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Cierta vez, le preguntaron a una madre cuál era su hijo preferido, el que ella más amaba.
Y ella, dejando entrever una sonrisa, respondió:
Nada es más voluble que un corazón de madre.

Y como madre, le respondo: el hijo dilecto, a quien más me dedico en cuerpo y alma,
Es mi hijo enfermo, hasta que sane.
El que partió, hasta que vuelva.
El que está cansado, hasta que descanse.
El que está con hambre, hasta que se alimente.
El que está con sed, hasta que beba.
El que está estudiando, hasta que aprenda.
El que está desnudo, hasta que se vista.
El que no trabaja, hasta que se emplee.
El que se enamora, hasta que se case.
El que se casa, hasta que conviva.
El que es padre, hasta que críe a los hijos.
El que prometió, hasta que cumpla.
El que debe, hasta que pague.
El que llora, hasta que se consuele.

Y con el semblante bien distinto de aquella sonrisa, completó.
El que ya me dejó, hasta que lo reencuentre.

Así de grande, así de hermoso es el corazón de madre.
Siempre dispuesto al amor y a la entrega.
Un corazón de mujer creado por Dios, abnegado y desprendido, fuerte aún en la debilidad, con coraje encendido y, a la vez,  de sencilla humildad. Valiente y audaz para afrontar las dificultades. Y, simplemente escondido, cuando no lo urge la necesidad.

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