A la mayoría de las personas nos fascinan las montañas. Ha habido personas que han perdido sus vidas, subiendo al monte Everest, la montaña más alta del mundo. ¿Por qué nos gusta subir a las montañas? ¿Sera porque se contempla mejor, la creación, el horizonte? Desde una montaña se puede apreciar mejor el verdor de la pradera, Nos sentimos más cerca del sol, de las nubes, del cielo, y si es de noche nos sentimos más cerca de la luna y las estrellas.

En la Trasfiguración, una montaña ocupo un lugar muy importante en este pasaje bíblico. Sabemos que Jesús enseñaba, hacia curaciones y milagros en cualquier sitio en que él veía que había una necesidad. Sin embargo, cuando él quería orar, estar a solas con su Padre, se iba a lugares aparatados y solitarios donde no había mucha distracción. Jesús era un hombre de oración. Lo encontramos orando en el desierto, en el Huerto de los Olivos. (Fue ahí donde lo tomaron preso para matarlo). Pero esta vez decidió irse a orar a una montaña alta que existe en Palestina que se llama El Monte Tabor. Esta vez se llevo a sus tres discípulos preferidos: Pedro, Santiago y Juan. Los mismos que lo iban acompañar más tarde en el Huerto de los Olivos. Vamos a ver qué paso cuando estaban en la montaña.

Hay dos personajes que hablas con Jesús, Moisés, y Elías. Moisés representa La Ley y Elías a los Profetas. Ellos representan lo más importante para los judíos del tiempo de Jesús. Esto era como el corazón de su religión. Jesús vino a perfeccionar La Ley y el Mensaje de los Profetas. Los apóstoles vieron a Jesús en el esplendor de su gloria. El episodio nos habla de una nube. La nube se encuentra en algunos pasajes bíblicos ya que representa la presencia de Dios. (Éxodo 14, 19-20) Desde la nube se oyó una voz que dijo: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”. Los apóstoles estaban tan felices en la montana que querían quedarse allí. San Pedro dice: “¡Maestro, que bien estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. De repente volvieron a la realidad de la vida y vieron a Jesús nada mas – normal y corriente – y a ese Jesús “transfigurado o no transfigurado” Hay que ESCUCHARLO.

Hay muchas voces que nos hablan hoy día, voces que quieren que también las escuchemos. Muchas de esas voces nos entran por los oídos y nos llegan al corazón. Algunas son voces buenas otras son voces malas y algunas ni son buenas ni son malas, depende lo que hagamos con el mensaje que quieren comunicarnos. ¿Dónde se escuchan esas voces? Se escuchan en la calle, en el trabajo, en la radio, en la televisión, en el Internet, etc. A veces son voces que no omiten sonido, es algo que está escrito: en los periódicos, revistas, libros, etc. Nosotros tenemos que tener cuidado lo que escuchamos y lo que seguimos. También ante tanto ruido que nos rodea y voces que nos hablan, tenemos que hacer silencio para escuchar la voz de Dios.

Sabemos que Dios nos habla a través de la creación, por medio de Las Sagradas Escrituras, también nos habla por medio de otras personas, y acontecimientos que ocurren en el mundo y especialmente los que ocurren en nuestras vidas, pero también nos habla en el silencio. Orar es hablar con Dios, pero también es saber escuchar a Dios. Él tiene también cosas que decirnos. Pero para poder escuchar la voz de Dios, tenemos que hacer silencio. Jesús era un hombre de acción pero también era un hombre de silencio. Los santos y santas eran hombres y mujeres de acción, pero también eran personas de silencios.

En fin, en este pasaje del evangelio se nos invita a escuchar la voz de Jesús – la voz que hay que seguir. Como dice su Padre: “Este es mi Hijo amado. ESCUCHENLO”.

 

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