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Imagen y semejanza

Queridos amigos, hay algo que nosotros sabemos, más que de memoria, y es que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Nada más, ni nada menos.
Pero ¿lo hemos asumido con responsabilidad?
Porque el compromiso es grande y muchas veces, difícil de poner en práctica.
Tú, yo, cualquiera de nosotros ¿damos verdaderamente imagen de Dios a quienes nos rodean? ¿Somos Su espejo? Si nos ven, si conversan con nosotros ¿sugerimos la imagen de Dios?
Dios es Amor. Y si es amor, es bondad, misericordia, justicia, tolerancia, paciencia, respeto… por lo menos ¿no? Y todo esto y más, de manera infinita. Nosotros, ya por descontado, que de manera infinita no podemos hacer nada, ni demostrar nada. En el hombre todo es limitado. Pero ¿procedemos en la vida familiar y social en la que estamos inmersos, dentro de la dimensión humana de esas cualidades o condiciones? Tal vez que sí, que en algunos momentos y con la ayuda de Dios podamos observar la conducta adecuada, las expresiones adecuadas, las palabras adecuadas.  Nuestros gestos y palabras, qué importantes son para dar imagen de Dios. Y nuestras acciones, y nuestro ejemplo de vida… Todo suma y ese todo es imprescindible.  Menguada imagen del Dios Padre Creador daríamos con gestos hostiles, con palabras agraviantes o groseras, con actitudes de indiferencia, de enojo o rencor, muchas veces de venganza también… Alguien podrá decir que es muy humano ese proceder, pero lo que se le pide al cristiano, al hijo de Dios por su Bautismo, es superar los deslices humanos que no hacen al amor entre hermanos, y a la respuesta personal de amor a Dios que debemos, aunque sea –al menos- por agradecimiento por nuestra vida misma y por nuestra redención obtenida por Cristo en la Cruz.
Hablemos ahora de la “semejanza”.
Digamos, en primer lugar que semejanza, no es igualdad. Iguales a Dios, nunca. Sería una pretensión inalcanzable. No somos dioses. No soy Dios. Tenemos que parecernos, asemejarnos a Él. Tengo que ser semejante a Él. ¿Y cómo? Tratando de poner en práctica las enseñanzas de Dios-Hombre y de vivir según la voluntad de la Divina Providencia, aceptando esa voluntad.
Tenemos muchas ayudas para lograr hacerlo. Diez mandamientos entregados por el Padre a Moisés. La doctrina –toda- enseñada y predicada por Jesús mientras vivió como Hombre junto a los hombres. Los sacramentos. La gracia de esos sacramentos, cada uno con la suya. Y tenemos el regalo del perdón de toda falta cometida, conseguido en la Cruz redentora de Cristo, con la única condición de estar arrepentidos y pedir ese perdón. Conseguido está.
Son propias de la naturaleza humana la debilidad, y la inclinación a la falta, desde el pecado original. Es contra esa condición que debemos luchar buscando la imagen y la semejanza con nuestro Padre Dios. Y en ese empeño, tenemos que ir avanzando, paso a paso, para llegar al destino feliz que Dios nos tiene preparado.
Los recursos que están a nuestra disposición desde nuestro Bautismo nos facilitan el andar por este mundo sin sentirnos perdidos, y la compañía permanente de Dios con sus hijos predilectos y de la Santísima Virgen que es nuestra Madre,  nos ayudan a no sentirnos solos, aún en medio de la soledad de un camino áspero, tantas veces sin luz, tantas veces de dolor, tantas otras de  incomprensión y frustración.
Pero estemos seguros que la lucha vale la pena. Por difícil que se nos haga en algún momento. Siempre habrá otros de luz y apoyo, de buenos sentimientos compartidos.
Recordemos y tengamos siempre presente cuál es la meta a cumplir, de aquí a la eternidad. Si deseamos y nos proponemos, buscar una eternidad feliz.

Gentileza de: Tiempo de María.