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Introducción.
“Tiempo de María” se propone recordar y meditar con ustedes las Siete Palabras de Cristo en la Cruz, último mensaje a la humanidad, que tienen un sentido de legado que Jesús hace a los hombres de todas las generaciones; de la verdad última pronunciada por la Verdad absoluta. Deben resumir, pues, todas las verdades: su doctrina, su predicación, su ejemplo vivo. Todo será ratificado y resumido desde la Cruz.
Hoy, a veintiún siglos de distancia, Cristo ¿cómo suenan tus Palabras? ¿Qué significan para nosotros, tan promocionados y sofisticados? Somos muy cultos, muy inteligentes y estamos muy orgullosos de los avances científicos y tecnológicos. Tan satisfechos que siempre creamos una ciencia nueva, un avance más en la tecnología.
La ciencia avanzada de la comunicación, nos hoy permite acortar distancias entre los lugares más alejados del mundo; y el hombre actual, que tanto corre atrás de la vida, está más incomunicado que nunca. No tiene tiempo casi para vivir su vida, menos para disfrutarla, para perfeccionar sus valores y vivirlos. Se siente receloso, solo, casi sin familia, porque cada uno corre por su lado. No hay casi vida familiar. Cada cual, la suya. Comunicación física, sin comunicación afectiva o espiritual.
Los pueblos ¿tienen comunicación entre ellos? A la vista salta notoriamente que la comunicación más generalizada es el lenguaje de las armas de destrucción y de guerra.
¿Y la comunicación con Dios Padre? ¿La tenemos, la vivimos? Acaso ¿el mundo no lo ha olvidado? ¿No prescinde de Él?…..
Cristo crucificado: ¿seremos capaces de comprender tus últimas palabras e interpretar el significado que Tú les diste?
Tú las dijiste en los últimos momentos de tu vida como hombre, empapadas y ungidas con tu sangre, tu agonía y tu muerte. Nosotros ¿las recibimos?
Tú nos habías prevenido cuando dijiste: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.
También estas últimas palabras tienen vida eterna. No podemos esquivarlas ni escamotearlas, aunque nos resulten incómodas, aunque no se ajusten a las nuestras, a nuestro modo de querer vivir, a nuestra personal ideología. Tal vez hemos hilvanado un nuevo evangelio personal: ni Marcos, ni Mateo, ni Lucas ni Juan. El nuestro. Más moderno, más adaptado a nuestra comodidad y a nuestro sistema de vida, a nuestro acontecer socio-político-económico. A nuestra medida. Y, seguramente, en este quinto evangelio no hemos incluido tus siete frases de amor y perdón, de dolor y sacrificio.

Primera Palabra. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Esta es Cristo tu primera palabra. De perdón, pero como el tuyo; no como el nuestro. Tú perdonas con amor, disculpando la falta, atenuando la afrenta injusta, la infamia mayor de la historia: la pena de muerte y muerte de cruz. Tú juzgado y condenado como un malhechor, un ladrón, una lacra de la sociedad.
Y en la hora en que se consuma la ignominia, Tú hablas y dices “perdón para ellos porque no saben lo que hacen”. En el momento del atropello peor de la humanidad, Tú el atropellado, el Dios atropellado por el hombre, perdonas y disculpas.
Sólo una clave existe para comprenderte: el Amor. Perdonas así, porque amas.
Tu definición es el Amor. Eres el Redentor que ama.
Ese es tu testamento: amar. Y la clave de tu sistema y tu doctrina para todos quienes quieren seguirte. Siempre, a lo largo de toda la existencia de la humanidad. Tu Palabra es eterna.
En este primer día de Semana Santa, reflexionemos profundamente.
Nuestro vocabulario ¿es de amor? ¿No estamos usando una fraseología de lucha y violencia? Hoy por hoy ¿no tiene más vigencia el odio que el amor? ¿No se aplican la venganza y el rencor, más que el perdón y el olvido de la falta cometida?
Mientras tu Sangre desde el Altar grita tu amor, la humanidad creyente ¿amamos u odiamos? ¿perdonamos?…
Por tu primera Palabra en la Cruz, Cristo, conserva vivo en los corazones de los fieles el primer mandato del Evangelio que es el Amor.

Segunda Palabra: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”
El Viernes Santo, en el Calvario, no había una sola Cruz, sino tres. La de Cristo, flanqueada por las de los dos ladrones.
No podemos ni debemos separar las tres cruces que quiso juntar Cristo, para quedarnos con la suya. Las tres cruces se completan y se necesitan mutuamente. Podríamos prescindir de una cruz de los ladrones, a condición de sustituirla con nuestra propia cruz; a la derecha o a la izquierda, como queramos. Ajusticiarlo juntamente con dos ladrones no fue ni un capricho de Pilato, ni una venganza del Tribunal Religioso Judío: fue todo un misterioso símbolo de Redención.
Humillante para Cristo, rebajado a preso común; infinitamente consolador para nosotros, exaltados a la altura divina del Redentor.
Porque esos dos ladronees nos personifican a todos nosotros. Nosotros, ladrones. Sí. Por supuesto que no atracamos a mano armada en los caminos, ni asaltamos la propiedad ajena. Robamos sin tocar nada, sin mancharnos las manos, científica y civilizadamente, robamos de todo: dinero, bienestar, fama, cargos sociales y honoríficos, puestos de trabajo, salud mental y física, alegría, paz y vida…
Sobre la Cruz de Cristo, un letrero decía que Cristo era Rey.
Y por eso, uno de los ladrones, al que llamamos “bueno”, de nombre Dimas, le pide: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Y Cristo inmediatamente, promete: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Cristo asegura un Paraíso en el Cielo a quien andaba robando por los caminos para tener un paraíso en la tierra.
El otro ladrón –de nombre Gestas- al que llamamos “malo” le formula a Cristo otra petición que tal vez nos parezca mucho más actual, más acertada según nuestras convicciones e ideas. Le grita: “Bájate, Cristo de la Cruz; bájanos a nosotros y creeremos en Ti”.
¿No es esto un paraíso? Es real, es concreto y no quimérico, nunca visto y tan remoto… como el Paraíso que promete en el patíbulo, alguien a quien le han quitado todo… hasta la vida y ¡cómo!
El pedido del ladrón “malo” es algo tangible, inmediato. Un milagro espectacular: ¡es claro que creeremos! ¿No puede Cristo hacerlo? ¿No es Dios” ¿No ha realizado ya tantos milagros?… Este sería consagratorio. Parece pues, ésta del ladrón “malo” una propuesta más acertada para la humanidad actual, tan materializada. Nada de paraísos quiméricos en el Cielo, el paraíso en la tierra, ahora. En esta vida, no en otra, la humanidad que, desde la proyección del siglo veintiuno, contemplaría por siempre sus Palabras en la Cruz, está mejor dispuesta para aceptar hechos concretos, en este mundo. Ya casi no habla del Cielo. El leguaje habitual en estos tiempos, habla de promoción social, de desarrollo económico, de progreso tecnológico, de infraestructuras, de cambios de estructuras. ¿De vida eterna? ¿De salvación? ¿De cielo?… Realmente, no. Acaso, unos pocos.
¿No sería mejor bajar a Cristo de la Cruz, como final feliz del Viernes Santo? ¿Y no que se quede en ella hasta morir? ¿No sería mejor hacer desaparecer la Cruz? Hacerla desaparecer en el silencio, que es el mayor y más refinado desprecio. Y allí, a ese silencio, lanzar la resignación, la paciencia, el sufrimiento, la humildad, el valor…
Un mundo sin nada de esto. Sin Cruz o sin Cristo en la Cruz… ¿Qué mundo sería? Sin sentido, nos atreveríamos a decir.
A Cristo, a Dios, lo queremos para que nos hable de más allá de la tierra, del Reino de los Cielos, de Vida Eterna.
Para hablar de la tierra, no lo necesitamos. Nos bastamos nosotros.
A Dios lo necesitamos y reclamamos para que nos hable del Cielo, del dolor, de la Cruz, de la Redención. Del mundo que no conocemos y El –Cristo- vino a anunciarnos y a conquistarnos con su Sangre. De ese Paraíso que Cristo promete en Viernes Santo, con la garantía de su Muerte y su Resurrección.

Amigos de siempre: ¿Para qué querríamos un Cristo igual a nosotros? Que sucumbe a la tentación de abandonar el sufrimiento por las comodidades…
Para esto no hacía falta la venida de Jesús. Nos sobran sociólogos, economistas y maestros de obras que se ocupan de lo humano, de lo perecedero.
Necesitábamos, eso sí, al Redentor. Al Cristo de la Cruz, que no se baja de ella y que muere en ella. Lo necesitábamos para soportar nuestra cruz personal, como El soportó la suya. Sin bajarse. Sin bajarnos.
Cristo, sobre esta humanidad del silencio culpable, levanta el clamor infinito de tu Segunda Palabra, que sigue obstinadamente prometiendo a los hombres el Paraíso del Cielo.
Gracias, Señor, por tu Cruz y tu Paraíso.

Tercera Palabra: “Mujer, mira a tu Hijo. Hijo, ésa es tu Madre”.
María estaba en el Calvario. Lo confirma Juan, único Evangelista presente.
Desde las bodas de Caná, en que la presencia de María es decisiva, el Evangelista no vuelve a situarla hasta el Calvario, lo que confiera más énfasis al hecho de que María se encuentre allí presente, dada la importancia y solemnidad del momento.
Está al pie de la Cruz, junto al Redentor.
Se destaca María por su lugar privilegiado y la destaca Cristo, dedicándole en voz alta la más larga de sus Siete Palabras, que consta de dos frases con dos encargos y dos mandatos entrañables a la Madre y al discípulo.
En la hora central de la historia, cuando el reloj va a marcar la Muerte del Redentor; cuando van a cumplirse las promesas eternas de Dios y va a nacer la Iglesia del costado abierto de Cristo; cuando se hace de noche a las tres de la tarde y el tambor tenso de la Tierra comienza a redoblar en terremoto por la muerte del Creador, entonces es cuando Cristo declara a María Madre de todos los hombres.
María ocupa el primer puesto en el Calvario, junto a Jesús, a su Cruz. Allí la coloca en ese puesto y en ese lugar, Cristo.
El Calvario es el primer Templo de la cristiandad, norma y modelo de todos los que vendrán después. En el Calvario se consagra el primer Templo católico: con la plenitud del sacrificio de Cristo que nos reconcilia con el Padre; y con la máxima adoración y acción de gracias que se hayan tributado jamás a la Divinidad.
Y en ese primer Templo, estaba María en lugar privilegiado, junto a Jesús.
Arriba, el Padre, presidiendo la Redención.
Abajo, la humanidad redimida, con sus pecados.
En medio, colgado de la Cruz, el Redentor que junta y abraza a los hombres y a Dios.
Al pie del Redentor, María, eje central de fe y esperanza, alrededor del cual se aprieta y cristaliza la pequeña y primera Iglesia, nacida y presente en el Monte Calvario.
Cristo: Tú le diste a María ese puesto privilegiado en la historia de la Salvación.
Tú la hiciste libremente, necesaria.
Tú quisiste redimir al mundo, en compañía de tu Madre.
Tú quisiste sufrir y agonizar y morir al lado de María
Cristo: Tú nos diste a esa Madre solemne y generosamente, en tu Tercera Palabra desde la Cruz.
Queremos nacer y crecer y madurar en le fe, al lado de María: como Tú.
Queremos mejorar al mundo, con amor de hermanos, al lado de la Madre: como Tú.
Y queremos sufrir, agonizar y morir, sabiendo que María, nuestra Madre, está al pie de nuestra Cruz: como Tú.

Cuarta Palabra: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”
Cristo: cada Palabra tuya es una sorpresa. Nos asombra que Tú experimentes en la Cruz esa vivencia tan humana de sentirte abandonado.
Y no lo escondes, no recatas tu angustia, la proclamas en voz alta con una queja desgarrada: “Dios mío ¿por qué me has abandonado?
Debió ser pavorosa esa desgarrada vivencia. Para nosotros, también incomprensible en su doble misterio. El que Tú te sientas abandonado por tu Padre, cosa que jamás podremos entender, y el que Tú, sabiduría infinita, no sepas el por qué de ese abandono; y a fuerza de buscar en tu interior inútilmente la respuesta, te explota en los labios esa queja amorosa y pregunta humildísima ¿por qué me has abandonado?
Gracias, Cristo.
Nos consuela infinitamente el oírte hablar asi, como nosotros, como un hombre cualquiera desgarrado por la vida.
Con esta Cuarta Palabra te acercas fraternalmente a toda la humanidad. Hablas como nosotros, el mismo leguaje torturado. Y formulas la misma pregunta desconcertada y rebelde.
No entendemos tu abandono; pero por eso, precisamente, te lo agradecemos más.
Gracias, cristo.
Nunca tal vez como hoy, hemos vivido los hombres este desolado vacío, interior y exterior, del abandono. Nos sentimos abandonados. Abandonados de todo: porque nada de lo que nos rodea logra llenar y responder a ese vacío existencial de nuestra vida.
Abandonados también de Dios. Aunque en la infinita mayoría de las veces no es propiamente Dios el que nos abandona, sino que somos nosotros los que, a la vuelta de mil caminos, abandonamos a Dios.
Son muchas las veces, muchísimas, las que nos sentimos los hombres cruelmente abandonados de la sociedad, los amigos, las instituciones…
Y en una más entrañable y radical vivencia desgarradora, llegamos a sentirnos abandonados de Dios.
Como Cristo, en el vacío de su Cruz. Con toda la infinita distancia que separa su incomprensible abandono divino, de nuestro limitado abandono humano.
Pero coincidimos en lo fundamental y gritamos la misma rebelde pregunta, que queda sin respuesta en nuestros labios: ¿por qué?
Gracias, Cristo.
¿Cuántos por qué hemos tenido, tenemos y tendremos en nuestra vida?
¿Quién no tiene un por qué?
O un montón de porqués.
Cada uno captará de distinta manera las afiladas aristas de sus por qué y lo inútil y vano de las respuestas humanas para explicarlos. Así aparecerá un Dios más agresivo y más sabroso a un tiempo, pero seguirán persistiendo, hincados entre la uña y la carne, a lo largo de toda nuestra existencia los porqués de nuestra pobre vida.
¿Por qué soy así? ¿Por qué esta familia, este medio social? ¿Por qué esta herencia en mi sangre? ¿Por qué me va así en la vida? ¿Por qué todo me sale mal, si trato de ser bueno? ¿Y al otro que es un sinvergüenza le va muy bien? ¿Por qué me fié de quien me traicionó?
¿Por qué el dolor, la locura, la guerra, el cáncer, el accidente fatal?
Por qué, por qué… ¿nadie contesta? ¿ni la ciencia, ni el desarrollo, ni la economía? ¿Nadie? A pesar de nuestra mentalidad y nuestra madurez…
Tal vez resulte eficaz subir al Calvario y formular otros porqués mirando a Cristo.
¿Por qué Dios tuvo que hacerse hombre? ¿Por qué tuvo que morir como un criminal en un patíbulo? ¿No había otro medio de Redención? Y María, la más pura y la más inocente de las mujeres ¿por qué tuvo que sufrir a punto de muerte al pie de la Cruz?
El mayor por qué de la historia es la Redención; Cristo clavado en la Cruz desamparado por su mismo Padre. Tan desconcertante que Cristo lo pregunta… El más desolado interrogante que podemos imaginar en la historia es Cristo en la Cruz, que el Viernes Santo le pregunta a su Padre: “¿por qué?”.

Y ésta es la lección que Cristo nos enseña en su Cuarta Palabra: acude a Dios; pregunta a Dios, busca la solución en Dios. El vino al mundo a multiplicar hasta el infinito la presencia de Dios, a consagrarlo. Vino a ungir con la consagración del óleo divino del amor de Dios, a este pobre mundo alienado por el pecado.
Y no un Dios lejano, sino un Dios entrañablemente metido en su vida y su corazón.
Un Dios al que llama positivamente “mío”. Y le dice ¿por qué?…
Aquí estamos, Cristo, junto a tu Cruz con todos los porqués de nuestra vida.
Cristo, enséñanos desde la Cruz, la ciencia elemental, humilde y sencilla, de poner nuestros porqués, como Tú, en las manos de nuestro Dios. Aunque no recibamos respuesta inmediata. Tarde o temprano, Dios responde siempre.
Y el hecho sólo de preguntarle a Dios es tener ya en el alma la semilla de la respuesta.

Quinta Palabra: “Tengo sed”.
En la Cuarta Palabra, Cristo expresó su máximo dolor moral: el abandono en que lo dejaba su Padre. Y le pregunta por qué.
En la Quinta Palabra nos confiesa su mayor tormento físico: la sed. Sin preguntar por qué. Lo sabe. Se ha deshidratado al irse en sangre.
En la Cuarta Palabra le pide al Padre que lo acompañe en su abandono. Es una entrañable sed moral. Ahora nos pide a nosotros un poco de agua para su pavorosa sed desértica.
Por eso acepta la limosna de los soldados, que, al oír la queja de Cristo se conmueven, empapan una esponja en la mezcla de agua y vinagre con que ellos refrescaban su propia sed, y ensartándola en la punta de una lanza la arriman a los labios agrietados del Crucificado.
Cristo lleva tres horas muerto de sed y viendo desde arriba cómo los soldados, a sus pies, aliviaban su sed de cuando en cuando con un trago de esa mezcla popular y eficiente de agua y vinagre.
Por eso Cristo les agradece infinitamente su limosna refrescante.
Hasta la sed infinita de Dios sube, para aliviarla, el agua de los soldados.
Y Dios la acepta.
Este vocablo, este “Tengo sed”, es la única expresión de dolor que nos confía Cristo. Escueta y tajante. Sin calificativos, sin lamentaciones que la ponderen y subrayen. “tango sed”. Basta.
Cristo es un prodigio de aguante frente al dolor, lleva casi tres horas colgado de la Cruz y hasta ese momento no sabemos, por sus labios, si sufre.
Lleva alrededor de dieciséis horas de Pasión y no ha tenido una sola palabra para quejarse de sus padecimientos. Y abre, finalmente, los labios para apretar su infinita tortura en dos palabras. Eso es todo.
Nosotros derrochamos tantas palabras para expresar y ponderar nuestros sufrimientos que, al fin, las palabras gastadas en un abuso de quejas y lamentos, pierden su elocuencia.
Por eso la única expresión de dolor de Cristo, se yergue y se impone, irresistible y abrumadora, con toda su urgencia contundente. Y con toda su infinita fuerza alusiva, que no nos permite quedarnos únicamente en la sed física que pide agua.
Conociendo un poco a Cristo, adivinamos que esa sed suya, surgiendo de la quemante deshidratación de su cuerpo, nos empuja y nos arrastra a otra sed misteriosa, más entrañable y urgente. Y con razón, a ese grito de Cristo, le hemos dado sentidos más altos, distintos.
Sed de agua, sí.
Pero además, sed de justicia, de paz, de reconciliación, de armonía, de orden, de caridad…
Cristo es el hombre más sediento de la historia. Si su grito es la suma de todos los gritos de todas las células deshidratadas de su cuerpo que piden agua, es también, al mismo tiempo, la suma de todos los gritos de todos los hombres sedientos, que a lo largo de la historia –pasado y futuro- piden justicia, libertad y amor; puesto que todos los hombres sedientos somos células vivas y torturadas de ese otro cuerpo misterioso, pero real, de Cristo que es la humanidad.
Por eso, una vez más, Cristo nos representa a todos. Habla por todos. Se queja y se duele por todos.
Y reclama solemnemente, en la hora de la Redención, el agua que aplaque la sed de justicia y de amor en que se abrasa la humanidad.
Es verdad que esta interpretación es hoy más actual que nunca. Se acusa en todas las conciencias. Y nos encanta a todos. No acabamos nunca de gritar nuestra sed de justicia; sin caer en la cuenta, a fuerza de egoísmo, ya sólo hablamos de nuestra sed. Y olvidamos la sed personal de Cristo. Ya no tenemos oídos para la sed de Cristo.
Porque si nosotros tenemos sed de justicia, Cristo tiene también sed personal de amor. Lo reclama sobre todo el Viernes Santo, en el momento que da la vida por nosotros, y pide a cambio el amor de nosotros.

Hoy, Cristo, te dejamos con la palabra en los labios, ocupados en atender nuestra propia sed. Y te dejamos con la sed en la boca. Y en el corazón.
Nosotros nos gloriamos de un cálido retorno a lo humano y su valoración y te estamos deshumanizando a Ti, el Hombre clave y tipo, en que se salvan y adquieren su más profunda dimensión todos los hombres. Estamos ciegos y deslumbrados por la justicia social. Es nuestro ídolo. Y no vemos tu Corazón.
A Ti te valoramos y estimamos solamente a escala sociológica de justicia. Pero no te amamos cordialmente. Te dejamos con la sed en la boca.
Y Tú querías amor personal.
A Pedro le preguntaste tres veces: Pedro ¿me amas?
Lo oyó Juan que estaba cerca.
Y se acordaría, al oír tu grito en la Cruz, también entonces estaba cerca, diciendo: “Tengo sed”.
Quería decir lo mismo. Pedías AMOR.

Sexta Palabra: “Todo se ha consumado”
En un moribundo abocado a un desenlace inmediato, esta frase podría significar el darse por enterado de la realidad que se avecina. Pero el tono con que se pronunciara matizaría la expresión, que podría ser o una generosa aceptación o un lamento fatalista y amargo: esto se acabó; aquí no hay nada que hacer; todo se ha terminado.
Efectivamente, Cristo es un moribundo; pero su Sexta Palabra supera los comentarios, generosos o pesimistas, del que reconoce que todo se acabó.
Es otra cosa. Mucho más.
Aquí, en la Sexta Palabra, el verbo cumplir o consumar no se refiere al plazo de la vida que ya se cumplió: el verbo cumplir se refiere a Cristo.
Cumplió Cristo. Maravilloso dominio del momento.
Cumplió hasta el final. Y es, el de Cristo, un grito de satisfacción y de triunfo por el deber cumplido. Un último y definitivo balance. Un comunicado solemne al Padre y a la humanidad entera, frente a la muerte: “Padre, misión cumplida”: “Todo lo he realizado. Hasta la última exigencia”.
Seguramente Cristo ha comprobado que había cumplido meticulosamente, todo lo anunciado por los Profetas y estaba previsto en el Antiguo Testamento, y, solemnemente, la rinde cuentas a su Padre: “Todo está consumado”.
Así fue su vida. Cumplir, el esquema trazado desde la eternidad.
Desde Belén al Calvario, treinta y tres años, Cristo cumplió lo que programó su Padre en la eternidad. Su existencia se redujo a obedecer, sólo a obedecer: El, todo un hombre, el más dotado de todos los hombres, obedeciendo toda la vida. Sin una protesta, sin una contestación, sin ninguna rebeldía.
¿Qué decimos a esto hoy, los hombres, las mujeres, los jóvenes – ¿tendremos que incluir también a los niños? – hoy, que precisamente está de moda, por principio, sea como sea, la rebeldía, la contestación, la protesta…
En estos días, el punto de arranque, es la protesta. Y la rebeldía. Y la crítica demoledora. Mande quien mande. Se rechaza la autoridad por principio.
Se critica el belicismo y la carrera armamentista. Pero se ha desencadenado una guerra despiadada contra toda autoridad utilizando una organízadísima industria de encuestas, asambleas, diálogos, conferencias… donde cada uno trata de imponer su criterio, rechazando por principio el criterio ajeno.
Y, en definitiva, se persuade a todos de que obedecer humilla, degrada y aplasta la personalidad.
Sin embargo, Cristo obedece. Hasta el último detalle y sin críticas el programa eterno de su Padre y de los Profetas.
Y como resumen de toda su vida, frente a la muerte, en un balance total lanza el grito de satisfacción: “Padre, todo está cumplido”. “He hecho siempre toda y sólo tu voluntad”.
¿Por qué para la humanidad de hoy obedecer, aunque sea a Dios, la humilla, degrada y deprime?… No miramos a Cristo, no lo vemos en la Cruz, no escuchamos sus últimas palabras…especialmente esta Sexta Palabra.
Ahondemos nuestra reflexión: Cristo no cumplió solo el plan trazado por su Padre. Todos esos que de algún modo están en el Calvario, lo ayudaron a cumplirlo: turbas, tribunales políticos, sacerdotes judíos, verdugos, soldados, piadosas mujeres, amigos y traidores.
Todos lo ayudaron a cumplir el plan eterno de Dios. Consciente o inconscientemente. Por las buenas o por las malas. Por el camino derecho o por el atajo. Con amor o con odio.
Qué misterio pavoroso. Y qué infinito consuelo.
Todos, en nuestra vida, queramos o no, con amor o con odio, con obediencia o con rebeldía, con fidelidad o con traición, con bondad o con pecados, todos sin excepción en un balance final, hemos ayudado a Cristo a cumplir el plan de Dios. Porque ese plan sigue en marcha, sigue realizándose en cada uno de los hombres, en la suma total de todos los hombres, de toda la humanidad.
No sólo, para Cristo, también para cada uno de nosotros, el Padre fijó un programa eterno que será una pequeña línea, sólo una línea, en ese esquema eterno del amor.

A veces nos sentimos perdidos en el vacío, y olvidamos que formamos parte, no sabemos cómo ni dónde, del plan infinito diseñado por Dios, que es la historia de la salvación. En ese complicadísimo plan arquitectónico y total, hay una pequeña línea que parece perdida, pero que es necesaria, trazada amorosamente por el Padre, que es mi vida y lleva escrito mi nombre.
Cristo, no estoy solo, estoy integrando tu empresa redentora. Necesitas mi colaboración para cumplirla totalmente. Tómala: mis dolores, penas, pecados, mis amores, mis odios; mis luces, mis sombras, mi vida, mi muerte.
Cristo, que al morir sienta yo, como Tú, la satisfacción de haber cumplido y realizado mi destino, en el plan infinito del Padre.
Con la certeza de que lo que yo no pueda cumplir, lo cumplirás Tú por mí.
Por eso mueres en la Cruz. Tú cumples por todos. Todos cumplimos en Ti.

Séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
¿A quién le va a dedicar Cristo la última de sus Siete Palabras, que será también la última de su vida? Con ella se sellarán sus labios mortales.
¿Para quién será el broche final, la rúbrica y el sello? Para su Padre.
En los tiempos modernos, la última palabra ya no se dedica, al Padre Eterno. La última palabra –y la primera, la segunda, y todas- los hombres de hoy la dedican a los otros hombres. La humanidad vive obsesionada con la humanidad. La obsesión de Cristo, en cambio, era su Padre. Estaba en continua comunicación con Dios, su Padre.
Era la Palabra del Padre. El enviado del Padre. Y el espejo del Padre.
Nosotros conservamos de Cristo la obsesión, pero hemos cambiado su objeto.
La obsesión de Cristo era el Padre, y la nuestra, los hombres.
Estamos vinculados a los hombres por la actividad y la organización eficiente y práctica. No nos obsesionamos con la oración y nos hemos volcado en una total actividad social hacia los hombres. Apenas si algunos rezamos.
Al torrente de frases evangélicas en que se desborda la obsesión de Cristo por el Padre, sucede en nosotros otro torrente paralelo en que se desahoga nuestra obsesión: las estructuras terrestres: promoción económica, desarrollo cultural, dignidad humana, nivel social, exigencias laborales, la libertad de los pueblos, la mentalidad industrial, el progreso agrícola…
No tenemos tiempo para Dios. Ni para orar. Menos, meditar. Nuestra consigna de hoy es actuar, realizar. Los hombres no necesitan acudir a Dios. Los problemas materiales necesitan del esfuerzo humano y, a Dios, se le confina en el Cielo. No nos necesita. No lo necesitamos. El mundo de hoy es un mundo independiente de Dios. Para Cristo, Dios es su único refugio y apoyo. Y a El apela en todas las instancias. Orando siempre.
En su casa de Nazaret, en el desierto, en el huerto y en la Cruz.
Hoy, casi hemos eliminado la palabra oración. Y en su lugar aparece deslumbrante otra palabra: entrega. Y otra mejor aún, compromiso. Son mejores para nuestro mundo actuante, van mejor con nuestras actividades. Y nos acercan más a los hombres. Ellos nos reclaman y a ellos nos debemos.
Pero resulta que Cristo, el hombre de la oración permanente al Padre, fue el hombre de la máxima entrega y del más generoso compromiso.
Nadie más comprometido que Cristo. Nadie podrá nunca superarlo en generosidad y en entrega a los demás. Vivió para los hombres hasta morir por los hombres, en la Cruz. Pero no por eso dejó de orar en comunicación entrañable y filial con el Padre.
Cristo es el hombre del supremo compromiso. Y es el hombre de la continua oración. Inseparables en El las dos realidades.
¿Por qué entonces separarlas el hombre? ¿Por qué hoy día o se quieren el compromiso y la entrega, o la oración? ¿Por qué separar y hacer incompatibles estas dos realidades? O se actúa o se reza.
Cristo tomaba fuerza en la oración a su Padre, para entregarse luego con plenitud a sus hermanos, los hombres.
Sin oposición de términos que obliga a optar por uno solo.
En una suma de dos factores que se necesitan, se complementan, y se perfeccionan los dos, en una maravillosa interacción. ORACIÓN Y ENTREGA.
La síntesis suprema que Cristo realiza en el Testamento de sus Siete Palabras, es la máxima entrega de su vida en un diálogo vital con su Padre.

Desde que Cristo vino y murió en la Cruz, la entrega cristiana a los demás supone la entrega inicial a Dios.
Cristo: Tú viniste del Padre y te entregaste a los hombres. Dentro de unos momentos regresarás al Padre, llevándote a todos los hombres en tu corazón.
Cristo: eres el hombre más comprometido de la historia. Tu fidelidad al compromiso te ha llevado hasta la última consecuencia: la muerte.
Muriendo en la Cruz. Pero mueres rezando. No te cansas de rezar. Llevas tres horas hablando con tu Padre.
Y la última palabra del hombre más entregado y comprometido de la historia, fue una oración filial: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Gentileza de: Tiempo de MaríaLas siete Palabras de Cristo en la cruz