Oración para ganar la Indulgencia del “Perdón de Asís”

¡Santísimo Señor Jesucristo!, creo que estás presente en este santo templo franciscano y de manera especial en el Sagrario. Te adoro con todo mi corazón; me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y con tu amorosa ayuda me propongo no volver a pecar. Te suplico, me concedas la gracia de ganar la santa Indulgencia Plenaria de la Porciúncula o Perdón de Asís, que tú mismo concediste a tu humilde siervo San Francisco de Asís, por la súplica maternal de tu Madre Santísima y que quiero ganar por mí y por (se dice el nombre del difunto).

Te ruego por las intenciones del Papa Francisco, para que siga confirmando en la fe a sus hermanos bautizados y podamos seguirte como discípulos misioneros. Te suplico por la Iglesia, medio por el que concedes tus favores, para que siga construyendo tu Reino de paz, justicia y amor. Te pido por la paz del mundo y la conversión de los pecadores.

Y tú, Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo y Reina de los Ángeles, suplica ante tu amado Hijo por mí, ayúdame a seguir tu maternal consejo: hacer lo que Él me dice que haga. San José, bondadoso y prudente, esposo fiel y padre ejemplar, protégeme. Santos Ángeles, Apóstoles Pedro y Pablo, seráfico y glorioso San Francisco de Asís y todos los Bienaventurados del cielo, rueguen por mí y por el fiel difunto por el que he orado en este día tan especial. Amén.

Oh Soberana Reina de los Ángeles, Madre amorosísima que te dignaste escoger a nuestra amada Patria para que fuera el trono de tus misericordias, te damos gracias por los innumerables beneficios recibidos de tu intercesión poderosa y te suplicamos que nos protejas en todos los momentos de nuestra vida, sobre todo cuando nos aflijan las preocupaciones; a esa hora, Oh Virgen y Madre de Dios, haz valer tus prerrogativas de Reina y de Madre ante la Santísima Trinidad; socórrenos desde el cielo con amor de Madre y con esplendidez de Reina. Vela por nuestra amada patria, Oh Reina Soberana de los Ángeles y sálvala por amor a Cristo, Nuestro Rey y Señor. AMEN.

10 cosas que todo cristiano debe saber del Corpus Christi

A lo largo de los siglos, la Iglesia y los santos han animado a los fieles a amar la Eucaristía e incluso hay quienes han dado su vida por protegerla. En la Solemnidad del “Corpus Christi” te presentamos 10 cosas que todo cristiano debe saber en torno a este gran milagro.

1. Jesús instituyó la Eucaristía

Jesús reunido con sus apóstoles en la Última Cena instituyó el sacramento de la Eucaristía: “Tomen y coman; esto es mi cuerpo…” (Mt, 26, 26-28). De esta manera hizo partícipes de su sacerdocio a los apóstoles y les mandó que hicieran lo mismo en memoria suya.

2. Eucaristía significa “acción de gracias”

La palabra Eucaristía, derivada del griego εὐχαριστία (eucharistía), significa “Acción de gracias” y se aplica a este sacramento porque nuestro Señor dio gracias a su Padre cuando la instituyó. Además, porque el Santo Sacrificio de la Misa es el mejor medio de dar gracias a Dios por sus beneficios.

3. Cristo se encuentra de forma íntegra en el Sacramento del Altar

El Concilio de Trento (siglo XVI) define claramente: “En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, juntamente con su Alma y Divinidad. En realidad Cristo íntegramente”. Asimismo, en el Derecho Canónico de la Iglesia ninguna otra festividad recibe tanta atención como la Solemnidad del Corpus Christi.

4. Los sucesores de los apóstoles convierten el pan y el vino en Cuerpo y Sangre de Cristo

En la Santa Misa, los obispos y sacerdotes convierten realmente el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo durante la consagración; el proceso es llamado Transubstanciación. La Solemnidad del Corpus Christi es una de las cinco ocasiones en el año en que un Obispo no puede estar fuera de su diócesis, salvo por una urgente y grave razón.

5. Se debe recibir la Eucaristía al menos una vez al año

La Comunión es recibir a Jesucristo sacramentado en la Eucaristía. La Iglesia manda comulgar al menos una vez al año, en estado de gracia, y recomienda la comunión frecuente. Es muy importante recibir la Primera Comunión cuando se llega al uso de razón, con la debida preparación.

6. Para comulgar se necesita del ayuno eucarístico y confesarse

El ayuno eucarístico consiste en abstenerse de tomar cualquier alimento o bebida, al menos desde una hora antes de la Sagrada Comunión, a excepción del agua y las medicinas. Los enfermos y sus asistentes pueden comulgar aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior. El que comulga en pecado mortal comete un grave pecado llamado sacrilegio. El que desea comulgar y está en pecado mortal no puede recibir la Comunión sin haber acudido antes al sacramento de la Penitencia, pues no basta el acto de contrición.

7. Es mandamiento de la Iglesia asistir a Misa domingos y días de precepto

Frecuentar la Santa Misa es un acto de amor a Dios que debe brotar naturalmente de cada cristiano. Es también obligatorio asistir los domingos y feriados religiosos de precepto, a menos que se esté impedido por una causa grave.

8. La Eucaristía es alimento espiritual para enfermos y agonizantes

La Eucaristía en el Sagrario es un signo por el cual Nuestro Señor está constantemente presente en medio de su pueblo y es alimento espiritual para enfermos y moribundos. Se le debe agradecimiento, adoración y devoción a la real presencia de Cristo reservado en el Santísimo Sacramento.

9. La fiesta del Corpus Christi se celebra el jueves posterior al domingo de la Santísima Trinidad

La Solemnidad del Corpus Christi fue establecida en 1246 por el Obispo Roberto de Thorete y a sugerencia de Santa Juliana de Mont Cornillon. Después del milagro eucarístico de Bolsena, a mediados del Siglo XIII, el Papa Urbano IV expandió esta celebración a toda la Iglesia Universal en 1264 con la bula “Transiturus”, fijándola para el jueves posterior al domingo de la Santísima Trinidad. El Pontífice encomendó a Santo Tomás de Aquino que compusiera un oficio litúrgico propio e himnos que se entonan hasta nuestros días.

10. También es posible celebrarla el domingo posterior a la Santísima Trinidad 

En el Vaticano, el Corpus Christi se celebra el jueves después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Mientras que en varias diócesis se traslada al domingo posterior a la Santísima Trinidad por una cuestión pastoral. El Papa San Juan Pablo II fue quien llevó la procesión anual del Corpus Christi de la Plaza de San Pedro a las calles de Roma.

Domingo de pascua de Resurrección

Que si nació hoy, que si nació ayer, que si nació aquí, que si nació allá. Que si murió a los 33, que si murió a los 36. Que cuántos clavos, que cuántos panes y pescados. Que si eran reyes, que si eran magos. Que si tenía hermanos, que si no tenía. Que dónde está, que cuando vuelve.

A mí me agarró la mano cuando más lo necesitaba.
Me enseñó a sonreír y agradecer por las pequeñas cosas.
Me enseñó a llorar con fuerzas y soltar. Me enseñó a despertarme saludando al sol y a acostarme con la cabeza tranquila.
A caminar muy lento y muy descalza.
Me enseñó a abrazar a todos y a abrazarme a mí.
Me enseñó mucho. Me enseñó a quererme con ganas. A querer al que tengo al lado y, de cuando en cuando, a estirarle la mano.
Me enseñó que siempre me está hablando en lo cotidiano, en lo sencillo, a manera de mensajes y que para escucharlo, tengo que tener abierto el corazón.
Me enseñó que un gracias o un perdón lo pueden cambiar todo.
Me enseñó que la fuerza más grande es el amor y que lo contrario al amor es el miedo.
Me enseñó cuánto me ama a través de mil detalles.
Me enseñó que los milagros sí existen. Me enseñó que si yo no perdono, soy yo la que se queda prisionera, y para perdonar primero tengo que perdonarme.
Me enseñó que no siempre se recibe bien por bien pero que actúe bien a pesar de todo.
Me enseñó a confiar en mí y a levantar la voz frente a la injusticia.
Me enseñó a buscarlo dentro y no fuera.

Me deja que me aleje, sin enojarse. Que salga a conocer la vida.
A equivocarme y aprender.
Y me sigue cuidando y esperando.

Hasta me dejó aprender de otros maestros, sin ponerse celoso. Porque es de necios no escuchar a todo el que hable de amor.
Me enseñó que solo vengo por un tiempo, y solo ocupo un lugar pequeño. Y me pidió que sea feliz y viva en paz, que me esfuerce cada día en ser mejor y en compartir mi luz conociendo mi sombra, que disfrute, que ría, que valore, y que Él SIEMPRE va a estar en mí….que aunque dude y tenga miedo confíe, ya que esa es la fe, confiar en El a pesar de mí….
Se llama Jesús
♥️Feliz Pascua!

El Papa dará el viernes Bendición Urbi et Orbi extraordinaria y se podrá ganar indulgencia plenaria

El papa Francisco convocó a un momento de oración, presidido por él y que tendrá lugar el próximo viernes 27 de marzo, a las 18:00 (14:00 de Argentina). Será desde el atrio de la Basílica de San Pedro y ante la plaza de San Pedro que estará vacía.
Al final dará, de manera extraordinaria, la bendición Urbi et Orbi, con la posibilidad de recibir la indulgencia plenaria.Asimismo, Francisco expresó su cercanía a “los médicos, a los trabajadores sanitarios, enfermeros y enfermeras, voluntarios” y a las autoridades que “deben tomar medidas duras, pero para nuestro bien. Nuestra cercanía a los policías, a los soldados que en la calle intentan mantener siempre el orden para que se cumplan las cosas que el gobierno pide que hagamos por el bien de todos. Cercanía a todos”.
“En estos días de prueba, mientras la humanidad tiembla con la amenaza de la pandemia, quisiera proponer a todos los cristianos de las diferentes confesiones que unan sus voces hacia el cielo“, exhortó el Papa.

¿Qué es la bendición “Urbi et Orbi”?

Urbi et orbi, palabras que en latín significan “a la ciudad (Roma) y al mundo”.
Eran la fórmula habitual con la que empezaban las proclamas del Imperio Romano. En la actualidad es la bendición más solemne que imparte el Papa, y sólo él, dirigida a la ciudad de Roma y al mundo entero.

La bendición Urbi et orbi se imparte durante el año siempre en dos fechas: el Domingo de Pascua y el día de Navidad, 25 de diciembre. Se hace desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, llamado por eso Balcón de las bendiciones, adornado con cortinas y colgantes, y con el trono del Papa colocado allí, y para ella el Papa suele revestirse con ornamentos solemnes (mitra, báculo, estola y capa pluvial) y va precedido de cruz procesional y acompañado de cardenales-diáconos y ceremonieros.
También es impartida por el Papa el día de su elección; es decir, al final del cónclave, en el momento en que se presenta ante Roma y el mundo como nuevo sucesor de San Pedro.

¿Por qué se dará de manera extraordinaria?

La característica fundamental de esta bendición para los fieles católicos es que otorga la remisión por las penas debidas por pecados ya perdonados, es decir, confiere una indulgencia plenaria bajo las condiciones determinadas por el Derecho Canónico (haber confesado y comulgado, y no haber caído en pecado mortal).

Este viernes será brindada de manera extraordinaria, ya que esta especial Bendición suele ser impartirla los Pontífices solamente dos veces al año: el 25 de diciembre y el Domingo de Pascua.
También es impartida por el Papa el día de su elección; es decir, al final del cónclave, en el momento en que se presenta ante Roma y el mundo como nuevo sucesor de San Pedro.

Epifanía: La manifestación del Señor

«Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron;
abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra»

“la Iglesia no puede pretender brillar con luz propia”, sino que debe brillar “con la luz de Cristo”.

“Cristo es la luz verdadera que brilla; y, en la medida en que la Iglesia está unida a él, en la medida en que se deja iluminar por él, ilumina también la vida de las personas y de los pueblos”, añadió.

El Papa aseguró que todos necesitan de esta luz puesto que “anunciar el Evangelio de Cristo no es una opción más entre otras posibles, ni tampoco una profesión”.

“Para la Iglesia, ser misionera no significa hacer proselitismo; para la Iglesia, ser misionera equivale a manifestar su propia naturaleza: dejarse iluminar por Dios y reflejar su luz. No hay otro camino. La misión es su vocación. Muchas personas esperan de nosotros este compromiso misionero, porque necesitan a Cristo, necesitan conocer el rostro del Padre”.

El Santo Padre también habló de los Reyes Magos y explicó que son “una prueba viva de que las semillas de verdad están presentes en todas partes, porque son un don del Creador que llama a todos para que lo reconozcan como Padre bueno y fiel”.

“Los Magos representan a los hombres de cualquier parte del mundo que son acogidos en la casa de Dios. Delante de Jesús ya no hay distinción de raza, lengua y cultura: en ese Niño, toda la humanidad encuentra su unidad. Y la Iglesia tiene la tarea de que se reconozca y venga a la luz con más claridad el deseo de Dios que anida en cada uno”. 

Francisco señaló que al igual que sucedió con los Magos, “hoy muchas personas viven con el ‘corazón inquieto’, haciéndose preguntas que no encuentran respuestas seguras. También ellos están en busca de la estrella que muestre el camino hacia Belén”.

La atención que prestaron “a la voz que dentro les empujaba a seguir aquella luz” y la travesía que realizaron “encierra una enseñanza para nosotros.

“Hoy será bueno que nos repitamos la pregunta de los Magos: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Nos sentimos urgidos, sobre todo en un momento como el actual, a escrutar los signos que Dios nos ofrece, sabiendo que debemos esforzarnos para descifrarlos y comprender así su voluntad”.

Para concluir, el Papa afirmó que “estamos llamados a ir a Belén para encontrar al Niño y a su Madre. Sigamos la luz que Dios nos da. La luz que proviene del rostro de Cristo, lleno de misericordia y fidelidad”.

“Una vez que estemos ante él, Adorémoslo con todo el corazón, y ofrezcámosle nuestros dones: nuestra libertad, nuestra inteligencia, nuestro amor” porque “aquí está la fuente de esa luz que atrae a sí a todas las personas y guía a los pueblos por el camino de la paz”, dijo al terminar. 

“Señor, cada nación de la tierra te adorará”.

El oro es el metal precioso por excelencia y significa riqueza y poder. Con este don, los Magos reconocen la realeza de Jesús, primero como el «Rey de los judíos», para luego reconocerle como el «Rey de reyes y Señor de señores».

El incienso es una resina aromática que se quema en las ceremonias religiosas. Con el incienso se reconoce la divinidad de Jesús. Ese Niño es «la Palabra» que se hace carne para habitar en medio de su pueblo.

La mirra era un bálsamo perfumado que se utilizaba para preparar el cuerpo para la sepultura. Con este don se reconoce la humanidad de Jesús, que con su pasión y muerte va de redimir a toda la creación. En el incienso y la mirra podemos ver las dos naturalezas unidas en Jesús: “verdadero Dios y verdadero hombre”.

Les invito a acompañarme en una oración, ofreciéndole al Señor, igual que hicieron los Magos hace dos mil años, nuestro oro, nuestro incienso y nuestra mirra,

Mi buen Jesús… hoy, día que celebramos tu Epifanía (manifestación) a todos los hombres… y día en que te visitaron los «magos de Oriente» para llevarte sus dones… yo también me acerco a Ti para entregarte lo poco que tengo…

En este día, te entrego el «oro» de lo poco que poseo, con la conciencia de que lo tengo porque Tú me lo has dado… te entrego mis pensamientos y mis acciones… mi trabajo, mi esfuerzo y mi cansancio… en fin, te entrego mi vida entera para que Tú la dirijas como y hacia donde Tú quieras hacerlo… que tu Voluntad sea la estrella que me guíe, así como aquella brillante estrella guió los Magos hasta tu encuentro…

Te entrego el «incienso» de mis oraciones… las dichas con fervor… y aquellas que por la prisa, en ocasiones he repetido sin poner todo mi corazón en ellas… las dichas ante el Sagrario y las dichas en el automóvil, mientras conduzco… te entrego mis horas ante Ti en el Santísimo… y las Eucaristías a las que he asistido a encontrarme Contigo… te entrego cada Rosario… cada Novena… y cada oración que te he ofrecido… para que Tú, mi Señor, las multipliques y las hagas dar fruto…

Te entrego, también, la «mirra» de mis dificultades y problemas… de mis angustias y pesares… te entrego mis momentos de tristeza, cuando buscaba con urgencia tu Paz… te ofrezco mis miserias… mis momentos de dudas… mis miedos y temores… te entrego las tormentas que he encontrado y de las que Tú me has permitido salir… te entrego cada cruz… cada sufrimiento… cada tribulación… para que Tú, Dios mío, las guardes en tu Corazón…

Por último, cómo no entregarte también el gozo de encontrarte… la alegría de saber que Tú me amas y deseas lo mejor para mí… y el asombro de reconocer que todo lo que hiciste, lo hiciste por mí, para mi salvación… en este día, te pido que me concedas la gracia de siempre reconocer tu acción en mi vida… que cada gesto, cada palabra, cada sentimiento me hablen de Ti… y que no deje nunca de perseguir tu estrella… con la seguridad de que al final del camino, podré postrarme a tus pies y adorarte con toda mi alma y todo mi corazón… Amén…!¡Feliz Epifanía…
y feliz día de los Reyes Magos…!!!

‘De la mano de María contemplamos a Cristo’

Nos acercamos una vez más a la celebración de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, hecho que modificó definitivamente la historia.

El Antiguo Testamento nos consigna la historia de la salvación del pueblo elegido por Dios, por el cual a través de hombres especialmente llamados, una Alianza de amor a la humanidad.

Estos mensajes de salvación que se fueron hilvanando en este pueblo que desarrolló un gran sentido de realización, de historia y tradición.

Así se configura el Antiguo Testamento, conservando el signo, y confiando en su realización con la presencia futura del Mesías.

I.-2º Sam 7, 1-5. 8-12. 14.16

Nos encontramos en este párrafo bíblico con la primera profecía en que se anuncia que el Mesías será descendiente del Rey David.

Es el tiempo del establecimiento de la monarquía en el que la elección del Rey depende de Dios quien a través de su profeta Samuel, designa al rey Saúl.

No obstante la predilección divina de este Rey camina en la infidelidad y por sus errores es rechazado por el Señor.

En estos dos libros sobresale la figura de David, que designado por Dios a través de su profeta, es corroborado por todas las tribus de Israel.

Se resalta su inteligencia, valentía, estrategia militar y calidad política, y como hombre de Dios que todo lo consultaba con Él.

David ya como rey ha sometido a todos sus enemigos, conquistando la ciudad de Jerusalén, que será conocida como “La ciudad de David”, ahí ha construido su palacio, y le preocupa el lugar que ocupa el Arca de la Alianza, que estaba en una tienda de la “Reunión”, lugar movible.

El Rey desea ofrecer un lugar digno, hermoso y estable, es así como se piensa en el templo de Jerusalén.

El Profeta lo alienta a seguir los impulsos de su corazón pero también le revela que la edificación tocará a su hijo Salomón.

Lo que es importante es el final:

“Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente”.

Dios promete que sólo sus descendientes ocuparán el trono, y así sucedió hasta el año 587 a. de C. al comenzar la cautividad de Babilonia.

Israel vive muchas vicisitudes pero todas con la esperanza de ese Mesías-Rey que vendrá, y cuyo reino no tendrá fin. Así lo expresa muy bien el Salmo responsorial (Sal 88):

“Mi amor es para siempre y mi lealtad, más firme que los cielos”

II.- Rm  16, 25-27

Leemos hoy la conclusión de la carta a los Romanos; el género literario es una “doxología”, una oración para ser cantada, con objeto de alabar y dar gracias a Dios.

San Pablo agradece al Padre de nuestro Señor Jesucristo y señala que a su generación de su tiempo le ha sido develado el misterio, escondido por los siglos, y es que el Mesías prometido es Jesús de Nazareth, Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre y entró a formar parte de nuestra historia.

Esto es un privilegio del cual Pablo es depositario y nos lo testifica y transmite.

Nos invita el apóstol a no encerrarnos en “nuestra Iglesia”, sino a abrirnos a “todas las naciones” en la obediencia de la fe. La Buena nueva debe llegar a todas las personas de buena voluntad, y se realizará plenamente: “Cuando Cristo consigne a Dios Padre el Reino… cuando hayan sido sometidas todas las cosas… para que Dios sea todo en todos” (1Cor 15, 24-28).

III,-Lc 1,26-38

Sólo san Mateo y san Lucas nos hablan de la infancia de Jesús.

Podemos concluir con los datos que nos comunican estos dos Evangelistas, que los obtuvieron de comentarios de la misma Virgen María. Estos hechos eran conocidos en la comunidad cristiana de Jerusalén, y que puede pensarse que mucho de lo que nos transmite san Lucas se origina en la predicación de san Pablo, ya que el Evangelista no fue ni discípulo, ni apóstol de Jesús.

Cada palabra del texto de hoy es de muy valioso significado con una localización cronológica “a los seis meses”, el Ángel Gabriel que es mensajero divino, viene a Nazareth,  nunca mencionado en el Antiguo Testamento, “a una Virgen” joven doncella “desposada”, comprometida con José pero sin tener co-habitación con él; “cuyo nombre era María”, que se dice significa según sus raíces hebreas: “La amada de Dios”.

El Ángel la saluda “¡Alégrate!”, pero más que un saludo es el preámbulo de una gozosa nueva; “llena de gracia” que algunos traducen como “Bienamada”; “El Señor está contigo” expresión frecuente en el Antiguo Testamento, unida a una vocación-misión, por llamamiento que hace directamente el Señor.

“Y se preguntaba qué quería decir…”, es una sorpresa que se vuelve reflexión sobre  lo que Dios espera de Ella la explicación que le da el Ángel es un eco de la profecía de Isaías (7.14): La Virgen concebirá, y dará a luz un hijo…” “Será grande… Dios le dará el trono de David su padre”, realización de la profecía hecha al Rey David.

María prometida pero sin convivir aún con José, era Virgen, el ángel le anuncia que va a ser madre y ella le objeta, obteniendo así la respuesta:

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti”. En el Antiguo Testamento al Espíritu se atribuye la acción creadora y vivificante de Dios, de hecho vemos en Isaías.

“Saldrá un vástago del tronco de Jesé y un retoño de sus raíces brotará. Se posará sobre él el Espíritu Yaveh”.

“El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, es una expresión bíblica para designar la presencia eficaz del Señor con su pueblo.

“El Santo que va a nacer de ti”, designa la pertenencia exclusiva de Dios”, designa aquí como en todo el Antiguo Testamento al Mesías.

En la teofanía del bautismo de Jesús oímos:

“Este es mi Hijo muy amado” (Lc 3.22).

“Yo soy la sierva del Señor cúmplase en mí lo que has dicho” la respuesta de María es un acto de fe y amor, una profunda aceptación de no querer, no buscar y no hacer otra cosa que la voluntad de Dios.
He aquí en esta aceptación, el gran misterio de la Encarnación. Hay un estupendo comentario de San Bernardo al respecto:

“Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel… Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. Abre, Virgen Santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador… Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento… ¡He aquí la sierva del Señor!” (Homilía 4, 8-9).

La grande liturgia mariana de este domingo IV, se transforma en un canto a Cristo. La Virgen María no sólo se nos presenta como el camino de una existencia pura, totalmente consagrada a Dios, sino que nos muestra la meta final decisiva, la del encuentro con su Hijo, verdadero Dios, pero también nuestro hermano.

Conclusiones

1. La presencia de Dios en la historia: que une, los aparentes extremos que han entrado en fusión: Dios y el hombre.

2. La valoración de lo femenino: “Nacido de mujer” (Gal 4, 4).

3. La aceptación de nuestro cuerpo, con gratitud y el deber de cuidarlo adecuadamente. “Ofrezcan sus cuerpos como víctima, viva, santa y agradable a Dios” (Rm 12, 1).

4. María, Madre de Cristo en Nazareth, Madre del Cuerpo Místico de Cristo al pie de la Cruz. 

“A aquellos que en la Iglesia participan en la fecundidad de María, les dará también una participación en su maternidad” (Metodio, Convito III,8).

5. María es modelo perfecto de cómo ir al encuentro de Jesús, y de apertura y disponibilidad a la invitación del Señor.

6. Bien nos recomienda San Epifanio: “No busques a Cristo en el rostro de una sola persona, sino en cada persona, busca el Rostro de Cristo”.

Queridos fieles:

Que nuestro corazón y atención se mantengan solícitos, de manera que esta Navidad tenga un significado especial por nuestro amor a los más pobres y necesitados, a los enfermos, encarcelados o tristes.

Navidad es invitación a descubrir de nuevo:

Nuestro cuerpo, nuestra humanidad, nuestra historia y nuestra personalidad, delante del maravilloso misterio de María en su fecundidad.

¡Dichosa me llamarán todas la generaciones! Amén.

080109

El Adviento: Tiempo de Espera

De la espera a la esperanza 
Atentos y vigilantes en Adviento
La persona que presta atención, es la que, en el ruido del mundo, no se deja abatir por la distracción o la superficialidad, sino que vive de manera plena y consciente, con una preocupación dirigida sobre todo a otros.
Con esta actitud tomamos conciencia de las lágrimas y las necesidades de los demás…
La persona atenta trata de contrarrestar la indiferencia y la crueldad en el mundo y se regocija en los tesoros de belleza que también existen en él.
La persona vigilante es la que acoge la invitación a observar y no se siente abrumada por el cansancio del desánimo, la falta de esperanza o la desilusión.
Estar alerta y vigilante, son las condiciones previas que nos ayudan a dejar de vagar por los caminos del Señor, perdidos en nuestros pecados y en nuestras infidelidades.
Estas son las condiciones que le permiten a Dios irrumpir en nuestra existencia, para restaurar el significado y el valor lleno de bondad y ternura”.
 “El Adviento es un tiempo para reconocer los vacíos que hay en nuestras vidas, suavizar la aspereza del orgullo y hacer un lugar en nuestro corazón a Jesús que viene”
Haciendo alusión a las profesías de Isaías, “Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane”, el Pontífice explicó que los valles que se levantarán representan todos los vacíos de nuestro comportamiento ante Dios, como puede ser el hecho de no orar, la falta de caridad;  así como todos nuestros pecados de omisión. Mientras que los montes que “debemos allanar”, son el orgullo, la soberbia, y la prepotencia.
“Debemos adoptar una actitud de mansedumbre y humildad para poder preparar la venida de nuestro Salvador, que es manso y humilde de corazón (Mt 11,29)”, afirmó el Sucesor de Pedro, indicando que todas estas acciones deben llevarse a cabo con alegría, ya que están encaminadas a la llegada de Jesús.
“El Adviento, es por tanto, un tiempo propicio para orar más intensamente, para reservar a la vida espiritual el lugar importante, y para estar más atentos a las necesidades del prójimo, como lo estuvo Juan el Bautista”, dijo Francisco recordando que si actuamos de esta manera, “podemos abrir caminos de esperanza en el desierto del corazón árido de tantas personas”.
Les deseo un hermoso tiempo de adviento y la alegría que el Señor nos da al reencontrarnos con Él.
De la espera a la esperanza 
      Comienza el Adviento. Es tiempo de preparación para la Navidad, cuando celebraremos el nacimiento de Jesús. A todos nos sale en ese tiempo a flote el corazón de niño, a veces demasiado hundido entre las muchas preocupaciones, problemas y trabajos. Pero las cuatro semanas de Adviento son algo más que un tiempo de preparación para esa celebración. La espera del aniversario del nacimiento de Jesús, nos sitúa en la misma tensión en que vivió el mundo y la creación entera ante el nacimiento del Mesías. Hace dos mil años es como si un escalofrío hubiese recorrido el mundo. El Salvador estaba a punto de llegar. Nos gustaría que la salvación prometida en Jesús se hubiese manifestado ya del todo. Y ésta es precisamente la tensión en que vamos a vivir estas cuatro semanas. La espera de la celebración del nacimiento se nos mezcla con la esperanza de que el Señor Jesús venga definitivamente a nuestros corazones y a nuestro mundo. 
Las lecturas que la liturgia nos propone estos domingos, sobre todo los dos primeros, se dirigen a alentar esa esperanza. Porque sabemos que vivimos en el ya sí de la fe pero en el todavía no de su manifestación plena. Porque sabemos que creemos pero que no somos capaces de llevar a la práctica de una forma total esa fe que tenemos. Porque creemos que Jesús, al resucitar, nos ha liberado de la muerte, pero nosotros todavía tenemos que pasar por ese trago amargo. Y hay demasiado dolor y sufrimiento en este mundo. Por todo ello deseamos vivamente que se cumpla la palabra de Jesús, que su reino llegue a nosotros. De nuestro corazón sale continuamente un “¡Ven, Señor Jesús!”. Eso es vivir en la esperanza.
      La primera lectura de este domingo y el Evangelio nos ponen en esa tesitura. Viene el Señor y con él trae la justicia y el derecho. La paz será una realidad para todos (primera lectura). En el Evangelio resuena todavía el eco de los anuncios apocalípticos que escuchábamos hace pocos domingos, pero hay un mensaje nuevo que cierra el ciclo y da sentido a todo lo que se ha dicho en esos mensajes: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. De esa forma la esperanza supera al temor. 
      Pero hay que ir a la segunda lectura para encontrar la clave que nos diga como se debe vivir este tiempo de esperanza. Nos pide Pablo que rebosemos de amor mutuo. Ésa será la forma como, cuando llegue Jesús, nos encontrará santos e irreprochables. Una vez más es el amor la característica que ha de llenar la vida del cristiano. Su esperanza se ha de manifestar en una especial capacidad de amar a los que viven cerca de él. Porque el que espera a un Dios que es amor y reconciliación vive ya bajo la ley del amor y de la reconciliación. Si no es así, es que su esperanza no es auténtica.
Un tiempo diferente.
Una de las primeras preocupaciones que debemos tener al empezar el tiempo del Adviento, es lograr una clara conciencia que empieza un tiempo distinto a las semanas que lo han precedido. Por tanto subrayar el cambio de tonalidad de estos días dará vitalidad a las celebraciones, ayudará a redescubrir matices importantes y quizá un tanto olvidados de la vida cristiana e incluso podrá servir para alejar la rutina de unas celebraciones siempre idénticas, o por lo menos, muy parecidas. Para despertar la novedad del Adviento será muy importante:
 
Cuidar los detalles externos (ambientación del lugar, cantos, etc.).
Recalcar los diferentes enfoques de las lecturas (en estos días prácticamente no hay lectura continua).
Y subrayar los contenidos de los textos eucológicos (oraciones presidenciales, prefacios).
Sentido del Adviento.
El Adviento es fundamentalmente el tiempo de la venida del Señor. Eso significa la palabra latina “adventus”: venida, advenimiento. Una palabra que se aplicaba especialmente a la llegada de algún personaje importante, y que ahora nosotros dedicamos al Señor Jesús, el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre; principio y fin de la historia.
El Santo Padre Benedicto XVI explica muy bien el sentido cristiano y la exigencia espiritual de la palabra “adventus” al decirnos: “la palabra latina «adventus» se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esa respuesta a la Virgen María, a quien el próximo 8 de diciembre contemplaremos en el misterio de la Inmaculada Concepción”.
El tiempo litúrgico del Adviento es pues el tiempo de la espera de la acción divina, la espera del gesto de Dios que viene hacia nosotros y que reclama nuestra acogida de fe y amor. Es con el Antiguo Testamento, San Juan el Bautista, San José, y Santa María, la preparación de la venida del Señor Jesús.
Nuestra espera en el Adviento, no es la espera de los hombres y mujeres de la Antigua Alianza que no habían recibido aún al Salvador. Nosotros ya hemos conocido su venida hace dos mil años en Belén. Pero la venida histórica del Señor Jesús en la humildad de nuestra carne, deja en nosotros el anhelo de una venida más plena. Por eso decimos que el Adviento celebra una triple venida del Señor:
En primer lugar, la histórica, cuando asumió nuestra carne y nació de Santa María siempre Virgen.
En segundo lugar, la que se realiza en nuestra existencia personal, iniciada por el Bautismo y continuada en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde está real y sustancialmente presente. También el Señor viene a nosotros en los sucesos de cada día, en los acontecimientos de la historia y manifiesta así que la vida cristiana es permanente Adviento o venida suya a nuestras vidas, lo que exige nuestra acogida de fe y nuestra cooperación activa desde nuestra libertad.
Y en tercer lugar, la venida definitiva o escatológica, al final de los tiempos, cuando el Señor Jesús instaure definitivamente el Reino de Dios.
Todo esto lo celebramos en el Adviento gradualmente: los primeros días la atención se dirige hacia la venida definitiva al final de los tiempos, con la llamada a la vigilancia para estar bien dispuestos. Luego, nos centramos más en la venida cotidiana, que vemos marcada por los anuncios del precursor, San Juan el Bautista, y su invitación a preparar los caminos del Señor. Finalmente, a partir del día 17 de Diciembre, nuestra mirada se dirige de lleno a preparar la solemnidad de la Navidad, a conmemorar el nacimiento del Señor Jesús en Belén, su primera venida, acompañados de la presencia maternal y amorosa de Santa María y de su castísimo esposo, San José. Y todo ello acompañados a lo largo de todo el Adviento por los oráculos de Isaías y de los demás profetas, que nos hacen vivir en actitud de gozosa espera.
No hay que olvidar que “el cristianismo es la religión que ha entrado en la historia…Contemplado en su misterio divino y humano, Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última. En efecto, es por medio de Él, Verbo e imagen del Padre, que “todo se hizo” (Jn 1,3; ver Col 1,15). Su encarnación, culminada en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo, la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (ver Mc 1,15), más aún, ha puesto sus raíces, como una semilla destinada a convertirse en un gran árbol (ver Mc 4,30-32), en nuestra historia”.
Por ello el Adviento no es sólo la espera de un acontecimiento, es sobre todo la espera de una persona. Así, el acontecimiento esperado es esa intervención de Dios en la historia que coincide con la venida del Hijo de Dios, de Cristo: «Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, pronto vendré”. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20). Parece que “Maranatha” («Ven, Señor») fue una de las oraciones más frecuentes de los primeros cristianos, lo que muestra que su actitud fundamental era una actitud de espera de la vuelta definitiva de Cristo. Pero no con la actitud de evadirse del tiempo para encontrar la eternidad, sino la de esperar la venida de la eternidad en el tiempo, asumiendo el movimiento mismo de la historia, esperando su acabamiento, con la venida definitiva del Señor. Por ello la oración cristiana no es evasión sino compromiso con la finalidad última del mundo.
“Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado “Tierra nueva y cielo nuevo”. En él se lee: “La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Cor 5, 2; 2 P 3, 13). (…) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra”. En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María Santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor”
 
El Adviento: tiempo de austeridad.
Para que se haga sensible el triple sentido del Adviento, (sentido escatológico, de venida continua y de preparación a la Navidad), durante el Adviento la liturgia suprime algunos signos festivos, entre ellos el canto del Gloria.
Es una manera de expresar, que sólo cuando el Señor Jesús esté con nosotros al final de los tiempos e instaure definitivamente su Reino, la Iglesia podrá hacer su fiesta con todo esplendor. El tiempo del Adviento es por tanto un tiempo marcado por la austeridad, lo cual es muy distinto al carácter penitencial de la Cuaresma. Por eso aunque en el Adviento se emplean vestiduras moradas, se omite el canto del Gloria, y la ambientación es sobria, con todo se conservan algunos signos festivos, como por ejemplo el canto del Aleluya. Es oportuno indicar que el color morado que debemos usar en los ornamentos litúrgicos de este tiempo no debe ser el morado de la Cuaresma, sino un morado más claro que simbolice austeridad pero también expectación esperanzada y alegre, porque el Señor es fiel a sus promesas y no tarda en llegar.
Para una correcta celebración del Adviento habrá que observar bien las disposiciones litúrgicas propias de este tiempo y explicarlas al pueblo fiel en su verdadero sentido.
La Virgen María en el Adviento
“Durante el tiempo de Adviento, la Liturgia celebra con frecuencia y de modo ejemplar a la Virgen María: recuerda algunas mujeres de la Antigua Alianza, que eran figura y profecía de su misión; exalta la actitud de fe y de humildad con que María de Nazaret se adhirió, total e inmediatamente, al proyecto salvífico de Dios; subraya su presencia en los acontecimientos de gracia que precedieron el nacimiento del Salvador.
“También la piedad popular dedica, en el tiempo de Adviento, una atención particular a Santa María; lo atestiguan de manera inequívoca diversos ejercicios de piedad, y sobre todo las novenas de la Inmaculada y de la Navidad.
“Sin embargo, la valoración del Adviento como tiempo particularmente apto para el culto de la Madre del Señor no quiere decir que este tiempo se deba presentar como un mes de María.
“La solemnidad de la Inmaculada (8 de Diciembre), profundamente sentida por los fieles, da lugar a muchas manifestaciones de piedad popular, cuya expresión principal es la novena de la Inmaculada. No hay duda de que el contenido de la fiesta de la Concepción purísima y sin mancha de María, en cuanto preparación fontal al nacimiento de Jesús, se armoniza bien con algunos temas principales del Adviento: nos remite a la larga espera mesiánica y recuerda profecías y símbolos del Antiguo Testamento, empleados también en la Liturgia del Adviento.
 
“Donde se celebre la Novena de la Inmaculada se deberían destacar los textos proféticos que partiendo del vaticinio de Génesis 3,15 desembocan en el saludo de Gabriel a la «llena de gracia» (Lc 1,28) y en el anuncio del nacimiento del Salvador (cfr. Lc 1,31-33).
“Acompañada por múltiples manifestaciones populares, en el Continente Americano se celebra, al acercarse la Navidad, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (12 de Diciembre), que acrecienta en buena medida la disposición para recibir al Salvador: María «unida íntimamente al nacimiento de la Iglesia en América, fue la Estrella radiante que iluminó el anunció de Cristo Salvador a los hijos de estos pueblos»”.
La exhortación Marialis Cultus, del Papa Paulo VI, también sugirió la conveniencia de subrayar el tiempo de Adviento como tiempo mariano:
“Durante el tiempo de Adviento, recordamos frecuentemente en la liturgia a la Santísima Virgen.
“Aparte de la solemnidad del día 8 de Diciembre –en que se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación radical a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia, hermosa, sin mancha ni arruga, la tenemos presente sobre todo en los días feriales desde el 17 al 24 de Diciembre, y singularmente el domingo anterior a la Navidad, en que se leen las antiguas voces proféticas sobre la Virgen María y el Mesías, así como los relatos evangélicos referentes al nacimiento inminente de Cristo y del precursor.
“De este modo, los fieles, que trasladan de la liturgia a la vida el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sienten animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y jubilosos en la alabanza, para salir al encuentro del Salvador que viene.  
“Queremos, además, señalar cómo la liturgia del Adviento, uniendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz equilibrio a la hora de expresar el culto. Equilibrio que puede ser tomado como norma para impedir todo aquello que tiende a separar, como sucede en algunas formas de piedad popular, el culto a la Virgen de su necesario centro de referencia, Cristo.
“Resulta así que este período, como han observado los especialistas en liturgia, puede ser considerado como un tiempo particularmente apto para rendir culto a la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes”.
Por todo ello, durante el Adviento es oportuno colocar en un lugar destacado de la iglesia una bonita imagen de Santa María, que de ser posible presente su aspecto maternal y sobre todo impulsar el culto mariano. Para ello puede ayudarnos la colección de Misas de la Bienaventurada Virgen María cuyos formularios de Adviento pueden ser usados el día sábado.
El Rezo del Santo Rosario.
Será bueno impulsar su rezo durante el tiempo del Adviento, y sobre todo intensificarlo en la semana que va del 17 al 24 de Diciembre (Ferias Privilegiadas o Mayores). Entre las razones para ello podemos mencionar las siguientes:
El Rosario nos ayudará a penetrar en los misterios que la liturgia celebra durante el Adviento. El Rosario, “no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.”9No olvidemos que a pesar de la centralidad que tiene la liturgia en la vida cristiana, la vida espiritual no se agota sólo con la participación en ella.
El Adviento es tiempo propicio para contemplar la obra de la reconciliación realizada por el Señor Jesús: “El motivo más importante para volver a proponer la práctica del Rosario es que constituye un medio eficaz para favorecer entre los fieles el compromiso de contemplación del rostro de Cristo…La santísima Virgen María es modelo insuperable de contemplación cristiana. Desde la concepción hasta la resurrección y la ascensión de Jesús al cielo, la Madre mantuvo fija en el Hijo divino la mirada de su corazón inmaculado: mirada asombrada, mirada penetrante, mirada dolorida, mirada radiante. Cada cristiano y la comunidad eclesial hacen suya esta mirada mariana, llena de fe y de amor, cuando rezan el Rosario”.10De misterio en misterio somos guiados de la mano de Santa María a comprender a Cristo así como a desear y pedir su venida definitiva al final de los tiempos. Por ello si bien el Rosario es una oración mariana es sobre todo una oración cristológica.
Si el Adviento es un tiempo mariano, una de las mejores maneras de celebrar a Santa María a lo largo de él será a través del rezo del Rosario. Rezándolo, le daremos las gracias por el “Sí” generoso e incondicional que en nombre de toda la creación, dio a la iniciativa reconciliadora de Dios. No olvidemos que el elemento más extenso del Rosario es el “Ave María” que nos recuerda el misterio de la Encarnación. Misterio que hizo posible todos los demás misterios de la vida del Señor. Abriendo de par en par su corazón, María, hizo posible, gracias a su gran fe, al “Dios con nosotros”, iniciando así el camino del cumplimiento de las promesas del Señor, las que llegarán a su plenitud en la parusía. De otro lado la fe de María, su obediencia transida de amor, y su cooperación activa con los planes de Dios desde su libertad poseída, son todo un modelo para nosotros de lo que debe ser nuestra respuesta a los planes de Dios en nuestra vida.
Dado que el Adviento prepara a la Navidad, fiesta de la familia cristiana y fiesta de Aquel que es nuestra paz (ver Ef 2,14), este tiempo, junto con el tiempo de Navidad, se presentan como propicios para intensificar su rezo en familia y por la intención de la paz, así como para desarrollar campañas para entregar el instrumento del Rosario a quien no tiene uno y enseñar a rezarlo a quien no lo conoce.

Chile celebra el Mes de María

La celebración, que comienza desde el 8 de noviembre hasta el 8 de diciembre, resalta a María como Madre de Jesús y Madre nuestra, destacando su servicio y sencillez.

A diferencia de la mayoría de los países de América que celebra el Mes de María en mayo, con motivo del inicio de la Primavera, Chile lo celebra en noviembre. Sin embargo, esta festividad no llegaba a Chile por coincidir con la estación otoñal, razón por la cual fue replicada en los meses de noviembre y diciembre para evitar el frio estacional. Es por ello que Monseñor Joaquín Larraín Gandarillas en 1854, propusó comenzar tal celebración desde el 8 de noviembre finalizando el 8 de diciembre con la festividad de la Inmaculada Concepción. Desde ese momento y como todos los años, son distintas las expresiones de fe que van dirigidas a la Virgen María.

El pueblo chileno le ofrece a la Virgen María, diferentes demostraciones de fe que van desde altares llenos de flores, rezos en parroquias, comunidades, colegios, grupos familiares y dos oraciones propias que están presentes al inicio y al final del mes.

ORACIÓN INICIAL DEL MES DE MARÍA

¡Oh, María!, durante el bello mes que te está consagrado, todo resuena con tu Nombre y alabanza. Tu Santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos te han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presides nuestras fiestas y escuchas nuestras oraciones y votos.
Para honrarte, hemos esparcido frescas flores a tus pies y adornado tu frente con guirnaldas y coronas. Mas, ¡oh, María!, no te das por satisfecha con estos homenajes; hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Éstas son las que Tú esperas de tus hijos, porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos y la más bella corona que pueden poner a sus pies es la de sus virtudes.
Sí, los lirios que Tú nos pides son la inocencia de nuestros corazones. Nos esforzaremos pues, durante el curso de este mes consagrado a tu gloria, ¡oh, Virgen Santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha, y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas, aun la sombra misma del mal.
La rosa, cuyo brillo agrada a tus ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos. Nos amaremos pues los unos a los otros como hijos de una misma familia cuya madre eres, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal.
En este mes bendito, procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que te es tan querida y con tu auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y esperanzados.
¡Oh, María!, haz producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes, que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia, para poder ser algún día dignos hijos de la más Santa y de la mejor de las madres.
Amén.

ORACIÓN FINAL DEL MES DE MARÍA

Oh María, Madre de Jesús, nuestro Salvador y nuestra buena Madre. Nosotros venimos a ofrecerte con estos obsequios que colocamos a tus pies, nuestros corazones, deseosos de agradarte y a solicitar de tu bondad un nuevo ardor en tu santo servicio.
Dígnate presentarnos a tu Divino Hijo, que en vista de sus méritos y a nombre de su Santa Madre, dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud. Que haga lucir con nuevo esplendor la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia Él y cambie tantos corazones rebeldes cuya penitencia regocijará su corazón y el tuyo. Que convierta a los enemigos de su Iglesia y que en fin encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad. Que nos colme de alegría, en medio de las tribulaciones de esta vida, y de esperanza para el porvenir.
Amén.

Este mes podemos darle un lugar especial a la Virgen María, procurando seguir el ejemplo de humildad y servicio que ella nos brindó al aceptar ser la madre de Dios y Madre nuestra.

Asunción de Maria

María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos. Hay alegría entre los ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece querer saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima.

Cristo, su Hijo santísimo, nuestro hermano, nos la dio por Madre en el Calvario, cuando dijo a San Juan: he aquí a tu Madre. Y nosotros la recibimos, con el discípulo amado, en aquel momento de inmenso desconsuelo. Santa María nos acogió en el dolor, cuando se cumplió la antigua profecía: y una espada traspasará tu alma. Todos somos sus hijos; ella es Madre de la humanidad entera. Y ahora, la humanidad conmemora su inefable Asunción: María sube a los cielos, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo. Más que Ella, sólo Dios.

Misterio de amor

Misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más —si es posible hablar así— que en otras verdades de fe.

¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer.

Mirad cómo los cristianos han descubierto, desde hace tiempo, ese razonamiento: convenía —escribe San Juan Damasceno— que aquella que en el parto había conservado íntegra su virginidad, conservase sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Convenía que aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitara en la morada divina. Convenía que la Esposa de Dios entrara en la casa celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la Cruz, recibiendo así en su corazón el dolor de que había estado libre en el parto, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo que corresponde a su Hijo, y que fuera honrada como Madre y Esclava de Dios por todas las criaturas.

Los teólogos han formulado con frecuencia un argumento semejante, destinado a comprender de algún modo el sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María, y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo. Es la explicación más clara de por qué el Señor concedió a su Madre, desde el primer instante de su inmaculada concepción, todos los privilegios. Estuvo libre del poder de Satanás; es hermosa —tota pulchra!—, limpia, pura en alma y cuerpo.

El misterio del sacrificio silencioso

Pero, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario.

Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez. Así vivió María. La llena de gracia, la que es objeto de las complacencias de Dios, la que está por encima de los ángeles y de los santos llevó una existencia normal. María es una criatura como nosotros, con un corazón como el nuestro, capaz de gozos y de alegrías, de sufrimientos y de lágrimas. Antes de que Gabriel le comunique el querer de Dios, Nuestra Señora ignora que había sido escogida desde toda la eternidad para ser Madre del Mesías. Se considera a sí misma llena de bajeza: por eso reconoce luego, con profunda humildad, que en Ella ha hecho cosas grandes el que es Todopoderoso.

La pureza, la humildad y la generosidad de María contrastan con nuestra miseria, con nuestro egoísmo. Es razonable que, después de advertir esto, nos sintamos movidos a imitarla; somos criaturas de Dios, como Ella, y basta que nos esforcemos por ser fieles, para que también en nosotros el Señor obre cosas grandes. No será obstáculo nuestra poquedad: porque Dios escoge lo que vale poco, para que así brille mejor la potencia de su amor.

Imitar a María

Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. A lo largo del año, cuando celebramos las fiestas marianas, y en bastantes momentos de cada jornada corriente, los cristianos pensamos muchas veces en la Virgen. Si aprovechamos esos instantes, imaginando cómo se conduciría Nuestra Madre en las tareas que nosotros hemos de realizar, poco a poco iremos aprendiendo: y acabaremos pareciéndonos a Ella, como los hijos se parecen a su madre.

Imitar, en primer lugar, su amor. La caridad no se queda en sentimientos: ha de estar en las palabras, pero sobre todo en las obras. La Virgen no sólo dijo fiat, sino que cumplió en todo momento esa decisión firme e irrevocable. Así nosotros: cuando nos aguijonee el amor de Dios y conozcamos lo que El quiere, debemos comprometernos a ser fieles, leales, y a serlo efectivamente. Porque no todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre celestial.

Hemos de imitar su natural y sobrenatural elegancia. Ella es una criatura privilegiada de la historia de la salvación: en María, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Fue testigo delicado, que pasa oculto; no le gustó recibir alabanzas, porque no ambicionó su propia gloria. María asiste a los misterios de la infancia de su Hijo, misterios, si cabe hablar así, normales: a la hora de los grandes milagros y de las aclamaciones de las masas, desaparece. En Jerusalén, cuando Cristo —cabalgando un borriquito— es vitoreado como Rey, no está María. Pero reaparece junto a la Cruz, cuando todos huyen. Este modo de comportarse tiene el sabor, no buscado, de la grandeza, de la profundidad, de la santidad de su alma.

Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios.

La escuela de la oración

El Señor os habrá concedido descubrir tantos otros rasgos de la correspondencia fiel de la Santísima Virgen, que por sí solos se presentan invitándonos a tomarlos como modelo: su pureza, su humildad, su reciedumbre, su generosidad, su fidelidad… Yo quisiera hablar de uno que los envuelve todos, porque es el clima del progreso espiritual: la vida de oración.

Para aprovechar la gracia que Nuestra Madre nos trae en el día de hoy, y para secundar en cualquier momento las inspiraciones del Espíritu Santo, pastor de nuestras almas, debemos estar comprometidos seriamente en una actividad de trato con Dios. No podemos escondernos en el anonimato; la vida interior, si no es un encuentro personal con Dios, no existirá. La superficialidad no es cristiana. Admitir la rutina, en nuestra conducta ascética, equivale a firmar la partida de defunción del alma contemplativa. Dios nos busca uno a uno; y hemos de responderle uno a uno: aquí estoy, Señor, porque me has llamado.

Oración, lo sabemos todos, es hablar con Dios; pero quizá alguno pregunte: hablar, ¿de qué? ¿De qué va a ser, sino de las cosas de Dios y de las que llenan nuestra jornada? Del nacimiento de Jesús, de su caminar en este mundo, de su ocultamiento y de su predicación, de sus milagros, de su Pasión Redentora y de su Cruz y de su Resurrección. Y en la presencia del Dios Trino y Uno, poniendo por Medianera a Santa María y por abogado a San José Nuestro Padre y Señor —a quien tanto amo y venero—, hablaremos del trabajo nuestro de todos los días, de la familia, de las relaciones de amistad, de los grandes proyectos y de las pequeñas mezquindades.

El tema de mi oración es el tema de mi vida. Yo hago así. Y a la vista de esta situación mía, surge natural el propósito, determinado y firme, de cambiar, de mejorar, de ser más dócil al amor de Dios. Un propósito sincero, concreto. Y no puede faltar la petición urgente, pero confiada, de que el Espíritu Santo no nos abandone, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza.

Somos cristianos corrientes; trabajamos en profesiones muy diversas; nuestra actividad entera transcurre por los carriles ordinarios; todo se desarrolla con un ritmo previsible. Los días parecen iguales, incluso monótonos… Pues, bien: ese plan, aparentemente tan común, tiene un valor divino; es algo que interesa a Dios, porque Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer, animar desde dentro hasta las acciones más humildes.

Este pensamiento es una realidad sobrenatural, neta, inequívoca; no es una consideración para consuelo, que conforte a los que no lograremos inscribir nuestros nombres en el libro de oro de la historia. A Cristo le interesa ese trabajo que debemos realizar —una y mil veces— en la oficina, en la fábrica, en el taller, en la escuela, en el campo, en el ejercicio de la profesión manual o intelectual: le interesa también el escondido sacrificio que supone el no derramar, en los demás, la hiel del propio mal humor.

Repasad en la oración esos argumentos, tomad ocasión precisamente de ahí para decirle a Jesús que lo adoráis, y estaréis siendo contemplativos en medio del mundo, en el ruido de la calle: en todas partes. Esa es la primera lección, en la escuela del trato con Jesucristo. De esa escuela, María es la mejor maestra, porque la Virgen mantuvo siempre esa actitud de fe, de visión sobrenatural, ante todo lo que sucedía a su alrededor: guardaba todas esas cosas en su corazón ponderándolas.

Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia.

Maestra de apóstoles

Pero no penséis sólo en vosotros mismos: agrandad el corazón hasta abarcar la humanidad entera. Pensad, antes que nada, en quienes os rodean —parientes, amigos, colegas— y ved cómo podéis llevarlos a sentir más hondamente la amistad con Nuestro Señor. Si se trata de personas rectas y honradas, capaces de estar habitualmente más cerca de Dios, encomendadlas concretamente a Nuestra Señora. Y pedid también por tantas almas que no conocéis, porque todos los hombres estamos embarcados en la misma barca.

Sed leales, generosos. Formamos parte de un solo cuerpo, del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia santa, a la que están llamados muchos que buscan limpiamente la verdad. Por eso tenemos obligación estricta de manifestar a los demás la calidad, la hondura del amor de Cristo. El cristiano no puede ser egoísta; si lo fuera, traicionaría su propia vocación. No es de Cristo la actitud de quienes se contentan con guardar su alma en paz —falsa paz es ésa—, despreocupándose del bien de los otros. Si hemos aceptado la auténtica significación de la vida humana —y se nos ha revelado por la fe—, no cabe que continuemos tranquilos, persuadidos de que nos portamos personalmente bien, si no hacemos de forma práctica y concreta que los demás se acerquen a Dios.

Hay un obstáculo real para el apostolado: el falso respeto, el temor a tocar temas espirituales, porque se sospecha que una conversación así no caerá bien en determinados ambientes, porque existe el riesgo de herir susceptibilidades. ¡Cuántas veces ese razonamiento es la máscara del egoísmo! No se trata de herir a nadie, sino de todo lo contrario: de servir. Aunque seamos personalmente indignos, la gracia de Dios nos convierte en instrumentos para ser útiles a los demás, comunicándoles la buena nueva de que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

¿Y será lícito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres. Cada uno conserva la libertad, la falsa libertad, de responder que no a Dios, como aquel joven cargado de riquezas, de quien nos habla San Lucas. Pero el Señor y nosotros —obedeciéndole: id y enseñad– tenemos el derecho y el deber de hablar de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más profundo que brota en el corazón del hombre.

Santa María, Regina apostolorum, reina de todos los que suspiran por dar a conocer el amor de tu Hijo: tú que tanto entiendes de nuestras miserias, pide perdón por nuestra vida: por lo que en nosotros podría haber sido fuego y ha sido cenizas; por la luz que dejó de iluminar, por la sal que se volvió insípida. Madre de Dios, omnipotencia suplicante: tráenos, con el perdón, la fuerza para vivir verdaderamente de esperanza y de amor, para poder llevar a los demás la fe de Cristo.

Una única receta: santidad personal

El mejor camino para no perder nunca la audacia apostólica, las hambres eficaces de servir a todos los hombres, no es otro que la plenitud de la vida de fe, de esperanza y de amor; en una palabra, la santidad. No encuentro otra receta más que ésa: santidad personal.

Hoy, en unión con toda la Iglesia, celebramos el triunfo de la Madre, Hija y Esposa de Dios. Y como nos gozábamos en el tiempo de la Pascua de Resurrección del Señor a los tres días de su muerte, ahora nos sentimos alegres porque María, después de acompañar a Jesús desde Belén hasta la Cruz, está junto a El en cuerpo y alma, disfrutando de la gloria por toda la eternidad. Esta es la misteriosa economía divina: Nuestra Señora, hecha partícipe de modo pleno de la obra de nuestra salvación, tenía que seguir de cerca los pasos de su Hijo: la pobreza de Belén, la vida oculta de trabajo ordinario en Nazaret, la manifestación de la divinidad en Caná de Galilea, las afrentas de la Pasión y el Sacrificio divino de la Cruz, la bienaventuranza eterna del Paraíso.

Todo esto nos afecta directamente, porque ese itinerario sobrenatural ha de ser también nuestro camino. María nos muestra que esa senda es hacedera, que es segura. Ella nos ha precedido por la vía de la imitación de Cristo, y la glorificación de Nuestra Madre es la firme esperanza de nuestra propia salvación; por eso la llamamos spes nostra y causa nostræ laetitiæ, nuestra esperanza y causa de nuestra felicidad.

No podemos abandonar nunca la confianza de llegar a ser santos, de aceptar las invitaciones de Dios, de ser perseverantes hasta el final. Dios, que ha empezado en nosotros la obra de la santificación, la llevará a cabo. Porque si el Señor está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El, que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo, después de habernos dado a su Hijo, dejará de darnos cualquier otra cosa?.

En esta fiesta, todo convida a la alegría. La firme esperanza en nuestra santificación personal es un don de Dios; pero el hombre no puede permanecer pasivo. Recordad las palabras de Cristo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, lleve su cruz cada día y sígame. ¿Lo veis? La cruz cada día. Nulla dies sine cruce!, ningún día sin Cruz: ninguna jornada, en la que no carguemos con la cruz del Señor, en la que no aceptemos su yugo. Por eso, no he querido tampoco dejar de recordaros que la alegría de la resurrección es consecuencia del dolor de la Cruz.

No temáis, sin embargo, porque el mismo Señor nos ha dicho: venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el reposo para vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga ligeraVenid —glosa San Juan Crisóstomo—, no para rendir cuentas, sino para ser librados de vuestros pecados; venid, porque yo no tengo necesidad de la gloria que podáis procurarme: tengo necesidad de vuestra salvación… No temáis al oír hablar de yugo, porque es suave; no temáis si hablo de carga, porque es ligera.

El camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza. In lætitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz.

La alegría cristiana

Recojamos de nuevo el tema que nos propone la Iglesia: María ha subido a los cielos en cuerpo y alma, ¡los ángeles se alborozan! Pienso también en el júbilo de San José, su Esposo castísimo, que la aguardaba en el paraíso. Pero volvamos a la tierra. La fe nos confirma que aquí abajo, en la vida presente, estamos en tiempo de peregrinación, de viaje; no faltarán los sacrificios, el dolor, las privaciones. Sin embargo, la alegría ha de ser siempre el contrapunto del camino.

Servid al Señor, con alegría: no hay otro modo de servirle. Dios ama al que da con alegría, al que se entrega por entero en un sacrificio gustoso, porque no existe motivo alguno que justifique el desconsuelo.

Quizá estimaréis que este optimismo parece excesivo, porque todos los hombres conocen sus insuficiencias y sus fracasos, experimentan el sufrimiento, el cansancio, la ingratitud, quizá el odio. Los cristianos, si somos iguales a los demás, ¿cómo podemos estar exentos de esas constantes de la condición humana?

Sería ingenuo negar la reiterada presencia del dolor y del desánimo, de la tristeza y de la soledad, durante la peregrinación nuestra en este suelo. Por la fe hemos aprendido con seguridad que todo eso no es producto del acaso, que el destino de la criatura no es caminar hacia la aniquilación de sus deseos de felicidad. La fe nos enseña que todo tiene un sentido divino, porque es propio de la entraña misma de la llamada que nos lleva a la casa del Padre. No simplifica, este entendimiento sobrenatural de la existencia terrena del cristiano, la complejidad humana; pero asegura al hombre que esa complejidad puede estar atravesada por el nervio del amor de Dios, por el cable, fuerte e indestructible, que enlaza la vida en la tierra con la vida definitiva en la Patria.

La fiesta de la Asunción de Nuestra Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición —Monstra te esse Matrem-, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal.

La alegría es un bien cristiano. Unicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza. Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres. Si nos arrepentimos, si brota de nuestro corazón un acto de dolor, si nos purificamos en el santo sacramento de la Penitencia, Dios sale a nuestro encuentro y nos perdona; y ya no hay tristeza: es muy justo regocijarse porque tu hermano había muerto y ha resucitado; estaba perdido y ha sido hallado.

Esas palabras recogen el final maravilloso de la parábola del hijo pródigo, que nunca nos cansaremos de meditar: he aquí que el Padre viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu espalda, te dará un beso prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un vestido, un anillo, calzado. Tú temes todavía una reprensión, y él te devuelve tu dignidad; temes un castigo, y te da un beso; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete.

El amor de Dios es insondable. Si procede así con el que le ha ofendido, ¿qué hará para honrar a su Madre, inmaculada, Virgo fidelis, Virgen Santísima, siempre fiel?

Si el amor de Dios se muestra tan grande cuando la cabida del corazón humano —traidor, con frecuencia— es tan poca, ¿qué será en el Corazón de María, que nunca puso el más mínimo obstáculo a la Voluntad de Dios?

Ved cómo la liturgia de la fiesta se hace eco de la imposibilidad de entender la misericordia infinita del Señor, con razonamientos humanos; más que explicar, canta; hiere la imaginación, para que cada uno ponga su entusiasmo en la alabanza. Porque todos nos quedaremos cortos: apareció un gran prodigio en el cielo: una mujer, vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. El rey se ha enamorado de tu belleza. ¡Cómo resplandece la hija del rey, con su vestido tejido en oro!.

La liturgia terminará con unas palabras de María, en las que la mayor humildad se conjuga con la mayor gloria: me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas aquel que es todopoderoso.

Cor Mariæ Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo.

LOS 9 MODOS DE ORAR DE SANTO DOMINGO

LOS 9 MODOS DE ORAR DE SANTO DOMINGO 
Primer Modo

El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo representado en él estuviera real y verdaderamente y no sólo en forma de símbolo. Hacia esto según el pasaje de Judit: “Te agrada siempre la oración de los humildes y mansos” (Jdt 9, 16) ¿No fue por humildad por lo que la cananea (Mt 15, 21-28) y el hijo pródigo fueron oídos? (Lc 15, 11-32). También repetía:“Señor, Yo no soy digno de que entres bajo mi techo” (Mt 8, 8) y añadía:”Humillado en exceso estoy, Señor” (Sal 118, 107). Y así Nuestro Padre, con el cuerpo levantado, inclinaba la cabeza, mirando humildemente a Cristo, su verdadero Señor; considerando su propia condición de esclavo con las excelencias de Cristo, le reverenciaba con todo su ser, manifestándole su veneración. Esto mismo enseñaba a sus frailes, cuando pasaban delante del Crucificado a fin de que Cristo, humillado por nosotros, nos viese humillados delante de la Santísima Trinidad al recitar solemnemente el “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.
Este modo de orar, como indica la figura, inclinándose profundamente, era el inicio de su oración.

Segundo Modo

Oraba también el bienaventurado Domingo con frecuencia postrándose en tierra apoyado sobre su cabeza, compungido en su corazón y reprendiéndose a si mismo y lo hacia a veces en tono tan alto que le oían recitar aquellas palabras del Evangelio: “¡Oh Dios!, ten compasión de mi que soy un gran pecador” (Lc 18, 13) y con piedad y reverencia recordaba las palabras de David que decían: He cometido un grave pecado, perdona la falta de tu siervo. Lloraba y gemía fuertemente añadiendo: Yo no soy digno de contemplar la altura de los cielos a causa de la multitud de mis pecados, porque he provocado tu ira, Señor, y he obrado mal delante de tu mirada y recitaba con fuerza y devoción el salmo que empieza: Con nuestros oídos, ¡oh Diosl, hemos oído, y el versículo que dice: Porque mi alma ha sido hundida hasta el polvo y mi cuerpo pegado a la tierra (Sal 43, 26) y también: Pegada al polvo está mi alma, hazme vivir según tu palabra (Sal 118, 25).
Algunas veces, queriendo enseñar a los frailes con cuanta reverencia debían orar, les decía: Los Magos, aquellos santos Reyes, entraron en la casa, vieron al niño con María su madre y postrándose lo adoraron (Mt 2, 11). Ahora, también nosotros hemos encontrado al Hombre – Dios con María, su madre; entrad, adoremos, postrémonos de rodillas ante él que nos ha hecho (Sal 94, 6).
Exhortaba a los jóvenes diciendo: Si no podéis llorar vuestros pecados porque no los tenéis, pensad en el número de pecadores que podéis inducir a la misericordia y amor por los cuales gimieron los profetas y los apóstoles. Por ellos también Jesús, viéndolos, lloró amargamente. También el santo profeta David lloró por ellos diciendo: Viendo a los renegados sentía asco (Sal 118, 158).

Tercer modo

Después de esto y como continuación de lo que se ha dicho, se levantaba del suelo y con una cadena de hierro se daba la disciplina diciendo: Tu diestra me sostiene, multiplicaste tus cuidados conmigo (Sal 17, 35). Por esta razón en toda la Orden se estableció la costumbre de que todos los hermanos, en memoria del ejemplo de Santo Domingo, los días feriales, después de Completas, recibiesen las disciplinas sobre las espaldas desnudas con varas de mimbre, al mismo tiempo que recitaban devotamente el “Miserere” o el salmo “De Profundis”. Esta penitencia era por expiación de las propias culpas o por los benefactores con cuyas limosnas eran sustentados. Nadie, por inocente que sea, se debía apartar de este ejemplo tan santo. Humberto de Romans en las Constituciones primitivas prescribe: Qualiter disciplinas frecuenter suscipiant.

Cuarto Modo 
A continuación, Santo Domingo, ante el altar de la Iglesia o en el Capítulo, fijaba su mirada en el Crucifijo y arrodillándose dos o más veces, lo contemplaba con suma atención. Sucedía que desde Completas hasta mediada la noche ora se levantaba, ora se arrodillaba a imitación del apóstol Santiago o el leproso del evangelio que de rodillas imploraba: “Señor, si tú quieres puedes limpiarme”(Lc 5, 12) o también como San Esteban que de rodillas clamaba en alta voz: “Señor, no tengas en cuenta este pecado” (Hch 7, 60). Aparecía entonces en Santo Domingo una confianza en la misericordia de Dios para consigo mismo, para todos los pecadores y para protección de los frailes jóvenes que él acostumbraba a mandar fuera a predicar. “A Ti, Señor, te invoco, roca mía no seas sordo a mi voz” (Sal 27, 1 ) y decía otros versículos de la Sagrada Escritura.
No rara vez hablaba con su corazón y la voz apenas se percibía. Quedaba así por largo tiempo como en estado de absorto embebecimiento, estupor; otras veces en tal actitud parecía que penetraba el cielo con su mente, llenándose improvisadamente de alegría, secándose las lágrimas que regaban su rostro. Se encendía en un gran deseo, como el sediento que llega a la fuente o el peregrino que se aproxima a las puertas de su casa. Su vivacidad y ardor ardían, como se podía ver por la rapidez de sus movimientos, conservando siempre su compostura, ora cuando se levantaba, ora cuando se arrodillaba. Estaba tan acostumbrado a arrodillarse que en los viajes, en las posadas, después de las fatigas del día y del camino, mientras los hermanos dormían y se entregaban al descanso, volvía a sus genuflexiones como a su propio ejercicio y peculiar ministerio. Y con tal ejemplo, más con los hechos que con las palabras, enseñaba a los hermanos a orar de esta misma manera.

Quinto Modo 
Cuando se hallaba en el convento el Santo Padre Domingo algunas veces se ponía delante del altar, en pie, erguido, sin apoyarse ni sostenerse en ninguna parte con las manos delante del pecho a modo de libro abierto. Parecía que mientras oraba con gran respeto y devoción, meditaba las palabras como si estuviese leyendo en la presencia visible de Dios. Y parecía que en la oración meditase las palabras divinas y se las repitiese dulcemente a si mismo. Le habla llegado a ser habitual aquella actitud del Señor, que se lee en San Lucas: “Jesús, según su costumbre, entró en la Sinagoga en día de sábado, y se levantó para hacer la lectura” (Lc 4, 16) y también se dice en el salmo: Finés se levantó, oró y la plaga cesó (Sal 106, 30).
Otras veces entrelazaba las manos, cerrándolas estrechamente a la altura de los ojos, recogiéndose en si mismo; a veces levantaba las manos a la altura de los hombros, como hace el sacerdote cuando celebra la misa, como si quisiera abrir los oídos, para quedarse mejor con alguna palabra que hubiera venido de lo alto. Si tú hubieras visto su devoción, mientras rezaba de pie, hubieras creído ver a un profeta, que delante de un Ángel o delante de Dios, unas veces hablaba, otras escuchaba y otras, en fin, meditaba silenciosamente sobre aquello que le fue revelado.
Cuando iba de viaje, casi sin que nadie se diese cuenta, solía robar tiempo para hacer oración, recogiéndose en si mismo y elevando la mente al cielo; en aquellos momentos lo teníais que oír repetir con dulzura y delicadeza palabras sacadas del meollo y riqueza de la Escritura, como si las hubiese sacado de la misma fuente del Salvador.
Este ejemplo conmovía mucho a los hermanos que contemplaban a su padre y Maestro; los más devotos aprendían a decir esta oración: “Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro” (Sal 122, 2).

Sexto Modo 
Se veía al Santo Padre Domingo orar con los brazos y las manos extendidas y abiertas en forma de cruz mientras permanecía en pie. De esta manera oró cuando en Roma, en la sacristía de San Sixto, elSeñor por medio de su oración, resucitó al joven Napoleón y cuando en la iglesia, en la misma ocasión, como contó la devota y santa Sor Cecilia, que estaba presente con otras personas, fue visto elevarse de la tierra durante la celebración de la Misa; como Elías cuando resucitó al hijo de la viuda recostándose sobre el niño (1 Re 17, 24). De modo semejante oró cuando libró de morir ahogados a unos peregrinos ingleses cerca de Toulouse (Vida de los Hermanos, cap. 3). Igual oró el Señor cuando pendía de la Cruz, con los brazos y las manos extendidas y con gran clamor y lágrimas fue escuchado por su actitud reverente (Hb 5, 7).
Esta forma de orar no era frecuente en Santo Domingo; él rezaba así cuando sabía, por inspiración divina, que debía suceder algo grande y admirable. No prohibía a los hermanos orar así, ni tampoco se lo aconsejaba. Cuando resucitó a aquel joven orando y estando en pie, con los brazos y las manos extendidas, no sabemos lo que dijo, quizás repitió aquellas palabras de Elías: “Señor, Dios mío, que vuelva, te ruego, el alma de este niño a entrar en él” (1Re 17,21). Los presentes al prodigio recordaban la manera de orar, pero ninguno ni frailes, ni monjas ni cardenales ni los demás presentes que pudieron observar de cerca este desconocido y maravilloso modo de orar, entendieron las palabras que él pronunció, y más tarde nadie le preguntó esto al Santo y admirable Domingo, que en aquella ocasión había parecido a todos digno de respeto y reverencia. Aquellas palabras que en el Salterio hacen alusión a este modo de orar las pronunciaba el Santo con lentitud, gravedad y madura reflexión: “Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia” y continuaba con el versículo: “..todo el día te estoy invocando, tendiendo las manos hacia ti” (Sal 87, 2-10) y también: .“Escucha, Señor, mi oración, presta oídos a mi súplica” y proseguía hasta el versículo que dice: “Señor, escucha mi oración, tú que eres fiel atiende a mi súplica”, continuando hasta el versículo que dice: “Extiendo mis brazos hacia ti…, escúchame en seguida, Señor” (Sal 142, 1-6).
Por esta forma de oración, cualquier devoto puede comprender cuál fuese su piedad y sus enseñanzas. Parecía que era transportado hacia Dios por medio de la oración o más bien sintiéndose movido por inspiración de Dios a la petición de una gracia extraordinaria para si o para otros, sintiese la necesidad de hacerlo, sirviéndose de las palabras de David, del fuego de Elías, de la caridad de Cristo y del amor de Dios como se puede observar en la figura.

Séptimo Modo 
Con frecuencia durante la oración se le veía dirigido por completo hacia el cielo como flecha tensa en un arco. Oraba con las manos levantadas sobre su cabeza, bien unidas bien abiertas, como si fuese a recibir algo del cielo; se cree que entonces se le aumentaba la gracia, tal era su arrobamiento. Era arrebatado e impetraba de Dios los dones del Espíritu Santo para la Orden que habla fundado, y aquella suavidad dichosa que se encuentra en las bienaventuranzas. Pedía para si y para sus frailes mantenerse devotos y alegres en la más estricta pobreza, en el amargor del llanto, en las grandes persecuciones, en el hambre y sed extrema de justicia, en el ansia de misericordia; pedía también que los devotos consiguiesen suma delicia en las observancias de los preceptos y en el cumplimiento de los consejos evangélicos.
El Santo Padre Domingo parecía entonces como arrebatado por el espíritu al lugar santo entre los santos, es decir, al tercer cielo.
Después de esta oración, era semejante a un profeta en el reprender, en el gobernar, en el predicar. En este modo de orar no duraba mucho, el santo volvía en si, como si viniese de muy lejos con la expresión y comportamiento de un peregrino. Algunas veces oraba con claridad, los frailes le oían pronunciar algunas veces las palabras del profeta: “Escucha mi voz suplicante cuando te pido auxilio, cuando alzo las manos hacia tu santuario” (Sal 27, 2). Y con palabras y con su santo ejemplo enseñaba a los religiosos a rezar continuamente recordando el salmo: “Ahora bendecid al Señor los siervos del Señor”y también: “Señor, te estoy llamando, ven de prisa, escucha mi voz cuando te llamo por las noches, levantad vuestras manos hacia el santuario” (Sal 133, 1-2). Y también: “Y el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde” (Sal 140, 1-2).
Para comprender mejor lo que se ha dicho observen la figura.

Octavo Modo 
Nuestro Padre santo Domingo tenía otro modo de orar, devoto y muy hermoso, después del rezo de las horas canónicas y también después de la acción de gracias que se hace después de las comidas. El tan sobrio en el comer y embebido del espíritu de devoción que habla asimilado de las palabras divinas que se cantaban en el coro o se leían en el refectorio, se retiraba a un lugar solitario, en la celda o en otro sitio para leer u orar, permaneciendo consigo y con Dios.
Se sentaba tranquilo, abría el libro y hecha la señal de la cruz, leía prestando su atención con dulzura, como si oyese hablar al Señor según cuanto dice el salmo: “Voy a escuchar lo que dice el Señor” (Sal 84, 9). Y como si discutiese con un compañero ora impaciente, ora sosegado en su voz y en su pensamiento disputaba y luchaba riendo y llorando al mismo tiempo, levantaba o bajaba la vista, hablando nuevamente en voz baja y golpeándose el pecho.
Si algún curioso en secreto hubiese querido observar al Santo Padre Domingo, le habría parecido semejante a Moisés que cuando penetró en el corazón del desierto llegó al monte Horeb, contemplando la zarza ardiendo y postrado en tierra oía que el Señor hablaba; este monte de Dios ¿no era quizás la figura profética del paso de la lectura a la oración, de la oración a la meditación, de la meditación a la contemplación? Y mientras leía en silencio, veneraba el libro, se inclinaba hacia él, lo besaba, sobre todo si se trataba del Evangelio, porque entonces leía las palabras de Cristo, proferidas por su boca.
A veces se cubría el rostro con la capa o también con las manos, cubriéndose la cabeza con la capucha, llorando todo lleno de deseo y acongojado. Después como si diese gracias a un personaje por los beneficios recibidos, se levantaba con reverencia, hacia una inclinación de cabeza y calmo y tranquilo consigo mismo continuaba la lectura.

Noveno Modo 
Tenía su modo de orar cuando viajaba de un pueblo a otro, especialmente cuando se encontraba en algún lugar solitario. Toda su recreación era la de dedicarse a la meditación y contemplación y mientras caminaba decía a su compañero de viaje: Está escrito en Oseas: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2, 14). Algunas veces se apartaba de su compañero, y caminando delante o quedándose rezagado oraba y en la meditación se encendía y ardía como fuego abrasador. Durante esta oración hacia gestos como si le molestasen moscas o mosquitos, esta era la ocasión de hacer tantas veces la señal de la cruz.
Los frailes pensaban que el Santo con este modo de orar había alcanzado la plenitud del conocimiento de la Sagrada Escritura, la inteligencia de lo más sublime de la palabra de Dios, el poder audaz de la ferviente predicación y la secreta familiaridad del Espíritu Santo en el conocimiento de las cosas ocultas.