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En el silencio de una noche, sorprendiste

al mundo en tu pequeñez.

Allá, a orillas del Jordán, como uno más,

quisiste recibir el Bautismo de manos de Juan.

Fue entonces, Señor, cuando los motores

de tu misión se pusieron en marcha.

Endemoniados y hombres y mujeres,

hastiados de preocupaciones, se sintieron

aliviados con tu presencia.

Otros, cómodamente sentados a la orilla del mar,

escucharon, inesperadamente tu llamada: ¡venid y seguidme!

Los leprosos, Señor, quedaron limpios como un amanecer.

Los paralíticos volvieron a sentir la dureza de los caminos.

Enfermos y poseídos, pecadores y adúlteros,

comprendieron que, tu presencia, era eso…amor y sólo amor.

Los pecados, a partir de tu llegada, no eran más fuertes

que la misericordia de Dios.

 

¿Por qué, de nuevo, hoy nos sorprendes, Señor?

¿Recuerdas aquel día en la barca?

Una traicionera tormenta nos metió el miedo hasta en los tuétanos.

Tu mano siempre oportuna, aun con nuestra falta de fe, la calmó.

Los muertos, ¿recuerdas, Jesús? volvieron por tu intervención a la vida.

Los hambrientos, en inolvidables multiplicaciones

de panes y de peces, abrazaron la hartura.

Los tristes, ante tu alegría divina, en el Monte de las Bienaventuranzas,

encontraron mil razones para sus lágrimas, sufrimientos y esperanzas.

 

¿Por qué, de nuevo, nos sorprendes Señor?

Tus parábolas fueron sabiduría y universidad del Reino de Dios.

Quien no sabía orar, pronto, muy pronto, aprendió a decir “Abba” “Padre”.

Quien decía aquello que luego no hacía,

pronto se sintió incómodo ante la luz y la hoja fina de tu verdad.

Quien intentaba, cómodamente, vivir en el castillo de su hipocresía,

se resquebrajó ante el imperio de tu Reino.

Sí, Jesús; nos has dejado tanto, nos has dado tanto…

¡nos has mostrado a Dios!

Contigo, el último lugar, es primero en el cielo.

Contigo, la prueba, es algo a superar.

Contigo, el mendigo es rey.

Contigo, el rey, es vasallo.

Contigo, el pecador recupera la gracia.

Contigo, el que se tiene por justo, queda fuera.

Contigo, la oveja perdida, volverá al redil.

Contigo, el que se marchó, siempre tendrá una habitación en tu casa.

Contigo, el que no se hace niño, tendrá difícil su entrada en el cielo.

Contigo, el que se las sabe todas, no conoce a Dios.

Contigo, el que es ciego, recupera la luz.

Contigo, el que ve todo, es incapaz de ver el reflejo de Dios.

Contigo, la muerte, es trampolín que nos eleva a la vida.

Contigo, el llanto, es agua que purifica nuestras miradas.

Contigo, la noche es vencida por el resplandor del día.

Contigo, la pasión, el sufrimiento o la muerte.

son notas que preceden al canto de Resurrección.

 

¿Por qué, de nuevo, nos sorprendes Señor?

Hoy, nos sorprendes, Señor.

Con tu amor…. que es inquebrantable y único, bueno y verdadero.

Con tu servicio… que es radical, obediente y todo un ejemplo.

Con tu sacerdocio… para que nunca nos falten heraldos de tu Palabra.

Manos que se extiendan sobre el pan y reconcilien a Dios con el hombre.

Y a la humanidad con el mismo Dios.

¡Gracias, Señor, eres sorprendente!

 

P. Javier Leoz