe” y que suena muy parecido a la palabra en español Guadalupe (que los primeros españoles que llegaron aquí conocían porque allí hay un santuario de la Virgen de Guadalupe, sin ningún parecido por supuesto). La palabra Guadalupe significa en el idioma indígena la que “aplasta la cabeza a la serpiente”. Coa significa serpiente, tla el artículo la, mientras que xopeub significa aplastar. Así nuestra Señora se debió haber referido a Ella misma como “la que aplasta la serpiente”, que simboliza el mal.
Es justo el protoevangelio en Génesis 3:15. María, vencedora del maligno. La imagen es una pintura tal y como la detalla Apocalipsis 12:”apareció en el cielo una señal Grande, una mujer envuelta en el Sol, con la luna  debajo de sus pies” 

 LA HISTORIA QUE ESCONDE SU NOMBRE

Un hermoso sábado de diciembre Juan Diego caminaba cerca del cerro Tepeyac; amanecía, y el silencio le daba un aroma especial a tan bello paisaje. Suavemente, y como un canto de serenos pájaros comenzaron a oírse algunas voces. Aquel sonido lejano, iba y venía dejando un tanto confuso al pobre Juan Diego, miraba hacia abajo, hacia arriba, buscando quizás en el cielo al dueño de tan preciosa melodía. 
De repente, se hizo un silencio y desde lo alto del cerrito decían: “¡Juanito, Juan Dieguito!”. Sin ningún temor comenzó a trepar para llegar a la cumbre y descubrir quién lo llamaba. Cuando por fin llegó, vio a una Señora de pie resplandeciente como el sol; su luz se reflejaba en todos lados, y hasta las espinas brillaban como oro.
Ella le dijo: “Juanito, el más pequeño de mis hijos ¿sabes quién soy yo?”, no -dijo Juanito- con los ojos atentos y esperando saber más de aquella Señora, “Soy la Virgen María, Madre de Dios y deseo que aquí se construya un Templo, para dar todo mi amor y remediar las penas y dolores”, ¿y cómo podré yo construirte un templo, Señora y niña mía?, si apenas tengo lo necesario para mi pobre casa –contestó triste. 
“Ve al palacio del Obispo de México y cuéntale mi deseo, dile que me has visto y oído”. 

Reflexión

“Juanito, Juan Diegotzin” es lo primero que pronuncia Santa María de Guadalupe, el nombre cristiano del indígena, y lo pronuncia en diminutivo, expresión de ternura, de amor y de dignidad; de esta manera Santa María de Guadalupe ha pronunciado el nombre de bautizo del humilde laico y le confirma en su dignidad.
La luz de Dios, por medio de Santa María de Guadalupe, ilumina nuestro camino, poco a poco el amor de Dios nos quema y nos invade purificándonos. Hoy recordamos nuestro bautismo con agua y Espíritu Santo. Un bautismo que nos hace verdaderos hijos de Dios.  Santa María de Guadalupe nos llama precisamente con el nombre que nos dieron en el Bautismo lleno de dignidad, ternura y amor; somos hijos de Dios, somos católicos, y tenemos una misión: el tener en nuestro ser a Dios para colaborar con Él y construir un mundo lleno de armonía y fraternidad, un mundo colmado de justicia y de paz. 

2- EL ROSTRO

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es una maravillosa síntesis cultural, una obra maestra que presentó la nueva fe de manera tal que pudo ser entendida y aceptada inmediatamente por los indios mexicanos. El rostro impreso en el ayate es el de una joven mestiza; una anticipación, pues en aquel momento todavía no había mestizos de esa edad en México. María asume así el dolor de miles de niños, los primeros de una nueva raza, rechazados entonces tanto por los indios como por los conquistadores.  Los misioneros tenían poco éxito a pesar de su intensa labor, en gran parte por el mal ejemplo de muchos que llamándose cristianos, abusaban de ellos. Pero la Virgen de Guadalupe se presenta como mujer nativa y les enseñó que el regalo de la fe es para todos sin distinción. La imagen es toda una catequesis. Resultado: En los 7 años después de las apariciones 8 millones de nativos se convirtieron a la fe católica. Esto representa un promedio de 3000 conversiones diarias.

LA HISTORIA QUE ESCONDE SU ROSTRO

Juan Diego fue corriendo y llegó a la Ciudad ansioso por contarle al Obispo el gran suceso, quien al oír el relato, no creyó ni una sola palabra. Muy triste, Juan Diego volvió a la cumbre del cerro y parado frente a la Señora del Cielo dijo: Señora y niña mía, hice lo que me pediste y el Obispo no creyó mis palabras –y seguía diciendo mientras se entristecía aún más su rostro- quizás sería mejor que alguien más importante y respetado sea el que lleve tu mensaje para que le crean; yo soy solo un pobre hombrecillo. Y Ella le respondió: “quiero que seas tú, vuelve mañana a ver al Obispo, y hazle saber nuevamente mi voluntad y recuérdale que yo en persona, la Siempre Virgen Santa María, Madre de Dios te envía”.  Luego Juan Diego regresó a su casa a descansar, pues había sido un día muy largo y agotador.

Al día siguiente Juan Diego se levantó muy temprano y se dirigió a ver al Obispo. Antes estuvo en la Misa y pacientemente esperó a que la gente se volviera hacia sus casas para poder hablar con él. Así fue que Juan Diego comenzó la conversación arrodillándose frente al Obispo -estaba triste y lloraba-, quería que de una vez por todas le creyera su mensaje y la voluntad de la Inmaculada Virgen de construirle un Templo en aquel cerro. Entonces el Obispo le respondió: Querido Juan Diego, de la única forma que creeré tu relato, es si me traes una señal. Algo que me demuestre que te envía la mismísima Señora del Cielo.
Si eso es lo que tú quieres, así será, iré y se lo pediré a ella misma. Juan Diego emprendió el camino de regreso, sin darse cuenta que algunos hombres lo perseguían, pero al llegar al puente cercano al cerro Tepeyac, lo perdieron de vista, de manera casi mágica Juan Diego desapareció, y los hombres desorientados volvieron para contarle al Obispo semejante misterio. Estaban tan enojados que juraron castigarlo con firmeza si volvía a aparecer con aquellos engaños. Entre tanto, Juan Diego estaba en el cerro con la Santísima Virgen, le contaba lo que había ocurrido y el deseo del Obispo. La Virgen le respondió: “vuelve mañana, y le llevarás al Obispo la señal que te ha pedido”, y mirándolo con ternura siguió diciendo: “Sé los esfuerzos que has hecho por mí, pero descuida, te compensaré por tu buena voluntad y empeño. Ahora ve, descansa, y nos veremos mañana”.

Reflexión

Santa María de Guadalupe es el Arca Viviente de la Alianza, Ella nos trae a Jesucristo. En el primer diálogo que Santa María de Guadalupe tiene con Juan Diego, laico indígena, Ella se presenta diciéndole: “Yo tengo el honor y la dicha de ser la Madre del Dador de vida, por quien se vive”, “el Dueño del cielo y de la tierra”. Y este Dios es un Dios tan cercano que por ello viene a encontrarse con nosotros, por medio de su Madre.
Y es Ella quien nos pide se construya una “casita sagrada” en nuestro corazón.

3- LA CINTA NEGRA

Esta joven doncella mexicana está embarazada de pocos meses, así lo indican el lazo negro que ajusta su cintura, el ligero abultamiento debajo de éste y la intensidad de los resplandores solares que aumenta a la altura del vientre. La Virgen tiene una cinta en el vientre, está “encinta” o embarazada” para indicar que Dios quería que Jesús naciera en América, en el corazón de cada americano. Uno de los médicos que analizó la tilma colocó su estetoscopio debajo de la cinta que María posee (señal de que está encinta) y escuchó latidos que rítmicamente se repiten a 115 pulsaciones por minuto, igual que un bebé en el vientre materno.

LA HISTORIA QUE ESCONDE LA CINTA NEGRA 
 

Al día siguiente Juan Diego no pudo ir al cerro como había prometido, su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo -y como buen sobrino- se ocupó de cuidarlo y llevarlo al médico, pero la salud de su tío no mejoraba, estaba cada vez peor, casi al borde de la muerte. Al día siguiente Juan Diego salió muy temprano de su casa en busca de un Sacerdote que acompañara a su tío en las últimas horas. Emprendió el camino de siempre, evitando pasar cerca de donde se había encontrado con la Virgen, pues llevaba prisa y no quería detenerse. Sin embargo, con sorpresa la vio salir a su encuentro diciendo: “¿Cómo estás hijo mío, el más pequeño, a donde vas tan apurado?”. Inclinándose delante de ella le respondió: es que mi tío está muy enfermo y está por morir. Voy a buscar un Sacerdote que lo acompañe en sus últimas horas y pronto regresaré a llevar tu señal al Obispo. Ella respondió: “No te asustes hijo mío, el más pequeño; no tengas miedo, no te angusties”, y siguió diciendo con dulzura: “Yo estoy aquí para cuidarte y protegerte. Tu tío no morirá, ya sanó”.

Reflexión:

Es el “sí” de Juan Diego. Juan Diego había buscado alguien que pudiera ayudar a su tío, alguien que pudiera darle la salud o mitigar su dolor. El sufrimiento del tío repercute en Juan Diego, quien de igual forma sufre, se siente impotente ante una adversidad que lo sobrepasa. Juan Diego fue a toda prisa por un sacerdote para que preparase a su tío a bien morir; y cuando llegó cerca del Tepeyac, se acordó que un día antes debió haber estado aquí para llevarle la señal prometida al obispo; pero ahora tenía prisa, así que torció el camino, no sigue derecho, sino que le da la vuelta al cerro para no encontrarse con María, la Niña del Cielo, no podía perder tiempo, necesitaba urgentemente un sacerdote. Es en ese momento lleno de dolor, de desconcierto, de fatalismo es donde Santa María de Guadalupe le dice las palabras más hermosas y que ahora son dirigidas también a nuestro corazón: “No tengas miedo, ¿Acaso no estoy yo aquí que tengo el honor y la dicha de ser tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa?” (Nican Mopohua, v. 119) Y le asegura que su tío ya está bien, ya sanó, y Juan Diego lo cree, Juan Diego tiene fe en las palabras que salen de la boca de María y lleno de esperanza le pide le conceda la gracia de enviarlo al obispo con la señal prometida, Juan Diego le confirma su fe. Este es el “sí” de Juan Diego, es la confirmación de poner toda su vida en las manos de Dios por medio de María.

4- EL MANTO

El manto azul salpicado de estrellas es la “Tilma de Turquesa “con que se revestían los grandes señores, e indica la nobleza y la importancia del portador. A la Virgen de Guadalupe se la llama emperatriz de América.
La temperatura de la fibra de maguey con que está construida la tilma mantiene una temperatura constante de 36.6 grados, la misma que el cuerpo de una persona viva. No se ha descubierto ningún rastro de pintura en la tela. De hecho, a una distancia de 10 centímetros de la imagen, sólo se ve la tela de maguey en crudo: los colores desaparecen. Estudios científicos no logran descubrir el origen de la coloración que forma la imagen, ni la forma en que la misma fue pintada. No se detectan rastros de pinceladas ni de otra técnica de pintura conocida. Los científicos de la NASA afirmaron que el material que origina los colores no es ninguno de los elementos conocidos en la tierra. La fibra de maguey que constituye la tela de la imagen, no puede perdurar más que 20 o 30 años. Hace varios siglos se pintó una réplica de la imagen en una tela de fibra de maguey similar, y la misma se desintegró después de varias décadas. Mientras tanto, a casi 500 años del milagro, la imagen de María sigue tan firme como el primer día. La ciencia no se explica el origen de la incorruptibilidad de la tela. Se ha hecho pasar un rayo láser en forma lateral sobre la tela, detectándose que la coloración de la misma no está ni en el anverso ni en el reverso, sino que los colores flotan a una distancia de tres décimas de milímetro sobre el tejido, sin tocarlo. Los colores flotan en el aire, sobre la superficie de la tilma. 

LA HISTORIA QUE ESCONDE EL MANTO:

Fue ahí que Juan Diego comprendió lo que había hecho la Virgen del Cielo ¡había curado a su tío!, ya más aliviado suspiró profundo y le dijo: entonces estoy listo para llevar tu señal al Obispo. Así fue que la Virgen le pidió que trepara hacia la cumbre del cerro y ahí mismo –donde la viera por primera vez- corte diferentes flores y se las lleve. Con asombro descubrió Juan Diego que la cumbre estaba llena de rosas, el perfume flotaba en el aire y las pequeñas gotas de rocío de sus pétalos, las hacían brillar como diamantes. Tomó todas cuantas pudo entre sus brazos y descendió para encontrarse con la Virgen y entregarle las flores. La Señora del Cielo las tomó y luego dijo: “hijo mío, el más pequeño, ve ante el Obispo y dile que vuelves para que se haga mi voluntad, y sólo cuando estés frente a él, despliega tu manta con las flores y muéstrale lo que llevas. Dile que yo te mandé a cortarlas en la cumbre de aquel cerro”.

5 – LA LUNA NEGRA

Su pie está apoyado sobre una luna negra, (Símbolo del mal para los mexicanos) y el ángel que la sostiene con gesto severo, lleva abiertas sus alas de águila. También en el escudo concepcionista está la luna, símbolo del tiempo y de la fecundidad femenina, situada “bajo sus pies” es signo de la unión de maternidad y virginidad, y de su victoria sobre el tiempo y vicisitudes terrenas.

LA HISTORIA QUE ESCONDE LA LUNA NEGRA

Así fue como Juan Diego se puso en camino hacia el palacio del Obispo, mientras disfrutaba del aroma que emanaban las rosas apretadas contra su regazo. Al llegar al palacio del Obispo, pidió nuevamente hablar con él, pero el mayordomo y los otros criados no lo dejaron entrar; rogó y rogó pero no tuvo suerte. Se quedó parado aguardando que lo llamen al menos por curiosidad, por ver lo que llevaba en su regazo. Los criados intrigados, espiaron entre los pliegos de la manta, y desconcertados vieron esas hermosas flores que -cuando quisieron tocar- se desvanecieron. Corrieron a contarle al Obispo lo que habían visto y enseguida comprendió que se trataba de una prueba e inmediatamente lo mandó a buscar. 
Juan Diego entró y humildemente se arrodilló para contar nuevamente lo que había vivido y transmitirles el mensaje de la Virgen; continuó diciendo: Señor, hice lo que me pidió. Pedí a la Señora del Cielo, Santa María Madre de Dios, una señal para que me crean y por fin le construyan el Templo donde ella lo pidió.  Pacientemente escucharon su relato mientras seguía: Ella me dijo que le entregara estas hermosas flores, pues bien, aquí están. Y desplegó la manta de un solo movimiento; las flores se esparcieron por el suelo y de repente se dibujó en la manta la imagen de la preciosa Virgen Santa María de Guadalupe.

 Reflexión:
Entre los indígenas la tilma es una prenda muy importante. La Virgen de Guadalupe cuando plasma su imagen en la tilma de Juan Diego, Ella, con su propia imagen, sus dibujos y sus colores, dignifica la tilma del macehual ennobleciéndola; Ella, al plasmarse en la tilma del indígena manifiesta su protección y su cuidado. Ella hace un verdadero encuentro con el pueblo, ya que al plasmar su imagen en la tilma Ella anuda su vida, se entrega plenamente en el alma y en el ser del enamorado pueblo sencillo y humilde representado por Juan Diego.

6 – LOS OJOS

Estudios oftalmológicos realizados a los ojos de María han detectado que al acercarles luz, la retina se contrae y al retirar la luz, se vuelve a dilatar, exactamente como ocurre en un ojo vivo. La ciencia descubrió que los ojos de María poseen los tres efectos de refracción de la imagen de un ojo humano. En los ojos de María (de tan sólo 7 y 8 mm) se descubrieron diminutas imágenes humanas, que ningún artista podría pintar. Son dos escenas y las dos se repiten en ambos ojos. La imagen del obispo Zumárraga en los ojos de María fue agrandada mediante tecnología digital, revelando que en sus ojos está retratada la imagen del indio Juan Diego, abriendo su tilma frente al obispo. ¿El tamaño de ésta imagen? Una cuarta parte de un millonésimo de milímetro. Es radicalmente imposible que en un espacio tan pequeño, como la córnea de un ojo situado en una imagen de tamaño natural, aún el más experto miniaturista lograra pintar todas esas imágenes que ha sido necesario ampliar dos mil veces para poderlas advertir.

LA HISTORIA QUE ESCONDEN LOS OJOS

El Obispo se arrodilló, lloró de la emoción y también le pidió perdón por no haberle creído a aquel hombre que envió para traer su mandato. Tomó la manta que Juan Diego llevaba atada a su cuello, y rápidamente la llevó para que pueda ser admirada por todos, y dirigiéndose a Juan Diego dijo: muy bien, muéstrame pues, donde es la voluntad de la Señora del Cielo que le construyan su Templo. Llegaron hasta el cerro y Juan Diego les mostró el precioso lugar donde la Virgen le dijera que quería su Templo. Con gran prisa Juan Diego se despidió de todos, y les explicó que debía correr a su casa para ver cómo estaba su tío Juan Bernardino. De todos modos quisieron acompañarlo y grande fue la sorpresa al llegar y verlo contento y sin ningún dolor. Ahí fue cuando Juan Bernardino le contó a su sobrino que la mismísima Virgen del Cielo había estado ahí, y lo había sanado.  El Obispo invitó a Juan Diego y a su tío a pasar unos días con él, mientras se construía el hermoso Templo de la Virgen de Guadalupe en el cerro Tepeyac. Además, ordenó a trasladar la Santa imagen de la amada Virgen de Guadalupe a la Iglesia mayor, para que toda la gente pudiera verla y admirarla.  Aquella imagen perduró durante muchísimos años, y hoy, sigue siendo un Milagro Divino que la Virgen nos regaló para que siempre la recordemos y amemos.

7- LOS RAYOS DE SOL

Los rayos del sol circundan totalmente a la Guadalupana como para indicar que ella es su aurora del sol que es Cristo. También está el sol en el escudo concepcionista: El sol hace referencia a la Mujer del Apocalipsis 12, “Vestida de sol, con la luna bajo sus pies”, (Ap.12, 1) representa la santidad de Dios que envuelve a María y la hace “llena de Gracia”, esto es envuelta por la Divinidad, vestida de Salvación, Inmaculada, “toda santa”.

LA HISTORIA QUE ESCONDEN LOS RAYOS DE SOL

Todos contemplaron con asombro la Sagrada Imagen y escuchaban llenos de emoción el relato de cómo la Madre de Dios se había aparecido y cada uno de los signos de su maravillosa Imagen. Así se inició una de las conversiones más impactantes y maravillosas, sin precedentes en la historia de la Iglesia universal; en cerca de ocho años se convirtieron aproximadamente nueve millones de personas. En un corazón humilde y arrepentido se forma el auténtico hogar de Dios; como lo expresa el Papa Benedicto XVI cuando presenta la conversión del hijo pródigo: “Camina hacia la verdad de su existencia, «a casa».
Este es el verdadero fruto del encuentro de Dios, por medio de Santa María de Guadalupe: una verdadera conversión desde lo más profundo del corazón; que no sólo se dio en aquel siglo XVI, sino que sigue siendo constante hasta nuestros días. Poner a Jesucristo en el centro de la existencia nos dispone a actuar como verdadera familia unido al prójimo. Esta es la verdadera libertad para construir esta patria, esta nación, para saber edificar este pueblo de gente humilde que sabe abrir su corazón para ser libre dando su vida por los demás siguiendo a su Señor y Salvador, para que con su poder sepamos perdonar y, de esta manera, ser libres.
Tanto la Imagen de Santa María de Guadalupe impresa en la humilde tilma de Juan Diego, como la narración que expresó con todas sus particularidades, manifiestan un verdadero encuentro con ese único Dios, vivo y verdadero, que tocó el corazón de todos, tanto de indígenas como de europeos. 

8- LAS ESTRELLAS DE LA IZQUIERDA

Las estrellas visibles en el Manto de María reflejan la exacta configuración y posición que el cielo de México presentaba en el día en que se produjo el milagro.  En el lado izquierdo del manto de la Virgen (a nuestra derecha porque la vemos de frente) se encuentran “comprimidas” las constelaciones del sur: Cuatro estrellas que forman parte de la constelación de Ofiuco (Ophiucus).  Abajo se observa Libra y a la derecha, la que parece una punta de flecha corresponde al inicio de Escorpión (Scorpius).  Intermedias con la porción inferior, se pueden señalar dos de la constelación de Lobo (Lupus) y el extremo de Hidra (Hydra).
Hacia abajo se evidencia la Cruz del Sur (Crux) sin ninguna duda, y a su izquierda aparece el cuadrado ligeramente inclinado de la constelación de Centauro (Centaurus)

LA HISTORIA QUE ESCONDEN LAS ESTRELLAS DE LA IZQUIERDA 

La Doncella de Nazaret, la Morenita del Tepeyac, es la Madre de Dios y Madre nuestra y desde que tomó nuestra sangre y nuestro color, tomó nuestra identidad y nuestra persona, nuestra historia y nuestra alma, dándonos a su Hijo, Jesucristo, Señor de la vida y de la verdadera libertad. Ella es la primera discípula y misionera del Amor de Dios, y quien supo poner en todo corazón a su amado Hijo.
El pensador de origen chileno P. Joaquín Alliende dice: “Como pedagogía divina, la Encarnación se prolonga decisivamente en la vinculación del lugar, porque es tangible, porque la maternidad de la tierra no se puede olvidar. En Guadalupe, esa maternidad tangible es la manta de Juan Diego, la «tilma» donde el cielo pinta la imagen mestiza de María, y es la «Casita», el templo del Tepeyac que la Santísima Virgen exigió como cofre del nuevo icono que ella regalaba. La maternidad del Tepeyac establece la casa de encuentro de los pueblos mestizos en el ayer, en el hoy y en el mañana de América Latina y el Caribe.

9-  LAS ESTRELLAS DE LA DERECHA

En el lado derecho del manto de la Virgen se muestran las constelaciones del norte: En el hombro, un fragmento de las estrellas de la constelación de Boyero (Bootes), hacia abajo a la Izquierda le sigue la constelación de la Osa Mayor (Ursa Maior) en forma de una sartén. La rodean: a la derecha arriba, la cabellera de Berenice (Coma Berenices), a la derecha abajo, Lebreles (Canes Venatici), a la izquierda Thuban, que es la estrella más brillante de la constelación de Dragón (Draco).  Por debajo de dos estrellas (que todavía forman parte de la Osa Mayor), se percibe otro par de estrellas de la constelación del Cochero (Auriga) y al oeste, hacia abajo, tres estrellas de Tauro (Taurus).  De esta manera, quedan identificadas en su totalidad y en su sitio, un poco comprimidas, las 46 estrellas más brillantes que rodean el horizonte del Valle de México.

LA HISTORIA QUE ESCONDEN LAS ESTRELLAS DE LA DERECHA

Así como San Juan Diego se presentó al obispo Zumárraga en 1531 para hablarle del mensaje y del cariño de la morenita, del mismo modo este día 12 de diciembre cada uno de los mexicanos se presenta en las Iglesias para ponerse bajo el manto estrellado y amoroso de su madrecita del Tepeyac. 

La fiesta del 12 de diciembre es una celebración que expresa alegría y gratitud. Son muchas las personas que hoy se acercan a una imagen mariana para felicitarle. Los adultos y los jóvenes le dicen: gracias virgencita. Mientras que los niños con esa gran sencillez que les caracteriza le susurran: gracias mamita. Esta es la manera de cómo el pueblo mexicano se dirige hoy hacia su patrona y reina. Las calles se visten de gala y en la ciudad se percibe un aroma de rosas. Una vez más se vuelve a escuchar en el corazón de cada mexicano aquellas dulces y tiernas palabras que quedarán grabadas por la eternidad: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?

Mensaje del Papa para el DOMUND 2020: La misión en tiempos de pandemia

“La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan” a nosotros y a la misión de la Iglesia. Como lema lleva la cita de Isaías: “Aquí estoy, mándame”.

“Queridos hermanos y hermanas: Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: ‘Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo’.

En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» (ibíd.). Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: ‘perecemos’, también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos» (Meditación en la Plaza San Pietro, 27 marzo 2020). Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.

En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús, Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros. Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús. Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre. A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.

«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.

Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios. La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte. Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más. Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo. La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.

La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: ‘Aquí estoy, Señor, mándame’. Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!» (Is 6,8). Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal.

La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.

Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos. Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés”.

Francisco de Asís, Santo

Hoy, 4 de octubre, la Iglesia celebra a uno de los más grandes santos de los últimos tiempos. Un verdadero modelo de pobreza, castidad y obediencia. Un servidor fiel que tomó la decisión de reformar la Iglesia desde dentro, con un estilo de vida que conmovió y sigue conmoviendo a propios y extraños, a católicos y no católicos.

San Francisco de Asís sirvió de inspiración al Cardenal Mario Bergolio, en el momento de ser elegido papa, y de él tomó el nombre, FRANCISCO. 

San Francisco de Asís nació en Asís (Italia), en el año 1182. Después de una juventud disipada en diversiones, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Fundó una Orden de frailes y su primera seguidora mujer, Santa Clara que funda las Clarisas, inspirada por El.

Ciertamente no existe ningún santo que sea tan popular como él, tanto entre católicos como entre los protestantes y aun entre los no cristianos. San Francisco de Asís cautivó la imaginación de sus contemporáneos presentándoles la pobreza, la castidad y la obediencia con la pureza y fuerza de un testimonio radical. Llegó a ser conocido como el Pobre de Asís por su matrimonio con la pobreza, su amor por los pajarillos y toda la naturaleza. Todo ello refleja un alma en la que Dios lo era todo sin división, un alma que se nutría de las verdades de la fe católica y que se había entregado enteramente, no sólo a Cristo, sino a Cristo crucificado.

15 Frases de San Francisco

1.- “Si tú, siervo de Dios, estás preocupado por algo, inmediatamente debes recurrir a la oración y permanecer ante el Señor hasta que te devuelva la alegría de su Salvación”

2.- “La verdadera enseñanza que trasmitimos es lo que vivimos; y somos buenos predicadores cuando ponemos en práctica lo que decimos.”

3.- “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible.”

4.- “Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, sólo lo que has dado.”

5.- “El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de Dios aparece sobre el altar en las manos del sacerdote”.

6.- “Espíritus malignos y falsos, hagan en mi todo lo que quieran. Yo sé bien que no pueden hacer más de lo que les permita la mano del Señor. Por mi parte, estoy dispuesto a sufrir con mucho gusto todo lo que él les deje hacer en mí.”

7.- “Es siervo fiel y prudente el que, por cada culpa que comete, se apresura a expiarlas: interiormente, por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra”

8.- “El demonio se alegra, sobre todo, cuando logra arrebatar la alegría del corazón del servidor de Dios. Llena de polvo las rendijas más pequeñas de la conciencia que puedan ensuciar el candor del espíritu y la pureza de la vida. Pero cuando la alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama en vano su veneno mortal.”

9.- “Cuando el servidor de Dios es visitado por el Señor en la oración con alguna nueva consolación, antes de terminarla debe levantar los ojos al cielo y, (juntas las manos), decir al Señor: “Señor, a mi, pecador e indigno, me has enviado del cielo esta consolación y dulzura; te las devuelvo a ti para que me las reserves, pues yo soy un ladrón de tu tesoro.” Y también: “Señor, arrebátame tu bien en este siglo y resérvamelo para el futuro.” Así debe ser, de modo que, cuando salga de la oración, se presente a los demás tan pobrecito y pecador como si no hubiera obtenida ninguna gracia nueva. Por una pequeña recompensa se pierde algo que es inestimable y se provoca fácilmente al Dador a no dar más.”

10.- “Luchemos por alcanzar la serenidad de aceptar las cosas inevitables, el valor de cambias las cosas que podamos y la sabiduría para poder distinguir unas de otras.”

11.- “Predica el evangelio en todo momento, y cuando sea necesario, utiliza las palabras.”

12.- “Señor, hazme un instrumento de tu paz. Donde haya odio siembre yo amor; donde haya ofensa, perdón; donde hay duda, fe; donde hay desesperación, esperanza; donde haya tinieblas, luz; donde haya tristeza, alegría.”

13.- “¡Terrible es la muerte!, pero ¡cuán apetecible es también la vida del otro mundo, a la que Dios nos llama!”

14.- “No peleen entre sí y con los demás, sino traten de responder humildemente diciendo, “Soy un siervo inútil.”

15.- “En la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos, tanto a los ministros como a los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, como mejor puedan, sirvan, amen, honren y adoren al Señor Dios, y háganlo con limpio corazón y mente pura, que es lo que Él busca por encima de todo; y hagamos siempre en ellos habitación y morada a Aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo”

San Francisco de Asís, ruega por nosotros.

San Francisco fue un santo que vivió tiempos difíciles de la Iglesia y la ayudó mucho. Renunció a su herencia dándole más importancia en su vida a los bienes espirituales que a los materiales.

Francisco nació en Asís, Italia en 1181 ó 1182. Su padre era comerciante y su madre pertenecía a una familia noble. Tenían una situación económica muy desahogada. Su padre comerciaba mucho con Francia y cuando nació su hijo estaba fuera del país. Las gentes apodaron al niño “francesco” (el francés) aunque éste había recibido en su bautismo el nombre de “Juan”.

En su juventud no se interesó ni por los negocios de su padre ni por los estudios. Se dedicó a gozar de la vida sanamente, sin malas costumbres ni vicios. Gastaba mucho dinero pero siempre daba limosnas a los pobres. Le gustaban las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores.

Cuando Francisco tenía como unos veinte años, hubo pleitos y discordia entre las ciudades de Perugia y Asís. Francisco fue prisionero un año y lo soportó con alegría. Cuando recobró la libertad cayó gravemente enfermo. La enfermedad fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se recuperó, decidió ir a combatir en el ejército. Se compró una costosa armadura y un manto que regaló a un caballero mal vestido y pobre. Dejó de combatir y volvió a su antigua vida pero sin tomarla tan a la ligera. Se dedicó a la oración y después de un tiempo tuvo la inspiración de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio. Se dio cuenta que la batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los instintos. Un día se encontró con un leproso que le pedía una limosna y le dio un beso.

Visitaba y servía a los enfermos en los hospitales. Siempre, regalaba a los pobres sus vestidos, o el dinero que llevaba. Un día, una imagen de Jesucristo crucificado le habló y le pidió que reparara su Iglesia que estaba en ruinas. Decidió ir y vender su caballo y unas ropas de la tienda de su padre para tener dinero para arreglar la Iglesia de San Damián. Llegó ahí y le ofreció al padre su dinero y le pidió permiso para quedarse a vivir con él. El sacerdote le dijo que sí se podía quedar ahí, pero que no podía aceptar su dinero. El papá de San Francisco, al enterarse de lo sucedido, fue a la Iglesia de San Damián pero su hijo se escondió. Pasó algunos días en oración y ayuno. Regresó a su pueblo y estaba tan desfigurado y mal vestido que las gentes se burlaban de él como si fuese un loco. Su padre lo llevó a su casa y lo golpeó furiosamente, le puso grilletes en los pies y lo encerró en una habitación (Francisco tenía entonces 25 años). Su madre se encargó de ponerle en libertad y él se fue a San Damián. Su padre fue a buscarlo ahí y lo golpeó y le dijo que volviera a su casa o que renunciara a su herencia y le pagara el precio de los vestidos que había vendido de su tienda. San Francisco no tuvo problema en renunciar a la herencia y del dinero de los vestidos pero dijo que pertenecía a Dios y a los pobres. Su padre le obligó a ir con el obispo de Asís quien le sugirió devolver el dinero y tener confianza en Dios. San Francisco devolvió en ese momento la ropa que traía puesta para dársela a su padre ya que a él le pertenecía. El padre se fue muy lastimado y el obispo regaló a San Francisco un viejo vestido de labrador que tenía al que San Francisco le puso una cruz con un trozo de tiza y se lo puso.

San Francisco partió buscando un lugar para establecerse. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo como si fuera un mendigo. Unas personas le regalaron una túnica, un cinturón y unas sandalias que usó durante dos años.

Luego regresó a San Damián y fue a Asís para pedir limosna para reparar la Iglesia. Ahí soportó las burlas y el desprecio. Una vez hechas las reparaciones de San Damián hizo lo mismo con la antigua Iglesia de San Pedro. Después se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, de los benedictinos, que estaba en una llanura cerca de Asís. Era un sitio muy tranquilo que gustó mucho a San Francisco. Al oir las palabras del Evangelio “…No lleven oro….ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo..”, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con su túnica sujetada con un cordón. Comenzó a hablar a sus oyentes acerca de la penitencia. Sus palabras llegaban a los corazones de sus oyentes. Al saludar a alguien, le decía “La paz del Señor sea contigo”. Dios le había concedido ya el don de profecía y el don de milagros.

San Francisco tuvo muchos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos. Su primer discípulo fue Bernardo de Quintavalle que era un rico comerciante de Asís que vendió todo lo que tenía para darlo a los pobres. Su segundo discípulo fue Pedro de Cattaneo. San Francisco les concedió hábitos a los dos en abril de 1209.

Cuando ya eran doce discípulos, San Francisco redactó una regla breve e informal que eran principalmente consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Después de varios años se autorizó por el Papa Inocencio III la regla y les dio por misión predicar la penitencia.|

San Francisco y sus compañeros se trasladaron a una cabaña que luego tuvieron que desalojar. En 1212, el abad regaló a San Francisco la capilla de Porciúncula con la condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. Él la aceptó pero sólo prestada sabiendo que pertenecía a los benedictinos. Alrededor de la Porciúncula construyeron cabañas muy sencillas. La pobreza era el fundamento de su orden. San Francisco sólo llegó a recibir el diaconado porque se consideraba indigno del sacerdocio. Los primeros años de la orden fueron un período de entrenamiento en la pobreza y en la caridad fraterna. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajo suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta. El fundador les había prohibido aceptar dinero. Se distinguían por su gran capacidad de servicio a los demás, especialmente a los leprosos a quienes llamaban “hermanos cristianos”. Debían siempre obedecer al obispo del lugar donde se encontraran. El número de compañeros del santo iba en aumento.

Santa Clara oyó predicar a San Francisco y decidió seguirlo en 1212. San Francisco consiguió que Santa Clara y sus compañeras se establecieran en San Damián. La oración de éstas hacía fecundo el trabajo de los franciscanos.

San Francisco dio a su orden el nombre de “Frailes Menores” ya que quería que fueran humildes. La orden creció tanto que necesitaba de una organización sistemática y de disciplina común. La orden se dividió en provincias y al frente de cada una se puso a un ministro encargado “del bien espiritual de los hermanos”. El orden de fraile creció más alla de los Alpes y tenían misiones en España, Hungría y Alemania. En la orden habían quienes querían hacer unas reformas a las reglas, pero su fundador no estuvo de acuerdo con éstas. Surgieron algunos problemas por esto porque algunos frailes decían que no era posible el no poseer ningún bien. San Francisco decía que éste era precisamente el espíritu y modo de vida de su orden.

San Francisco conoció en Roma a Santo Domingo que había predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia.

En la Navidad de 1223 San Francisco construyó una especie de cueva en la que se representó el nacimiento de Cristo y se celebró Misa.

En 1224 se retiró al Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. La única persona que lo acompañó fue el hermano León y no quiso tener visitas. Es aquí donde sucedió el milagro de las estigmas en el cual quedaron impresas las señales de la pasión de Cristo en el cuerpo de Francisco. A partir de entonces llevaba las manos dentro de las mangas del hábito y llevaba medias y zapatos. Dijo que le habían sido reveladas cosas que jamás diría a hombre alguno. Un tiempo después bajo del Monte y curó a muchos enfermos.

San Francisco no quería que el estudio quitara el espíritu de su orden. Decía que sí podían estudiar si el estudio no les quitaba tiempo de su oración y si no lo hacían por vanidad. Temía que la ciencia se convirtiera en enemiga de la pobreza.

La salud de San Francisco se fue deteriorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaron y ya casi había perdido la vista. En el verano de 1225 lo llevaron con varios doctores porque ya estaba muy enfermo. Poco antes de morir dictó un testamento en el que les recomendaba a los hermanos observar la regla y trabajar manualmente para evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. Al enterarse que le quedaban pocas semanas de vida, dijo “¡Bienvenida, hermana muerte!”y pidió que lo llevaran a Porciúncula. Murió el 3 de octubre de 1226 después de escuchar la pasión de Cristo según San Juan. Tenía 44 años de edad. Lo sepultaron en la Iglesia de San Jorge en Asís.

Son famosas las anécdotas de los pajarillos que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Señor, del conejillo que no quería separarse de él y del lobo amansado por el santo. Algunos dicen que estas son leyenda, otros no.

San Francisco contribuyó mucho a la renovación de la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media. El ayudó a la Iglesia que vivía momentos difíciles.

¿Qué nos enseña la vida de San Francisco?

Nos enseña a vivir la virtud de la humildad. San Francisco tuvo un corazón alegre y humilde. Supo dejar no sólo el dinero de su padre sino que también supo aceptar la voluntad de Dios en su vida. Fue capaz de ver la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre. Veía la grandeza de Dios en la naturaleza.

Nos enseña a saber contagiar ese entusiasmo por Cristo a los demás. Predicar a Dios con el ejemplo y con la palabra. San Francisco lo hizo con Santa Clara y con sus seguidores dando buen ejemplo de la libertad que da la pobreza.

Nos enseña el valor del sacrificio. San Francisco vivió su vida ofreciendo sacrificios a Dios.

Nos enseña a vivir con sencillez y con mucho amor a Dios. Lo más importante para él era estar cerca de Dios. Su vida de oración fue muy profunda y era lo primordial en su vida.

Fue fiel a la Iglesia y al Papa. Fundó la orden de los franciscanos de acuerdo con los requisitos de la Iglesia y les pedía a los frailes obedecer a los obispos.

Nos enseña a vivir cerca de Dios y no de las cosas materiales. Saber encontrar en la pobreza la alegría, ya que para amar a Dios no se necesita nada material.

Nos enseña lo importante que es sentirnos parte de la Iglesia y ayudarla siempre pero especialmente en momentos de dificultad.