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Orar es pedir, buscar, llamar a la puerta.

De día y de noche. Sin cansarse nunca.

Siempre hay que orar, y hasta tal punto que la oración se convierte en un estado, y no sólo en una práctica ocasional.

Orar es un modo de ser delante de Dios y de los hombres.

Parecía joven, vestida de arriba abajo con un pañolón oscuro, que ceñía y delineaba su cabeza. Al caerle en punta por detrás, continuaba la curva de la espalda, apoyada contra la pared. Estaba sentada cerca de una tienda de productos cosméticos, en la Puerta del Sol de Madrid. Era una ausencia calculada, mientras la gente iba y venía, sin saber apreciar la belleza de aquella postura. Sumergida, en cuclillas; su cabeza, levemente inclinada, casi tocaba sus rodillas.

En la mano derecha delgada y alargada, quemada por los mil soles invisibles, compañeros de la raza gitana, sostenía un vaso de plástico, verde claro. Lo sostenía desde el fondo, con levedad y gracia. La mano y el vaso apoyados, dejados, sobre una de las rodillas levantadas. Pedía limosna. El gesto bien diseñado suplía las palabras.

Era una metáfora del pobre que pide; mejor, de la pobreza que se muestra, sin la desmesura desgarrada del exhibicionismo, y con la sencillez del gesto silencioso. El vaso verde, prominente y sostenido con levedad, componía una situación y una actitud salida de las raíces del alma, mansamente, sin ira. Era una intimidad a la intemperie.

La miré por última vez, antes de parecer indiscreto. Me pareció la lámpara vieja de una casa señorial, donde una joven de bronce oscuro, sostiene en la cuenca de la mano, una lámpara encendida. Aquí era un vaso, pero ¿no era lo mismo?

¡Bella imagen del orante!: ‘ante Dios, con un vaso vacío…’

¡Mejor!, ‘ante Dios, como un vaso vacío’, ¡que así han descrito los santos al orante!

Me acordé de aquellas palabras de la Sabiduría bíblica que, canta la bienaventuranza de quien sabe estar pacientemente esperando; y me salieron unos versos:

Sentado a la puerta de la Sabiduría,

paciente hay un pobre,

que no sabe nada,

que espera en silencio,

que alguien, un día,

la puerta le abra.

Nicolás Caballero, cmf

Y Jesús procura enseñarnos su propio modo de estar ante Dios y ante los hombres:

Jesús BUSCA:

Busca el reino de Dios y su justicia, sabiendo que el Padre le dará todo lo demás por añadidura

Busca ante todo la voluntad del Padre para poder «hacerla», aunque le cueste sudor y sangre

Busca a la oveja perdida para reintegrarla en el rebaño, tomándola cariñosamente en brazos

Busca el silencio de la noche y lugares apartados para estar a solas con su Padre

Jesús LLAMA:

 A un grupo de discípulos y amigos para que le acompañen en su tarea, para que estén con él, y después enviarlos a ser sus testigos

 Jesús llama a su Padre cuando le envuelve la oscuridad, el fracaso, el sinsentido, la duda, la angustia: «Dios mío, por qué me has abandonado?

 Jesús llama a todos los que están cansados y agobiados de tanto legalismo, de tanto ritualismo, de tanta condición para acceder a Dios. Su yugo es llevadero y su varga ligera

 Jesús llama al sediento: El que tenga sed, que venga a mí y beba

 Llama al ciego para preguntarle: ¿Qué quieres que haga por ti?

 Llama incansablemente a nuestra puerta. Cuando le abramos, entrará y cenaremos juntos

Jesús PIDE:

 Al Padre, que «donde estoy yo, estén también ellos conmigo»

 Al Padre, «que no se pierda ninguno de los que me has dado»

 Pide de beber a la samaritana sedienta de amor… para descubrirle el manantial que lleva dentro

 Pide el perdón para los que le crucifican

 Pide a sus discípulos que sean uno y que se amen como él los ha amado

 Pide un lugar donde celebrar la Pascua con sus discípulos

 Pide a tres de sus mejores amigos que le acompañen en su oración en el Huerto…

            Un modo de ser y estar en el mundo. Ante el Padre y ante los hombres. Desde la fragilidad. Sin la vergüenza ni la humillación del mendigo. Porque sabe que el Padre siempre le escucha y confía en él, y el Padre sólo saber dar «cosas buenas». Porque necesita y espera la colaboración y la complicidad de los otros. Porque quiere llegar hasta el final en la tarea humanizadora que le ha encomendado el Padre. Porque quien lo espera todo de Dios, recibe todo de Dios.

Señor: ¿Te llamo, te busco, te pido…. a Ti mismo!

Autor: Enrique Martínez cmf